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domingo, 18 de noviembre de 2018

COMPOTA DE MEMBRILLO, PERAS Y MANZANAS

Acabamos de poner en venta la casa del Rincón. Cuando el inquilino nos dio las llaves, me fui paseando por todas las habitaciones y amontonando los inevitables recuerdos de tantos veranos. De los fines de semana que yo me iba con mis amigas para estudiar y de vez en cuando estudiábamos y todo. De las fiestas delirantes en casa de una o de la otra cuando los padres no estaban y no conocíamos a la mitad de la gente, ni quién les había traído, y luego te encontrabas a un completo desconocido durmiendo en la bañera o comiendo pan con salchichón de tu frigorífico. En una de esas fiestas alguien hizo una especie de sangría mezclando los restos de todas las bebidas que pilló, más un chorrito de Pronto de los muebles. Uno de los presentes se tomó un vaso de semejante aberración y se cayó sentado de culo, pero aparte de ponerse muy contento, inexplicablemente ni a él ni a nadie más le pasó nada. Juventud, divino tesoro. También me acuerdo de las meriendas itinerantes de las madres de la urbanización, que se juntaban en las respectivas casas por turnos a ponerse tibias de comer, beber y cotillear. Yo me encerraba en mi cuarto a pegar la oreja con alguna de mis amigas, porque nos divertía un montón escucharlas, sobre todo cuando ya iban piripis por la cuarta o quinta cervecilla y se ponían a contar anécdotas picantonas. Entre todos estos recuerdos y mi niño fuera, es inevitable sentir cierta melancolía y la tentación de pensar que antes todo era mejor, aunque a estas alturas ya he aprendido que lo que uno añora, aunque así lo crea, no son los veranos, ni tu ciudad de entonces, ni la música de antes, es al ti mismo de antes que nunca volverá a quien echas de menos sobre todas las cosas. De pronto ya no estoy en un piso vacío, sino en el salón de entonces, en los meses de verano.  En tierna e idílica retrospectiva, veo a doña Pepa sentada viendo la tele con cara de perro y a papi con la cara hasta el suelo preparando sus cosas para irse a la tienda al día siguiente, poniendo de modo ostensible la maquinilla de afeitar en una bolsa sobre la mesa. En el código bélico de la casa de los García, este gesto significaba que no venía a dormir, en represalia por algunas palabras de más o de menos que hubiera habido entre ambos. Otro gesto paterno en estos casos era despreciar olímpicamente lo que mami pusiera en la mesa, lo cual provocaba el inevitable comentario de "más ligero estás", aunque luego bien que se iba de estraperlo a la cocina a ponerse morado de galletas. Las ocasiones de la maquinilla  solían ir acompañadas de la frase, dirigida en voz alta a nadie en particular, "pues ve y échate el pelúo". Esta frase tan críptica requiere traducción. Significaba que si estaba enfadado, que fuera a acostarse y a echarse por encima la manta o pelúo.  Porque en mi casa, cuando mis padres se cabreaban, se metían en un cuarto (por separado, se entiende) y se acostaban. Así fueran las doce del día. Algunas veces, siendo yo pequeña, llegaba  a mi cuarto y me encontraba a uno o a otro tumbado en mi cama:
-Mamá/Papá, ¿¿¿qué haces en mi cama???
-Pues durmiendo ¿No lo ves?
-Pero mamá/papá... si me estás hablando.
-Pues estoy durmiendo. Así que salte y ciérrame la puerta. ¡Jopo!.
 De manera que yo me iba a casa de mi prima, o a la de mi sufrida tía a darle la lata, o me ponía a ver la tele sin molestas interrupciones. Una de las veces de la maquinilla, cuando ya papi había salido por la puerta, estaba mi madre peinándose para salir con mi hermana que, muy bien intencionada, le estaba diciendo:
-Mamá, no vais a estar así. Ahora lo que tienes que hacer cuando vuelva es ponerle una copita, una musiquita, te pones guapa y lo arregláis.
Y mami respondía muy razonable.
-Pues sí. Lo voy a hacer.
Al rato, sin duda pensándolo mejor, salió cardándose el pelo, cepillo en ristre, con una cabeza como el león de la Metro, muy sulfurada:
-¡Pues no! ¿Yo cómo voy hacer eso, nena? ¡¡¡Con la MALA PIPA que tiene tu padre!!!
Al día siguiente llegaba papi como si nada hubiera pasado, la maquinilla volvía a su sitio, y aquí tregua (que no paz) y después gloria.  Hasta la próxima. Y llegaba el día en que levantábamos el campamento, cuando yo ya iba a empezar el colegio, o el instituto, y a Málaga con el 127 hasta arriba de macetas, ollas, comestibles diversos y los dos pinchándose el uno al otro con que si habían salido temprano y si habían salido tarde. Hogar, dulce hogar...
Vamos con una recetilla muy otoñal y sencillita de hacer. Merece la pena. Apuntad.
Ingredientes:
-2 membrillos
-2 manzanas
-3 peras
-Un palo de canela
-Dos clavos de especia
-Un puñado de pasas (opcional)
-Un trozo de jengibre fresco (opcional)
-Azúcar o edulcorante al gusto.
-Un vaso de agua.
Pelamos, quitamos las semillas y troceamos toda la fruta y la ponemos en una cacerola con todo lo demás. Ponemos a fuego suave y dejamos cocer hasta que  todo se quede tierno.Está muy buena templada, también dura bastantes días en la nevera. Yo aquí lo he combinado con yogur y un poco de granola casera. Pedazo de desayuno.

Y dejamos la melancolía. Yo ya no permito que nadie (normalmente alguno de mis hijos), me diga, perdonándome la vida desde la infinita sabiduría de los veinte años, que esto o lo otro era en "tus tiempos". "Mis tiempos" son éstos también, niño, que todavía no me he muerto. Un respeto....
Feliz semana a todos.

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