Me levanto la típica mañana que una tiene pelos cochambrosos, uno de esos días en que no te colabora ni el pelo, ni la cara, ni el ropero, que no sabes ya qué hacerte. Suele pasar más en lunes. Amigos de Facebook y de WhattsApp: hacedme el favor de no ponerme nunca más un "feliz lunes" rodeado de corazoncitos, sobre la foto de una monísima taza de café. Ni "a por el lunes", principalmente porque, por lo general, es el lunes el que viene a por mí (y me pilla siempre). Y le retiro el saludo al que me diga "el lunes es un dia como otro cualquiera" No soporto a esa gente odiosa y feliz a la que le gustan los lunes y que parece levantarse de la cama ya peinada, lacada y abrillantada. Yo me miro a las seis y media de la mañana en el espejo y creo que estoy aún en lo peor de una pesadilla. Recién levantada, mi pelo me proporciona un parecido tan abrumador como indeseado con la extinta duquesa de Alba, que en paz descanse. Como medida de emergencia, me cojo el pelo con una goma y me acuerdo, una vez más, de doña Pepa, que siempre iba impecablemente peinada y maquillada y que me ponía de vuelta y media cuando me veía sin arreglar. Ella se las componía de maravilla con sus rulos, su postizo sesentero y su cepillo de cardar. Una vez que, excepcionalmente, fue a la peluquería del barrio, volvió descompuestita:
-Ay, nena. Yo ahí no vuelvo más. Estaba allí doña Menganita, la del perro lulú de la esquina, y la Fulanita (la peluquera), venga a cardarle los cuatro pelos que le quedaban. Ya sé yo por qué tiene tan grandes los bolsillos de la bata.
-¿¿¿¿?????
-Pues porque a la pobre mujer se le caían los pelos a manojos, yo no sé lo que le habían puesto en la cabeza, y ella venga a hacer así y a echárselos al bolsillo para que la otra no lo viera. ¡Cualquier día vuelvo yo ahí!
La susodicha peluquera, además de dejar a las abuelillas incautas más calvas que una plancha, tenía otra curiosa virtud. Llevaba unas uñazas postizas que dejaban a las de Fu Manchú a la altura del betún, y con ellas te araba literalmente el cuero cabelludo al lavarte la cabeza, porque, eso sí, limpia y repulida de más, lo era. Salías de allí mareada y con el cuero cabelludo palpitante de tan escamondado, al borde del scalp.
A mí, como buena neurótica/hiperactiva/cagaprisas, me horrorizan las peluquerías por el tiempo que se pierde en ellas y las evito en la medida de lo posible. Pero hace poco quise cambiarme el color del pelo y como no quería ponerme yo el tinte nuevo para acabar con la melena a parches, pues no me quedó otra. Elegí una, mira tú por dónde, en la que desde el principio fueron exquisita,-y sospechosamente- obsequiosos conmigo. Porque cuando una entra en un sitio donde la peluquera te recibe con un "¿QUE TE VA A HASÉ, CARIÑO?" o incluso. "¿QUÉ TE VA A HASE, SHOSHO?", proferido a través de un chicle a medio mascar, ya sabes que más o menos te harán un trabajo normalito y la factura no te va a dejar temblando la cartera. Pero aquí noooooo. Aquí me sacaron una carta de colores entre cuatro y me ofrecieron un café (uyuy) Luego me sentaron y un peluquero guapo, joven y estiloso empezó a deshacerme la melena, ese día en concreto con la textura de un gato muerto:
-Tenés un pelo herrrrrmooooso (¿¿¿quééé???)....... va a quedar GENIAAAL con este tono.(Oyoyoyoyoy.... qué poquito me está gustando esto a mí) Vení para este sishón. ¿Un masajito?
Calla, que el sillón te da masaje en las lumbares y todo: me doy por financieramente muerta. Luego el peluquero me da otro masaje en el cuero cabelludo que me deja traspuesta (verás que me van a hacer de llamar al Cofidis). El resto del procedimiento más o menos el habitual, pero luego, como se ve que tengo escrito en la frente SOY MUUY LENTA DE REFLEJOS me recomiendan unos productos ridículamente caros para el (estropajo) pelo encrespado que a esas horas de la tarde no tengo entereza moral para rechazar: ya, de perdidos al río. Salgo a la calle sofronizada, con el pelo como un cruce entre el de la Pantera Rosa y el de un caniche gigante, así como Harpo Marx pero en menos naranja, tras haber pagado una factura de tres cifras, y con varias muestras de cosas prohibitivas en una bolsita megacuqui con un lazo, sintiéndome la criatura más estúpida (y afro) de la Tierra.
Cuando recobré la lucidez, decidí que a partir de ese momento la mano de pintura me la daría yo; aunque, por culpa del color, el baño siempre termina como el escenario de una actuación de Jack el Destripador. Es agotador. Pero soy una criatura superficial que no puede soportar aún la idea de dejarse las canas....... Además, mientras te crecen, ¿qué haces? ¿Te rapas a lo marine? ¿O te tiras dos años con el pelo blanco sólo hasta la mitad? ¿Y si en el mismo lote vienen los dientes postizos y el andador? Huy, no. ¡Qué miedo!
Hoy toca recetita de toda la vida, que ha hecho para mí mi olla GM, la Gerarda para los amigos. Pero yo doy la receta tradicional y no nos liamos.
Ingredientes:
Para las albóndigas:
-1/2 kg. carne de ternera y cerdo picada, mitad y mitad.
-Una rebanada de pan mojada en leche y escurrida.
-Dos dientes de ajo y un puñado de perejil, picados finos.
-Un huevo.
-Sal y pimienta.
-Media cebolla rallada.
-Harina.
Para la salsa:
-Una cebolla.
-Dos o tres dientes de ajo.
-Una zanahoria
-Dos tomates rallados o un bote de tomate natural.
-Un pimiento verde
-Un vasito de vino blanco.
-Sal y pimienta.
-Un cubito de caldo o una cucharada de Bovril, si lo usáis.
-Una hoja de laurel.
-Un clavo.
Mezclamos en un bol todos los ingredientes de las albóndigas, menos la harina. Nos tiene que quedar una masa manejable, si queda muy húmeda se le puede añadir un poco de pan rallado. Se forman las albóndigas, se pasan por un plato con harina y se van friendo en la cazuela con un fondo de aceite, lo justo para dorarlas. Se sacan y reservan.
Aparte, sofreímos toda la verdura muy picadita en el mismo aceite donde hemos dorado las albóndigas. Añadimos el vino y como dos vasos de agua, la sal, la pimienta, el laurel, el clavo y el caldo o Bovril. Pasamos por la batidora. Ponemos las albóndigas dentro de esta salsa, debe cubrirlas, si no es así, se añade algo más de agua. Se pone a cocer una media hora desde que hierva, o más, para reducir la salsa y que no quede muy liquidurri. El fuego debe ser medio para que no se agarren, y mejor no se mueven mucho las albóndigas o se deshacen. Apagamos cuando la salsa esté en el espesor que nos guste. Y se fríen unas patatas que son el acompañamiento natural. Ahora a cortar un buen trozo de pan en condiciones y mojar sacando barquitos del tamaño del Titanic.
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| Ración de pecado mortal en todo su esplendor. |
Feliz semana a todos.

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