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domingo, 17 de mayo de 2020

CONCENTRADO DE CALDO DE CARNE

Ya se le empieza a ver la luz al confinamiento, mañana estrenamos nuestra flamante fase 1, y sufro una mezcla de sentimientos encontrados. Por un lado, soy feliz de poder salir a la calle para asaltar a gusto las librerías de mi ciudad (tarea que, lamentablemente, puedo finalizar en un par de horas, y contando con que las esculque hasta el altillo. Málaga, ciudad bravía.... etc.) Y no tener esa sensación de clandestinidad y muy judeocristiana culpa cada vez que salgo a la calle a por un kilo de boquerones. Por otro lado, el ajetreo diario empieza a reiniciar sus engranajes, y hay que dejar atrás esos días sin llamadas, sin obligaciones, dedicados a lo hobbies, a la lectura y a no pegar ni chapa. Me apetece volver lo mismo que clavarme un tenedor en un ojo, y ustedes disimulen la imagen. Por si fuera poco, está el lío de lo que puedes hacer y lo que no, que no es poca cosa  Si voy a visitar a un familiar o reunir hasta 10 personas en mi casa, ¿tiene que ser de 6 a 10 y de 8 a 11? ¿En el radio de un kilómetro? ¿Salir a partir de las 10 se considera jurídicamente paseo, si voy a comprarme un pantalón? ¿Puedo bajar al mercado a hacer la compra, o tiene que ser en la tienda de mi barrio?  Se han establecido a la fecha hasta 209 normas, pero al parecer no han sido suficientes para dejarnos las cosas claras, y sí para que, si no nos multan por una cosa, nos puedan multar por otra. Sin embargo, la obligatoriedad de llevar mascarilla brilla por su ausencia, y para algunas personas el distanciamiento social parece significar que en vez de tirarte su compra encima en la cola del supermercado, previo empujón cuerpo a cuerpo, te empotran el carrito por detrás, para hacerte saber con sutileza que estás tardando mucho y que a ver si despejas. Debo admitirlo, estoy atravesando una época de tomarle mucho asco a mis semejantes. ¿Y si patentáramos el chaleco electrificado de 12 voltios con sensor de distancia? Tampoco es de despreciar el truco infalible de mi cernícalo menor, que no tiene un mínimo sentido de la vergüenza: en cuanto ve que el personal se empieza a aproximar más de la cuenta, saca del pecho unas toses desgarradoras con ruidoso broncoespasmo incluido, estilo Dama de las Camelias en la escena final (aunque ni con la mejor voluntad se confundiría a mi asilvestrado vástago con Margarita Gautier) Mano de santo, mire usted.  No le queda nadie a cinco metros a la redonda. Yo aún no lo he puesto en práctica, pero contad con que lo haré. Reconozco que soy muy poco mediterránea con eso del espacio personal, como con muchas otras cosas: lo necesito bien grandecito, y que corra el aire. Me acuerdo de, cuando en el colegio, nos ponían a formar fila para entrar a clase, y cada una tenía que extender los brazos y posar las manos en los hombros de la que tenía delante, y esa era la distancia adecuada. En cuanto la monja se retiraba, empezaba la "rebuína": cuarenta prepúberes a medio civilizar achuchándose unas a otras a ver quién entraba antes; normalmente la más brutorra y corpulenta era la "colona".  Ante la turbamulta, la monja corría a poner orden, dando palmadas cual si espantara gallinas:
-¡A VER!  ¿¿¿SOMOS ANIMALITOS O QUÉ??? ¿¿¿ESTO ES UNA CLASE DE NIÑAS O UN REBAÑO DE ELEFANTAS??? (ya nos iba subiendo de nivel) ¡¡¡A CLASE!!! ¡¡¡Y A LA QUE VEA EMPUJANDO LA TENGO LUEGO UNA HORA HACIENDO DICTADOS!!!
Y todas las cuarenta mostrencas agachábamos el moño e íbamos entrando mansas como borreguitas. Madre Encarnación medía un metro y medio, era los más chico que despachaban en monjas; pero tenía una autoridad natural envidiable. Qué líder de masas ha perdido el mundo. Daría cualquier cosa por contratarla como monja de compañía en las colas.
La receta de hoy no es cuqui, ni bonita, ni apetecible, ni siquiera un poco pecaminosa. Pues vamos bien. A cambio de tanta sosez, es eminentemente práctica y excelente como condimento. Se pueden utilizar los restillos que van quedando de verdura durante la semana, que se aprovechan así estupendamente, y sabemos lo que le estamos poniendo a nuestros guisos. Porque a mí me parece que en las fábricas de los cubitos meten el bicho entero, desde los cuernos hasta la punta del rabo, y le dan a la manivela. Y si se pone una a pensarlo, pues, la verdad, da cosita.
Ingredientes:
-300 gramos de carne de cerdo o ternera, magra y limpia.
-600 gramos de verduras variadas. Recomiendo que entre ellas haya zanahoria, apio y tomate, que dan mucho aroma.
-Aceite de oliva.
-300 gramos de sal gorda.
-Un puñado de perejil.
-Medio vaso de vino blanco.
Se trocea menuda la carne y las verduras. Se pone un chorrito de aceite en una cacerola y ponemos la carne a morear. Añadimos las verduras y le damos unas vueltas. Echamos el vino y dejamos evaporar, ponemos la sal gorda, mezclamos bien con una cuchara y bajamos el fuego. Lo dejamos un par de horas al mínimo, removiendo de vez en cuando. En la Thermomix el tema se simplifica mucho, porque picamos todo en ella, añadimos todos los ingredientes, ponemos en velocidad cuchara, temperatura Varoma, 40 minutos, y luego se tritura 10 segundos a velocidad alta.
Lo ponemos en un tarro y nos puede durar en la nevera tres o cuatro meses, con la sal no se va a estropear. Hay quien lo mete en el congelador, porque no se endurece, y lo va usando a cucharadas. Yo uso una cucharada grande como medida de un cubito de los tradicionales, y me está quedando perfecto en todos los guisos.



Portaos bien, hermanos, y usad las medidas correspondientes, que os quiero ver a todos sanos y salvos cuando salgamos de ésta. Mientras tanto, a pasarlo lo mejor posible. La vida sigue su curso, la primavera no entiende de encierros y todo está precioso. Así que disfrutemos de todo ello, aunque sea en las franjas horarias correspondientes y enmascarados hasta las cejas. Qué remedio.
Feliz semana a todos.

domingo, 3 de mayo de 2020

CRACKERS DE LINO Y OTRAS SEMILLAS

Igual que antiguamente con el luto, ahora estamos en la fase de alivio. En esa fase en que la gente ya se podía vestir de malva, de gris o blanco y negro, porque ya el difunto no estaba tan fresco, o bien en la que nos dejan salir sin coartada (pero poco). En esta nueva fase de desconfitamiento, y lo escribo bien, nos dejan salir un poquito a hacer deporte, para que no se nos salte la hiel y para que podamos ir soltando algo del lorzamen abdominal acumulado. Ayer estrené el nuevo nivel de desestabulamiento progresivo y pude comprobar que salir a la calle cuando nadie más lo hace está muy bien, aunque esté feo que lo diga.  Pero que cuando sale todo el mundo, nos miramos con mucho asco y nos odiamos profundamente unos a otros. En mi ingenuidad, salí sin mascarilla por aquello de que no hacía falta por la distancia social; en seguida lamenté mi error. Pasé por una calle que no he visto más concurrida  en los días de mi vida, y, definitivamente, es un hecho que para mucha gente la distancia social es algo así como un concepto metafísico inaprehensible. Ni una verbena de agosto. Por Dios, que corra el aire. Para amenizarte más, si cabe, la salida, se ofrecía una cacerolada ensordecedora en directo por sobre tu cabeza, inmediatamente después de haber pasado por otra calle donde algún descerebrado ponía reggaeton a toda pastilla. Hoy me llevaré mi burkamascarilla importada de Suiza. Es cómoda y fresca, no creáis, además de efectiva, porque los suizos hacen las cosas a conciencia, pero cuando la despliegas y te echas el toldo abajo, estás como Hannibal Lecter con el bozal. La experiencia me retrotrae a tiempos de la infancia. ¿Os acordáis de los verduguitos que nos ponían en invierno? A los más jóvenes esto no os sonará, claro. Porque dicha prenda se abolió en la Convención de los Derechos del Niño de 1989. O debió hacerse, en todo caso. Era un gorro de lana que te cubría hasta el cuello, con un agujero, o medio, (tipo pasamontañas) para que sacaras el careto por ahí. Los de medio agujero sólo te permitían los ojos libres, para que vieras por dónde ibas y no te dejaras los dientes en una farola. Aquello agobiaba una barbaridad, y como hicieras por bajártelo, allí tenías a mami subiéndotelo hasta las orejas.
-¡Niña, que hace mucho aire y vas a coger una pulmonía!
-¡¡¡BBBMMMJJJJFFFFF!!!
-¿¿¿Quééé´??? ¿Qué estás farfullando por ahí? ¡Que llegamos tarde!
-¡¡MAMAAAAA!! ¡¡¡ QUE ME PICAAAA!!!
-Pues si te pica, te rascas. ¡Y ya te he dicho que no te lo bajes! ¡¡¡So lechuga!!!
"Lechuga" era el taco más gordo que se permitía doña Pepa: todas las barbaridades que salían por su boca, y no eran pocas, las decía por lo fino. La cuestión es que, llegado al punto del "lechuga", como me volviera a intentar bajar el verdugo del demonio, me ganaba un buen pellizco y alguna colleja de propina, de esas que te daban en los setenta, antes de que se derogase ese artículo del Código Civil que autorizaba a los padres a "corregir razonable y moderadamente a sus hijos", (sic) y que entonces se aplicaba con liberalidad. Luego nos soltaban en la entrada del colegio y todo se llenaba de niñas sudorosas y congestionadas, al borde del hamacuco, metiendo el chisme en la cartera entre suspiros de alivio, mientras la monja de la puerta decia con su acento de Valladolid:
-Anda, y que no sois teatreras. ¡Que es por vuestro bien!
Porque existía entonces un verdadero terror a los aires fríos que te entraban por la boca, a eso y a los pies mojados, que por ahí se cogían todos los males. A pesar de todo, la malvada doña Pepa no ahorraba guasas con los dichosos gorritos. Siempre que fueran ajenos, por supuesto.
-Hola, hola- iba saludando a las otras madres- Hay que ver, nena, llevar a esas niñas tan feítas con el verdugo. Míralas, que parecen dos murcielaguillos, que sólo se les ven esos ojos saltones que tienen.
-Mamá, pues a mí también me lo haces llevar.
-Sí, pero tú eres muy bonita y muy preciosa, vas a comparar. (aclaro que esas cosas las decía más para jalearse a sí misma por su obra, que para piropearme a mí, que por otra parte era de lo más normalita)  Anda, sí, tápales la boca, (en referencia a la madre de los murciélagos) vayan a comer de más y dejen de estar esmirriás.... mal toro te coja, a ver si les das menos verdugo y más bocadillos de foagrás.
-¡Mamá!
-¿Qué? Será que es mentira. Anda, nena. Vete para adentro y que yo no te vea a la salida con el gorro fuera, que hace mucho frío.
En fin... vamos con la receta.
 Estos crackers salen muy crujientes y ricos, tienen un montón de fibra y como pecado, sale bastante venial. Además son facilísimos de hacer.
Ingredientes:
-Una taza de lino dorado
-100 gramos de harina integral. También se puede poner otra harina, o salvado de avena.
-Media taza de agua
-Media cucharadita de sal
-Media taza (o al gusto) de sésamo, pipas de girasol, calabaza, semillas de amapola...
-Opcional: Ajo o cebolla en polvo, orégano, tomillo, queso rallado...
Precalentamos el horno a 180º. Trituramos las semillas de lino en Thermomix o batidora. Mezclamos todos los ingredientes. Ponemos una hoja de papel de horno, la masa encima bien extendida, y encima otra hoja de papel de horno. Con el rodillo estiramos y formamos una lámina como de medio centímetro máximo. Quitamos la hoja de encima y cortamos los crackers de la forma que queramos. Al horno unos 15-20 minutos, hasta que veamos que están dorados y crujientes. Sacamos y dejamos enfriar sobre rejilla.

