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miércoles, 11 de julio de 2018

BONITO AL HORNO

Aún escalando la primera y empinada quincena del mes de julio, recuerdo otros veranos de mi infancia (antes del Rincón y antes de Fuengirola), que me dirigen al patio de mi tía Nati, donde tanta morcilla le dimos mis primos y yo a la pobre mujer. Me explico. Nosotros vivíamos en un bloque de tres pisos, hecho sobre la planta de la casa mata de mi abuela. En el primero vivían mis dos tías solteras con mi abuela, En el segundo, mi otros tíos y mis primos. Y en el tercero, el clan de los García/ Carballo. Es decir, doña Pepa y su troupe, de la cual era socia de número esta que suscribe. Tal que Rue del Percebe, 13. Mis primos y yo, para jugar, nos bajábamos al primero por dos poderosas razones: era la única casa que tenía patio y la única  de la que no nos echaban a escobazos si nos poníamos pesaos. Una de mis tías trabajaba en Torremolinos y la otra era el ama de casa, y se peleaban igual que un matrimonio. La tía que se quedaba en casa, que todavía nos vive a pesar de la plasta que le dimos, nos aguantaba, la pobrecita, con una paciencia bíblica que rozaba lo sobrehumano. Le trasteábamos y registrábamos todo; tenía guardada una colección de faldas años 50, de esas con mucho vuelo, y nosotros se las cogíamos para echarlas por encima de tres palos de escoba amarrados con una guita, y montábamos un tipi indio la mar de chulo. Eso sí, con poca cabida. Nos metíamos allí los tres y en cuanto uno se chocaba con alguno de los palos, todo el contubernio se nos venía encima, con el jolgorio consiguiente. También le poníamos todas las macetas agrupadas en medio del patio para hacer un parque de atracciones para las Nancys. Por cierto, que a mi Nancy rubia le corté el pelo y se le quedó todo el mocho espaventado tipo palmera. Y cuando la echaba en la palangana/piscina que usaba mi tía para lavar a mano, luego le tenía que vaciar toda el agua por el agujero de una pierna, que se le salía. Sí, me la vendieron con displasia de cadera, pero de todos modos la tenía hecha un cristo. Aparte, también cogíamos cosas de la nevera para hacer comiditas  repugnantes y a mi tía le poníamos cojines (si estábamos de buenas) o panderetas (si teníamos el ánimo perverso) sobre los quicios de las puertas para que al entrar a la habitación le cayeran en la cabeza. Y, pobrecita, nunca nos echó. Sí que nos regañaba, con tan poca convicción como éxito. Luego nuestras madres nos llamaban para comer, encantadas de no tenernos por la casa dando por saco, y ya no bajábamos hasta la tarde, porque la solana no permitía estar de nuevo ahí hasta las seis de la tarde por lo menos, y eso porque el edificio de atrás nos hacía sombra. Por otra parte, los veranos en calle Malasaña consistían en días de calor o días de muchísimo calor, y ésos subíamos a nuestro particular spa en la azotea: nos tumbábamos al sol a riesgo de convertirnos en mojama y cuando estábamos al borde de la apoplejía nos mojábamos con una manguera medio cristalizada que había por allí y de la que el agua no salía mucho más fresca que el caldito del puchero. También la descolgábamos de vez en cuando al patio de una vecina, para mojarle toda la colada y oirla vociferar, cosa que nos daba mucha risa. En cualquier caso, éramos felices: en ese tiempo nadie esperaba que la vida tuviese que ser cómoda. Por las tardes, mis tías se iban a misa y doña Pepa, furibundamente atea y anticlerical, se quedaba en la terraza cosiendo hasta la hora de su paseo vespertino para recoger a papá de la tienda. A papi, en un momento de insensatez realmente temeraria, se le ocurrió sugerir, estando la casa en construcción, que en vez de barandilla de reja se hiciera una de obra, "para que no os miren las piernas desde la calle", lo cual convirtió a doña Pepa en una leona con bata de  cuadritos vichy:
- Mira, Joaquín. Tú no estás bueno. ¡¡¡Vamos!!! ¡¡¡Que te crees TÜ que yo me voy a sentar en "eso" para asomar la cabeza por lo alto, como si estuviera en el burladero de la plaza de toros!!! ¡¡¡Eres la cosa más rancia y más cursi que se ha visto sobre la tierra!!! ¡¡¡Pues si se me ven las piernas, que se me vean!!!  ¡¡¡Como si se me ve el xxxxx******!!! ¡Y lo que se han de comer los gusanos, que lo disfruten los cristianos!
-.... Mujer.... Pero....
-Ni pero, ni manzana, Joaquinito. A mí no me pones tú a mirar a la calle desde un catafalco. Si te quieres tapar, te tapas tú. ¡Lechuga!
Papá no era muy tonto, así que, prudentemente, no volvió a sacar el tema, y todas las mujeres de la casa corrompimos al vecindario durante años con la sicalíptica visión de nuestras piernas. Qué le vamos a hacer.
La receta de hoy se me antojó hacerla, aunque yo no soy mucho de pescados grandes, uno de esos días que vas al mercado y todo te parece fresquísimo y buenísimo y todo te lo quieres llevar a casa. Luego llegas cargadita de bolsas y con el bicho de cuerpo presente y dices "pues algo habrá que hacer con esto". Y, al final, las recetas más simples son las que salen más ricas. Esta me quedó fabulosa, debo añadir modestamente.
Ingredientes:
-Un bonito de 2-3 kilos.
-Aceite.
-Sal.
-Un chorro de vino blanco.
Para aderezar:
-Un chorro de aceite
-Dos o tres ajos picados
-Un puñado de perejil
-Una gundilla.
-Un chorro de limón.
Opcional: Patatas y una cebolla para hacerle la cama.
Precalentamos el horno a 200º.
Le habremos pedido al pescadero que nos abra el bonito a lo largo y le quite toda la casquería y la espina. En casa, lo lavamos bien y lo ponemos en la bandeja del horno, poniéndole un chorro de aceite, otro de vino, y la sal. Nada más, excepto si ponemos la patata y la cebolla; en este caso, las pelamos y cortamos en lascas y las sofreímos antes, procurando que quede blandito, y las ponemos en la bandeja con el bonito encima. Cuando el horno está caliente, lo metemos y lo dejamos 18-20 minutos. Estará hecho cuando la carne se separe con facilidad y no queden partes sanguinolentas. Pero hay que estar muy pendiente, porque el pescado, si se cocina más de la cuenta, adquiere una textura estropajosilla bastante poco agradable.
Lo sacamos, lo dejamos entibiar y, con una paciencia infinita, vamos sacando los cuatro lomos, limpiando bien de espinas y pieles.
Para hacer la salsa, confitamos en el aceite el ajo picado, el perejil y la guindilla. Añadimos el chorro de limón y ponemos por encima. Aunque yo lo serví en esta ocasión con mojo verde (tengo la receta en el blog) que le va fantásticamente al pescado.
Si nos sobra, podemos ponerlo en un escabeche hecho con aceite abundante, limón, laurel y una cebolla picada. Ponemos a confitar todo junto y, cuando la cebolla esté blandita, lo vertemos sobre el bonito. La cantidad debe ser suficiente para cubrirlo. Si no es así, completamos con aceite. Mientras esté cubierto, nos durará bastantes días en la nevera y lo podemos utilizar igual que el atún en conserva normal.





