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domingo, 22 de septiembre de 2019

PIMENTON DE BOQUERONES

Cuando te has incorporado al curro hace unos quince días y has tenido ya tu una o dos guardias, las vacaciones parece que te las hubiera imaginado. Y que nunca hubieras salido del Matrix laboral, oyendo las frases de rigor en una sala de vistas:
1) ¿¿¿Cómo??? ¿¿¿Que tengo que dejar aqui el carnet de conducir ??? (Estuvo usted a punto de hacer explotar el alcoholímetro, caballero; el agente que le detuvo casi sufre combustión espontánea cuando usted le echó el aliento)
2) ¿¿¿Prisión??? ¡Pero si le di una guantá na mas! (Veintidós puntos de vainica doble  en el abdomen, dice el forense; pues va a ser que sí)
Digamos que la siguiente conversación es figurada, pero nos pasan cosas similares a
3) Yo.- Señora, le pusieron a usted esta multa hace cinco años. El plazo para recurrir en vía contenciosa terminó hace ya algo de tiempo. Dejando esto aparte, para empezar. reconoce usted que cometió la infracción, que se la notificaron en su momento y que firmó  personalmente el acuse de recibo. Es correcto todo el procedimiento, según he visto en el expediente ¿Podría decirme qué quiere usted exactamente que haga yo con ESTO?
Cliente.- ¡Ah, eso usted sabrá, que para eso es la abogada! Yo lo que no quiero es tenerla que pagar. ¡No faltaba más!
Me diréis, de hecho me han preguntado a veces, que cómo lidiamos con estas situaciones. Pues porque nuestra creatividad es infinita. No os podéis hacer una idea. Porque, si, estas cosas ocurren con más frecuencia de la que quisiéramos. Por eso el mes de agosto se declaró inhábil para la mayor parte de las actuaciones judiciales (no todas), para que los abogados no perdamos la olla del todo, nos rociemos de gasolina y nos prendamos candela. Pero, vamos, lo justito, no creáis.
Añadamos a lo anterior que el bochorno del verano tardío la tiene a una a mal traer, y ansía con toda el alma un poco de frescor y a ser posible algo de verde. Ahora se han puesto de moda los libros sobre los baños de bosque. Lo que le hemos dicho salir al campo de toda la vida ahora se llama shinrin yoku, lo han puesto de moda los japoneses, y todo el mundo sabe lo listísimos que son los japoneses, así que algo de razón llevarán. Y hoy he decidido que necesito darme un baño de bosque, pero como ya son las once de la mañana y no nos da mucho tiempo de salir a la provincia, nos vamos, modestamente, a buscar una zona verde cercana y facilona, sin cuestas arriba excesivas ni esas piedras rodantes tan fastidiosas  con las que romperte la crisma. Decidimos que nos vamos a ir al parque del Morlaco, y que si no nos da para baño de bosque, al menos que sea una agüilla de la ducha. Digo "nos" porque mi santo me acompaña, pero, oye, no hay manera de coger la atmósfera del sitio con él.
-Me voy a sentar aquí a la sombra
-Pues te vas a poner de cagadas de perro hasta arriba.
-También dicen los japoneses que hay que abrazar un árbol, para que te transmita su energía.
-Lo que te va a transmitir es un mogollón de resina, que luego no hay manera de quitarla de la ropa. Tú misma.
-Bueno, pues me voy a poner debajo de este árbol, que se oye el mar y todo.
-No es el mar, es el tráfico. Mira la de coches que se ven ahí abajo.
De verdad, así no hay quien se bañe de bosque, ni nada. Es cierto que el "bosque" se reduce a unos pobres pinos raquíticos; como se me ocurra abrazar uno, me lo cargo por exceso de amor. Pero, aún así, se ve y se oye el mar (si es el tráfico, lo imita muy bien) pasan los veleros de una regata a lo lejos,  las gaviotas vuelan frente a ti y hace fresquito. Se está muy bien. La naturaleza es la naturaleza, por canija y birriosa que se vea. Me acuerdo cuando de pequeña me llevaban a Río Grande y yo me podía tirar horas zarzaleando por ahí, como una cabra, y que los mayores me decían:
-No toques las adelfas, que se les cae el pelo a las niñas.
Y yo no tocaba las adelfas, claro. Luego me comía esa inigualable tortilla de patatas espolvoreada de tierra y a veces aderezada con alguna hormiga intrusa dando vueltas por ahí, y era lo más rico que había comido en mi vida.  Volvía a casa, exhausta, llena de hierbas pegajosas por todas partes, mientras mami y papi departían amorosamente en el Seílla:
-Que te he dicho que por aquí, no era, Joaquín. Ya te has vuelto a equivocar, hijo de mi alma.
-Mira, Pepita. Déjame ya, déjame yaaaa, que me estás poniendo nervioso, y encima ya hemos pillado la caravana. ¡Ay, Dios mío de mi alma!
-Pues no te pongas nervioso, prenda, y deja a Dios tranquilo, que no te ha hecho nada. ¡Tú eres el que se ha metido por donde no era!
Qué bonito es el campo. Paz y amor.
Hoy la receta es tradicional, sencilla y saludable, para compensar la vacaburrez de la última entrada, que tampoco es plan de dar siempre rienda suelta a los más bajos instintos. Añado que está muy rico, y que se hace en nada. No era el tipo de plato que se hacía en mi casa, porque esas cosas a papi no le gustaban. Lástima...
Ingredientes:
-Un tomate maduro.
-Un pimiento rojo y otro verde, de los de asar.
-Dos dientes de ajo.
-Una cucharada de comino en grano.
-Dos patatas medianas.
-Medio vaso de aceite de oliva
-Un cuarto de boquerones victorianos, limpios. Yo usé unos que tenía fritos y que me habían sobrado. Creo que salió incluso mejor.
-Un cuarto de almejas y una ramita de hierbabuena (esto es aportación propia)
-Sal, pimentón, agua.
Asamos los pimientos y el tomate en el horno. Dejamos enfriar, limpiamos todo de semillas y pieles y los pimientos los cortamos en tiras. En un mortero (yo uso la Thermomix, menos romántica pero más práctica) majamos los dos dientes de ajo, los cominos, el tomate y el pimentón. Añadimos el aceite y labramos hasta obtener una pasta. Ponemos una cacerola al fuego y añadimos el majado, como un litro y medio de agua y las patatas cortadas en rodajas. Dejamos cocer hasta que están tiernas. Un poco antes echamos las almejas y dejamos que se abran.  Añadimos los pimientos en tiras y los boquerones al final y apagamos. Si son boquerones crudos y pequeños, con el calor de la sopa se hacen. Rematamos con la rama de hierbabuena. Y listo.