Y a seguirse cuidando, más que nunca. Que nos tenemos que ver pronto, aunque sea más o menos embozados y más o menos redondeados, pero sanos al menos.
Feliz semana a todos...

lunes, 6 de abril de 2020

EMPANADAS DE LO QUE HABIA

 Lunes Santo. De nuevo llego tarde a mi cita quincenal de batallitas. Pero es que no paro. Ayer por la tarde empecé a ponerme, pero como me tragué sesión doble de película sueca de sobremesa mientras hacía mi punto de cruz, no me dio tiempo de casi nada. Luego me vi un trozo de "La trinchera infinita" (muy recomendable), la media hora de yoga y en seguida a preparar la cena, pues es que una no da abasto. A pesar de todos mis esfuerzos, en tan señalado Domingo de Ramos no he encontrado nada para estrenar, ni una triste camiseta de pijama.  De manera que ya se me ha caído la mano izquierda, que llevo en un papelito, y la derecha se me está empezando a soltar por el meñique, aunque ya he aprendido cómo reinsertármelas en un tutorial de YouTube; espero que me aguanten hasta el año que viene. Primeras tres semanas dentro de casita, que han dotado de la cualidad de aventura prodigiosa al hecho de salir a la farmacia o a por el periódico, o de planazo apasionante el ir a por la compra. Por suerte, o por desgracia, tengo un supermercado como a cien metros de mi puerta. Me atavío con mis guantes, mi mascarilla y mi canesú, trinco el carro y me lanzo a la lucha por la supervivencia. Esta semana no hay ni una bolsa de zanahorias para un remedio. La semana pasada fueron las latas de tomate, la anterior los cartones de huevos.  Esto va por rachas. Cuando termino, sana y salva aunque deszanahoriada, y de hora sobre las resistiré y cuarto, (gracias a Dios ya han apagado los altavoces) subo el carro al parking, llamo a mi santo y, cuando le veo llegar, suelto el carro y él lo coge y carga la compra en el coche, mientras yo me voy para casa cantando bajito. Me da la sensación de estar implicada en una arriesgada operación de contrabando, todo es emocionante. A despecho de tanto resistiré (la terminaré odiando), tanto aplauso y tanta fiestecita de terraza, lo cierto es que sigo disfrutando de mi inédita holganza.  Ay, mami, si me vieras. En mi casa, antes de que hubiéramos terminado de fregar los platos y recoger la cocina, no te podías sentar. Tenías detrás, respirándote en el cuello, a la policía religiosa encarnada en doña Pepa. O tenías que pelar unas patatas o bajarte a la tienda a por huevos, que no quedaba ni uno. o a por el pan, o trajinar tu cuarto y dejarlo en estado de revista. Todos los días de la semana. Curiosamente, ni mi padre ni mi madre me preguntaba jamás si había hecho los deberes o estudiado para un examen. Daban por hecho que eso era cosa mía. Y lo era. Qué bien se lo montaban. Ellos mandaban y yo obedecía. Yo mandaba y mis hijos se pitorreaban de mí. Somos la generación de padres más pringada de la historia. 
Hurgando por el congelador, en mi afán por despejarlo (cosa que jamás consigo) encontré una bolsa sin etiqueta que envolvía otra bolsa. Me encantan las bolsas sorpresa. Cuando la pude abrir, vi que era la orgullosa agraciada con un trozo de matambre relleno que se veía ya un tanto securrio y descangallado. Cargada de virtudes domésticas como estoy, debido a nuestra estabulación, decidí que lo aprovecharía convirtiéndolo en otra cosa y, voilà, saqué unas empanadillas de inspiración vagamente argentina que salieron, pero más buenas. Por si alguien tiene interés en replicarlas, ahí va la receta del invento.
Ingredientes:
Para la masa:
-500 gramos de harina.
-Medio vaso de agua
-Medio vaso de vino blanco.
-Un buen chorro de aceite.
-Un huevo, más otro para pintar.
.Un sobre de levadura seca de panadería o 15 gramos de la fresca.
-Una cucharada de sal.
-Una cucharada de pimentón.
-Sésamo (opcional)
Para el relleno:
-250 gramos de carne, si es un resto de carne guisada, perfecto.
Si no, puede ser pollo o cerdo, pero cortado a cuchillo finito. Para un apuro, sirve también una bandeja de carne picada, aunque no es lo suyo.
- 4-5 pimientos del piquillo
-Una cebolla.
-Una lata de tomate triturado.
-Dos huevos duros.
-Sal, pimienta, comino.
-Una pastilla de Avecrem y una cucharada de azúcar, o una manzana rallada, para el tomate.
-Un puñado de pasas y piñones (opcional pero rico)
-Un chorro de aceite.
En primer lugar, hacemos la masa, amasando a mano todos los ingredientes durante unos diez minutos o en la Thermomix. Hacemos una bola, cubrimos y dejamos reposar un par de horas.
Mientras tanto, hacemos el relleno. En un fondo de aceite, salteamos la cebolla picada y los pimientos del piquillo hechos tiras. Añadimos la carne la dejamos dorar, por último ponemos el tomate triturado y sazonamos con sal, pimienta, comino, el azúcar y la pastilla de Avecrem, hasta que se quede todo bien ligado. Dejamos enfriar y añadimos los dos huevos duros picados, las pasas y los piñones.
Estiramos la masa en una superficie enharinada. Como yo no tengo mucho sitio en la encimera, lo voy haciendo por porciones, hasta que la acabo toda. Cada vez voy aplanando hasta que la masa quede lo más fina posible y voy señalando círculos con un cortapastas o una taza del diámetro adecuado, yo las hice de unos diez centímetros.
A ver, esta es una tarea pringosa y entretenida. Pero en primer lugar, ahora tenemos tiempo, en segundo lugar la masa está mucho, pero que mucho más buena que las obleas preparadas de empanadillas y, en tercer lugar, es mucho más maleable y se rompe menos. Seguimos. Cogemos una porción de relleno y la ponemos en el centro de cada círculo de masa. Mojamos los bordes del círculo y cerramos en forma de media luna, apretando bien. Para que no se abran, vamos retorciendo hacia adentro los dos bordes pegados, haciendo una especie de cordón, y las vamos poniendo en una bandeja de horno con su papel. Precalentamos el horno a 200º. Cuando terminamos con toda la masa, batimos el huevo restante y con una brocha de cocina vamos pintando cada empanadilla. Luego las espolvoreamos con sésamo y metemos la bandeja al horno. Suelen tardar unos 15-20 minutos, o cuando vemos que la masa está dorada. Se sacan y se dejan enfriar sobre una rejilla. Duran varios días. También se pueden congelar ya hechas y luego, descongeladas, calentarlas con un golpe de horno.

No nos queda otra que disfrutar de los pequeños placeres domésticos, y lo cierto es que yo los estoy disfrutando tanto, que me van a tener que traer de vuelta al tajo a rastras, sacando virutas con las uñas al parquet. Y es que se está tan bien en este despejado espacio mental, que realmente no querría salir nunca de él. Cada uno de nosotros tendrá que extraer de esta anómala experiencia sus propias enseñanzas. Una de ellas, que pasar todo el tiempo en casa no se lleva bien, al pasar de los días, con lucir tipín pinturero, así te mates a tutoriales de zumba o sesiones maratonianas de elíptica. Excepto si eres un repugnante pibón de veinte años. Pero no se puede tener todo en la vida y ésa en concreto, amigos, será la última de mis preocupaciones.
Feliz semana a todos...