Animo a todos a prepararlo: es sano y muy apañado y apto para todos los públicos. Hay que coger fuerzas en estos días que parece que las vacaciones no van a llegar nunca y tienes la bandeja de las notificaciones telemáticas de los juzgados echando humo. Pero esa es otra historia......
Feliz semana a todos.





miércoles, 27 de junio de 2018

GALLETAS DE AVENA Y NARANJA

Cuando saco a pasear al Curro estas mañanas de final del mes, echo de menos la habitual sinfonía de ruedas de mochila arrastrando, bocinazos de padres estresados y carreras de niños rezagados que acompaña la entrada al colegio de enfrente de casa. Y no puedes evitar cierta melancolía, aunque sabes que los niños volverán, como vuelven las oscuras golondrinas, la "falsa monea" y las rebajas de el Corte Inglés. Recuerdo mis propios finales de curso. Solía caer, día arriba, día abajo, en la fecha de mi cumpleaños, así que el jolgorio era doble  Se extendía ante ti un verano larguísimo y prometedor lleno de días de playa, de juegos, y del impagable placer de no hacer nada durante horas sin que viniera nadie a incordiarte. Antes de que papi comprase la casa del Rincón hubo dos veranos que alquilamos un apartamento. Un año en Fuengirola y el siguiente en los Boliches. Todos juntos y en pelotera, como deben ser unas vacaciones en la playa que se precien de tales. En concreto mis padres, mi hermano, mi hermana y mi cuñado, y la que suscribe. Ah, y mi prima también se vino unos días el segundo año. Y no éramos de los que estaban más apretados: el año de los Boliches teníamos en el apartamento de al  lado a una familia de Jaén de once miembros. Y cuando iban a la playa se subían los once a un hidropedal, del que sólo sobresalía la parte de arriba. Parece un fenómeno increíble, pero los que habéis viajado en un Seílla sabéis que siempre cabe más gente, y con el hidropedal pasaba lo mismo. Un espectáculo sólo superado por el que daban mi madre y mi hermana, que tomaban el sol cubiertas de pies a cabeza con un potingue denso y amarillento que les hacían en la farmacia y con el que desde luego no te quemabas: te protegía por oclusión. Tardaba la vida en absorberse y la gente de la sombrilla más cercana se daban codazos unos a otros entre cuchicheos: Míralas, se untan mayonesa para tomar el sol. El potingue contaba entre sus virtudes el ejercer un saludable efecto disuasorio: nunca se nos acercaban demasiado, invadiendo nuestra parcela,  porque aquello olía a perros muertos. Tengo ese olor metido en la pituitaria de la memoria, como tenía Proust la magdalena. Van apareciendo más recuerdos: la canción Mamma Mía! de Abba sonando a toda pastilla mientras nos poníamos morados de fritura malagueña en un chiringuito; los helados de después de cenar, que son los que saben mejor, o cómo el primer año yo dormía en un colchón hinchable que se iba desinflando a lo largo de la noche, de manera que llegaba un momento en que si me daba la vuelta,  salía despedida para el suelo por el otro lado. Sí. Qué risa, no os podéis imaginar. Y luego está el día de la moraga.... A alguien se le ocurrió que hiciésemos una, y una noche trasladamos a ese efecto el campamento a la playa. Paseo marítimo de Fuengirola. Once de la noche. Ahora puede parecer algo muy habitual, pero entonces no debía serlo tanto, porque había bastante gente mirando, asistiendo en directo al reality "El show de los García". Y ahí vimos lo que vale un cuñado: aunque era de Soria y no lo había hecho en su vida, se arremangó y asó los espetos de sardinas y todo, después de un minucioso cálculo de la altura necesaria del promontorio de arena y el exacto grado de inclinación de las cañas respecto de la brasa. Mientras se desarrollaba esta compleja operación, doña Pepa, puesta en jarras, y sospecho que animada por una ingesta significativa de tintorro con Casera, se encaraba a voces con los mirones:
-¿¿¿¿Quéééé???? ¿¿¿Queréis sardinaaaaas???? ¡¡¡Pues os vais a quedar con las ganaaaaaas!!! ¡¡¡Porque no os vamos a dar NI UNAAAA!!!
-¡Pepita! ¡Pepiiiiiita, por Dios!- se sofocaba papi, que aún no había alcanzado el "punto" necesario para perder por completo el sentido del ridículo.- ¡Que no grites, mujer!
-¿Qué pasa? Pues que no miren tanto.  Que se vayan a mirar a su abuela. Anda y calla y toma una sardina, hijo. ¡No me seas rancio, Joaquinito!
Fue una noche memorable. Mi hermano tocaba la guitarra. Yo comía. Ellos bebían tinto con Casera. Yo seguía comiendo. Mi hermano seguía tocando la guitarra. Ellos seguían bebiendo......Total, que tras repetir dicha secuencia durante un par de horas,  yo terminé con dolor de tripa (no pude volver a oler una sardina en "años") y los demás con una castaña muy graciosa. Acabaron en el coche, con mi hermano (aún) tocando la guitarra en el maletero abierto por las calles de Fuengirola, a cantarle una serenata a su novia, (que también veraneaba allí) intercalada por frecuentes aullidos de "te amo" en si bemol. La novia no se asomó. El padre sí. En calzoncillos Según tengo entendido, no estaba muy contento el hombre, así que para evitar males mayores, optaron por marcharse del lugar e irse a dar la plasta a otra parte. Fue la primera moraga de mi vida y saqué de dicha experiencia algunas valiosas enseñanzas: que la arena y las sardinas no forman una combinación excesivamente apetecible y que si se cambiaba la Fanta por tinto con Casera, al rato los que te rodeaban empezaban a decir muchas tonterías.....
Hoy traigo una receta de Isasaweis con mis adaptaciones particulares. La probé para quitarme el mono de galletas (anatema según el endocrino), y la verdad es que salen muy conseguidas.
Ingredientes:
-200 gramos de copos de avena
-100 gramos de harina de trigo sarraceno o integral. Yo puse salvado de avena por aquello de más fibra.
-100 gramos de azúcar moreno. Yo trituré un puñadito de dátiles. Siempre a la contra.
-100 ml. aceite de oliva.
- Dos cucharadas soperas de miel o de sirope de ágave.
-Un huevo.
-Una pizca de sal.
-Ralladura y zumo de una naranja. Yo además le piqué muy fina una corteza de naranja confitada.
-Opcional: pasas, arándanos, avellanas, pipas peladas.... o aquello que vuestra calenturienta imaginación os sugiera.
Precalentamos el horno a 200º y forramos la bandeja con un papel de horno.
Ponemos todos los ingredientes en un bol grande, y a guarrearnos las manos hasta los codos. Lo mezclamos todo muy bien y vamos haciendo bolas. Nos saldrá para más de una bandeja de horno. Vamos aplastando y compactando muy bien las bolas, apretando para que no se nos deshagan por los bordes, hasta que queden pastas como de medio centímetro de grosor. Se pueden poner aún más finas y quedarán más crujientes. Una vez terminado el tema, metemos la bandeja al horno unos 10-15 minutos o hasta que se vean doradas. Se sacan y se dejan enfriar sobre rejilla. Son extremadamente adictivas, y "total, como es sano...." y como todos sabemos, lo sano no engorda, qué va, cada vez que pasas por el lado de la bandeja arramplas con una. O dos. O...

