Buscar este blog

miércoles, 30 de noviembre de 2016

PAN CALABAZA Y NUECES SIN AMASADO

He pasado un día entero dedicada a mis revisiones anuales en temas de salud. Me vuelvo muy contenta a casa, porque tras los correspondientes trámites me han puesto el sello de que he pasado la ITV, y porque hace una tarde de rasca que lo que estoy deseando es ponerme las zapatillas y mi pijama de osos polares. Es la felicidad casi completa. Lo único que yo necesitaría para culminarla es tener, ay, una mesa camilla...
Cuando una se va de casa de los padres, no quiere tener nada que recuerde demasiado a la decoración "de madres". Normalmente en ese momento eres muy joven y aún no has acumulado nostalgia. Así que una pone su mesa baja, flamante y moderna, sin pensar que estará nueva muy poco tiempo, y que pocos muebles hablan tanto de la historia de las familias como las mesas. (Aviso a Ikea: Les prohíbo terminantemente apropiarse del concepto para uno de sus entrañables anuncios, a menos que se me haga partícipe del correspondiente porcentaje de beneficios. De nada) Mi mesa, como toda superficie horizontal que se precie en esta vuestra casa, se encuentra atestada de libros, de revistas, de cinco o seis gafas para leer, que la vista cansada no perdona, y de una selección de objetos inespecíficos que están ahí porque nadie sabe qué hacer con ellos. Además de las cicatrices de combate. Mi mesa, concretamente, presenta algún que otro agujero practicado por alguno de mis inciviles vástagos, varios rayones de cuando dibujaban encima y atravesaban el papel con el lápiz, y además, en todos sus bordes, un montón de muescas de profundidad variable. Estas muescas las hizo mi hijo pequeño cuando comenzó a ponerse de pie, porque se agarraba a la mesa con los dientes, como hacen los periquitos con el pico. Por todo esto, mi mesa de enfrente del sofá es un mueble muy querido para mí. Y, a pesar de todo, yo añoro la mesa camilla, con o sin brasero. Una se sentaba y se echaba las faldas por encima de las piernas, y ya no había ningún otro lugar en el mundo donde quisieras estar. Era el tiempo en que merendabas delante de la tele bocadillos de galletas María con mantequilla junto con el omnipresente ColaCao, o el Nesquik, porque ambos tenían sus partidarios, como el que era de los Beatles o de los Rolling. Los habíamos de bocata de galletas o de leche condensada con polvos del ColaCao (personalmente: puaj) Los habíamos de galletas Campurrianas o de galletas Chiquilín. Pero la práctica totalidad de nosotros hemos tomado nuestras meriendas en una mesa camilla. Muchos de esos momentos aparecía mi madre y me veía entregada a la noble tarea de zampar sin descanso y suspiraba:
-Ay. Quién se tomara eso.
Y yo, feliz criatura, le decía:
-Mamá, si no meriendas es porque no quieres.
Y ella contestaba sumida en la más agria melancolía:
-Si, si. "Merendar". Ay, qué risa, María Luisa. Tú, porque estás muy nueva, pero como yo me dedique ahora a merendar, me pongo como un sollo. Y para qué queremos más.
Y a mí me daba una pena horrorosa mi pobre madre, que no podía merendar. Para compensar, mi padre merendaba por ambos. Se ponía púo. Antes de irse a abrir la tienda, se bebía su café en su vaso grande de Duralex ("ahí tienes para bañarte, Joaquinito") y se hincaba su pastelazo de hojaldre talla especial o su viaje de galletas. Los días laborables eran barquillos rellenos. Los sábados por la tarde tocaba surtido Cuétara, cuando ponían las películas "de vaqueros".  No puedo ver a John Wayne sin acordarme, por asociación de ideas, de las pastas esas que venían recubiertas de chocolate y que estaban envueltas en un papelito plateado. En general, no puedo ver ninguna película del Oeste sin que me entre muchísima hambre.