domingo, 21 de abril de 2019

GALLETAS DE ALMENDRA ESTILO ARDALES

No cabe la menor duda de que la espiritualidad está de moda. El yoga sale ya hasta en los anuncios, con una gente monísima haciendo la postura del loto (que mi maltrecho menisco no me permite adoptar), y, en general, queda muy cuqui si dices que haces meditación, mindfulness, reiki o vas a realinearte los chakras con cuencos tibetanos. Si además comes quinoa, esa especie de grano indefinible con sabor a nada en absoluto, ya es para nota. Mi primer contacto con  los temas alternativos tuvo lugar cuando yo tenía trece años y estaba en 8º de EGB, convertida en una hormona unineuronal con patas. En aquel entonces teníamos una profesora de gimnasia que fumaba como un cavador incluso con un bombo de ocho meses, y entre pitillo y pitillo nos ladraba como si nos estuviera haciendo formar en un campo de concentración. Después de una sesión de caña intensa a cuarenta hormonas unineuronales con patas, nos ponía a hacer una relajación bastante esotérica para bajarnos las revoluciones, y he de decir que daba resultado, porque salíamos más suaves que un guante, en vez de subir trotando y haciendo tambalear la escalera como una recua de reses bravas, que era lo habitual. Años más tarde, recuerdo que la madre de una amiga mía, vecina de la casa del Rincón, tenía un mal rato horroroso no recuerdo por qué, y mi amiga me pidió que le hiciera la relajación en cuestión.
-Pero Inma.... que nuestras madres para estas cosas no son muy... y que esto es como un poco...
- Tú házsela aunque sea rara, que seguro que le viene bien. Que está fatal, mírala.
Así que nos metimos en un cuarto y le dije a la mujer, hartita de llorar que estaba, que se tumbara en una cama. Ella así lo hizo, muy obediente, y yo empecé muy metida en mi papel:
-Carmela, ahora cierra los ojos y respira despacio. Inspira....espira....otra vez. Ahora imagina que vas bajando por una escalera y al bajar cada peldaño empieza a contar de diez a uno. Diez... nueve...ocho...
Hasta ahí, perfecto. La parte normal.
-Ahora lo que te voy a decir te va a parecer raro. Pero te tienes que imaginar que estás flotando en el espacio y que estás viendo desde lejos la Tierra.
-¿La tierra de dónde?
-El planeta Tierra. Y ahora te ves a ti misma flotando y te entra una luz blanca por la coronilla....
-¿¿¿ Quéééé????
-... y tienes una esmeralda en el vientre.
-¿¿¿Que además tengo una piedra verde en el ombligo??? ¿Y todo eso pa qué?
Continué, sintiéndome cada vez más idiota:
- Tienes una esmeralda en el ombligo y del centro de la esmeralda sale un rayo rosa que se dirige a la Tierra y la inunda de paz y amor hasta que se pone entera rosa.... y...
-¡¡¡¡PPPPPFFFFFFFFFFFFGGGHHHHH!!!!
La mujer se sentó en la cama llorando de nuevo, pero de risa. Su hija se revolcaba por el suelo. El mal rato se lo quité, aunque no exactamente del modo que se pretendía  y mi incipiente carrera de gurú espiritual murió ahí. Siempre he mantenido el interés por muchos de estos temas, pero te lleva algún tiempo perder el sentido del ridículo, cuidadosamente cultivado durante años por una educación como es debido. Hace algunos años me apunté a un taller de bioenergética. No tenía ni puñetera idea de lo que significa eso, pero quedabas muy bien cuando lo decías. Miradme, soy de esa clase de gente que se apunta a un taller de bioenergética. Soy una persona espiritualmente evolucionada. Soy la leche. Aparecí por allí y pronto me vi rodeada de varias personas con un algo indefinible, un no sé qué, mezcla de fan de grupo musical y fumada de alguna sustancia psicoactiva potente, que sólo logré identificar pasado un tiempo: eran adictos a los talleres de espiritualidad y autoayuda. Me sentía rodeada de bichos raros, porque yo, por supuesto, sólo iba por puro interés antropológico, no faltaba más. Primero nos dieron un papel y lápices de colores y nos dijeron que pintáramos una rosa. Ah. Que quieren que pinte, pues pinto. Luego las teníamos que enseñar. Había quien tenía dibujada una rosa inmensa como un repollo de colorines, quien te dibujaba el rosal entero y parte del parterre de al lado, quien te pintaba algo parecido a un huevo frito rodeado de hojas verdes, y yo, que había dibujado en blanco y negro una especie de capullo disecado y cuyo tallo tenía espinas del tamaño de agujas de punto del ocho. Al verla, el que daba el taller comentó:
-Ohhhh, qué rosa más interesante. Quizá tengas que pensar por qué no dejas traslucir tus emociones y levantas esas defensas a tu alrededor (¿y a tí qué narices te importa?) Hay que expresar y compartir las emociones. (tu abuela la pelona ¿cuándo hemos comido tú y yo del mismo plato?) Y ahora vamos a representar la muerte. Imaginad la muerte y representadla. Tiraos al suelo (¿Cómooooo? ¿Vestida de limpio que voy? ¿Y habrán fregado este suelo en condiciones?)
Dudando bastante, me senté en el suelo de medio lado, muy fina yo, como si estuviera en un picnic, y con no poca prevención me tumbé de costado. Es decir, tumbada, pero poco. Por si tenía que salir corriendo. Y enseguida empezó a TIRARSEME gente encima. Al parecer, la idea no era representar tu muerte en una esquinita, de manera individual y discreta. Nooooo. Era representarla en plan primer día de rebajas o pelotón de fusilamiento. De pronto me encontré aplastada por seis o siete desconocidos que representaban su propia muerte y estaban a punto de provocar la mía por asfixia. Solté unos cuantos codazos, pero de buen rollo, no creáis. Después de levantarnos, respirar y recomponernos los pelos, teníamos que representar el amor, y buscar a un miembro del sexo opuesto para fingir ponerle ojitos y sacarle a bailar. Como la proporción de señoras frente a caballeros eran como de ocho a uno, estaban los dos pobrecillos acogotados en medio de las leonas. Y me dije: ahí sí que no.  Porque hasta hace poco tiempo, y tras varios años de seminarios diversos de autoayuda que me han hecho perder casi por completo cualquier sentido del decoro, gracias a Dios, he sido siempre muy contenida para estas cosas. Finalmente, teníamos que decir lo que nos había aportado el taller. Las respuestas eran del tenor de:
- "Me he despojado de mis corazas": (pues hija, yo estoy tan ricamente con la mía. Que corra el aire)
- "He conectado con mi niño interior": (has conectado con tu salvaje interior, cacho ciruelo; me he pasado cinco minutos tirada en el suelo con tus noventa kilos en canal aplastándome la cabeza y una de tus botas sobre la nariz)
-"Me he despojado de mis inhibiciones": (¡Por Dios!, hubiera preferido mil veces que siguieras inhibida, muchas gracias. Sobre todo cuando representaste el sentimiento del amor con ese pobre hombre al que tiraste literalmente sobre la mesa. Loba)
Cuando llegó mi turno, contesté muy británicamente:
-Ha sido....mmmm.... interesante.
Y salí de allí dispuesta a no volver a poner un pie en una reunión de chiflados semejante. Y no lo cumplí. He hecho talleres, cursos y seminarios. Tengo una nutrida biblioteca sobre temas de crecimiento personal. Soy una yonqui de la autoayuda. He leído hasta hace poco un libro divertidísimo titulado "Help me!", escrito por Marianne Power, una periodista que cuenta cómo durante un año leyó y puso en práctica un libro de autoayuda cada mes, tras lo cual, y diversas peripecias a cuál más absurda, llega a la conclusión de que su vida ya estaba bien antes de leerse ningún libro. Pues yo me leo el libro, que con frecuencia se presenta a sí mismo modestamente como El Libro Que Cambiará Tu Asquerosa Vida, y que te propone hacer una serie de ejercicios para trabajar el aspecto concreto que quieres mejorar. Y digo:
-Pues vaya rollo.
Y me compro otro. Así que tengo un grado superior y varios másteres en autoayuda. Pregúntame lo que quieras, que lo sé. Sé todo sobre relajación, meditación, constelaciones familiares, chakras (qué me gusta a mí un chakra, por Dios), asertividad, tener éxito en los negocios y ser irresistible en las relaciones sociales. Soy como alguien que saca la máxima nota en el teórico y luego no sabe coger el coche (lo cual también me ha pasado en sentido literal) Porque hacer de verdad lo que se requiere para mejorar la vida de uno es agotador. Y como decía mami:
-Más trabajar y menos mirarse el chumbo (la verdadera expresión era otra aún peor)
Por lo pronto me apetece y hago estas pastas que siempre me han encantado. Digamos que para cuidar de mi mastuerza interior.
Ingredientes:
- 250 gramos de almendra molida.
- Un huevo y una yema.
- 175 gramos de azúcar
- 75 gramos de harina
- 2 cucharaditas de levadura
- Ralladura de un limón.
- Unas gotas de esencia de almendra o vainilla (opcional)
- Azúcar glas para rebozar.
-Almendras enteras y crudas para decorar.
 Precalentamos el horno a 180º. Mezclamos todos los ingredientes, menos el azúcar glas y las almendras enteras, hasta formar una masa manejable. Hacemos bolitas con ellas y las rebozamos en azúcar glas una por una, y las vamos poniendo en la bandeja del horno forrada con papel vegetal. Las aplastamos un poco y ponemos en medio de cada una una almendra. Horneamos diez minutos, una vez que el horno esté caliente. No más, porque aunque parezca que se quedan muy blandas, luego cogen el punto justo de jugosidad. Si se hornea más quedan secas. Yo lo hice con la primera tanda (hice el doble) y me pasó. Estaban buenas, pero no era lo mismo...

Y oye, están exquisitas.... Me siento tan bien conmigo misma, que quizá en un futuro escriba el próximo best-seller de autoayuda: La felicidad a través del alto índice glucémico: Cómo llegué a la iluminación tras ponerme foca de pastas de almendra. Os firmaré un ejemplar con mucho gusto.
Feliz y autorealizada semana a todos....