Y a inaugurar el verano como es debido: con sentimientos de culpa y buenos propósitos que no cumpliremos. A saltarnos la dieta. A disfrutar de la vida, en definitiva.
Feliz semana a todos.

miércoles, 13 de junio de 2018

MAGRO CON TOMATE

Eso de que la primavera la sangre altera, es a veces una verdad incontestable. Desde que ha empezado, los agapornis se han dedicado con fruición a las actividades encaminadas a la noble tarea de poner huevos a destajo. Esto ha durado hasta el sábado pasado, cuando bajé y me encontré al pobre Joaquín de cuerpo presente, con las patas por alto, mientras Pepa le contemplaba muy contrita desde el palo de arriba. ("Pa lo que hemos quedao").... Todo parece indicar que murió en acto de servicio, ya que hasta ese mismo día se le veía sano como una pera. La pobre Pepa se volvió tan silenciosa y tristona que su legítimo propietario le buscó un sustituto casi de inmediato. Así fue como llegó a casa un pajarillo verde, muy mono, que en cuanto fue introducido en el habitáculo de Pepa, se pegó a ella como una lapa, en un caso fulminante de amor a primera vista. Para que la dicha fuera completa. además estrenaban piso, porque mi hijo decidió que la jaula antigua no reunía los requisitos mínimos de habitabilidad. Así que aparentemente viven felices, aunque no comen perdices (lo cual constituiría canibalismo), sino cañamones. Pero como no hay felicidad completa, ayer llegué a casa y me encontré a Pepa en el pasillo de la entrada, sentada en la estantería sobre Los mejores 100 platos de la cocina regional y piándome con evidente recochineo. Intenté cogerla con bastante poco éxito, hasta que llegó su dueño, que la atrapó echándole un sombrero encima, no sin sufrir un coro de chirridos amenazadores y algún que otro picotazo que no llegó a mayores, gracias a la precaución de usar una manopla de cocina a guisa de guante de cetrería. Pepa es mucha Pepa.  No contenta con ello,  ha encontrado la manera de volver a escaparse, tirando el comedero con el pico, haciendo un remake de "La gran evasión", y arrastrando al nuevo e inocente pollo en su huida. En dos días ya me lo ha maleado. Así que ha habido que reforzar la seguridad de las instalaciones, para que Pepa no siga emulando las proezas del gran Harry Houdini.
Solucionado el conflicto, y en otro orden de cosas, como tengo que probar casi cualquier artilugio nuevo relacionado con la cocina que sale al mercado, hace poco tiempo que le pedí a papá Amazon una olla de cocción lenta. No, no una de cocción rápida. Aquí se trata de que tarde. El chisme éste consiste en una cazuela que va sobre una resistencia y cocina los platos durante horas, a temperatura bajísima, sin que llegue a hervir, con lo cual consume muy poco, de manera que los guisos salen prácticamente confitados y las carnes tiernísimas. Aunque reconozco que lo que a mí me hace mucha ilusión es esa chorrada de irme a dormir y que la olla cocine ella solita, y levantarme por la mañana y encontrarme el plato guisado. Eso sí, luego hay que reducir un poco la salsa, porque prácticamente no evapora, aunque se recomienda no poner más líquido que el justo para cubrir. Bueno, pues la cuestión es que yo estoy muy contenta con el invento. Hace unos confitados y escabechados espectaculares y es genial para las legumbres. Concretamente,  de carne, me salió un magro con tomate exquisito. En la olla, el tema se limita a echar todos los ingredientes y programarla. Del modo corriente, va tal que así:
-Un kilo de carne de magro en trozos pequeños. (yo puse lomo, que tiene menos grasa, para no tener que hacerle la autopsia a cada pedacito)
-Una lata de tomate o un kilo y medio de tomates naturales, si es temporada. Si no lo es, olvídate, y remítete a la lata, que es un valor seguro.
-Una pastilla de caldo.
-Una cucharada de azúcar.
-Un espolvoreo de pimienta.
-Medio vaso de vino blanco.
-Una hoja de laurel.
-Pan de buena calidad, para hacer barcos tamaño acorazado Potemkin. Sí. Lo necesitaremos.
Sofreímos la carne en un fondo de aceite. Si usamos tomates naturales, los trituramos y pasamos por el chino para quitar las pielecitas y demás guarrerías desechables. Añadimos el resto de los ingredientes y ponemos todo en una cazuela a fuego muy suave, de manera que se vaya haciendo muy despacio, hasta que veamos que el tomate está ya trabado. El tiempo dependerá del agua que tenga el tomate, claro. Yo se lo pude todo a la olla de cocción lenta y me fui al sobre. El olor de la cocina al día siguiente me hizo pensar que seguía soñando....
Como todos los guisos, está mejor de un día para otro. Entonces se sirve uno una ración al gusto y se corta un viaje bueno de pan. Y ya, si lo acompañamos de una sartenada de patatas fritas, accederemos directamente al estado de samadhi, en que uno siente que funde todo su ser con el universo. Como podéis apreciar, me he vuelto de un espiritual desde que hago yoga.... Sobre todo habiendo salsa de tomate y patatas de por medio.

