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sábado, 20 de octubre de 2018

ARROZ CON LECHE AL CARAMELO

Los días van pasando, las semanas se precipitan unas sobre otras, y los diversos quehaceres de mis tres ámbitos laborales (intendencia/mantenimiento, churruscapleitos y cuidado y desarrollo personal para sobrellevar mínimamente los dos anteriores), me tienen tan absorta, que pasó el miércoles, pasó el jueves y no publiqué, de manera que he decidido trasladar mi confesionario habitual, pues como tal podéis tomarlo, a los fines de semana, relativamente más libres de tareas. Aunque éste en particular ya tengo dos asignadas: preparar la tarta para el 90º cumpleaños de mi suegra, nuestra incombustible y querida Catalina, que es tarea que hago con el mayor gusto, y hacer el cambio de temporada de ropa, que es otra que detesto profundamente. En las casas normales, la ropa de las otras temporadas se mete en un altillo, o en un cuerpo del armario. En la mía la ropa de otras temporadas está en cajas inmensas que se bajan y se suben de las procelosas profundidades de mi sótano/agujero negro particular, que venía incluido en el préstamo de la casa y que desde que nos mudamos nos hemos dedicado a alimentar con fruición. Una vez que he conseguido que alguien me las suba, cierro la puerta del cuarto detrás de mí, aprieto los dientes y abro las cajas con toda la maldita ropa, que siempre aparenta ser mucha más de la que cabe en el armario, y que siempre, de manera más o menos desesperada, consigo acomodar tras inenarrables sufrimientos. En la casa de los García, las cosas de verano se solían quedar en los armarios de la casa del Rincón, y luego, cuando llegábamos a orear el piso y abrir los armarios, doña Pepa se arremangaba, se metía para adentro del armario empotrado, y empezaba a arrojar cosas fuera como una posesa:
-¡¡¡Aghhhh!!! ¿Todavía está aquí el pijama chino de tu padre? Ese se lo tiro yo antes de que se acuerde y pregunte por él. Y porque está él por aquí, que si no, cogía un misto y le pegaba fuego. Por la gloria de Cotón.
Ese pijama al que mami tenía tanta hincha era ya de la época en que había nacido el mayor de mis hijos. Al parecer, a papi le parecía el colmo de la elegancia casual andar vestido todo el día con el susodicho pijama, que era de esos de símil raso, con su manguita y sus pantaloncitos cortos y sus solapas ribeteadas.
-Joaquín, hijo. ¿Tú no te puedes poner una camisa y unas bermudas, como todo el mundo, que parece que estás malo, con el pijama todo el día?
-¿Por qué? Yo estoy cómodo. ¿Para qué me voy a tener que vestir ahora?
-Pues para estar decente y visible, hijo de mi vida. ¡Digo yo!
Pero papi pasaba olímpicamente del tema, hasta extremos insospechados. Una vez que fuimos a comer con ellos, mi madre había salido al Mercadona y mi padre decidió ir a buscarla a la puerta con mi niño, que entonces podía tener tres o cuatro años. Nosotros nos quedamos por la casa, yo estaba cocinando algo, y al rato me aparecen los tres: mi niño muerto de risa, el papi con las orejas gachas y doña Pepa hecha una pantera hambrienta:
- ¡¡¡Vamos!!! ¡¡¡Que me creí que me MORIA!!! Joaquín, ¿¿¿ a ti te parece normal aparecerte en la puerta del Mercadona con el pijama chino y los zapatos sin calcetines??? ¡¡¡Tú no estás bueno!!! ¡¡¡Nos estaba mirando TODO el mundo!!! ¡¡¡La próxima vez, yo es que no te conozco!!! ¡Vamos, es que ahí sentado en el banco, con el niño, de lo que entraban ganas era de darte veinte duros para un bocadillo!
- Pero hija.... si era para salir un momento a la calle.....¿qué mas da?
-¿Que qué mas da? ¡Que el dichoso pijama lo voy a dejar yo para trapos de los cristales y se acabó lo que se daba! Ay nena, ¡qué vergúenza, pero de las grandes!
Ciertamente papi, feliz criatura, estaba gloriosamente desprovisto de cualquier sentido del ridículo: entre otras cosas, años atrás de este episodio, pretendió una vez salir a la calle con unas gafas de sol setenteras. De mi madre. Os lo juro. Inmensas, con los cristales morados y un kilo de pasta en la montura, entre patilla y patilla. Os podéis hacer una idea.  ("¿¿¿Pero tú vas a salir con ESO, que tú no te has visto, que te pareces a la Hormiga Atómica???", "Mujer,  si es que no encuentro las mías....") Fui testigo presencial (y horrorizado) del hecho, y por suerte doña Pepa se las quitó sin contemplaciones y las tiró a la basura, para evitar futuras tentaciones ("Que TU no sales con eso a la calle, ya te puedes poner como te pongas. ¡Cualquier DIA!"), ya que a mis catorce o quince años que podía yo tener entonces, la vergüenza ajena me hubiera matado y/o estigmatizado para el resto de mis días, como "esa que el padre salía a la calle con las gafas de sol de Lola Flores". En lo que respecta al pijama de la historia, creo que al final fue hecho desaparecer de manera drástica, porque como decía mami:
-No. Es que como lo deje para trapos, es capaz de ponérselo otra vez. ¡Y no me da la gana!
El recuerdo me hace gracia, y me resulta más llevadero el suplicio de cambiar la ropa y guardarla en mi armario clásico de tres cuerpos, que es como una réplica a escala algo menor de la catedral de Sigüenza. Al final, se convierte en un ritual de la nueva temporada, al igual que cocinar más los platos de toda la vida, que al menos a mí, en otoño me apetecen más. Así que también he preparado de postre un arroz con leche con un toque asturianín. Y el resultado no puede ser más afortunado....
Ingredientes:
-200 gramos de arroz redondo
-Un litro y medio de leche entera o un litro 200 de leche y el resto de nata, si lo queremos más cremoso
-Una tira de cáscara de limón y otra de naranja, procurando no sacarle parte blanca, que amarga una cosa mala.
-Un palito de canela.
-Un pellizco de sal.
-Un chorro de anís.
-150 gramos de azúcar
Para el caramelo:
-!00 gramos de azúcar.
-20 gramos de mantequilla.
En la Thermomix es simple: se pone la mariposa en las cuchillas y se echa todo en el vaso, excepto el azúcar, y se programa 40 minutos, temp. 90º,  vel. cuchara/1. Del modo tradicional es igual de fácil pero más cansado: se deja hervir todo, a fuego bajo, hasta que el arroz esté tierno, removiendo para que no se pegue. Hecho el arroz del modo que sea, lo servimos en un recipiente grande o varios pequeños, le sacamos la canela y las pieles de naranja y limón y lo dejamos atemperar mientras ponemos el azúcar y la mantequilla en un cazo, removiendo a fuego no muy fuerte hasta que nos sale un caramelo rubito. Lo vertemos por encima del arroz y lo metemos en la nevera. Saldrá una capa crujiente fabulosa para romper con la cuchara y mezclar con el arroz. El invento está buenísimo.

Cada año que pasa, me siento más apegada a esos pequeños y reconfortantes ritos estacionales, que lo son por más irritantes que puedan parecer en ocasiones. Ahora ya sólo falta que nos cambien la hora para que yo, que adoro el otoño y el invierno, sea perfectamente feliz.....
Feliz semana a todos.

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