miércoles, 23 de enero de 2019

GALLETAS DE ALMENDRA ESTILO ARDALES

Hace un día de viento y frío pelón, de esos en que apetece mucho estar en casita. Abro mi correo y encuentro el boletín diario que manda nuestro ilustre colegio con las novedades corporativas, actividades, cursos y demás. Distraídamente lo abro y mi desgana inicial se desvanece rápidamente cuando leo: "Campaña por la salud mental de los colegiados". ¡Hombre! ¡Ya era hora de que alguien hiciese algo por nosotros! ¿Nos darán talleres de relajación? ¿Mindfulness? ¿Yoga? Entro entusiasmada en el enlace y descubro, para mi inmensa decepción, que he leído mal y que lo que dice es "Campaña para la salud DENTAL de los colegiados". Ya, claro. Era demasiado bueno para ser verdad. Con lo faltitos que estamos. Por otra parte, tampoco está tan mal: al fin y al cabo, tenemos que conservar los dientes en óptimo estado, ya que son para nosotros una imprescindible herramienta de trabajo. Especialmente los colmillos.( Es broma.... o quiere serlo). La idea de los dientes me lleva de un recuerdo a otro. De esa vez que fui a verme una muela que me fastidiaba y el dentista me la sacó con una infección. Empezó abriéndome la boca y mascullando con una tristeza infinita, que nada bueno prometía:
-Ufff... qué boca. Bueno, a ver qué hacemos ahí...
Doña Pepa, que me acompañaba, saltó muy indignada:
-¿Cómo que ¿"qué boca"? ¿Qué tiene de malo la boca de mi niña, a ver? Que además ella es muy relimpia y se lava los dientes después de cada comida, ¡a ver qué se cree usted!.
-Sí, señora, pero tiene aquí una caries, que esta pieza no la vamos a poder salvar. En fin....  vamos a ello y no te preocupes, que esto sale en seguida.
-Mire, es que me duele bastante la encía y parece que tengo hinchado por debajo.
-A ver.... Nada, nada. Eso no tiene importancia. Abre bien, que esto es cuestión de poco rato...
Aprovechándose de mi estado de indefensión, me rejoneó (que no inyectó) la supuesta anestesia (y digo supuesta, porque me hizo poquito efecto) y empezó a remover aquello. Raca, raca, raca. Y dolía. Vamos que si dolía.
-¡¡¡¡¡HHHHGNNMMMPPPPFFFF!!!!!
Doña Pepa, en este punto, se vio obligada a intervenir, traduciendo mis agónicos gemidos.
-Mire, que yo creo que le duele.
-Si le he puesto anestesia, señora. Imposible. Niña, quédate quieta, a ver si lo que te pillo es una oreja. Abre más. Raca, raca, raca.
-¡¡¡¡MMMMPPPPFFFFFGGGGRRRRMMMM!!!!
-Pues dolerle, le duele. Haga usted el favor y le pone más de lo que sea, que creo que se ha quedado corto.
-Que no, mujer. Si le he puesto anestesia como para el hocico de un caballo (muchas gracias por la gentileza, saleroso) Lo que pasa es que estos niños de ahora son unos flojos. Venga, que ahí va eso...... ¡Aaaaar!
El sacamuelas, porque me niego a llamarle dentista, puso un pie en el sillón y con el otro tiró con tal fuerza, que la muela salió despedida, cazándola al vuelo antes de que saliese por la ventana. Milagrosamente, no salió acompañada del maxilar entero, tal y como a mí me había parecido; sino que éste seguía completo y pegado al cráneo.
-Mira, mira, qué asco de muela (ahórreme el espectáculo, muchas gracias) Anda, muerde este algodón (los hígados te mordía yo) y aprieta.
-Be oliabuuuucho. Ya zelodiguue.
-Nada, eso es un poco de infeccioncilla, jejeje. Por eso no te habrá cogido bien la anestesia, a veces pasa. (¿Y me lo dices ahora, cachocapullo? Te tomas este antibiótico y como una lechuga....
La lechuga salió de allí, acompañada de la lechuga madre, deséandole piadosamente a aquella acémila (con perdón para la ofensa que la comparación produce al noble género equino) el cólico nefrítico más grande que despachasen en el mercado, complicado a ser posible con colitis ulcerosa fulminante. Estuve dos días con fiebre y malísima. Por supuesto, no volví nunca el establo, digo consulta, de aquella mala bestia, de cuyo nombre no quiero acordarme. Por suerte, más tarde di con el dentista que me atiende hoy, Luis Martínez-Brocal, fantástico como profesional y persona, que hizo que superase el trauma y que comprendiese que un dentista no tiene en principio ningún motivo para torturarte, a no ser que odie al género humano en general y a ti en particular. Por este ancestral miedo al dentista, mi madre no fue a verse aunque tenía muchas molestias. Resulta que para no engordar, durante una temporada tomaba una barbaridad que se llamaba Minilip y que era anfeta pura y dura. Quizás por eso la recuerdo siempre taconeando arriba y abajo de la casa y subiéndose literalmente por las paredes, como una apisonadora desenfrenada. Por donde pasaba no osaba volver a crecer una mísera hierba. Esto duró el tiempo que tardó en comprobar lo mal que le sentaban y entonces las tiró, pero al parecer, le hicieron polvo la dentadura. Total, que al final se tuvo que poner una postiza, y el protésico le pidió que le trajese una fotografía en la que se le vieran los dientes, para hacerse una idea y que le quedasen naturales. Mami le llevó una foto en la que salía con un extraño peinado estilo doña Sofía, con el que afortunadamente no la vi nunca más, luciendo una inquietante sonrisa desquiciada y fosforescente, en la que se le veían hasta las amígdalas:
-Señora, esta foto está retocada. Ni este blanco es natural, ni los dientes de nadie son tan iguales y tan perfectos. Claro, eso se hacía antes. Mi madre tiene fotos así.
Ante lo cual, doña Pantera Carballo, poniéndose en jarras, le soltó muy fina y redicha a aquel imprudente:
-Mire usted, yo no sé cómo tendría los dientes su madre de usted, pero que sepa que los míos eran muuuuuy preciosos. Que todo el mundo me lo decía, vamos. Esos eran mis dientes de verdad y a mí nadie me ha tenido NUUUUUUUNCA que retocar nada. ¡Vamos, hombre! ¿Se podrá ver otra cosa?
Después yo le pregunté:
-Mamá, ¿y seguro que no te retocaron la foto?
-Pues claro. Claro que me la retocaron, nena. Me acortaron las encías y me perfilaron los dientes y me los pusieron más blancos. Ellos te hacían a las fotos lo que tú quisieras. ¿Pero "ESE" para qué leche tiene que saber, ni le importa, si me los retocaron o no? A mí que me los haga bonitos y ya está.
Era la prehistoria del Photoshop y nuestras madres usaron y abusaron de él de lo lindo. En fin, a mi madre le hicieron sus dientes a su gusto e iba por todas partes con cara de piraña hambrienta para que se le vieran bien, como en tiempos más recientas una muy conocida folklórica. Qué tiempos....
La receta de esta semana la saqué del blog Cocina compartida y es facilísima y la mar de rica. Se apunten:
Ingredientes:
-250 gramos de almendras peladas y molidas. Yo las piqué en la Thermomix. En la tienda del Reloj del Pasillo de Santa Isabel las venden ya molidas.
-Un huevo y una yema.
-175 gramos de azúcar.
-75 gramos de harina.
-Dos cucharaditas de levadura de repostería.
-Ralladura de un limón.
-Unas gotas de esencia de almendra o de vainilla.
-Azúcar glas.
-Almendras enteras para decorar (esta adición es mía)
Precalentamos el horno con calor arriba y abajo a 180º. Amasamos todos los ingredientes, menos el azúcar glas y las almendras enteras. Forramos una bandeja de horno con papel vegetal y con la masa vamos haciendo bolitas homogéneas. Las rebozamos en azúcar glas, las aplastamos un poco y las vamos poniendo en la bandeja. Luego ponemos una almendra entera en el centro de cada una, y al horno unos diez minutos. Es mejor no pasarnos de tiempo, porque aunque parezcan muy blandas luego se endurecen y si las horneamos más pierden en textura y hasta en sabor.. Sacar y enfriar en rejilla. Os garantizo que tendrán una vida breve. Y si no, ya me diréis.

Y cuidárseme mucho, que vienen las gripes que son cosa mala. Mantita, mesa camilla y una galletita acompañando a su correspondiente café. Y como un reloj.
Feliz semana.....

domingo, 13 de enero de 2019

TE PARA DÍAS ASQUEROSOS.

Nuevamente tengo esa curiosa sensación de anticlímax/desinfle tras los jolgorios y excesos navideños. Toca recoger el belén (no quiero ni mirar el mío), quitar los adornos y deshacerse de los restos de turrones, roscones y hojaldrinas, intentando, sin éxito alguno, endosárselos a algún incauto que venga a merendar. Te queda ese telón de fondo de melancolía y puede que, como a mí, las fiestas te hayan obsequiado con un estupendo catarro, heredado de alguno de tus propios que se ha pasado malo todas las vacaciones y se pone fresco como una lechuga el día de volver al trabajo, no sin antes traspasarte a ti un camión de virus hambrientos y saltarines. Y tengas, como consecuencia, cierto bajonazo y cero ganas de reincorporarte a tu rutina. En estos casos te va a venir maravillosamente este brebaje milagroso que descubrí a a través de uno de estos enlaces que te pasan por Facebook. El secreto de la poción mágica para días chungos. En este preciso instante estoy disfrutando de una taza, pensando que quizá las tardes de los domingos, al final, no son tan malas. La verdad es que la semana ha sido agitada, con situaciones un tanto surrealistas. Una mañana que tenía que ir al juzgado a hacer repaso general de asuntos, me pasé antes por una tienda de animales para comprar pienso para los agapornis, que comen más que un sabañón con plumas. La chica de la tienda me dio mi kilo de pienso a granel en una bolsita de asas que yo metí en el bolso, ese agujero negro que me acompaña a todas partes y donde puedo llevar todo lo necesario para construirme un refugio de supervivencia. Llego a los juzgados y entro al primero que tenía que visitar.. En el preciso instante en que su señoría y la letrada de la Administración de Justicia vienen de tomar café, saco mis papeles, que salen acompañados de una lluvia de granos diversos, grandes y pequeños, intercalados de alguna que otra pipa de girasol, y que ruedan alegremente por todas partes. Clin, clin, clin (pequeños). Plof, plof, plof  (grandes) Me quiero MORIR. Quiero MATAR a la de la tienda de animales. No por ese orden. Se hace el silencio durante un terrible instante, yo sacudo los papeles y mascullo algo así como:
-Jejejeje..... estos niños que le llenan a una el bolso de cosas.... en fin...
Ya no tengo niños en edad de llenarme el bolso de cosas, ni edad de tenerlos, aunque siempre puedo culpar a unos hipotéticos nietos, y creo que en este momento debo haber perdido cualquier vestigio de credibilidad para el resto de mi vida laboral. Meto la mano en el bolso para sacar un boli, con extrema precaución, y descubro que lo tengo lleno hasta la mitad de pienso, el cual se me ha vaciado entero porque la lumbreras de la dependienta me ha echado el pienso en la bolsa abierta, a palo seco, sin ponerlo previamente en un paquete anudado. Salgo del juzgado muerta de vergüenza, aunque con una profesional cara de haba que el ejercicio de la abogacía me ha enseñado hace tiempo a adoptar. Hago otras gestiones, procurando tocar el bolso lo imprescindible, como si llevase en él una granada de mano, y finalmente llego a la clase del yoga del mediodía con la lengua fuera. Después de retorcerme un buen rato en posiciones antinaturales, me siento mucho mejor. A la hora de la relajación, al tumbarme me sobreviene un ataque de tos escala 8 de Richter, y como no es plan de perturbar a los compañeros, me salgo muy despacito, a coger el Ventolín y pegarme un chute. Meto la mano en el bolso lleno de pienso y con mucho cuidadito saco el inhalador. Le doy al flufli, aspiro con fuerza.... y descubro, demasiado tarde, que el inhalador TAMBIEN está lleno de pienso. Tengo una décíma de segundo en que toda mi vida pasa ante mis ojos, con la certeza de que voy a morir de una broncoaspiración y nadie se va a enterar. O así lo creía yo.  Pero el organismo reacciona con eficiencia, gracias a Dios, y entre una agónica serie de COFFFCOFFFCOFFFIGGHHHHHHHBRRRUAJJJJJ, salen despedidos varios granos grandes y pequeños. Luego me quedo boqueando como un pez recién pescado, intentando averiguar a qué parte del patio interior a donde da la habitación en que me encuentro habrán ido a parar mis dos pulmones, quizá acompañados de otra parte de menudillos varios expulsados por la fuerza de la deflagración. Nadie se inmuta al otro lado de la puerta; supongo que piensan que si ya he muerto o sufrido algún tipo de daño cerebral derivado de la falta de oxígeno, bien puedo esperar un par de minutos a que realineen todos sus chakras antes de llamar a la ambulancia o al juez de guardia para levantar mi cadáver. Es lo que tiene el yoga. No te agobias por ná. Para cuando salen, frescos y relajaditos, me dirigen la misma mirada de silenciosa prevención de la que ya he sido objeto en el juzgado. (La verdad, últimamente me mira así bastante gente, ahora que lo pienso.) Cuando me miro al espejo antes de salir, puedo verificar que me encuentro en estado cianótico. Me siento completamente estúpida e imagino el titular en los medios de comunicación:  MUJER DE MEDIANA EDAD MUERE ASFIXIADA TRAS INHALAR PIENSO DE SU MASCOTA. Amigos, definitivamente no se puede caer más bajo.
Ingredientes:
-200 ml. de leche. Puede ser vegetal, si es así la de coco va especialmente bien. También vale el agua. Luego, puedes poner varios o todos o algunos de estos ingredientes:
-Un cucharadita de té negro o rooibos.
-Un trozo de piel de naranja.
-Un clavo
-Un trozo de canela
-Un trozo de jengibre fresco.
-Un par de granos de cardamomo.
-Una estrella de anís
-Un pellizco de pimienta.
-Un trocito de chocolate de tu elección.
-Endulzante al gusto. Yo le pongo sirope de ágave o panela.
Ponemos en un cazo (aunque el chico del video lo hacía en cafetera), la leche, todas o algunas de las especias y dejamos hervir. Dejamos reposar cinco minutos. Ponemos en el fondo de la taza el endulzante y el trocito de chocolate. Colamos la leche infusionada, removemos y nos vamos a un sitio a donde nadie nos moleste, dejándonos el móvil en cualquier otro lugar. Simplemente, no estamos.