Y es que hay que coger fuerzas para el verano y como decía no sé quien, platónico viene de plato. Pues eso. Que seáis muy felices haciendo barquitos.
Feliz semana.

miércoles, 30 de mayo de 2018

BIZCOCHO DE NARANJA Y CHOCOLATE

Ya se nos fue en un suspiro mayo, el mes de las flores y de los exámenes de fin de curso. Recuerdo que en mi colegio era un mes muy señalado por aquello del mes de la Virgen. En nuestras clases, la decoración la hacíamos nosotras y era estacional. Las primavera. Las vacaciones. El otoño. La Navidad. Y en mayo siempre nos tocaba hacer un mural, a los que parecían (junto a unos indescriptibles collages), ser muy aficionadas mis profesoras. En el susodicho mural teníamos que pegar sobre una cartulina postales o fotos de diversas advocaciones de la Virgen, intercaladas con florecitas y corazones pintados a rotulador, amén de terroríficos ripios de producción propia. Cuanto peores los ripios, mejor puntuación nos ponían ("Virgen de la Inmaculada, yo te ofrezco esta ensaimada"; a ver, no era eso, pero casi). También era un mes de más capilla y rezo de lo normal. Siempre teníamos que rezar el Angelus, y siempre me ganaba una bronca porque no me enteraba y me tenían que dar un pellizco las compañeras adláteres para que guardase lo que estaba haciendo y me pusiera a chamullar las oraciones. Yo era la "Siempre en la luna de Valencia". Y luego estaban las canciones. Dios mío, las canciones. Nuestras buenas monjas nos torturaban de vez en cuando con unos  temas interpretados por un grupo llamado "Brotes de Olivo", donde unos niños repelentes con voz de pito nos cantaban unas canciones piadosísimas sin duda, pero que nos daban una dentera espantosa. Y si no me creéis, buscad en YouTube: alguien se ha molestado en subir varias de sus canciones y os haréis una idea de lo que hablo. Peor que rascar una pared de yeso con las uñas. Peor que Joselito, el ruiseñor de las cumbres.
 ¿Las habéis oído? Exacto: iggghhhhh.
Añádase a esto que en nuestro colegio había una monja, tutora nuestra concretamente, con veleidades artísticas de letrista musical. De hecho, demostraba cierto talento para reescribir letras paralelas (religiosas obviamente), sobre canciones más o menos laicas. A decir verdad,  demostró estar tan dotada para ello que ríete tú de León, Quintero y Quiroga o de Gardel y Lepera. Por favor, ni a la altura del betún. Recuerdo como ejemplos destacados una muy fusilada versión de "My Sweet Lord", en las que las chicas de la guitarra (siempre había dos o tres en cada curso) nos acompañaban mientras berreábamos: "Yo quiero conocerte, quiero conocerte, Señor". También hubo una notable adaptación de "The Last Supper" de "Jesucristo Superstar"; pero ahí, al fin y al cabo, no nos salíamos mucho del espíritu original. Cuando nuestra pía monjita se superó a sí misma fue esa vez que, con ocasión de un concurso musical que organizó el colegio (con notable optimismo),  le metió mano a la canción"The Bare Necessities", del Libro de la Selva. En español: "Busca lo más vital no más, lo que es necesidad no más", que además posteriormente se utilizó para publicitar aquello de "el plátano es sensacional" ¿A que os acordáis ya? Bueno, pues rizando el rizo, a la cancioncita se le puso otra letra que decía: "El Señor es sensacional, no hay otro que sea igual, a mí me gusta una barbaridad", Etcétera, etcétera. Francamente, madre: usted podía hacerlo mucho mejor, esa vez no se lo curró mucho, que digamos. Aunque yo era una niña muy modosita, rayando en la pavisosez más absoluta, de vez en cuando me daba un punto friki -que afortunadamente conservo-, como ocurrió esa vez, en que con la cancioncita de marras me tocaron el sentido del ridículo más de lo normal. Me aposté con una compañera de clase que iría a cantar semejante estupidez  tan magnífica composición con un plátano colgado al cuello de una guita. No recuerdo lo que me aposté, pero sí que cuando mi condiscípula me vio aparecer con el plátano, desistió cobardemente de la apuesta. Lástima, porque nos hubiéramos divertido mucho. Eso sí, no recuerdo si ganamos o si quedamos como solemos quedar en Eurovisión....
No se por qué motivo, pero cuando me acuerdo del colegio, me dan ganas de comer bizcocho. Y el otro día hice éste. La receta venía en el libro de la Thermomix "Un nuevo amanecer" (el recetario se llama así, palabrita del niño Jesús), la idea de cubrirlo con chocolate ha sido mía y es un clásico de mi cocina, porque siempre sale muy bueno y jugoso. De todos modos yo pongo la receta que se puede hacer con la batidora. Los que tenéis Thermomix ya sabéis como adaptarla. Y si no sabéis, es que no la utilizáis mucho. Mal, muy mal...
Ingredientes:
- 225 gramos de harina de repostería.
- 180-200 gramos de azúcar.
- Un sobre de levadura química.
- Un pellizco de sal.
- Tres huevos.
- Un yogur natural
-100 ml. de aceite de oliva.
-Una naranja entera. A ser posible, de zumo.
-Una tableta de chocolate para postres.
-Un chorro de nata.
Precalentamos el horno a 180º.
Ponemos en el vaso de la batidora la naranja entera, troceada. Ojo si no es de zumo, porque entonces tenemos que pelarla con mucho cuidado y sacar la parte blanca de en medio, poniendo luego en el vaso las mondas sin nada de blanco y la carne de la naranja.  El blanco de los cítricos es buenísimo para la salud, pero nefasto en los bizcochos: amarga cosa mala. Añadimos el azúcar y los huevos y lo batimos todo. Normalmente quedarán unos pedacitos de naranja muy pequeños. Eso le da gracia al bizcocho. Luego añadiremos el yogur y el aceite de oliva y seguiremos batiendo. Añadimos el pellizco de sal y la harina y la levadura tamizadas. Batimos. Engrasamos y enharinamos un molde y vertemos la masa. Lo metemos al horno una media hora, ajustando de tiempo si vemos que al pinchar sale la aguja húmeda. Apagamos el horno y dejamos el bizcocho dentro, con la puerta abierta. Esto es para que no se nos derrumbe y vaya bajando gradualmente. Mientras el bizcocho se enfría, ponemos la tableta de chocolate en un cazo, al fuego, con el chorro de nata. Yo no lo hago al baño maría porque me resulta un engorro, sino que voy poniendo al fuego, apartando y removiendo constantemente. Muy importante que no se nos queme, ni que le caiga nada de agua, porque entonces el chocolate se convierte en una especia de goma de neumático derretida y granulosa imposible de manejar.
Sacamos el bizcocho del molde y lo ponemos sobre una rejilla y, debajo de la rejilla, un plato. Vamos vertiendo el chocolate por encima y extendiendo con una espátula. Normalmente el chocolate se sale del plato y nos pone la encimera perdida; entonces se rebaña y se chupa. Sale una guarrería muy apetecible.
Se termina pronto. Como podéis ver, lo he fotografiado in extremis... antes de que desapareciese por completo.

