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miércoles, 9 de noviembre de 2016

PAN DE CALATRAVA.

Han entrado un par de dias de biruji fresquito y yo estoy trabajando en casa, la mar de a gusto. Hay veces, cuando llegan momentos de malas noticias, en que eso es lo que nos queda, refugiarnos en las cositas sin importancia que nos proporcionan bienestar, y confiar en que todo mejore de algún modo, en algún momento. Me viene a la cabeza un artículo de alguna revista que he leído hace poco, donde habla de un peculiar término danés: hygge. Esta palabra la podríamos traducir, al modo ibérico, como "estar más a gusto que un cochino en un sembrao", Los nórdicos, algo más sutiles, refieren con este término al estado de felicidad que proporciona estar en la casa de uno, disfrutando de los placeres domésticos mientras fuera cae una pelaera que no puede soportar criatura humana, con una media de siete míseras horas de luz en invierno. A los afortunados mediterráneos el clima nos tira mucho más hacia la calle, aunque yo, que sospecho debo tener algún antepasado muy de por ahí arriba y calvinista por más señas, siempre he sido bastante casera. A esto ayuda el hecho de que la casa donde vivo ahora está bien aislada y resulta muy acogedora. La gente que viene de climas fríos siempre dice que en Málaga las casas no están bien acondicionadas. Desde luego, no ha habido en la historia casas más inhóspitas que muchas de las construidas en los años 70, como mi casa familiar de la calle Malasaña. Nosotros vivíamos en el tercer piso de un bloque de tres plantas edificado sobre el solar de la casa mata de mi abuela. Los tabiques eran finos como el cartón, el aislamiento de cualquier tipo brillaba por su ausencia, y con el paso de los años fuimos teniendo unas encantadoras goteras, además de morir de calor en verano y de frío en invierno. En invierno hacía dentro más frío que en la calle, y  en verano nos tirábamos al suelo de panza como los perros para encontrar algo de fresquito. Excepto papi, bendita criatura a la que ningún extremo climático perturbaba, motivando que mi madre dijera de él con resentimiento que era un lagarto.  Por otra parte, debido a alguna extraña razón, cada vez que mi tío se fumaba un puro en su salón, el humo se colaba en mi cuarto, siendo como eran habitaciones situadas en direcciones opuestas y sin ninguna comunicación entre sí. El hombre no tenía ninguna culpa, pero así eran las cosas. Si algún residente de un piso quería hablar con alguien de otro, no necesitaba desplazarse, sólo tenía que asomarse al lavadero y decir en un tono de voz normal:
-Nati. Que si me puedes dejar una pastillilla de Avecrem, que se me han terminado
-Siii. Dile a tu Rocío que baje y le doy.
-Gracias, mujer.
-De nada. Que luego salgo a la compra, si quieres algo. Oye, ¿tienes rota la batidora? Porque hace un ruido rarísimo.
Así que, lo que se dice comunicación, había mucha, desde luego. Sin hilos. Fuimos los precursores del WiFi. Lo que no había era ascensor. Al parecer, nadie se planteó en ningún momento la conveniencia de que la casa fuera cómoda, ni que los residentes no serían personas jóvenes de buenas piernas toda la vida. Y lo que es mi habitación, estaba al final de un largo y gélido pasillo, donde pasé felices años de mi vida envuelta en siete jerseis. Por suerte, y aunque recuerdo aquella casa con mucho cariño, todo eso quedó atrás desde que me mudé.
Mi idea de un día de hygge es que tengo encendida mi estufa de leña, fuera está lloviendo, me estoy tomando un té verde acompañado con galletas caseras en una taza muy bonita y tengo al Curro dormido a mis pies. Ya puestos a pedir, peso cuatro kilos menos, (a pesar de las galletas) y me han acuchillado el parquet. Pero, ah, la realidad se empeña en imponerse y, cuando abro los ojos, lo primero que veo es:
1) Que uno de mis hijos ha venido y ha tirado su enorme mochila en el suelo,  con esparrame de papeles y detritus diversos incluido, todo ello a la misma entrada del salón, con el consiguiente riesgo de que alguien se abra la crisma.
2) Que cuando voy a calentarme el agua para el té, me encuentro la hornilla cubierta de una misteriosa capa de leche (al parecer) derramada y quemada, de la que a) no saben; b) no contestan.
3) Que no hay galletas caseras, y de las otras, me han dejado el papel vacío en el armario, esperando al parecer que en el mismo broten otras nuevas por generación espontánea.
4) Que el Curro se ha subido a la mesa del comedor para tragelarse un cacho de pan que nos hemos dejado encima, además del papel que lo envuelve, a modo de guarnición, y
5) Que como se me ocurra encender la estufa de leña a 20º de temperatura interior, nos vamos a morir de un hamacuco, del tipo colorín menudillo. Y de lluvia, pues ya sabéis.