Las galletas de jengibre no son un añadido imprescindible, pero ayudan un montón.
Espero que tengáis ocasión de probar este remedio para organismos y espíritus quebrantados. No es una condición necesaria tener un  mal día, pero cualquier tarde de invierno mejora considerablemente.
Feliz semana a todos.

jueves, 4 de octubre de 2018

PATE DE TOMATES SECOS Y ALMENDRAS

Queridos amigos, aquí ando, muy entretenida con dos juicios que tengo el lunes próximo con quince minutos de diferencia entre ambos. De hecho, tan entretenida estoy que he olvidado publicar el miércoles y voy con retraso (perdóóón) Los juicios no son en el mismo juzgado, ni en la misma sala de vistas, de manera que me va a tocar correr de un sitio a otro cual pollo descabezado, por no emplear una expresión algo más castiza y bastante más grosera, preguntando al agente de uno y de otro juzgado que por qué hora van y que he aparecido y que no empiecen sin mí, que de un momento a otro me van a llamar para el otro. Porque luego tus señorías te riñen mucho, ignorando el hecho de que las vistas siempre llevan retraso, y no por tu culpa, y de que una, con todo su talento, todavía no ha aprendido a bilocarse como sor María Jesús de Agreda, que se les aparecía a los indios y a los españoles al mismo tiempo. De verdad que sale una de las vistas como si la hubiera arrollado un tractor. Nada de esto sospechaba yo cuando iba con mis compis de facultad a ver juicios. En principio cualquier persona puede asistir como público, si el juez no decreta que sea a puerta cerrada. Y es que ver juicios, también según cuales, es más entretenido que ir al cine. Y encima gratis. Una vez asistimos a una vista en la que habían matado a un hombre y tirado el cuerpo a un contenedor de la basura. Preguntado uno de los interfectos por el fiscal: "¿No es más cierto que usted , en compañía de X, apuñaló hasta la muerte a Z, procediendo luego ambos a arrojar el cadáver a un contenedor para ocultar su muerte?, contestó muy indignado: "¡MENTIRA! ¡Su Señoría-usté, eso es mentira! ¡Nosotros a él le GUANTEMOS, pero no le PEGUEMOS"!  Queriendo decir, en su santa indignación, que algo le habían currado y que alguna colleja con la mano abierta se les había escapado, pero que ellos qué iban a matar a nadie. Por Dios. El juez no pareció muy impresionado por esta declaración y de la sentencia, no nos enteramos, pero les debió de caer un paquete importante. Esos son los juicios de batalla, cuando el muerto no se hace famoso, y luego están los juicios mediaticos, esos de cuando ibas a trabajar y te encontrabas una cola de gente, con importante mayoría de jubilados, en la puerta del Miramar como si fueran a un concierto de Shakira, a golismear todo lo que ocurría y a increpar a los acusados. Y si no les tiraban huevos podridos, era porque no les dejaban. Me preguntaron a veces mis conocidos que por qué yo, que los tenía a pie de obra, no iba a verlos, y a sumarme al escarnio popular, pero, sobre ir siempre corta de tiempo,  a una nunca le ha apetecido ejercer de sans culotte y arremangarse a pregonar a los condenados a la guillotina... En cualquier caso, los juicios, mediáticos o no, dan mucho que hacer, como compruebo a diario en carne propia, y un trabajo añadido, y no pequeño, es tener que lidiar con demasiada frecuencia, no con el personal del juzgado, no con el juez, no con tu procurador (que también), sino con tu propio cliente. Porque hay clientes estupendos, clientes cinco jotas agradecidos, colaboradores y que te pagan religiosamente,  (los menos), y luego están:
1) Los que cambian de opinión cada dos por tres,  "Puedo poner también que.... y que quites lo otro que te dije y le añades de aquí y de allí...?" Mira, guapi; que esto es una demanda, no una blusa que le metes del dobladillo y le sacas de la sisa ¿Quieres también que el día de la vista te traigan un bocata de jamón? Por un poner.
2) Los desagradecidos tipo "pos la abogá de mi amiga Pepi le consiguió una pensión muuuuuncho más grande",
3) Los que te escamotean.información importante, o directamente mienten cada vez que abren la boca  Y:
4) Los que no te pagan (legión). 
El particular de las mentiras es terrible. Se supone que uno no le debe mentir al abogado o al médico. Un clásico de la trola es cuando le preguntas a tu patrocinado si tiene antecedentes penales y de qué tipo, porque si no los tiene te da mucho juego en ejecución de sentencia, y te dicen aquello de:
-Nooooo, señora. A mí ni me han detenido por saltarme un semáforo, palabrita del niño Jesús y que me caiga muerto aquí mismo si miento.
Antes me lo creía y me llevaba unas sofoquinas horrorosas de última hora. Ahora, les sacas las dieciocho hojas del histórico-penal y les dices:
-Pues, mi querido Fulanito de cuerpo presente, con esto puedo yo alicatar dos cuartos de baño. ¿Por qué se le ha pasado a usted por alto mencionarme que ha acumulado un total de cuarenta y cinco detenciones, y que tiene catorce condenas por hurto y dieciséís por amenazas, resistencia a la autoridad y atentado?
-Ahhhh. Esooooo. Naaa, cuatro chalaúras de juventud ¿Eso no cuenta, verdá usté?
Esto es como cuando vas al endocrino y le juras por la salud de tu madre que no bebes, ni pruebas el azúcar ni las grasas, y que te haces doce kilómetros diarios, aunque te calces a diario dos botellas de Rioja y siete bocatas de chorizo pamplonica, y no te levantes del sofá más que para atender imperativos fisiológicos mayores. Ay, de verdad. Qué cansancio.
Hoy pongo una receta, convenientemente adaptada, que encontré en una revista cuyo nombre siento no recordar, bajo la advocación de sobrasada vegana. Con ese nombre el invento parece de todo menos bueno, pero sale un paté muy sabroso, que dura mucho en la nevera  y que es una opción estupenda para no desayunar embutido cada mañana. Y más fácil no puede ser. Ahí va:
-250 gr. de tomates deshidratados.
-100 gramos de almendras crudas.
-Un puñado de albahaca fresca, y/o otras hierbas al gusto.
-Un diente de ajo.
-Aceite de oliva a cascoporro.
No necesita sal, los tomates ya llevan.
Se ponen los tomates a rehidratar en un bol con agua y las almendras en otro. Pueden dejarse unas cuantas horas, hasta que se vea que han ablandado, o se pueden meter al microondas tres minutos a potencia máxima.  Esto vale sólo para los tomates, no para las almendras, que deben estar en remojo al menos cuatro horas, o la noche anterior. Simplemente porque así se ablandan y el paté se liga mejor. Escurrimos ambas cosas y las ponemos en el vaso de la Thermomix o una batidora potente que tengamos y añadimos el ajo y la albahaca. Trituramos y vamos echando chorritos de aceite hasta que veamos que se nos hace una pasta fácil de untar. Sin susto. Se pone en la nevera en un tarro, donde nos puede durar semanas. Sano, rico y a prueba de tontos. Que no lo sois, por supuesto.

Y a por el día. Ya tenemos energía para lo que nos echen. Yes, we can!
Feliz semana para todos...

miércoles, 27 de junio de 2018

GALLETAS DE AVENA Y NARANJA

Cuando saco a pasear al Curro estas mañanas de final del mes, echo de menos la habitual sinfonía de ruedas de mochila arrastrando, bocinazos de padres estresados y carreras de niños rezagados que acompaña la entrada al colegio de enfrente de casa. Y no puedes evitar cierta melancolía, aunque sabes que los niños volverán, como vuelven las oscuras golondrinas, la "falsa monea" y las rebajas de el Corte Inglés. Recuerdo mis propios finales de curso. Solía caer, día arriba, día abajo, en la fecha de mi cumpleaños, así que el jolgorio era doble  Se extendía ante ti un verano larguísimo y prometedor lleno de días de playa, de juegos, y del impagable placer de no hacer nada durante horas sin que viniera nadie a incordiarte. Antes de que papi comprase la casa del Rincón hubo dos veranos que alquilamos un apartamento. Un año en Fuengirola y el siguiente en los Boliches. Todos juntos y en pelotera, como deben ser unas vacaciones en la playa que se precien de tales. En concreto mis padres, mi hermano, mi hermana y mi cuñado, y la que suscribe. Ah, y mi prima también se vino unos días el segundo año. Y no éramos de los que estaban más apretados: el año de los Boliches teníamos en el apartamento de al  lado a una familia de Jaén de once miembros. Y cuando iban a la playa se subían los once a un hidropedal, del que sólo sobresalía la parte de arriba. Parece un fenómeno increíble, pero los que habéis viajado en un Seílla sabéis que siempre cabe más gente, y con el hidropedal pasaba lo mismo. Un espectáculo sólo superado por el que daban mi madre y mi hermana, que tomaban el sol cubiertas de pies a cabeza con un potingue denso y amarillento que les hacían en la farmacia y con el que desde luego no te quemabas: te protegía por oclusión. Tardaba la vida en absorberse y la gente de la sombrilla más cercana se daban codazos unos a otros entre cuchicheos: Míralas, se untan mayonesa para tomar el sol. El potingue contaba entre sus virtudes el ejercer un saludable efecto disuasorio: nunca se nos acercaban demasiado, invadiendo nuestra parcela,  porque aquello olía a perros muertos. Tengo ese olor metido en la pituitaria de la memoria, como tenía Proust la magdalena. Van apareciendo más recuerdos: la canción Mamma Mía! de Abba sonando a toda pastilla mientras nos poníamos morados de fritura malagueña en un chiringuito; los helados de después de cenar, que son los que saben mejor, o cómo el primer año yo dormía en un colchón hinchable que se iba desinflando a lo largo de la noche, de manera que llegaba un momento en que si me daba la vuelta,  salía despedida para el suelo por el otro lado. Sí. Qué risa, no os podéis imaginar. Y luego está el día de la moraga.... A alguien se le ocurrió que hiciésemos una, y una noche trasladamos a ese efecto el campamento a la playa. Paseo marítimo de Fuengirola. Once de la noche. Ahora puede parecer algo muy habitual, pero entonces no debía serlo tanto, porque había bastante gente mirando, asistiendo en directo al reality "El show de los García". Y ahí vimos lo que vale un cuñado: aunque era de Soria y no lo había hecho en su vida, se arremangó y asó los espetos de sardinas y todo, después de un minucioso cálculo de la altura necesaria del promontorio de arena y el exacto grado de inclinación de las cañas respecto de la brasa. Mientras se desarrollaba esta compleja operación, doña Pepa, puesta en jarras, y sospecho que animada por una ingesta significativa de tintorro con Casera, se encaraba a voces con los mirones:
-¿¿¿¿Quéééé???? ¿¿¿Queréis sardinaaaaas???? ¡¡¡Pues os vais a quedar con las ganaaaaaas!!! ¡¡¡Porque no os vamos a dar NI UNAAAA!!!
-¡Pepita! ¡Pepiiiiiita, por Dios!- se sofocaba papi, que aún no había alcanzado el "punto" necesario para perder por completo el sentido del ridículo.- ¡Que no grites, mujer!
-¿Qué pasa? Pues que no miren tanto.  Que se vayan a mirar a su abuela. Anda y calla y toma una sardina, hijo. ¡No me seas rancio, Joaquinito!
Fue una noche memorable. Mi hermano tocaba la guitarra. Yo comía. Ellos bebían tinto con Casera. Yo seguía comiendo. Mi hermano seguía tocando la guitarra. Ellos seguían bebiendo......Total, que tras repetir dicha secuencia durante un par de horas,  yo terminé con dolor de tripa (no pude volver a oler una sardina en "años") y los demás con una castaña muy graciosa. Acabaron en el coche, con mi hermano (aún) tocando la guitarra en el maletero abierto por las calles de Fuengirola, a cantarle una serenata a su novia, (que también veraneaba allí) intercalada por frecuentes aullidos de "te amo" en si bemol. La novia no se asomó. El padre sí. En calzoncillos Según tengo entendido, no estaba muy contento el hombre, así que para evitar males mayores, optaron por marcharse del lugar e irse a dar la plasta a otra parte. Fue la primera moraga de mi vida y saqué de dicha experiencia algunas valiosas enseñanzas: que la arena y las sardinas no forman una combinación excesivamente apetecible y que si se cambiaba la Fanta por tinto con Casera, al rato los que te rodeaban empezaban a decir muchas tonterías.....
Hoy traigo una receta de Isasaweis con mis adaptaciones particulares. La probé para quitarme el mono de galletas (anatema según el endocrino), y la verdad es que salen muy conseguidas.
Ingredientes:
-200 gramos de copos de avena
-100 gramos de harina de trigo sarraceno o integral. Yo puse salvado de avena por aquello de más fibra.
-100 gramos de azúcar moreno. Yo trituré un puñadito de dátiles. Siempre a la contra.
-100 ml. aceite de oliva.
- Dos cucharadas soperas de miel o de sirope de ágave.
-Un huevo.
-Una pizca de sal.
-Ralladura y zumo de una naranja. Yo además le piqué muy fina una corteza de naranja confitada.
-Opcional: pasas, arándanos, avellanas, pipas peladas.... o aquello que vuestra calenturienta imaginación os sugiera.
Precalentamos el horno a 200º y forramos la bandeja con un papel de horno.
Ponemos todos los ingredientes en un bol grande, y a guarrearnos las manos hasta los codos. Lo mezclamos todo muy bien y vamos haciendo bolas. Nos saldrá para más de una bandeja de horno. Vamos aplastando y compactando muy bien las bolas, apretando para que no se nos deshagan por los bordes, hasta que queden pastas como de medio centímetro de grosor. Se pueden poner aún más finas y quedarán más crujientes. Una vez terminado el tema, metemos la bandeja al horno unos 10-15 minutos o hasta que se vean doradas. Se sacan y se dejan enfriar sobre rejilla. Son extremadamente adictivas, y "total, como es sano...." y como todos sabemos, lo sano no engorda, qué va, cada vez que pasas por el lado de la bandeja arramplas con una. O dos. O...

