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miércoles, 29 de marzo de 2017

MAGDALENAS DE DULCE DE LECHE ¿Dónde las habré puesto...?

Recuerdo haber sido siempre, desde que tengo conciencia, una persona increíblemente distraída. Vivía en una especie de mundo paralelo, ganándome no pocas broncas de mis profesoras, que me acusaban a todas horas de estar en Babia, hermosa comarca de la provincia de León muy frecuentada por mí durante las largas horas de clase. Especialmente si eran de Lengua, asignatura a la que tenía muchísima manía. Mis despistes tenían momentos memorables, como esa vez que me fui al colegio olvidando enjuagarme las manos tras habérmelas lavado. Me pareció un poco raro que se me pegasen al libro, y tuve que pedir permiso para ir al lavabo.
-Señorita, ¿puedo ir al aseo?
-Hija, pero si acabas de entrar en clase. De casa se viene con "esas" cosas hechas. Digo yo.
-No... es que tengo las manos llenas de jabón.
-¿¿¿????
-Que se me ha olvidado enjuagarme..... como llegaba tarde...
- Niña, ¿tú estás tonta? Ve y te enjuagas. Y acuérdate de secarte. Y de volver a clase, ya que estamos. Anda que....
A partir de ese momento empezó a mirarme de otro modo, como si yo fuera un poco tarada. Cualquiera hubiera hecho lo mismo, después de todo. Tampoco era muy infrecuente que me saliera a la calle en zapatillas, aunque como vivía muy cerca del colegio me solía dar tiempo a volver a cambiarme. Mi vida ha sido una larga sucesión de despistes y olvidos. Me estoy acordando de una vez que estaba con mi hermana en la casa del Rincón y se presentó una parienta a visitarnos. Allí todo el mundo venía sin avisar, entre otras cosas porque papi, reconozcámoslo, era más agarrado que un chotis, y no consintió en poner teléfono hasta muchos años más tarde. Cuando queríamos llamar a alguien, había que ir a la cabina del pueblo. De camino, cuando me tocaba a mí, aprovechaba para ir clandestinamente a por tabaco. De hecho, a veces me inventaba la llamada, porque yo estaba metida de lleno en el vicio y tenía ganas de fumar a todas horas, cuando aún no tenía edad reglamentaria para ello. El caso es que el piso del Rincón era como la posada del Peine. Se te podía aparecer cualquiera en cualquier momento. Nos frecuentaba mucho una pareja muy conocida entre sus allegados por venir sieeeeeempre a la hora de la comida, fuera la que fuera, justo cuando te acababas de anudar la servilleta al cuello, para autoconvidarse. Lo tenían calculado al milímetro, con precisión de operación militar. El día que apareció la parienta, nuestra madre había salido, y a mi hermana, por ser la mayor, le correspondió la tarea de dar conversación a la visita y a mí la de preparar café y merienda, que una sería zampulla, pero muy bien mandada. Diréis que vaya cara la de mi hermana, pero no os creáis. Darle conversación a esa excelente mujer era como intentar sacar sangre de una piedra. Era de esa clase de personas monosilábicas que hablaban poco, pero tenebroso y lapidario. Así que mi hermana estaba sudando tinta china, usando de todas sus habilidades sociales, en las que era mucho más experta que yo. Secretamente aliviada de no verme en ese trance, me fui a la cocina y preparé mi bandejita primorosa con su servilleta, sus pastas y su cafetera. Total, que me voy a servir el café, y veo que de la cafetera sale un liquidurrio amarillento de aspecto bastante asqueroso. La visita abrió unos ojos como platos;
-Niña, ¿qué has hecho? ¿Café o pipí de gato?
-Yoooo....... que no sé, voy a ver lo que ha pasado.
Enfrié la cafetera bajo el chorro del fregadero y la abrí: allí, en el depósito, estaba el café, como tenía que estar, sólo que sin moler. Lo había puesto enterito, en grano.  Mi hermana me siguió a la cocina, temiendo que hiciera otra de las mías y envenenase a la visita que, aunque poco simpática, tampoco era merecedora de un intento de homicidio; cuando vio lo que había pasado, me dijo imbuida de amor fraternal, que si estaba idiota, y que hiciera de una puñetera vez un café en condiciones, que se había quedado sin temas de conversación y que ya no sabía que más contarle a la visita, allí plantada en el sofá como un tótem. Cuando volví con el café bien hecho, se me ocurrió explicar lo sucedido, para hacerme la graciosa y ver si se reía, pero fui obsequiada con una mirada tal que si yo hubiera sido una cucaracha espachurrada a la que hubiera pisado sin querer. Josús. Gracias a Dios, en ese momento llegó mami, para coger el relevo con nuevos temas de conversación, e informada de lo sucedido a causa de mi ceporrez, sólo dijo:
-Ya ves.... Con "ésa" te tenía que pasar, con la cara de culo de pollo que tiene a todas horas....
En fin. De algún modo siempre me las arreglo para aparecer como una retardada profunda. La última vez, no hace mucho, llevé a la casa de mis suegros el yogur de galletas María, del que tengo en el blog puesta la receta. Todo el mundo empezó a comer normal,  qué rico, y todo eso, y de pronto veo a uno de mis cuñados sacarse una cosa de la boca. Con mucho disimulo, eso sí. Que mi gente es muy bien criada. Después otra de mis cuñadas, lo mismo. Todavía con disimulo. Mira que son educados. Es que se me caen las lágrimas al recordarlo. Pero poco a poco empezaron a salir más cosas y el disimulo se fue a tomar viento.
-¿Qué le has puesto a esto?
-¿Yoooo? Pues lo normal.... a ver que lo pruebe........ pfffffffffpfffff pppp..... parece que le ha caído un plastiquillo ¿no?
Un plastiquillo. Ya. Unos pocos de plastiquillos. Muchos. La explicación era que, como siempre estoy haciendo una cosa pensando en las trescientas siguientes, al echar las galletas en la Thermomix para triturarlas se me fue detrás todo el celofán del paquete  ("todo", queridos cuñados: creo que eso no os lo llegué a contar), y no me di ni cuenta. Lo cual confirmé cuando me salió la banda roja por donde se abre, y gracias a que el cartón lo había apartado, que si no, también para adentro: lo que no mata, engorda. Total, que tuve que aguantar el consabido pitorreo sin fin. Qué le vamos a hacer, si es que está una muy faltita de mindfulness.  Estoy haciendo un curso de eso ahora. En serio.  A ver si me acostumbro a estar en lo que hay que estar. Pero hay que reconocer a mi familia política el mérito de que han seguido teniendo fe en mí y en mis comidas, aunque haya estado a punto de ponerles en riesgo de extinción por ingesta de plástico, como a las tortugas bobas. Pobrecicos míos, qué paciencia me tienen
Esta receta es de un libro publicado por los autores del blog Webos Fritos, cuyo tema son las magdalenas. Son muy buenas las recetas, aunque ésta la he modificado un poco: los tiempos y temperatura del horno que trae no me convencían.
Ingredientes:
-3 huevos
- 60 gramos de azúcar
- Una pizca de sal
- 75 gr. de aceite de oliva virgen extra.
- 100 gr. de dulce de leche.
- 220 gramos de harina de repostería
- Un sobre de levadura de repostería.
-Azúcar moreno para espolvorear por encima.
Precalentar el horno unos 15 minutos, a 180º. Batir los huevos con el azúcar durante 5 minutos, hasta que la mezcla aumente y blanquee. Agregar el aceite y el dulce de leche sin dejar de batir. Tamizar la harina, la levadura y el poquito de sal y añadir poco a poco a la mezcla, removiendo bien. Poner la mezcla en cápsulas de papel y éstas en un molde metálico para magdalenas. Si no tenemos, las ponemos en la bandeja del horno y las dejamos en el frigorífico media hora. este paso es importante para que luego las magdalenas tengan copete. Cuando las saquemos, les ponemos azúcar moreno por encima y las metemos en el horno 12-15 minutos. Sacar y dejar enfriar sobre una rejilla.


Estas no han salido muy altas de copete, pero es porque los papelitos son un poco más grandes de lo habitual. Y no, no traen cuerpos extraños. Para una vez que me caen celofanes en el postre..... y hago el café sin moler.... y le sirvo a una visita té con gazpachuelo (en la receta del gazpachuelo narro tan terrorífica historia)..... y...... Desde luego, que ya la tienen a una señalada. Qué injusticia tan grande.
Feliz semana, buenos desayunos y mucha atención plena.

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