En la mesa camilla se merendaba y se cenaba, se veía la tele y se echaban las broncas/debates familiares más encendidos. La mesa camilla estaba en "la salita", que era donde se hacía la vida. Luego a las visitas las recibías en "el salón", habitación con una luz fría y tristona y el tresillo "bueno" que tenía la ventaja de que nadie se sentía en ella tan a a gusto como para prolongar su estancia demasiado tiempo. Así que los días normales, terminábamos todos apelotonados en "la salita", como piojos en postura. Cuando mi entonces premarido empezó a subir a mi casa, éramos confinados al salón, igual de acogedor que el Panteón de los Infantes en El Escorial, donde nos sentábamos muy derechos a cada lado del sofá y a una decorosa distancia, como los leones del Congreso. Él, que siempre ha sido muy educado, entraba dando las buenas noches. Mi madre, desde la salita, le contestaba. Mi padre, las dos o tres primeras veces, no. Con el tiempo,  mi novio fue recibiendo una especie de "grrrmpppfff" proferido de muy mala gana, a guisa de respuesta, y ya más adelante, cuando papi se convenció de que, a pesar de todo, aquel chico iba a seguir viniendo por allí, le reconoció el estatuto de persona humana y empezó a contestarle "buenas noches", muy tieso, eso sí, pero de manera clara e inteligible, ascendiéndole así de grado, desde la categoría de Mindungui Desconocido que viene con la Niña,  (confinado al salón y medio de extranjis) a la de Novio Oficial de la Niña.con derecho a conversación, a mesa camilla, y los días buenos, a una cervecita con tapa. Y cuando tuvimos fecha para la boda, ya le llamaba por el nombre y todo. No os vayáis a creer.
Esta receta, muy apta para recuperar la saludable costumbre de la merienda, la he sacado de El Comidista, simplificándola ligeramente. Sale un pan tierno y esponjoso que está exquisito con mantquilla, incluso si es mantequilla de mentira para bajar el colesterol. Parece muy laboriosa, pero en realidad hay que dedicarle muy poco tiempo en cada paso y preverla con antelación.
Ingredientes:
-500 gramos de harina de fuerza.
-200 gramos de calabaza asada y hecha puré.
-160-180 gramos de agua.
-10 gramos de sal.
-5 gramos de levadura seca para pan o 15 gramos de la que viene en cubitos, como una tercera parte del cubito.
-150 gramos de nueces peladas.
-1/4 cucharadita de cardamomo molido. Yo puse canela.
Para asar la calabaza, la cortamos en dados no muy grandes y las asamos en el horno caliente, a unos 180-200º hasta que esté tierna, unos 30 minutos. Sacamos, chafamos con un tenedor y dejamos enfriar.
Mezclar todos los ingredientes, menos las nueces, en un bol, hasta que se integren. Mezclar, no batir, ni amasar. Dejar reposar 15 minutos.
Hacer un rectángulo con la masa y plegarla en tres como si fuera un tríptico, y luego la dejamos reposar otros 15 minutos. Repetiremos esta operación hasta cuatro veces, dejando 15 minutos entre plegado y plegado.
Incorporamos las nueces. Para ello, aplanamos la masa, ponemos encima las nueces y apretamos, cortamos una parte de la masa y la ponemos sobre la otra, y repetimos esta operación dos o tres veces, de manera que vamos haciendo capas como una lasaña.. Así las nueces se distribuirán de forma uniforme. Hacemos una bola con la masa, ponemos en un cuenco y a la nevera hasta el día siguiente.
Al otro día sacamos la bola de la nevera y la dejamos reposar sobre un papel de horno a temperatura ambiente dos o tres horas.
Precalentamos el horno a 200º y le ponemos dentro un cuenco que resista el calor con agua caliente. Cuando el horno ya se haya calentado, cogemos un aro de cortar galletas y presionamos en medio de la bola de masa, y partiendo de ahí hacemos alrededor ocho cortes verticales, que no deben ser muy profundos. Espolvoreamos con harina a través de un colador. Abrimos el horno, echamos, con cuidado, un vaso de agua muy caliente en el cuenco y metemos el pan sobre la hoja de papel a la bandeja. Dejamos cocer unos 40-45 minutos. A la media hora miramos si está muy dorado y si es así, ponemos una hoja de papel de aluminio por encima hasta completar la cocción.
Sacamos y dejamos enfriar sobre una rejilla.


Compañeros de infancia, reivindiquemos la mesa camilla y la costumbre de la merienda, con o sin pan. La cuestión es parar un rato,y de modo opcional, aunque recomendable, apagar el móvil y pensar:
-Qué bien que no tengo que salir esta tarde.... ¡Con lo a gusto que se está en casa!.
Feliz semana a todos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.