Y a inaugurar el verano como es debido: con sentimientos de culpa y buenos propósitos que no cumpliremos. A saltarnos la dieta. A disfrutar de la vida, en definitiva.
Feliz semana a todos.

miércoles, 21 de junio de 2017

PATE DE ATUN Y TOMATES SECOS

La semana pasada, por primera vez en mucho tiempo, falté a mi cita cucharera. Mal, muy mal. Sobre todo teniendo en cuenta que soy una persona cuyo nivel de compromiso con lo que emprende roza lo obsesivo. Sin embargo, al sentarme a escribir tenía la sensación de que a quién narices le importan mis batallitas pasadas y presentes. Si no me estoy poniendo muy cansina. Si no es mejor darlo ya por terminado. Sin embargo, tras reflexionar un poco, me doy cuenta de que añoro escribir, y de que si no me obligo de algún modo, dejaré de hacerlo. Sigo, pues,  publicando, de momento, aunque puede que espacie un poco los contenidos. Me resulta catártico y me ayuda a ponerlo todo en perspectiva. Así que aquí estoy de nuevo, como la moneda falsa que soy.  Con el permiso de ustedes.
Mi hijo se ha marchado a pasar la semana a una casa rural, donde al parecer alguien ha tenido la insensatez de albergarle a él y a otras diecisiete criaturas en edad de merecer. No sólo eso: en la finca hay gallinas y les han autorizado a coger los huevos, hay que tener valor. Me niego a asumir mi cuota parte en el estrés postraumático que puedan sufrir los pobres animales. Todos los asistentes son chicos, todos acabaditos de terminar el curso y todos exhalando una enloquecida estela de hormonas que casi resulta visible al ojo humano. Dios nos asista: el mío aún no ha cumplido los dieciocho, y según el Código Civil (art. 1903), aún está bajo mi guarda (¡ja! cuando le veo, supongo) y estoy obligada a responder por los daños que cause a terceros de buena fe. En fin, tengamos confianza en la providencia divina y encendámoles un par de velas al santo del día. En cualquier caso, me enteraré de cualquier percance: se ha creado un grupo de whattsapp de padres de Niños Asistentes a la Casa Rural, (casi todos ya mayores de edad, a todo esto) en el que gentilmente he sido incluida. Hay que agradecer la labor de esos padres que han hecho la compra, han recogido los fondos y se han encargado de todo, aunque yo creo, rancia que es una, si no son ya más que mayorcitos para habérselas arreglado ellos solos. Pero eso no lo pongo en el grupo: no voy a ser yo la que les estropee la diversión. Los chicos no tienen la menor posibilidad de actuar a nuestras espaldas. Todo ha sido controlado, organizado y solucionado al detalle, sin que las tiernas criaturas hayan tenido que mover ni un dedo. Como padres helicóptero, unos profesionales. Ya te digo.
Veo pasar por mi calle a los niños que arrastran sus mochilas los últimos días de colegio, y una es tan rematadamente idiota que AÑORA los tiempos en que se las veía y se las deseaba y tenía que hacer mangas y capirotes para colocarlos la última semana de junio y el mes de julio enterito.  Cuando eran muy pequeños, hubo años que incluso su padre y yo nos turnamos para las vacaciones, lo cual resultaba absolutamente desquiciante. Cuando uno venía inocentemente de trabajar, el otro se le echaba encima como una pantera para contarle LA MAÑANA QUE LE HABIAN DADO LOS %%%%%%&&&&&&&$$$$$ NIÑOS. Y, en los años siguientes, a enganchar un campamento con otro y una acampada aquí y unas jornadas de deporte allá. y llegar con la lengua fuera a recogerlos, encontrando a uno de ellos (al que le gustan las actividades de grupo), absolutamente espitoso y pasado de vueltas, y al otro (el que ODIA las actividades de grupo, en lo que ha salido a mí), arrastrando los pies y rezongando todo el camino de vuelta a casa.
-¡¡¡Mamá!!! ¡¡¡Y hemos hecho un xxxxx!!! ¡¡¡Y hemos jugado al  zzzzz!!! ¡¡¡Y!!!....
-.................. zzzzzzzzrollopatateroxxxxxxxx...........ymañanaotravezyfffffggg..........
Y los días que había huecos, a apañármelas con el trabajo como podía, a visitar museos, aulas del mar, o a soltarlos en la playa con un bocata y una muda. Una verdadera locura, y así y todo, lo añoras. Porque los problemas que planteaban los niños eran fundamentalmente incomodidades de orden práctico que se solucionaban, mejor o peor, día a día. Sin embargo, cuando son mayores, todo son inquietudes de largo recorrido. Cuando les va mal, porque le va mal. Y cuando les va bien, porque se te van a ir ya mismo y no puedes soportar la idea. Y espiar a uno y otro a ver si está triste, si está contento o si está con el rabo torcido (lo cual ocurre con notable frecuencia), y llevarte bufidos a diestro y siniestro, por petarda y por cansina. Ahora, y no antes, comprendo como nunca a  mi madre, cuando te miraba a ver cómo respirabas, y te llamaba si no te veía y te daba la tabarra de mil y una maneras, porque era su manera de demostrar cariño y preocupación por ti. Y para ti era, simplemente, un soberano incordio, porque a la madura edad de diecisiete años lo sabes todo y tu madre, que por supuesto no era persona, ni hizo nada de provecho hasta acometer la gloriosa tarea de ponerte a ti en el mundo, no se entera de nada. Lo que uno no sospecha jamás es que eso no dura para siempre, que llega el día en que los padres faltan y a nadie le vuelve a importar tu bienestar de ese modo. Así que, aquellos de vosotros que los conservéis aún, haced un esfuerzo por salir de la condición de capullo que conlleva la de hijo, (sin ánimo de ofender, que buena gente ya sé que sois) y disfrutadlos todo lo que podáis. Por mucha lata que os den y por mucho que os cuenten las mismas cosas trescientas veces. 
Tenía que decirlo. Qué a gusto me he quedado.
Y ahora la receta, que es tan simplona que casi ni merece tal nombre.  La encontré en una revista, pero compro tantas de cocina que no recuerdo en cuál. Es una marranada untable muy rica, muy sana y muy propia para poner de aperitivo.
Ingredientes:
-20 tomates secos.
-80 gramos de almendras tostadas.
-Una lata pequeña de atún.
-Un diente de ajo.
-Un pellizco de orégano.
-Aceite y sal.
Primero se rehidratan los tomates secos. La solución lenta es tenerlos en agua toda la noche. La solución rápida es meterlos en un vaso con agua y meterlos al microondas, potencia máxima, tres minutos. Funcionan igual de bien.
Se ponen en el vaso de la batidora todos los ingredientes y se empieza a batir, añadiendo el aceite a hilo hasta obtener una crema espesita. Se sala al gusto y luego se coge una barra de buen pan y se empieza a untar como un poseso. Se conserva bien en la nevera, cubierto de aceite.


