El comienzo de curso lo tenemos ya ahí: espero ansiosa el día 15, día en que bailaré claqué sobre la mesa del comedor, en cuanto la puerta se cierre tras mis hijos. O lo haría, si supiera. Todo el asunto de libros y uniforme está preparado. Por cierto, el otro día volví a encontrar por ahí mi libro de escolaridad. Ese que acredita que sé leer y (desgraciadamente) escribir. Llama un tanto la atención que el primer año mi madre, en "Datos familiares", afirmase tener 45 años, y sucesivamente, 44, 41 ( éstos durante dos o tres cursos escolares), 43....., y ya en octavo, 38 ("Y a la madre Teresa, ¿qué narices le importa los años que yo tengo? ¡Yo tengo los años que me da la gana!")
A mí, con cuatro años, éstos auténticos, me dieron un día una cartera y una torta Ramos y me mandaron al colegio, con mi prima y vecina Inma. Yo esperaba que nos pusieran juntas, porque quería estar con ella y porque su señorita tenía cara de ser mucho más simpática que la mía. Pero como no habíamos nacido el mismo año, ella se fue con el grupo de 1º de parvulitos y a mí me encasquetaron con el de 2º. Lo primero que hicieron fue darme una cartulina verde que tenía dibujada una margarita, y un alfiler de cabeza gorda, y me dijeron que tenía que ir haciendo boquetitos con el alfiler hasta recortar todo el contorno de la margarita. Mira que el empeño, vaya una cosa más tonta. Yo obedecí a mi señorita, porque siempre he sido muy bien mandada. Si a la mujer le hacía ilusión..... Pero cuando me harté de hacer boquetitos me salí de clase y me fui a ver qué hacían en la de al lado, a ver si aquello era más entretenido. De ahí no tardé mucho en escabullirme a la clase de baile, a pegar saltos igual que las demás mostrencas, que se supone bailaban la "reja" o los verdiales. Allí sí que me lo pasaba pipa, sobre todo cuando alguna de las oficialmente matriculadas se pillaba un dedo con las castañuelas y se ponía a chillar; qué risa. Lo creáis o no, esto duró varias semanas, hasta que la profesora de baile se dio cuenta de que tenía una "okupa" y me entregó al brazo secular. Mi señorita me llevó de vuelta a la dichosa clase de la cartulina y el alfiler, y me explicó con toda la paciencia del mundo que yo era una pieza de pleno derecho en la maquinaria del sistema educativo y que no podía ir por ahí a mi bola, metiéndome en donde me diera la gana. Con las orejas gachas, me senté en mi mesa, a terminar de pinchar la margarita de las narices. De hecho, me pasé ese curso recortando esa y otras puñetitas, lo cual me hizo odiar los trabajos manuales durante una buena temporada. Este trauma debió modificar para siempre mi ADN: mis dos hijos han aborrecido a muerte todo lo que sea papel y tijeras, desde el momento en que se los pusieron en la mano. Siempre que no fuera para causar algún estropicio, se entiende.
Mi colegio era de niñas, pero en parvulitos había niños, en clases apartes, eso sí. Cuando nos portábamos bien, nos llevaban a la clase de los niños como premio, y allí íbamos las cuarenta tontainas la mar de contentas. Pero si algún niño se portaba mal, le ponían en la nuestra.... como castigo. Sistema de lo más pedagógico, como podéis observar. Recuerdo que una vez el pequeño psicópata que me tocó al lado me rompió un cuaderno. Yo le di un puñetazo en la nariz. Tras este intercambio, me convertí en el amor de su vida y me perseguía por el recreo y los pasillos para mi desesperación y pitorreo de mis condisciípulas, hasta que mi señorita le mandó a su clase con una colleja bien dada y la advertencia de que los niños no tenían que andar con las niñas. Al menos, de momento. Ahí me empezó a caer simpática, la verdad. Tras todas estas experiencias, me quedé más o menos domesticada y no volví a dar un ruido. Excepto cuando subía con mis amigas a donde estaba el cuadro de la madre fundadora, que daba muchísimo miedo. Dicha obra maestra de la fotografía estaba en un pasillo oscuro y los ojos de aquel enorme rostro parecían estarte persiguiendo desde cualquier ángulo en que te pusieras. Las mayores nos decían, muy serias, que una interna a la que habían castigado una tarde, se acercó al cuadro y desapareció dentro de él, sin dejar ni la tira de colgar el babero. Qué gusto daba pasar miedo. Más de una vez nos echó de allí alguna monja, tirándonos los borradores de la pizarra. Nunca lo he pasado mejor en mi vida....
Esta semana de precomienzo de curso ha caído este postre, que he preparado con la esperanza de que los Omega 3 de las nueces hagan algo por mi cerebro, aún semilicuado tras el mes de agosto. No sé si elevarán mi C.I. en algún punto, pero está muy bueno.
Ingredientes:Esta semana de precomienzo de curso ha caído este postre, que he preparado con la esperanza de que los Omega 3 de las nueces hagan algo por mi cerebro, aún semilicuado tras el mes de agosto. No sé si elevarán mi C.I. en algún punto, pero está muy bueno.
-1/2 litro de leche entera.
-4 huevos
-150 gramos de azúcar
-250 gramos de nueces peladas.
-Un limón y un palo de canela.
-5 cucharadas adicionales de azúcar y dos de agua.
Precalentar el horno a 180º. Infusionar la leche con la corteza del limón y el palo de canela. Uy, infusionar. Estoy leyendo demasiado libro de gastronomía: perdón. Vamos, que se pone al fuego hasta que hierve y se deja enfriar. Colamos y reservamos.
Ponemos en un cazo las cinco cucharadas de azúcar con las dos de agua y lo ponemos al fuego, removiendo, hasta que se nos hace un caramelo rubito. Lo ponemos por el fondo de un molde para flan o plum cake de un litro que pueda ir al horno y encima ponemos algunas de las nueces peladas, enteras. Reservamos. Cogemos 250-175 gramos de las nueces que quedan, dejando algunas más para adornar, y los trituramos en la Thermomix o los troceamos con la mano del mortero, dejándolos más o menos finos, al gusto. Batimos los huevos con la leche y el azúcar, añadimos las nueces molidas y lo vertemos todo en el molde. Ponemos el molde dentro de una bandeja de horno y añadimos agua hasta por lo menos la mitad, y ponemos el conjunto en el horno. Dejamos cocer unos 45 minutos, y vamos pinchando hasta ver que está cocido.
Sacamos y dejamos enfriar, y al desmoldar adornamos con las mitades de nueces que hemos reservado.Los flanes y pudings hay quien los hace en el microondas, unos 15 minutos al 70% de potencia y salir, salen, pero para mi gusto la textura es un poco gomosa y mucho menos fina que cuando se hace del modo tradicional. Ya es cuestión particular de cada uno y de la paciencia que maneje.
Este en concreto creo que duró día y medio. Los efectos sobre la inteligencia no han podido verificarse en laboratorio, pero el experimento ha sido en conjunto muy placentero. Quizá sea cuestión de seguir probando, una vez... y otra.....

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