Muy señores míos de Facebook:
No sé qué dudosos méritos habré hecho para merecer esto, pero esta mañana, al abrir mi página, me he encontrado con un obsequio inesperado en forma de vídeo-resumen de la actividad de este año. Básicamente aparecen imágenes de cosas que me han enviado o que yo he publicado, amén de una escalofriante foto de mi careto rodeada de la de todos mis amigos. Me sugieren, incluso, que lo comparta, cosa que no haré bajo ninguna circunstancia. De verdad, que para otro año no se me molesten, que una va teniendo el corazón pequeño para llevarse estos sobresaltos. Suya afectísima. Todo el formato sugiere la proximidad navideña. Ah, sí, que es Navidad otra vez. Algo me había parecido notar por las mil cuatrocientas cincuenta y ocho fotos del alumbrado de calle Larios, generosamente colgadas en el mismo Facebook, (¡ohhhh!) los ositos amorosos con gorros de Papá Noel, (¡ahhhhh!) y el anuncio de la lotería de Navidad, con la pobre señora que se cree que le ha tocado el gordo (¡buajjjj!). A cuenta de todo esto, también te piden más dinero en todas partes, a cambio de bienes y servicios diversos, imprescindibles al parecer en estas fechas, o a cambio de algo de buena conciencia. Sí, me estoy pareciendo mucho al Mr. Scrooge de Dickens. Sin embargo, a mí me gustaba la Navidad de pequeña, como a todos los niños. Me encantaba el ritual de sacar todos los años la caja del abeto e ir reconociendo y colgando los adornos, y esos adornos de cristal pintado tan bonitos que nunca he vuelto a ver. Me gustaba sacar todas las figuras del Belén, cada una de su padre y de su madre, y componer cada día escenas que iban variando. Poner juntas a la gallina y al camello de Melchor, que eran del mismo tamaño, y a ese ángel canijillo sobre el techo del Portal junto a otro muy orondo, como Stan Laurel y Oliver Hardy. Y esas dos palmeras con la base de corcho que siempre se estaban cayendo encima de los pastores, hicieras lo que hicieras. No era un Belén bonito, era un Belén un tanto desastroso y entrañable, igual que el que podía haber en vuestra casa. Años más tarde, la Navidad volvió a gustarme cuando mis hijos eran pequeños, y volver a asombarme a través de sus ojos ante las luces encendidas, la cabalgata y la mesa del salón la mañana de Reyes. Qué bonito. Incluso cuando la tarde del 5 jurabas en arameo al tirar de ellos de vuelta a casa, y cuando esa misma mañana te habías zambullido de cabeza en un centro comercial abarrotado de criaturas que, como tú, habían dejado para el último día el trámite de ir a comprar los juguetes. Y esperar a que se durmieran para ponerlo todo sin que te vieran, habiendo tenido, previamente, que responder de modo mínimamente convincente a trescientas preguntas diversas:
-Mamá, ¿y si los Reyes estaban en la cabalgata, cómo podían estar también en la de Canal Sur de Sevilla?
-Mamá, ¿y porqué tenían los de Sevilla el pelo y las capas distintos, si eran los mismos?
-Mamá, ¿los camellos cabrán en el salón o les tendremos que montar un establo en el garaje?
Luego crecen y ya no es lo mismo. Nada es lo mismo excepto un detalle que pervive a través de los años y las estaciones: el uso y abuso del vocativo "mamá" precediendo a cualquier tipo de petición.
-Mamááá, andaaa, dame un dinerillo para los puestos del Parque.
-¿Qué? ¿Petarditos?
-Súiííí, mama. Pero de los pequeños. De verdad. Bombitas fétidas y ya está.
Y yo me lo creía. O hacía como que me lo creía. De pronto estaba en el salón y se oía en el porche un fiuuuuuuuuuu-¡¡¡PUMMMMM!!!, seguido de un estallido de colorines vislumbrado a través de las cortinas, el Curro atacado de los nervios y ellos dos partiditos de risa:
-¡¡¡NIÑOOOOO!!! ¿No decías que eran "pequeños"?
-Y son pequeños, mamá. Este es un "Rosa de Colorines". Eso no es nááaáa. El que hace un montón de ruido es el "Cañón Pirotécnico Extra". Claro que si me das.....
-¡¡¡¡¡NOOOOO!!!!! ¡Anda y tira millas, que lo que hacéis es volver loco al Curro, animalito!
-Bueno, bueno, maaaaama..... no te pongas así.
Luego están las cenas/comidas de empresa/comidas de amigos/comidas sin pretexto alguno, encadenadas unas a continuación de otras. Porque si no comes hasta sufir alucinaciones, ni vas al Corte Inglés a sumergirte en colas interminables de camino a la caja, mientras los villancicos asesinos te aúllan en la oreja, ni es Navidad, ni es ná. También recuerdo esa Nochebuena multitudinaria en casa de mi hermana, en la que, cuando fui a echar mano de mis niños, me los encontré fritos y espatarrados en sendos sofás. Nos costó la vida tirar de ellos; y ya en el coche, uno de ellos abrió un ojo y me dijo:
-Mamá. Nos han emborrrrrrrrrachado.
-Nene, ¿cómo os van a emborrachar, si lo que os han dado es "Champín" del Mercadona?
-.......zzzzz........
A mí me da que alguno de los adultos presentes, con el jí-jí, já-já de las copitas de antes de comer, o de después, o de mientras, se equivocó de botella. Yo no digo que hubiera mala intención ninguna. Pero todavía me duele la espalda de tirar de ellos. Señor.
Estas fiestas son agotadoras. En el fondo seguimos siendo criaturas neolíticas que celebramos la vuelta de la luz solar, y que hemos sobrevivido al invierno y no nos hemos muerto de hambre, ni nos ha devorado una pantera de las nieves. Celebramos la vida, aunque un poco a lo bestia. Nos ponen las rebajas de julio, inmediatamente después la vuelta al cole y antes de guardar las chanclas y los pareos, ya están los mantecados en el super. Un poco de tranquilidad, que así se pasa el año y una no se entera.....
Supongo que en alguna de mis próximas entradas pondré alguna receta navideña o apta para ello, pero yo me resisto a entrar todavía en el salvajismo culinario, y hoy lo que traigo es una receta de batalla, eso sí, bastante rica y apañada de guarnición. Necesitamos:
-10-12 champiñones grandes, o los que se quiera: una ración pueden ser tres o cuatro, según tamaño y saque.
-Cinco o seis dientes de ajo.
-Un puñado de perejil fresco.
-Tacos de jamón, sin miserias.
-Aceite y sal.
-Un chorrito de vino blanco.
Lavar los champiñones y quitarles el pie. Cortar la parte de las raicillas y picar los pies junto con los dientes de ajo. Poner un fondo de aceite en una sartén y sofreir los ajos y los pies de los champiñones. En el último momentos, añadir los tacos de jamón y dar unas vueltas al conjunto. Es importante que los ajos y el jamón no se frían mucho, porque luego irán al horno y si están muy fritos se pondrán duros y amargarán. Encendemos el horno a 180º. Ponemos los sombreros de los champiñones en una bandeja de horno, boca arriba, y llenamos cada uno con un poco del preparado de los pies de los champiñones, el ajo y el jamón. Picamos encima de cada uno un poco de perejil y espurreamos un poco de sal, teniendo en cuenta la que ya tiene el jamón. Rociamos con un poco de vino blanco y los metemos al horno caliente unos veinte minutos.
Y para adentro, con un acompañamiento de nuestra elección.

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