Busqué esta receta en la web después de ver el rótulo con tan sugestivo nombre sobre unos bollos de aspecto irresistible en el escaparate de una pastelería. Es por la tarde y vas por ahí realizando encargos varios. Te duelen los pies, no sabes cómo te han brotado doscientas bolsas de los brazos, y, por costumbre, porque ya no sabes ir de otro modo, vas corriendo. De repente te detiene la estela de un olor dulce y tibio, un hálito celestial salido de un horno que no puede ser de este mundo. Cierras los ojos, y aspiras, plantada en medio, con tus doscientas bolsas colgadas de ti. De repente tienes otra vez diez años, mucho antes de que te convirtieras en un carrito de la compra humano, y vuelves del colegio. Es la hora de la merienda y sientes esa hambre feroz, incontrolable, de los diez años. De camino a casa, en la confitería acaban de sacar una bandeja de isabelas. Ese olor. Qué malas pasadas nos juega la nostalgia. Despierto del trance, no sin esfuerzo: buscaré la receta de eso, sea lo que sea. La encuentro y la preparo. Descubro que, efectivamente, el pao de Deus, con tilde portuguesa ausente de mi teclado español, se parece a las isabelas, pero con una cobertura más generosa, dejando un resultado final jugoso y exquisito. Mi endeble fuerza de voluntad se viene definitivamente abajo. Pero este es de esos alimentos elegidos por tu cerebro primitivo, ligado a memorias muy tempranas, y de nuevo vuelven las tardes de los diez años. El olor de la confitería me ha dejado ligeramente intoxicada. Quiero merendar. Ahora mismo. Se ha levantado un aire frío que me hace apretar aún más el paso. Mi casa está cerca, subo las escaleras y voy oyendo voces. Tenemos visita. Identifico a una de mis tías. Estoy de suerte. Es una tía Clase Preferente, de las que traen las bandejazas de pasteles y no te dejan ir hasta que te has comido un par de ellos, y por si fuera poco, a veces te dan una propinilla. Otros días, por suerte los menos, toca visita Clase Turista, a las que por regla general no me unía parentesco alguno, que eran las que solían traer una diminuta cajita de pastas más secas que un ripio, atada con una guita que llevaban, muy finas, de un dedito. y que además te decían, poniendo boca de culo de pollo:
- Coge una solo. ¿eh? ¡Que no te querrás poner "más" gordita!
Normalmente eran señoras secas como un bacalao de hoja, de los que se colgaban de la viga en los ultramarinos, y con encantos personales parejos. Si tenías suerte, eran de las que no te besaban. Y si no la tenías, y eran de las que sí, te pinchaban una barbaridad y se acentuaba el parecido con el bacalao hecho mojama. No era extraño que, cuando yo salía de mi cuarto un buen rato después, me encontrase a mami estirada en el sofá de brazos y piernas como una pepona antigua, con cara de extrema agonía, diciendo:
-¡Ay! ¡Qué ganas tenía de que se fuera la estantigua esa, venga a hablar de penas y enfermedades! Y las pastas tienen más años que yo. Se las regalarían para su Primera Comunión. Nena, no te comas eso.
Y yo, que era muy obediente, no me las comía. Ni de broma.
Por el contrario, las rumbosas visitas Clase Preferente te acercaban una espléndida bandeja de un metro cuadrado de superficie, mientras mi doña Pepa protestaba con bastante poca convicción:
-Fulanita, no tenías que haberte metido en esto. Que luego la niña no cena.
A lo que se le respondía:
-No comer por haber comido, no hay nada perdido. Deja a la chiquilla que meriende, que está creciendo y a su edad se gasta todo. Además, las carnes son alegría. Coge otro, bonita. Tú no te quedes con ganas.
Podéis imaginar sin esfuerzo alguno de qué lado estaban mis personales simpatías. Antes de que me acuséis, no sin cierto fundamento, de zampabolluna, os diré que luego yo no comía tanto. Lo que me gustaba era ver los pasteles todos juntos y lo bonito que hacía. Esas cremas perfectamente dispensadas con manga pastelera, ese hojaldre con brillante glaseado de yema, esas macetas de merengue a escala real....
