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domingo, 24 de febrero de 2019

PAN DE AVENA A LA ANTIGUA

Una de esas raras tardes que me encuentro un rato sin nada que hacer, me pongo a hojear una revista de estas de estilo de vida alternativo, que trae unas fotos preciosas de puestas de sol, de platos vegetarianos de muchos colores y de chicas jovencitas y monísimas ejecutando unas imposibles posturas de yoga sin perder la sonrisa. La compro porque es muy bonita  y porque soy un ser irracional que fantasea con una vida compuesta exclusivamente de plácidos momentos de yoga, meditación y de mirarme el ombligo, básicamente. Que hasta es posible que llegue a poder ejecutar algún día una de esas acrobáticas posturas sin que los brazos y las piernas se me desgajen del cuerpo y salgan despedidos por la ventana más próxima. Y, quién sabe, si practico lo suficiente, como suficiente brécol y tomo los suplementos nutricionales adecuados, me volveré jovencita y monísima otra vez, o lo aparentaré al menos. Entonces me topo con un artículo de una conocida psicopedagoga que afirma que los niños son seres buenos por naturaleza y que somos los adultos, o más exactamente las madres (los padres suelen brillar por su ausencia en sus artículos) quienes les convertimos en seres disfuncionales, asociales, carne de diván. Y ahí, ya no. Me creo todo lo demás, pero hasta aquí hemos llegado. Me acuerdo todavía lo suficiente de lo que supone ser niño, muchas gracias. Yo misma, que normalmente era buena y algo tontorrona, le hice una vez comer jabón a mi prima. Por algún extraño motivo, todavía me habla. Y si es mi hermano, durante una época venía quejándose a mi madre de que mi hermana le pegaba, luciendo un brazo convenientemente enrojecido. Doña Pepa, justamente indignada, le administraba un buen correctivo a la culpable, mientras le recriminaba:
-¡So MADRASTRONA! ¡Que no le pegues más a tu hermano!
Todo ello sin hacer caso de las protestas de inocencia de la niña. Como el episodio se repitiera con cierta frecuencia, mami, que no tenía nada de tonta, se asomó una vez detrás de la puerta entreabierta, donde se escuchaba a mi hermano gritar de un modo desgarrador:
-¡Ay, ay ay! ¡NOOOOO me pegues!
Mientras se daba tortas a sí mismo, para darle más verosimilitud al asunto. Le cayó la del pulpo, por levantar falsos testimonios y por sangre gorda. A ver.
Y si acudimos al anecdotario de mi familia política y a la niñez de mi marido, ya ni os cuento. Mi suegra narra unos sucedidos estremecedores. Dejando aparte minucias como esa vez en que por poco le prenden fuego a una de mis cuñadas, que hacía el papel de squaw prisionera atada a un árbol, a ninguno de ellos, incluyendo a mi marido, les puede ocurrir la desgracia de quedarse calvos, porque lucen en sus respectivos cráneos tan innumerables cicatrices de sus pasadas escaramuzas, que parecerían internos fugados de un frenopático. A mi santo, una vez que se cayó en el portal de su casa y partió con la cabeza un escalón, le tuvieron que dar un punto de sutura, y el resto de la progenie se pasaba el tiempo persiguiéndole con la sana intención de arrancárselo, los (muy cabroncetes) angelicales chiquillos, mientras mi marido huía tapándose la frente y gritando: ¡MI PUUUUNTO, MI PUNTO! Hasta que mi suegra le pidió a un hermano suyo (que era, muy adecuadamente para el caso, veterinario), que hiciera el favor de quitarle el punto al niño, porque los hermanos le iban a sacar los sesos por la sutura. Por lo demás, uno de ellos tiró un triciclo por el balcón, afortunadamente sin causar víctimas; otros le quemaron a la vecina las sábanas tendidas; otro, al que conozco bastante bien, estuvo a punto de dejar tuerto a un primo suyo con un tornillo; y mi suegra recibió en cierta ocasión un flechazo en la frente y en otra ocasión, le dejaron caer una persiana en la nariz. Una vez que fue a confesarse, el sacerdote le dijo que si no le importaba que saliera a conocerla, sin duda admirado de encontrarse con una feligresa hecha de la  heroica pasta de las santas mártires de la Iglesia. En cuanto a mis propios hijos, uno se sentó una vez encima de la cabeza del otro, para que dejase de llorar,  hasta que se puso azul, y pequeñeces por el estilo.
Total, Importante Psicopedagoga. Que me atrevo a deducir que usted no tiene niños, o se los cría la nanny y les ve diez minutos al día. No me cuente usted fábulas, señora mía...
La receta de hoy es de un pan que me gusta mucho. Animo a cualquiera a preparar pan. Si se respetan unas reglas básicas, como darle su tiempo, es fácil y el resultado es muy gratificante. Ahí va la receta.
Ingredientes:
-200 gramos de harina de fuerza y 175 de harina de avena.
-50 gramos de copos de avena
-1 cucharadita de levadura seca de panadería
-20 gramos de mantequilla
 (yo puse aceite)
-250 cc. de agua. Yo lo hice con leche desnatada.
-80 gramos de melaza. Puede dar el pego la miel de caña, pero la textura que le da no es la misma.
-2 cucharadas de sal.
-Un huevo.
-Opcional: 50 gramos de nueces o avellanas un poco trituradas.
-Si tenemos lecitina de soja, una cucharada ayuda a hacer la masa más elástica y tierna.
Ponemos en un bol todos los elementos líquidos, batimos el huevo y lo añadimos. Mezclamos bien y añadimos los sólidos, cuidando de no poner la sal en contacto directo con la levadura, porque se la carga. Mezclamos y amasamos bien durante un mínimo de diez minutos. Con la Thermomix, en velocidad espiga lo tenemos en cinco minutos sin que realices el más mínimo esfuerzo. La masa debe quedar moldeable y flexible, y permitir ser estirada sin romperse con facilidad. Una vez hecho esto, la dejamos en el bol, que meteremos en una bolsa, y a la nevera toda la noche. Al día siguiente, sacaremos la masa para que se atempere, la estiramos y enrollamos formando un cilindro, y la pondremos en un molde alargado previamente engrasado y enharinado. La dejamos un par de horas fuera, o el tiempo que necesite para que leve al doble, y la salpicamos con agua a mano o con un spray, para que se hidrate y no desarrolle una película reseca.  Precalentamos el horno a 220º, al menos durante quince o veinte minutos. Pondremos mientras en el suelo del horno la bandeja con agua muy caliente. Cuando el horno ya haya precalentado, metemos el molde y nuevamente humedecemos la masa con el spray o salpicando de un vaso. Bajamos la temperatura a 200º y dejamos cocer el pan unos 30-40 minutos, vigilando cuando hayan pasado unos veinte minutos de cocción, porque las masas con melaza se tuestan muy deprisa. De ser así, deslizamos una hoja de papel de aluminio por encima hasta que termine la cocción.  Sacamos, desmoldamos y dejamos enfriar sobre rejilla. Sale un pan muy tierno y ligeramente dulce.

Los niños crecen. Poco a poco van aprendiendo a contener sus impulsos, a pedir las cosas por favor y a dar las gracias, a no decir lo que piensan.  Bueno, casi siempre. Dejan de ser bestezuelas y se transforman en ciudadanos de orden. Ya están domesticados. Ya has cumplido como madre. Y, extrañamente, una siente cierta melancolía.¿Quién nos entiende?
Feliz semana....

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