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miércoles, 18 de mayo de 2016

BIZCOCHO DE MOSCATEL. O una breve crónica de la edad del pavo.

El sábado pasado de la Noche en Blanco fui a una visita guiada a mi antiguo instituto. El IES Vicente Espinel. El Gaona de toda la vida.  Al salir, se nos reconocía claramente a todas las antiguas alumnas. No hacíamos más que suspirar como  becerras. Habíamos caído, de nuevo, en la trampa de la nostalgia. Y digo de nuevo, porque con cada año que cumples, acumulas más recuerdos, y más veces caes, inevitablemente, en ella.
Yo entré en Gaona con catorce años, recién salida del huevo del colegio de monjas, junto a otras compañeras.  Estábamos eufóricas por habernos deshecho de aquel siniestro uniforme, confeccionado en una extraña tela que te arañaba las piernas y que tenía la cualidad de acumular electricidad estática, la cual generaba variados y divertidos efectos especiales. El estampado era de pata de gallo pequeñita en gris y blanco. De lejos, sólo parecía verdoso, y, de cerca, directamente vomitivo. Me hubiera gustado mucho conocer al diseñador, merecedor de la prisión perpetua revisable desde mucho antes de que nuestro actual Código Penal la recogiera. Por lo demás, en el instituto seguíamos estando en un centro femenino, a diferencia de muchas otras compañeras que se habían ido a hacer el bachillerato a centros mixtos y que entonces nos daban muchísima envidia. Pero pronto descubrimos que niños no nos iban a faltar. Los de los Maristas estaban allí a la hora del recreo como un clavo, a decirnos barbaridades, y a que les tirásemos tizas, y algún que otro zapato. Además, venían a sacarnos los estudiantes de Medicina y los de Ciencias el día de sus respectivos patronos, para horror de Rosa Cartes, nuestra profesora de inglés,  una vizcaína de hierro que se encaraba con los brazos en jarras a los asaltantes:
-¡Muy bonito, hombre! ¡Si se van a llevar a las chicas, hagan el favor de sacarlas ya, que este es un edificio muy antiguo y me lo van a echar abajo con tanta carrera! ¡Salvajes! ¡Cafres! ¡Pandilla de hotentotes!
Y se iba para adentro, murmurando sentidamente:
-"¡¡¡Hormonas!!!"
Hormonas en el ambiente, sí que había. Para embotellar. El cuadro de profesores se componía de dos grupos: los jovencitos y progres y los restos de la vieja guardia, que eran unos señores que parecían caerse a pedazos y que sumaban entre todos cuatrocientos cincuenta años. Entre los jovencitos, teníamos un profesor de filosofía que podía tener ocho o nueve años más que nosotras, muy guapetón él, y que unía a sus encantos físicos el de tener una voz maravillosa. Te podía recitar entero el Boletín Oficial del Estado, desde el "I. Disposiciones generales", hasta el "Yo el Rey", que te quedabas traspuesta escuchándole.  Saqué unas notas estupendas: no me perdía una sola clase. Dios escribe derecho con renglones torcidos...
Otra cosa que recuerdo de aquellos tiempos es que me estaba riendo todo el tiempo. Me tronchaba de risa constantemente, pero de caerme al suelo, con el motivo más estúpido, o sin motivo alguno. Sufría ese reblandecimiento mental transitorio que al parecer precede a la madurez biológica del cerebro, y que inspira ideas homicidas al espectador adulto. Una vez entré en la clase de Religión con un pañuelo en la cabeza, estilo doña Rogelia, y fingí un aparatoso desmayo. Me sacaron de la clase entre quince o veinte,  dejando al buen don Eleuterio con las más buenecitas, que nos miraban con franca reprobación. No recuerdo el porqué del detalle del pañuelo. Creo que me pareció que añadía carácter a la escena. A la hora del recreo nos íbamos al bar que había en el patio, donde servían bocadillos de jamón de York transparente. Lo recuerdo muy bien: una vez hicimos la prueba y se leían los apuntes al trasluz estupendamente. Traíamos breado al encargado, pobre hombre  Me acuerdo de mi amiga Anna, que le solía pedir cosas como ésta:
-Ramiro, déme un donut cuando "n" tiende al infinito.
Recibiendo a cambio esta socrática pregunta:
-¿Blanco o de chocolate?
Fueron pasando los cuatro años y llegamos a COU. Ya por entonces empezábamos a echar algo de fundamento, pero tampoco tanto, no creáis. Llegaba algún día que teníamos un examen difícil, y me acuerdo que venía mi amiga Inma y lanzaba un alarido ("¡¡¡AARRRGHHHH!!!") , tras lo cual me endiñaba un guantazo de los que cortan el resuello.
-¿¿¿Tía, qué haces???
-Que no puedo. Que estoy atacada. ¡Te lo juro!
-Pues ven acá "pacá", que ya verás cómo te quito yo los nervios. ¡Toma!
Y le zampaba otra torta, y ella me la devolvía, y estábamos así hasta que llegaba la hora de entrar, y nos sentábamos las dos con los mofletes como hamburguesas, relajadísimas y felices de la vida, ante la atónita mirada del profesor de turno. Aunque no lo creáis, no fueron pocos los exámenes que aprobé gracias a la collejoterapia.....
Al final, como todo tiene su fin en esta vida,  llega el día en que te dan tu título de Bachillerato, te señalan la puerta y te dicen:
-Jopo.
Y te vas a la Facultad. Y te enseñan cosas como Derecho Romano, y otras muchas igual de raras que ni sospechabas que existiesen, y poco a poco te vas centrando, y preocupándote de comportarte, y te vas estropeando de manera irremediable. Por suerte, a veces se te concede otra oportunidad, y en tu madurez recuperas ese lado friki que le da tanto sabor a la vida. Me considero un buen ejemplo de ello, y en aumento. Mis hijos me miran a veces con franca prevención: soy un potencial motivo de vergüenza. Me encanta.
Y ahora voy a poner la receta de este bizcocho que tampoco es muy usual, que está muy rico y que tiene un punto bodeguilla muy curioso. Nos hacen falta:
-200 ml. de vino moscatel.
-200 gramos de harina con levadura.
-3 huevos.
-150 gramos de azúcar.
-50 ml. de aceite de oliva.
-Piel rallada de una naranja.
-150 gramos de pasas (opcional)
Precalentamos el horno a 175-180 grados. Engrasamos y enharinamos un molde redondo.
Si vamos a utilizar las pasas, se ponen en una taza, con el vino, y se mete en el microondas dos minutos a potencia máxima, para que se hidraten. Se cuela y se reserva el vino y las pasas aparte. Se baten los huevos con el azúcar hasta que la mezcla aumente y blanquee. Se añade el moscatel, el aceite y la piel de naranja, y se mezcla. Se va incorporando la harina tamizada poco a poco. Se añaden las pasas, y se mete el molde al horno unos 30-35 minutos, o hasta que al pinchar salga limpio. Se saca y se desmolda sobre una rejilla.
Y ahora la clásica cuestión: ¿el alcohol se evapora?
En teoría lo hace a partir de los 70º grados de cocción. Personalmente, no he notado ningún signo de embriaguez después de consumir el bizcocho, ni he tenido que sacar a nadie de mi familia de debajo de la mesa. Pero si sentís escrúpulos morales, no se lo deis a los menores de edad. A ver si se aficionan antes de la cuenta.

Y, porque os aprecio de veras, me permito hacer una sugerencia:
Procurad portaos, de vez en cuando, un poco peor de lo acostumbrado.
Haced, de vez en cuando, un poco menos de lo que se espera de vosotros, y un poco más de lo que nadie se podría esperar.
Colgad de la percha, por un rato, el traje de adulto, para recordar -de vez en cuando- quiénes sois.
Y, como siempre, feliz semana....



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