Y a llevar bien el fin de curso. Lamentablemente, sigo sin encontrar un campamento para madres. Tendría que fundarlo yo misma... ¿Quién se anima?
Feliz semana a todos.


miércoles, 10 de mayo de 2017

GALLETAS DE AVENA Y FRUTOS SECOS

Tengo la inmensa suerte de pertenecer a una comunidad de propietarios bastante pacífica donde nos reunimos una vez al año para renovar los cargos, la gente no se pelea y el presidente y el secretario, salvo casos puntuales, no tienen que hacer casi nada más que transcribir las actas y custodiar los libros. Reconozco que disfruto de una rara bendición, porque, por algún motivo, las reuniones de comunidad son de esas ocasiones en que sale a relucir lo peor de la naturaleza humana. Hace mucho años, cuando pasábamos el verano en la casa del Rincón, las reuniones se celebraban en el patio del pomposamente llamado "local comunitario", que era básicamente un entresuelo vacío de mi bloque donde se hacían las fiestecillas de cumpleaños y esas cosas. Y había vecinos que se traían hasta la fiambrera con la tortilla, porque aquello se llevaba su tiempo y no era cosa de quedarse sin cenar. Dicho patio caía justamente debajo de mi lavadero, el cual estaba cerrado por una celosía de hormigón. Durante aquellos veranos las horas eran muy largas, y, como cuando el diablo se aburre mata moscas con el rabo, una de nuestras mayores diversiones, el día que había reunión de comunidad y no nos gustaba lo que echaban en el cine, consistía en sentarnos junto a la celosía a cotillear dicha reunión de principio a fin. Nos lo pasábamos pipa. Más o menos la cosa podía ir así:
Presidente: Bueno, pues el orden del día incluye votar la derrama para pintar los bloques y....
Vecino moroso: Yo no doy un duro más para que luego contratéis a la empresa de tu primo el de Tolox y haga una guarrería como la última vez.
Presidente: Tú no das un duro más ni menos, porque tú hace seis meses que no pagas las cuotas, Pepe. Ya que hablamos del tema.
Moroso: ¡Tú no tienes ningún derecho a pregonar mis intimidades!
Vecina de un quinto A: Tus intimidades ya las pregonas tú solo, que bien que os escuchamos cuando la parienta y tú os tiráis los trastos a la cabeza y no nos dejáis dormir la siesta.
Vecino del quinto B: Y cuando os reconciliáis, también. Tigre.
Moroso: ¡Exijo que esos comentarios no consten en acta!
Presidente al Secretario: ¡Que eso no lo pongas, hombre! Bueno. Aquí el administrador, que va a dar el presupuesto para cambiar los ascensores.
Administrador: Bueno. El presupuesto anual facilitado asciende a la cantidad de.......
Vecino disidente (Mi padre, mira tú por dónde): ¡Qué barbaridad! ¡Estas cifras son abusivas! ¡Leoninas! ¡Exorbitantes!
En mi lavadero: Una amiga (a mí): Hija, qué vocabulario  el de tu padre.
Yo: Sí. Papi es muy leído. Sabe decir que algo es muy caro de treinta y cinco formas diferentes en español, y creo que en alemán y en ruso, también.
Abajo: Vecino del cuarto: Hombre, Joaquín. No me seas del puño, que cambiar los ascensores no es como que te arreglen la batidora.
Otro disidente: ¿Y tú qué te llevas por colocarnos el presupuesto, Paco?
Mujer del administrador, hecha una pantera: ¿¿¿Quién dice que mi marido se queda con dinero??? ¡¡¡Que me lo COMO!!!
¡¡¡FLOOOOSHHH!!!
Varios vecinos al mismo tiempo: ¡¡¡AAAGGGHHH!!! ¿Quién está tirando AGUA?
(Esas éramos nosotras, por si a alguien le cabe alguna duda)
Presidente:  ¡¡¡NIÑOOOO!!! ¡¡¡Como pille al que está tirando agua, se va a enterar!!! ¡¡¡Que no tenéis VERGÜENZA!!!
De pronto veíamos todas esas caras indignadas vueltas hacia arriba. Pero como teníamos las luces apagadas, no nos podían ver...... Ya lo puedo contar, porque, como diría mi hijo, ése es un delito que ya ha prescrito. Así que ya sabéis, vecinos. Yo era la del agua...
Ya en nuestros días, he tenido que asistir a alguna reunión de éstas por temas profesionales. Y constato que nada ha cambiado, excepto que ya soy mayor y no puedo regar a los participantes. Y no os creáis que por falta de ganas. Al sobrado que sabe de todo y le enmienda la plana al de Urbanismo, al técnico que ha hecho el informe, que no tiene ni idea, y al de mantenimiento que no sabe ni empalmar un enchufe y le estamos pagando un dinero. Si me dejaran a mí, arreglaba esto en dos patadas. (No subestiméis nunca a un sobrado. Eso dijo Donald Trump, y ya veis la que tiene liada, ahora que le han "dejado") Al que no tiene nada que proponer y boicotea sistemáticamente todo lo que proponen los demás. Al que no asiste a las reuniones y luego raja de todo, pero no impugna los acuerdos. Al que dice que a él no le sacan un duro si no se lo ordena el juez. Al que.......
Los reconocéis a todos. Lo sé.
Y tú allí en medio, intentando templar gaitas. Y nadie te hace caso. Y luego, a las tres horas, llegas a casa y te metes en la cama, porque ya no eres persona.
Os digo yo que estas cosas no están pagadas con nada en el mundo.
 Y como hay que recuperar energías, yo últimamente me llevo un par de estas galletas fabulosas en plan picoteo mediomañanero en la cartera, y al menos me proporciona cierta energía para lidiar con los comuneros, con los Juzgados, e incluso con algunos clientes particularmente coriáceos.
Ingredientes:
-230 gramos de copos de avena.
-100 gramo de nueces peladas
-100 gramos de pipas de girasol, avellanas o frutos secos al gusto
-150 gramos de harina, yo la puse integral
-150 gramos de azúcar morena
-1/2 cucharadita de levadura de repostería
-2 huevos
-150 ml. de aceite de oliva
- Una cucharadita de extracto de vainilla.
Precalentamos el horno a 200º. Troceamos un poco los frutos secos con la Thermomix o con un mortero, si es en Thermomix un solo golpe a velocidad máxima, nos interesa que quede troceado, no hecho harina. Rehidratamos las pasas en un vaso con agua que pondremos al microondas a potencia máxima un par de minutos. Las sacamos y escurrimos. Forramos una bandeja de horno con papel vegetal. En un bol, mezclamos a mano todos los ingredientes. Debemos poder formar con ellos bolas más o menos compactas, si no es así, iremos añadiendo más harina. Haceos las bolas, las ponemos en la bandeja y las vamos aplastando con la mano. No importa que queden muy juntas, no se expanden. Metemos al horno 20 minutos. Pasado ese tiempo, le damos la vuelta a la bandeja y horneamos otros 10. Hay que tener en cuenta que las galletas se endurecen al enfriarse y deben quedar crujiente, pero si vemos que están muy blandas podemos poner 5 o 10 minutos más. Y a enfriar a una rejilla.

Y, como decía mi abuela, berrenchines se lleva unos los precisos...
Feliz semana.

miércoles, 12 de abril de 2017

BATIDOS (SMOOTHIES, DICEN) DE COLORINES

Por algún motivo, y a juzgar por lo que te encuentras en las librerías, la primavera se considera el momento idóneo para depurarse la sangre y para proceder al orden y organización del hogar, según la proliferación de libros de recetas detox y los del tipo: "Cómo ordenar su casa en 4 semanas" "Organización del hogar" "Tira sin remordimientos", "El Diógenes: cómo detectarlo a tiempo y técnicas para neutralizarle". Vale, alguno me lo he inventado, pero, vamos....
En lo que hace al tema detox, suscribo lo que dice un nutricionista serio,  de que si necesitas "detoxificarte" es que estás "intoxicado", y entonces tienes un problema de salud muy gordo, pues para semejante menester te han de funcionar razonablemente bien cosas que traemos de serie, como la piel y el aparato excretor y urinario. Pero, claro. La casquería fina no puede competir en glamour con la famosa de turno arrastrando por todas partes su vasito con pajita lleno de un liquidurri de colores deslumbrantes. Bueno, de todas formas no están mal los zumos éstos, sobre todo si tienes un coeficiente intelectual algo superior al del cercopiteco europeo y no te alimentas básicamente de ellos, como por lo visto hacen algunos porque está de moda. Están bien si no eres muy de masticar fruta y verdura, porque te permite tomar las cantidades recomendadas sin demasiado esfuerzo. Además, dan buena conciencia. Te sientes virtuosa y etérea cuando tomas uno, aunque previamente te hayas hincado media barra viena con manteca de zurrapa. A ver. Que la cuestión psicológica es importante también. El asunto básicamente se trata de mezclar frutas y verduras, a ser posible de la misma gama de colores o combinados con neutros, para que no cojan el color del vaso de agua donde limpiabas los pinceles de la témpera en el colegio, triturarlas y añadirles algún poco de edulcorante al gusto, en caso necesario. Y no me pongáis esa cara de asco, que a alguno parece que le estoy viendo. Debéis creerme si os digo que, por sorprendente que parezca, un batido en el que entren espinacas frescas, remolacha o incluso hojas de col, sabe muy bien si se combina con frutas que estén dulces. Honradamente, tampoco es que provoquen delirios, por lo menos a mí, aunque tomados en exceso, no digo yo que no sean algo alucinógenos. Lo mejor, ya sabéis, es enemigo de lo bueno. Esto es aplicable también al segundo topicazo primaveral: el orden y la limpieza. Mis bestias negras particulares. Limpiar sí limpio, sólo que alrededor de, y debajo de, "Todo eso", entendiendo por "Todo eso" una especie de organismo sui generis, pero indiscutiblemente vivo, porque se reproduce y crece día a día, que tengo en casa. Creo que la primera espora vino con los portes de El Corte Inglés de la lista de la boda. Luego empezaron a unirse ropa de casa, vajillas, menaje de cocina, libros y objetos de toda clase y condición, todo lo fual fue creciendo a lo largo de los años de mi vida familiar. Y me diréis, sí, vamos. Lo que todos tenemos en casa. Pues perdonad, pero no. Porque a lo mejor vosotros le ponéis coto de vez en cuando, y se tiran cosas, y se sanea un poco. En mi casa no: la tarea se presenta tan hercúlea, que me aterroriza acometerla. Yo tengo, formando parte de Todo Eso, varios libros sobre el tema.  Pero todos esos libros tienen algo en común: que para ordenar tu casa tienes que trabajar muchíííísimo. Y tú que pensabas que ibas a simplificar tu vida. Y un jamón con chorreras. Especialmente sangrante es el caso del libro "La magia del orden", de la japonesa Marie Kondo, que se está forrando a cuenta del libro y del método Konmari por ella creado. La palabreja suena a recochineo, pero porque lo es. Y además es mentira, porque Mari no va a estar kon-migo.  Me va a dejar a mí sola trabajando como una bestia. Esta encantadora muchacha sugiere que cojas tu casa de arriba abajo y lo tires toooooodo, salvo uno o dos adminículos imprescindibles (como la plancha de alisarte el pelo, a juzgar por su maravillosa melena), sin parar, hasta que hayas terminado. Parece pensar que el ciudadano medio en edad laboral dispone de dos semanas enteras para dedicarse a tal menester sin parar ni para la comida, o para dormir u otros trámites del todo innecesarios. Ese método está muy bien, si tienes una casa estándar japonesa, del tamaño de mi vestidor. (Sí, tengo un vestidor. Es un motivo de vergüenza infinita para mí; por suerte, no está en zona accesible a las visitas) Está muy bien si tienes cuatro jerseis y dos camisetas. Ya quisiera yo ver a Marie Kondo en el caravasar en el que vivo. Sí, tú, rica. De punta como escarpias se te iban a poner los pelos. Vente para acá, si tienes narices.  Pásate por este tu hogar donde viven cuatro personas afectadas de síndrome de Diógenes en  diversos estadíos, más el perro, que el animalito de por sí no se guarda nada, pero hace bulto. Tenemos las pilas de revistas altas como yo que guardo para el día en que tenga tiempo de recortar los artículos, cosa que ocurrirá cuando se congele el infierno; las carcasas de ordenador, motores diversos escacharrados y basura electrónica indeterminada de uno, "por si" "algún día" pueda aprovechar para algo. Tenemos los trozos de madera de todos los tamaños y formas del otro niño, que siente fascinación por los palos, a menudo unidos, entre sí, y no sé por qué, con sedal de pesca, de manera que al caminar te lo enganchas en la pierna y te los llevas todos por delante; tenemos quinientos ejemplares de periódicos/revistas de mi santo,  que vieron el kiosko allá por la firma del Concilio de Trento (llovió muchísimo ese año), además de prospectos de visitas a monumentos, billetes de tren o de avión, o tickets de entrada a diversos eventos. Este hombre tiene toda su vida metida en cajas. Y cuando digo toda, es toda. Por supuesto, todos pensamos que los demás acumulan basura pero que lo que nosotros guardamos son tesoros de los que nadie en su sano juicio podría prescindir. El caso es que cuando viene una visita, la presión de los objetos que guardamos a puñados en cuanto contenedor con puerta tenemos me hace temer que un día alguno reviente y el invitado perezca asfixiado por un alud. Ya veis que os hablo con el corazón en la mano y que soy totalmente honesta: cuando vengáis a visitarme, os atenderé siempre con todo cariño, pero alejaos de las puertas cerradas.....
En fin. Vamos con recetas ejemplificativas de los batidos:

Batido rojo:
- Un trozo de remolacha cocida, de la que venden envasada para ensaladas, pero que no sea de las de tarro en vinagre. En dicho caso, la experiencia sería muy, muy desagradable.
- Cinco o seis fresas/frambuesas
-Un trozo de melón o de sandía, que contribuirá al colorcillo del tema.
-Un trozo de pepino.
-Una manzana.
-Un tomate.