Miradme con ojitos de piedad...
Y a una le entra esa melancolía de cómo corre el tiempo y cómo pasan los meses y llega el verano... y descubre cómo ya va necesitando vacaciones cuando mete las gafas de cerca por tercera vez en el congelador.... Ay, Señor...
Feliz semana a todos.

miércoles, 16 de mayo de 2018

CUSCUS DE CASA.

Hay días sosegados (pocos) en que las tareas parecen cuadrar a la perfección en las casillas de sus tiempos respectivos  y días (la inmensa mayoría) en que se te junta todo y las horas no te dan para nada, ni añadiendo y pegando con fixo. Como hoy, que he estado trabajando por la mañana en mi primera y segunda jornada (casa y despacho), luego me toca la tercera (gimnasio) y luego al yoga (cuarta) Así que salgo de casa, tiro para la sala de torturas, (perdón, de máquinas) y me pongo a hacer piernas como una posesa. Eso sí, además de la odiosa ¿música? ambiental chunta-chunta, tengo amenización extra. Sobre un banco vecino, boca abajo, se encuentra un destacado especimen de gruñidor de gimnasio. Los gruñidores son esa gente que se te pone al lado, hace tres subidas de piernas con la máquina, se levanta, bebe agua, se sienta otra vez, tira otras dos o tres veces de las poleas, y da más vueltas que un perro atado a una higuera, pero, eso sí, cuando-levanta-la-máquina emite unos GRRRPÑÑÑPFFFFFFARGHHHHHHH  sordos y agónicos para demostrar que está hecho un Iron Man, no como tú, que eres una blandurri sin sustancia que hace sus series calladita y sin molestar a nadie. Sin hacer ni un ay. Después de eso, a la cinta y a la elíptica. Salgo del gimnasio como una olla exprés, cojo el autobús, y al yoga. Al principio es fabuloso, porque te sientas y te relajas por primera vez en todo el día, pero dura poco, porque ahora te toca estirar todos los musculillos que se te han quedado "engurruñíos" en la tanda de ejercicio anterior. Total, que a sufrir como una bruta otra vez, por mucho incienso y mucho nombre en sánscrito que le echen. Menos mal que al final de la clase te hacen una relajación maravillosa. Tan efectiva que muy pronto escuchas a tu lado un coro de ronquidos aterradores. La gente se queda frita de manera instantánea, y con la vida que llevamos, pues no es de extrañar. A mí me dan ganas de pedirle a la monitora que porqué no me deja allí, con mi mantita y mi almohada (perdón: bolster). Que yo no doy un ruido. Pero como no va a colar, me voy, y llego a casa subiendo las escaleras a cuatro patas...... y en ese momento, el resto de la población llamada familia se me echa encima con sesión de ruegos y preguntas, especialmente ésta, que es un clásico "¿Qué hay para cenar?" Ah, y tengo que terminar la entrada del blog....
Me acuerdo de mi doña Pepa una vez más; a decir verdad, nunca está demasiado lejos de mis pensamientos. Curiosamente, las madres de antes, que por lo general no trabajaban fuera de casa, estaban igual de aceleradas que nosotras. Al menos, la mía, que tenía speed en plasma, en vez de sangre. En mi casa, de nueve a dos de la tarde, a mami no le veías la cara: sólo la percibías en forma de ráfaga que volaba de una habitación a otra, paño y spray de Pronto en ristre. Por eso, una vez que volví del colegio, sobre la una y diez o así, me sorprendió la quietud de mi casa, y que no oliese a la comida que tocara ese día, ya fuera hecha en su punto (los días buenos) o achicharrada (los días de especial estrés). Hasta que llegué a la cocina y me encontré a la señora de la casa derrumbada sobre una silla, luchando por recuperar el resuello y con el pelo de punta en todas direcciones