Respecto a esto último, recuerdo que en algunas confiterías del centro exponían en los escaparates una especie de Sagradas Familias de Gaudí de merengue tostado. Doña Pepa se perdía por el merengue, pero al encontrarse en un permanente estado de dieta, nunca se daba el gusto. O casi nunca. Cuando yo iba al instituto, como desde pequeña he tenido un punto malvado, a la vuelta le decía a veces, con muy mala baba:
-Mamá, he visto una pastelería que tiene en el escaparate unas tartas de merengue grandísimas
- ¿¿¿Tartas de merengue??? Huy, eso tiene mucha azúcar. Eso engorda un montón, nena. ¿Merengue de ese de colores?
-No. Merengue de "verdad" Tostado. Doradito. Y creo que debajo tiene crema de limón.
-¡¡¡Uhhhh!!! Crema de limón. Con la de grasa que tiene eso. ¡Qué cosa más mala! Nena, mañana te traes uno y nos lo comemos entre las dos. Y a papá, ni pío.
Y yo lo traía, y disfrutábamos como cochinas.
Aquí tenemos ese pan de Dios, tan bueno como su nombre indica, y de dificultad asumible.
Ingredientes:
- 500 gramos de harina de fuerza.
- 150 gramos de azúcar.
- 100 gramos de mantequilla sin sal a temperatura ambiente.
- 2 huevos.
- 150 ml. de leche templada.
- 15 gramos de levadura fresca o una cucharada rasa de levadura seca de panadero.
Para la cobertura:
- 1 huevo.
- 6 cucharadas soperas de leche.
- 120 gramos de coco rallado.
- 4 cucharadas soperas de azúcar.
- Azúcar glas para espolvorear.
Mezclamos en un bol la leche, la mantequilla, el azúcar, los huevos y la levadura y batiimos con la batidora o en Thermomix. Vamos añadiendo la harina y amasamos, hasta que nos quede una masa horrible que no haya forma de despegarse de los dedos. Con lo cual, si tenemos amasadora o Thermomix, pues mejor. 4 minutos, en Thermomix, a velocidad espiga. Si no, echar paciencia y tener a mano un cuchillo de mesa para irnos raspando las manos con el canto que no corta y quitarnos así los restos de masa. Debe quedar en el punto de que sea fastidiosa, pero mínimamente manejable. Podemos añadir un puñadito de harina sobre los 500 gramos, pero no mucha más porque luego sale dura. También ayuda enjuagarse las manos de vez en cuando.
Cuando hemos liberado nuestras manos o la Thermomix de la masa (que también lavarla tiene su tiempo, no creáis) dejamos ésta reposar en un cuenco, tapada con un paño limpio húmedo, y nos olvidamos de ella durante unas dos o tres horas.
Pasado este tiempo, mezclamos los ingredientes de la cobertura, que debe quedar de consistencia plasta, y forramos la bandeja del horno con un papel para ello. Mojándonos las manos, vamos sacando bolas iguales de masa. Salen unas diez piezas grandes o doce más pequeñas. Cogemos la cobertura y la vamos esparciendo por encima en generosas cucharadas, hasta que se termine, y la apretamos un poquito. Puede parecer que es mucha cobertura, pero luego las piezas crecen y se reparte bien. Dejamos levar hasta que doblen su tamaño otra hora u hora y media. Encendemos el horno, arriba y abajo, y precalentamos a 200º. Metemos las piezas y las dejamos hornear unos 15 minutos, hasta que se hayan dorado. Pero no más tiempo del necesario, porque se endurecen. Sacamos, dejamos enfriar sobre una rejilla y vamos poniendo por encima el azúcar glas a través de un colador.
Independientemente de si somos creyentes o no, probar una cosa tan buena, a ser posible aún tibia y con una buena taza de algo, siempre te hace plantearte que existe otra vida... O, al menos, que otra vida es posible.
También con un poco de mermelada casera de moras. Verdaderamente ¿qué sacrificios no haría yo por vosotros?
Como siempre, feliz semana a todos.


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