Batido verde:
-Un puñado de espinacas frescas.
-Un trozo de melón.
-Un tallo de apio.
-Un pepino.
-Para ambos tipos: Edulcorante al gusto, si procede, y cubitos de hielo. El hielo lo mejora todo, yo no sé por qué.

La técnica en Thermomix es batirlo unos dos minutos, velocidad 6-8. En batidora, picarlo todo más o menos pequeño y batirlo con un poco de agua, más o menos tiempo según la potencia de la batidora. Para esto suelen ser muy buenas las de vaso. Claro que si tienes una batidora churri marca "La Avellana" y el tema empieza a oler a quemado, pues yo no insistiría, y me tomaría la fruta y la verdura a bocaditos, como han hecho siempre las personas, y me dejaría ya de pamplinas.

Pues eso. Nos cuidamos un poco con los batidos. Y de lo otro ¿existe entre vosotros alguna persona de corazón lo bastante endurecido como para ayudarme a recoger un poquito tirando mis posesiones más apreciadas? ¿No?  Bueno... Tampoco es que me hiciera muchas ilusiones....
Feliz semana a todos.

miércoles, 1 de marzo de 2017

SNICKERS. Para haberme matado.

Me he pasado un fin de semana entero descuajeringada, aunque, como siempre, a vuestra disposición. para lo que gustéis mandar. Estas son las cosas que le pasan a una por exceso de entusiasmo. Sabéis que empecé a practicar yoga hace seis meses. Y me he enganchado de tal manera que, con el característico fervor de los conversos a un nuevo credo, me he dedicado, no sólo a practicar y a leer sobre el tema, sino a explorar otras variantes. Y ya he descubierto, a costa de mis coyunturas, porqué dicen eso de que los experimentos se hacen con gaseosa. En mi centro de yoga anunciaron un taller de yoga aéreo. Pues ahí va la Rocío: ¿quién dijo miedo? El yoga aéreo se hace básicamente como el normal, pero, como su nombre indica, se practica suspendido en el aire, utilizando como soporte una especie de U de tela que se cuelga de la barra del techo, y a partir de ahí te subes y vas haciendo las asanas. Pan comido. Total, que llego yo vestidita para la ocasión, la mar de torera, nos presentan a los monitores, hacemos nuestro ooooommmmmmm y nuestras cosas previas, y todas a su respectiva U. De mi edad, había otra mujer que tenía una hernia, la pobre; todas las demás eran chicas jóvenes que no llegaban a los treinta. Y delgadas y ágiles. Dicho sea de paso. Pero bueno, que ya estás mayor para compararte con nadie, y empiezas. Más o menos fácil, todo muy bien. Asanas a mí.
Yo creo que todo empezó a torcerse cuando se nos indicó que nos agarrásemos de los dos extremos de la U, para sostenernos por las manos. Todas las demás se agarraban divinamente, debían de tener las palmas de las manos forradas de velcro; o eso, o me perdí algún paso intermedio. Porque la dichosa tela de la U era muuuuuuy resbalosa. Todas las demás estaban muy derechas y muy bien cogidas de sus dos palitos de la U. Servidora de ustedes se iba chorrando sin remedio para abajo, tan graciosamente como una oruga que se desliza por un hierbajo. La monitora (también joven/delgada/ágil) creyó arreglar el asunto, advirtiéndome, de un modo innecesario, desde mi punto de vista:
- Se tiene usted que agarrar "fuerte".
A lo que yo contestaba:
-Me agarro todo lo "fuerte" que puedo, hija mía. A ver si tienes narices de sacarme el puñado de tela de las manos, pero esto se resbala que da gusto. Reina.
A partir de ese momento, todo fue, literalmente, cuesta abajo. E incluso cabeza abajo. Porque, cuando nos decían: "saca el pie/mano por allí", resulta que la traidora U tenía "hectáreas" de tela, plegada engañosamente, como para hacer una tienda beduina del tamaño del Palacio de Congresos. Y la mano o el pie en cuestión, que después de tanta cantidad de trapo no sabías si era tuyo o de la vecina, se te liaban sin remedio en la telica de las narices. Madre, qué fatiga. Cuando por fin logré sacar un pie, aquello empezó a girar y a girar, enroscándose y aprisionándome dentro como si la que suscribe fuera un cartuchito de avellanas. Los dos monitores se tiraron unos buenos cinco minutos para sacarme de allí; la verdad es que yo no colaboraba mucho, porque a esas alturas lloraba de risa. A partir de ese momento, mientras las chicas jóvenes/ delgadas/ ágiles componían en sus respectivas U unas figuras dignas del Circo del Sol,  (mal rayo las parta), a mí me decían, hablándome despacito, como hacen los jóvenes con las personas a las que consideran con pierna y media en la tumba.
-Bueno..... Estoooo, usted, mejor, sólo respire en la postura sentada normal. A ver si deja usted de liarla, buena mujer.
Porque de más está decir que me trataron, a partir de ese momento, como si estuviera totalmente gagá, eso sí, con mucho cariño, y también cierta prevención. A ver si se nos esbarata la señora. Como cura de humildad, fue fabulosa. Pero vamos, que tampoco os creáis que fui la única que hizo el gasto: hubo dos o tres memorables culazos, protagonizado por dos o tres de las jóvenes y ágiles chicas de las posturitas, y debo decir, aunque no me siento orgullosa de ello, que un poquito sí me alegré. Nadie está libre de ruines sentimientos. Lo cierto es que las posturas costaban muchísimo más trabajo que en el suelo, porque no tienes que luchar sólo con tu propio cuerpo, sino también con la dichosa hamaca resbaladiza de veinte metros cuadrados suspendida en el aire. La verdad, que yo no le veía el chiste por ninguna parte. Esto del yoga aéreo lo debió inventar alguien con la mente muy retorcida, para diversión de los espectadores. De mi profesora habitual, que estaba allí de oyente, puedo decir que disfrutó de lo lindo. Le salían lagrimones de diversión como puños. Al final nos pusieron a relajarnos en la U con la tela completamente abierta. La relajación es el mejor momento de la clase en circunstancias normales, pero envuelta en aquellos pliegues, parecía que estaba dentro de un ataúd, o que era un murciélago colgando cabeza abajo en la cueva; y como que daba yuyu. Pero como todo llega en esta vida, llegó el fin del dichoso taller. Y la monitora me dijo en tono de conmiseración:
-Ha venido un poquito largo ¿verdad?
Me callé el primer intranscriptible comentario que me vino a la mente y sólo le dije
-Y ancho también, bonica. Me ha venido grande por todos lados.
Los días posteriores, como digo, estuve hecha una alcayata. Mismamente un click de Famobil. Me dolían las piernas. Me dolían los brazos. Me dolía la columna. Me dolían el pelo y las pestañas. Os juro que sí. Esto de darte de narices con tus propios límites físicos resulta francamente humillante. Eso sí, mi yoga terrestre no hay quien me lo quite.
Encontré la receta de estas barritas en el libro "Hygge. La receta de la felicidad", de Marie Tourell Soderberg, que es un libro bastante agradable de hojear, aunque, desde mi punto de vista, sobre el disfrute de las cosas que tenemos no tienen mucho que enseñarnos los daneses, y lo digo con todo respeto. El resultado es bastante parecido a los Snickers de verdad, aunque no tiene azúcares añadidos ni guarrerías sintéticas, excepto el extracto de vainilla. Está muy rico y hace las veces de barritas energéticas. En general, es un chute rápido bastante efectivo. Y, por lo que tengo comprobado, no le va nada mal a los músculos quejosos...
Ingredientes:
-Para la base:
-250 gramos de almendras.
- 150 gramos de pasas.
- 4 dátiles deshuesados.
Para el caramelo:
- 16 dátiles deshuesados.
- 2 cucharadas de aceite. Yo he puesto de oliva: la receta dice aceite de coco. Me niego por diversos motivos.
- Una pizca de vainilla en polvo, yo he puesto unas gotas de extracto líquido.
- Dos cucharadas de agua hirviendo.
Para el final:
- 80 gramos de cacahuetes salados troceados.
- 150 gramos de chocolate negro (70% cacao)
Para hacer la base, se trituran las almendras en un robot de cocina hasta que adquieran una textura fina. Reservar. Procesar los dátiles y las pasas hasta que formen una pasta homogénea. Incorporar las almendras y procesar todo junto. Poner esta masa entre dos láminas de papel vegetal y estirar con el rodillo hasta hacer un cuadrado de 1 cm. de grosor.
Para hacer el caramelo, (y, sí, lo parece de verdad) mezclamos los dátiles, el aceite, la vainilla y el agua en una batidora hasta obtener una masa uniforme y parecida al caramelo. Tiene que colgar de una cuchara pero sin gotear. Si es demasiado líquida, meter un rato en la nevera, donde solidificará.
Extendemos este caramelo por encima del cuadrado de la base, al que habremos lógicamente quitado el papel. Esparcimos por encima trozos de cacahuete, fundimos el chocolate al baño maría y lo vertemos por encima de todo. Dejamos que se enfríe el chocolate, cortamos la mezcla en cuadrados y los guardamos en la nevera.
Así que ahí los dejo. En cuanto a mí, creo que se me han acabado para una larga temporada las veleidades acrobáticas. Lo cierto es que hice un ridículo muy divertido. Hacer el ridículo de vez en cuando, y ser consciente de ello, es muy sano para el espíritu. Incluso diría que es higiénico. Pero a partir de ahora, para mí se ha escrito aquello de "Dios mío, qué buena es la tierra".


Feliz semana a todos.