-..........
-Mamá, ¿qué te pasa? ¿Estás mala? ¿Ha pasado algo?
-........ ayayay...... que no puedo ni hablar, hija.....  Me he pasado toda la mañana encajada en el hueco de la hornilla como una cucaracha patas arriba. Hasta ahora no he podido salir.
-¿¿¿¿¿¿??????
( Nota aclaratoria: Las cocinas de antes se caracterizaban por una falta absoluta de eficiencia en el diseño; la hornilla era exenta y quedaba entre ella y la pared un hueco de unos cuarenta centímetros. Muy aprovechado, eso sí, como veréis) 
-Sí. Porque en esa esquina ya sabes que tenemos las patatas, y he ido a coger dos o tres y como el saco estaba muy vacío, me he metido más, he perdido pie y me he quedado cabeza abajo. ¡Ay, qué mal rato tan grande! ¡Y se me ha hecho tardísimo y no tengo hecha la cazuela de patatas para la monería de tu padre!
La ayudé, claro. Yo era una buena niña, no es por nada, y la cazuela de patatas, de algún modo, estuvo hecha a su tiempo. Ahí quería yo ver a los de MasterChef. Y la monería de mi padre tuvo la comida a tiempo, aunque también tuvo que soportar una soflama sobre que la cocina la teníamos hecha un asco y que para cuándo la Forladys. (esa llegó algún tiempo más tarde). De modo que se tomó su café en la salita, sin decir el pobre ni pío, hasta que a doña Pepa se le pasó el sofocón y volvió a su ser relativamente más relajado.
Esta receta es una versión abreviada para maribullas como yo. Cualquier incondicional del cuscús clásico se llevaría las manos a la cabeza, pero éste se hace pronto y está muy bueno, qué queréis que os diga. Una vez vi en YouTube un video de una chica marroquí haciendo el cuscús como mandan los cánones. Había que cocinar todo por separado y remover la sémola durante horas, hasta que aullaras de aburrimiento. Tan es así que yo me salí del video, pensando:
-Esto lo va a hacer tu abuela la de Xauen.
Y preparo esto en un pispás y le gusta a todo el mundo. Así que ahí va, sale más o menos para cuatro:
-Un vaso de sémola de cuscús instantáneo.
-Dos vasos de agua.
-Un chorro de aceite o un trozo de mantequilla.
-Un calabacín.
-Un puerro.
-Una zanahoria.
-Un trozo de calabaza.
-Dos pechugas de pollo o los trozos que nos gusten. Lo suyo es cordero, pero a nosotros no nos gusta mucho.
-Pasas y almendras al gusto.
-Un puñado de garbanzos cocidos de tarro.
-Sal, pimienta, colorante (sobres tipo El Avión) y jengibre en polvo.
Calentamos los dos vasos de agua. Cuando hierva, apagamos y añadimos el cuscús. Tapamos y dejamos unos minutos. Debe haber absorbido toda el agua. Entonces ponemos el aceite o la mantequilla y removemos para que queda suelto. Reservamos.
Cortamos el pollo en trozos pequeños y limpitos, sin pellejos ni guarrerías, y lo salteamos en aceite. Apartamos y reservamos. Cortamos las verduras en trozos pequeños y las salteamos también. Añadimos como medio vaso de agua, añadimos el pollo y dejamos cocer un poco más. Sazonamos con sal, pimienta, colorante y jengibre. Freímos las almendras y las añadimos con la pasas y los garbanzos. Ponemos la sémola de acompañamiento y a comer.

El proceso total nos puede llevar de treinta a cuarenta minutos, lo cual es bastante asumible. Aunque lo ideal es tomarse las cosas con más calma, no viene mal, mientras tanto, tener truquillos para salir del paso entre fuego y fuego que apagar. Por favor, ¿alguien podría prestarme un par de horas sobrantes sin empezar?
Feliz semana a todos.

miércoles, 2 de mayo de 2018

PAN PARA VAGOS. No falla.

