Hora de la cena. Sentada a la mesa del comedor, preparo el postre. El de mi marido, dos tajadas de melón, como una persona normal y de fundamento que es. El mío, cuarto y mitad de pastillas y sustancias diversas, como la chiflada de los remedios milagrosos que soy yo. Esta para las rodillas, que te crujen una barbaridad. La otra y la de más allá, para que no te sofoques, que se pasa muy malamente. El omega tres y la levadura de arroz rojo, para el colesterol. La melatonina, para que duermas bien. Y el magnesio, para que estés tranquilita y relajada y no des por saco. Esos son los fijos. Luego en octubre vendrá la equinácea para no resfriarse en invierno, y ahora porque ya no tomo la lecitina de soja y la levadura de cerveza, que ésas van rotando por temporadas. Y cuando estoy baja de energías, la jalea real y el ginseng, para irme para los juzgados bailando el mambo nº 5. Dale ahí. Muchas veces he pensado que mejor lo mezclo todo en un tarro y me echo un par de cucharadas del pienso resultante y termino antes. Como el que se echa muesli en el yogur. Hay que simplificarse la vida, que lo dice en todas las revistas. Estamos hablando de que soy una persona básicamente sana, así que no hablemos de cuando empiece a tomar pastillas de verdad. Pero no puedo evitarlo: junto a las librerías y las panaderías, las herboristerías son las tiendas que más me gustan en el mundo. Es que me prevarican. Como pille una de esas grandes donde tú puedes ir mirando y sirviéndote a tu gusto, me pierdo. No lo puedo remediar. Te lo ponen todo tan bonito que al entrar te sientes, no ya más sana y virtuosa, sino más guapa, más lista y con veinte años menos. Aunque con lo que sales es con bastantes euros menos. La capacidad de autoengaño del ser humano no conoce límites....
Hace una pimporrada de años, a principios de los ochenta, recuerdo que mami descubrió la dieta naturista como posible remedio a su de todo un poco: tensión alta, glaucoma y perenne obsesión por adelgazar. Convencida, y patrocinada, por mi hermana, se fue a Zaragoza, donde tenía su consulta un eminente médico naturista, entonces una verdadera rara avis, arrastrando tras de sí a un más que reticente don Joaquín. Y volvió cargada de prescripciones, de recetas de combinaciones de alimentos y de exóticos productos nunca vistos en casa, como la carnita vegetal, el aceite de pepita de uva y el polen de abejas, más contenta que unas pascuas, a diferencia de papi, que venía refunfuñando desde que se subieron al tren. A la mañana siguiente me la encontré en la cocina bebiéndose una taza de lo que parecía agua de hervir calcetines. Ya no parecía tan contenta, por algún motivo.
-Mamá, ¿eso qué es?-Una infusión de hojas de olivo. Para la tensión. Que me tome tres tazas al día.
-¿Y está bueno?
-Está más amargo que la tuera. Pero como dice que es muy bueno... pues será.
Un día me encontré con que mi desayuno tenía incorporado un zumo de naranja con una cucharada de polen. Y al siguiente. Y al otro.
-Tómate eso, que da mucha energía.
-Mamá. Tengo veinte años y muuuucha energía. No me des eso, que está asqueroso.
-Tú te lo tomas, que estás estudiando y ya tienes encima los exámenes finales (Gracias por recordármelo, mami) Menos café, y menos tabaco, que es mucho el vicio que tienes, y más pelotillas de esas, que me ha dicho el médico que eso es sanísimo. Toma, échale otra.
El que haya probado polen de abeja sabe que tiene una especie de regusto rancio y peculiar bastante desagradable. Pues hasta a eso me acostumbré. Mamá estaba feliz haciéndose sus comistrajos de combinaciones de verduras diversas recocidas acompañadas de la carnita, que venía en latas y tenía un aspecto algo menos apetitoso que la comida Whiskas para gatos. Esto duró una buena temporada, y recuerdo que durante meses me estuve encontrando ramas de olivo metidas en los armarios, languideciendo cada vez más secas y fúnebres. Creo que alguna vez hasta se la echamos al potaje pensando que era laurel. Hasta que un buen día, en un furibundo ataque de limpieza materno, acabaron en la basura.
-Mamá ¿porqué has tirado las hojas de olivo?
-Anda y que le den al olivo y a la paloma de la paz. Yo voy a ir al médico del ambulatorio, y que me mande mi pastilla para la tensión como a todo el mundo. Y el bebistrajo que se lo tome el tío ese de Zaragoza. ¡A bien que está poco malo!
Así que se acabó la carnita y el aceite acalórico y, gracias a Dios, el polen. El libro de las combinaciones alimentarias, escrito sin duda por un enemigo del género humano, terminó en un cajón y hoy lo tengo yo como curiosidad antropológica. Leer las recetas le produce a uno la más miserable de las melancolías. Cualquier condimento para alegrar o darle gracia a un plato brilla por su ausencia. Peor que la comida de hospital. Debería poner en la portada: "Vosotros que aquí entráis, abandonad toda esperanza" (Libro del Infierno, Divina Comedia, escrita por un tal Dante. De nada) Afortunadamente, hoy día comer sano es otra cosa, y hay libros monísimos con recetas bonitas, cuquis y hasta apetitosas....
Respecto a la receta de hoy, nuevamente he robado (y fusilado) una receta de los Torres, de esas que veo en su programa mientras echo el alma en la cinta de correr y anoto mentalmente para buscarlas en Internet al volver a casa. Es uno de esos perversos mecanismos de compensación que un alto porcentaje de asiduos del gimnasio -entre los que me incluyo- conoce: como ya has quemado calorías, a preparar y trasegar galletas. Ole tú. En este caso, además, con la percepción de casero igual a sano (buenoooo....) e igual a ausente de calorías (aunque ésta sí que no cuela)
Ingredientes:
-Dos tazas y media de harina (yo puse mitad harina, mitad salvado)
-3/4 de taza de azúcar (yo puse azúcar morena)
-Una cucharadita de levadura de repostería.
-Una taza de mantequilla (que yo sustituí por la misma cantidad de almendras molidas hasta hacer pasta; también se puede poner dos terceras partes de taza de aceite)
-Una cucharadita de extracto de almendra de repostería (opcional)
-Ralladura de naranja
-1/2 taza de arándanos deshidratados
Yo puse también media taza de semillas de lino trituradas.
Se precalienta el horno a 200º y se forra la bandeja con papel de hornear. Se mezclan todos los ingredientes y se forman bolas, que iremos aplanando y compactando bien con las manos. Las vamos poniendo en la bandeja, dejando espacio porque se expanden, y se hornean 12-15 minutos. Si se quieren un poco más crujientes, se dejan cinco minutos más. Se sacan y se dejan enfriar sobre una rejilla. Aviso: se suelen ablandar algo con el paso de los días, lo cual en casa, al menos, no ha supuesto ningún inconveniente. Están muy ricas.
Buenas noches a todos, que me acabo de acordar de que la melatonina no me la he tomado. Cuidaos mucho, pero con cosas ricas, y feliz semana.....

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