 Con todo lo cual el romántico hygge se marcha a tomar viento, en busca de entornos más favorables a su desarrollo. Mi casa es nido de imperfección y de caótica vida. Ya no hablo de la de nosotros cuatro, y del Curro, que a estas alturas es socio de número; también la de última adquisición de mi Frank de la Jungla particular. Dos jerbos. Si: ratas. Hay para matarme, habiendo sufrido ya algunas incursiones de roedores en casa, pero qué queréis, una es débil. Además, si viérais lo monos que son. Y no huelen. Mi hijo se los trajo respondiendo al llamado desesperado, vía Internet, de una propietaria a la que habían mentido descaradamente sobre el sexo de sus dos jerbos y que se encontró de repente con una inesperada descendencia, que regalaba a quien los quisiera. Conociéndome muy bien, mi niño me trajo los bichos como fait accompli, sin preguntar primero, vamos, y me contó el terrible destino que les esperaba a los animalitos si nadie los adoptaba:
-¡Eso! ¿Y si pasa lo mismo con los tuyos, y son niño y niña? Te aviso desde ahora mismo que yo no crío ratas. Bastante hemos tenido con las que se nos han colado en casa.
-Mamá. Que no son "ratas". Son "jerbos". Y no te preocupes. Ya me he asegurado de que son dos machos. Les he visto los cataplines. Y están bien aislados en su caja. Mira, no se pueden escapar.
Este niño no tendría precio como abogado; es capaz de convencerte de cualquier cosa. Por suerte para el mundo del foro, sus intereses son muy otros. Respecto de los jerbos, sólo tienen dos inconvenientes, ninguno de los cuales sufro yo: les apasiona bailar claqué por las noches y, desde luego, muerden.  Sólo espero que corran mejor suerte que la tortuga (días y días muerta, hasta que su propietario tuvo que rendirse a la evidencia de que "no" estaba hibernando), o Manolete, el ajolote, al que al volver de Londres este verano nos encontramos tieso como un bacalao en el fondo del acuario, víctima, al parecer, de un golpe de calor. Tuve que ponerme seria de verdad para que fuera retirado el cadáver ("Es que me da muuuuucha pena..." "¡Y a mí me da muuuucho asco, niño!") Con estos antecedentes, de vez en cuando me abro paso en la habitación de mi hijo con una desbrozadora, para que los jerbos me den fe de vida. Espero que ninguno de mis vecinos me lea; nos mirarían con mayor recelo "aún". Ya lo sé: soy muy blanda. Pero ya tenemos bastantes batallas serias que librar todos en nuestra vida, para desperdiciar energías en escaramuzas menores. En fin, como las circunstancias no me dejan hyggear en el salón, lo haré en la cocina, territorio que nadie me disputa, preparando una receta muy tradicional. Reúno algunos trozos de bizcocho que se han quedado duros y preparo un postre muy de la infancia y muy bueno:
-5-6 magdalenas o unos 200 gramos de bizcocho o pan.
- 200 ml. de leche.
-5 huevos.
-Una lata pequeña de leche condensada.
-Un palo de canela.
-Ralladura de limón.
-Caramelo líquido o 5 cucharadas de azúcar, 2 de agua y unas gotas de limón.
Precalentamos el horno a 180º.
Ponemos caramelo en el fondo de un molde que pueda ir al horno. Yo personalmente prefiero preparar el caramelo, porque el que viene hecho tiene a veces un punto de amargor excesivo, y entonces pongo en un cazo al fuego el azúcar, el agua y el zumo de limón que indico, y remuevo. Cuando se va poniendo dorado, lo aparto y baño con él el fondo del molde. En el mismo cazo podemos poner la leche y el palo de canela, y hacerlo hervir unos minutos a fuego flojo para que infusione. Apartamos del fuego, quitamos el palo de canela y dejamos templar. Cuando la leche esté tibia, se bate  con los huevos, la lata pequeña de leche condensada (síííí, rebañaréis con el dedo) y la ralladura de limón. Se vierte en el molde. Cortamos en rebanadas las magdalenas o el bizcocho y las ponemos dentro, dejando un rato que empapen. Cuando veamos que está más o menos blando, ponemos el molde en una bandeja que pueda ir al horno, y pondremos en ella agua por lo menos hasta la mitad, montando un baño María. Metemos a una altura media y dejamos cocer una media hora. Pasado ese tiempo abrimos el horno, pinchamos con una aguja y vemos si sale limpia. Si no, dejamos un poco más. Si ya está cocido, sacamos y ponemos el molde a enfriar sobre una rejilla. Como el bizcocho o las magdalenas se quedan flotando, es posible que veáis que sobresale y se queda crujiente. Podéis añadir por encima un poco de leche fría para que empape más, pero de cualquier mido, cuando ya esté frio y se le pueda dar la vuelta para desmoldarlo, veréis al consumirlo que se va quedando tierno.
Tiene leche condensada, así que entra en la categoría de pecado. Gracias a lo cual en casa nos hemos condenado todos al fuego eterno. Una lástima, oye.

Antes de.

Después de. Hace bonito y todo.
Y a seguir en el tajo, con la inestimable ayuda de los placebos, y placeres, cotidianos.
Feliz semana.

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