Con cierta frecuencia me veo obligada a bucear por el mundo sin ley de mi sótano, y sigo encontrando cosas que me sorprenden. En mi casa la emoción y el entretenimiento están asegurados: es un circo de tres pistas. Sigo encontrando cosas que hace lustros que creía haber tirado. Hace poco salió la cuna de viaje de mis niños, en la cual ya no cabrían ni doblados en ocho las ex-tiernas criaturas. Lo cierto es que cuando pasan los años y te sigues encontrando cosas de aquellas infancias, algo se te licúa por dentro, porque eres muy blandita, y piensas en lo mucho que añoras aquellos tiempos agotadores.  No sé por qué, me estoy acordando del moisés que me prestó mi prima Inma cuando debuté en la maternidad. Con él, me dejó un novedoso artilugio que funcionaba con unas pilas muy gordas y que, atornillado a uno de los barrotes, sacudía el moisés cuando el bebé lloraba. El invento resultó ser muy eficaz. Demasiado eficaz, de hecho. El niño enmudecía cuando entraba en funcionamiento, aunque no estoy muy segura de que no fuera porque se quedaba acogotado. Pero lo bueno era cuando el moisés estaba vacío y pasaba una moto por la calle,  porque entonces aquello empezaba a pegar un traqueteo, que una vez nos lo encontramos saliendo por la puerta del dormitorio. Lo atribuí a una alucinación por la falta de sueño, pero no: el moisés había decidido irse por ahí a vivir la vida. A eso terminé por acostumbrarme, un moisés que anda solo, ya ves tú. Más adelante, el niño creció, le cambiamos el moisés por su cuna y le puse en su cuarto con un interfono (pertenezco a esa escuela de madres desnaturalizadas que opina que cada uno debe tener su espacio). Era muy gratificante abrir los ojos por la mañana y, antes de ir a ver al niño, escuchar sus "ajo, ajjjjo", sus "papá, agua" y sus tiernos gorjeos en general. Pero un día me sacó de mi modorra matinal una melodiosa voz cazallera que berreaba a pleno pulmón EN mi dormitorio y que me hizo saltar a tres metros de la cama:
-   ( ¡¡¡¡PIIIIII!!!!) ¡¡¡¡AQUI HABLANDO A LA CENTRAL!!! ¡¡¡QUE EL CLIENTE ZE HA IO PORQUE AQUI NO HAY NADIE!!! ¿¿¿ZEGURO QUE ERA EN CALLE ANTONIO MARTELO ER ZENECA???? CAMBIO
-(¡¡¡PIIIIII!!!) AFIRMATIVO; SE ESPERA USTED CINCO MINUTOS, QUE ACABAN DE LLAMAR. CAMBIO.
Cuando pude volver a respirar normalmente y el ritmo de mi corazón bajó del nivel del infarto masivo a parámetros normales, me percaté de que el trasto había cogido la frecuencia de onda del radiotaxi, por lo cual casi me muero del susto como los gorriones. Desde entonces metí el cacharro en su cajita, para descubrir que oía al niño exactamente lo mismo sin él que con él. Fíate tú de las modernidades.
La lista de chismes para los niños no tiene fin, aunque pronto descubrimos que los objetos de uso cotidiano tienen una utilidad similar. Yo ponía al pequeño en la MaxiCosi delante de la lavadora cuando centrifugaba, y entraba como en trance y se quedaba frito. Yo también, aunque lo cierto es que entonces me quedaba dormida casi en cualquier circunstancia.  Incluso hablando con los funcionarios del Juzgado. Una vez, esperando para hablar con la secretaria, me quedé sopa de pie, como los caballos. Sólo fueron unos segundos, por suerte. De todos modos, desarrollé entonces la facultad de hablar y desenvolverme de un modo aparentemente normal, como si estuviese despierta. Pero bien sabe Dios que no lo estaba.  Para compensar, a mi hijo mayor no había quien lo durmiera: era, y sigue siendo, un ave nocturna. Como sabíamos que si no dormía la siesta después no había quien pudiera con él, le metíamos en el coche y nos íbamos a dar vueltas por ahí. Esto funcionó durante un tiempo, hasta un día en que, ya en Vélez-Málaga, nos soltó desde el asiento de atrás. "Quiero merendar". De no ser por eso, hubiéramos sido capaces de llegar hasta Port Aventura, provincia de Tarragona, en nuestra desesperación....
La receta de hoy, del libro "Recetas veggie" de Alice Hart, es para gente que le tiene respeto a hacer pan por aquello del pringue y del amase. Aquí no hay que hacer prácticamente nada, salvo tener paciencia. La masa lo hace todo ella solita, pero con mucha parsimonia. Salir, sale muy bueno. Yo lo he hecho más de una vez.
Ingredientes:
-250 gramos de harina integral
-250 gramos de harina blanca para pan.
-1/4 cucharadita de levadura química.
-1.5 cucharadita de sal.
Mezclar todos los ingredientes secos en una fuente grande. Añadir 375 cl. de agua y remover hasta obtener una masa ligera y pegajosa. Tapar la fuente con un film y dejar en reposo entre 15 y 18 horas en un lugar cálido.
Pasado este tiempo, enharinar ligeramente la superficie de trabajo y poner la masa encima. Doblar la masa sobre sí misma y cubrir de nuevo con un papel film untado en aceite. Dejar reposar 15 minutos.
Después hacer una bola con la masa y ponerla sobre un cuadrado de papel de horno. Tapar la masa con un paño de cocina limpio y dejar reposar dos horas, hasta que haya subido al doble de su volumen.
Poner una cazuela grande con tapa que pueda ir al horno dentro del mismo y precalentar a 220º. Sacar con cuidado la cazuela y poner dentro la bola de masa. Tapar la cazuela y meter al horno. Hornear 30 minutos y luego quitar la tapa y seguir cociendo durante 15 minutos más, hasta que el pan esté dorado. Retirar el pan de la cazuela y enfriar sobre una rejilla.
Dicho esto, yo aclaro que me salté la última parte, poniendo la masa en forma de bola directamente sobre la bandeja del horno y horneando durante 45 minutos. Y me salió bien, sin necesidad de cazuela ni de zarandajas.

 La narración de estas anécdotas ha tenido el don prodigioso de quitarme la nostalgia de inmediato. ¿Dónde se está mejor que en el presente? Carpe diem.... Y feliz semana.

miércoles, 18 de abril de 2018

PLUM CAKE DE PASAS

Ocho de la mañana de un soleado día de primavera. Los pajaritos cantan. Qué bonito.  De pronto, un atronador BOMBOMBOMPLOMPLOMPLOMMM me saca de mi placidez matutina. Las paredes de mi salón vibran como en un buen concierto de heavy metal. 
Otra vez. Vaya por Dios....
Mis vecinos de la derecha son criaturas benditas, pero como algún vicio habían de tener, tienen el vicio de las obras. Hacer obras puede llegar a ser una verdadera adicción; he conocido varios casos. Tres o cuatro veces al año, como mínimo, tengo la atronadora murga metida en casa, entreverada con expresiones tales como: "¡¡¡ZEÑORAAAAAA!!! ¿¿¿TIENE USTED POR AHI UNA TOALLA VIEJAAAA???, ¿¿¿NOOOO????  ¡¡¡PACOOOO!!! ¡¡¡PON AHI UNOS CARTONES PA NO RAYARLE A LA MUHEEEER EL PARQUÉÉÉÉ!!!".
"ÑÑÑÑÑÑIUMMMMMMMMM" (eso es el guarrito)
"¿DONDE TAS DEJAO LA MACHOTAAAA?" "BOMBOMMMBOMPLOMMMPLOMPLOM" (Obviamente, la ha encontrado).
 Más golpes a la pared medianera: rezo para no encontrarme al albañil de cara cuando termine por atravesar la pared de una vez. Milagrosamente, por algún motivo, eso no ha ocurrido todavía. A la hora de comer el silencio es religioso, para volver a iniciarse el sarao como a las cuatro de la tarde. Para entonces, tengo los nervios destrozados, y nada que pueda hacer, porque no puedo impedirles a mis vecinos que hagan en su casa las reformas que les dé la gana. En fin, todo acaba. Pero esto me hace nuevamente viajar en el tiempo. Hace muchos, muchos años, tuvimos una temporada similar:
-Joaquín. Que hay que cambiar el suelo, que está hecho un asco.
-Joaquín. Que hay que pintar, que la casa esta hecha una cuadra.
-Joaquín, Que se han caído dos azulejos más en el baño y no se te estremece el alma, rey de España.
Total, que Joaquín, cuyo odio por las obras he heredado, finalmente no tuvo más remedio que ponerse las pilas. Papi era partidario de dejar las cosas como están para siempre, ignorando por completo el principio de la entropía de las cosas o segunda ley de la termodinámica: que todo tiende a volver a su estado natural si no se controla. Traducido al supuesto de marras, que como no repares tu casa, terminará por caérsete encima. Lo cierto es que, harto de la matraca conyugal, papá contactó con un manitas muy económico (de más está decirlo) que solía ir por la tertulia que se juntaba en la tienda. Todo el mundo le llamaba Germi y era un personaje curioso. Su nacionalidad no la sabía ni él y lo de Germi venía de José Germinal, como le inscribieron sus padres, bastante anarquistas al parecer. Había vivido en Brasil mucho tiempo. Tenía el habla más extraña que jamás he oído y al principio traía un ayudante. Eso duró poco, porque, día sí, día también, se peleaban como Juanito Valderrama y Dolores Abril, hasta que el ayudante terminó tan  harto de él que un día colgó la brocha, dejó la pared a medio pintar saliendo escopetado, y nunca más se supo de él.  Nuestro Germi tenía el genio volátil de una prima donna y había que tener mucho cuidado con no hacerle enfadar, pero contaba increíbles aventuras no sé si reales o inventadas de cuando luchó en la Resistencia francesa,  o cuando tuvo que enfrentarse en medio del Amazonas a unos garimpeiros que le querían robar el dinero. Por otra parte, tenía unos particulares criterios estéticos que nos imponía sin encomendarse a Dios ni al diablo. Un día amanecieron los faroles del balcón pintados de rojo intenso, que en contraste con los cristales verdes, hacían un efecto patada en el ojo de lo más completo.  A ver, no es que antes fueran bonitos, las cosas como son, pero, como mami protestaba:
-Germi, por Dios. ¿Qué le ha hecho usted a los farolillos, que parece mi balcón el de un puticlub?
-Mais nada, senhora. É a moda no Brasil. Bonito, ¿nao?
-¿Bonito? ¡Su abuela! Eso lo pondrían en Brasil en las casas de trato que "usted" frecuentara. Que me haga usted al favor y los vuelva a pintar de negro, hombre. Eso está chorreando de feo, vamos. ¡A ver si va a resultar que es usted daltónico!.
Pero ahí no se salió mami con la suya: a papá, que compartía con el manitas el gusto deplorable y el más que probable daltonismo, le hicieron gracia los faroles colorados, y colorados se quedaron para siempre. Terminamos por acostumbrarnos y todo, aunque durante años, mami no pudo salir por el balcón sin soltar por lo bajini "la madre que lo parió".
Volviendo al presente, de vez en cuando apetece merendar una cosa de toda la vida, sencillita y tradicional. Algo que nos ayude a conservar la cordura en un mundo en perpetuo cambio y habitado por albañiles armados con guarritos y una radio con la Cope a todo volumen.
Ingredientes:
- 200 ml. de aceite de oliva o 180 gramos mantequilla, más para engrasar el molde.
- 150/180 gramos de azúcar (yo moreno)
- 4 huevos.
- 200 gramos de harina de reposteria.
- Un sobre de levadura.
- 200 gramos de pasas de Corinto.
- Ron o té para rehidratar
Precalentar el horno a 180º. Poner las pasas en una taza que pueda ir al microondas y cubrirlas con ron, o té si lo preferís (en este caso recomiendo Earl Grey) y poner a potencia máxima tres minutos. Escurrir y reservar. Batir los huevos con el azúcar hasta que la mezcla blanquee. Añadir el aceite o mantequilla y segur batiendo. Añadir al final la harina y la levadura, cernidas a poder ser, para que la mezcla coja aire. Pasar las pasas por harina y escurrir (esto sirve para que no se vayan todas al fondo) y añadir a la masa. Engrasar y enharinar un molde alargado y verter la mezcla dentro. Poner al horno de 45 a 60 minutos, e ir pinchando hasta que la aguja salga limpia. Sacar, dejar templar y desmoldar. Cuando esté frío, tomar una rebanada a intervalos regulares con una buena taza de té o café. Antes a esto se le llamaba darse un descanso. Ahora se llama mindfulness. Pues vale...

Feliz semana, amigos. Que nada nos perturbe...