Mañana será otro día, y otra semana. Con un poco de suerte, irá bajando esta humedad tropical, me relajaré y alejaré la amenaza del frenopático provisionalmente. De momento.
Feliz semana a todos...

miércoles, 22 de marzo de 2017

SOPA ESTILO CHINO. O algo así.

Cuando una se convierte en madre, no vuelve a conocer la paz de espíritu en su vida, a poca vocación de sufridora profesional que se tenga. Una de mis primeras tareas cotidianas consiste en despertar a mis hijos. Sí, tienen alarma en sus móviles. Sí, dicen que la ponen por las noches. No, nunca la he oído. Tampoco ellos. Parece ser que el sonido de sus alarmas se encuentra en un rango auditivo imperceptible para el oído humano. Lo cierto es que siguen durmiendo plácidamente. Bendito sueño. Al final, tengo que terminar vertiéndole a alguno el café por una oreja en la vana esperanza de que eso le despierte, cuando no hay que recurrir a una reanimación cardiopulmonar de urgencia. Al otro le tengo que despertar a distancia, como al que cita al toro en la plaza, porque no puedo entrar en su habitación, si no quiero correr el riesgo de romperme la crisma al tropezar con el íntegro contenido de su armario, desparramado por el suelo. Cuando yo tenía su edad mi habitación estaba al fondo de la casa y no tenía despertador. Tenía algo mucho mejor. Tenía a doña Pepa, cuya voz ensordecedora por las mañanas era un sonido imposible de ignorar, prohibido por las convenciones de Ginebra al constituir tortura auditiva. Yo no heredé su voz prodigiosa. Ni su autoridad, ni su capacidad para inculcar el santo temor de Dios en los endurecidos corazones de mis vástagos. Soy básicamente una madre blandiblup. Así que mis métodos espabilatorios son bastantes más suaves, con lo que para que resulten de cierta eficacia precisan de una constante y agónica repetición. Cuando consigo que se levanten y salgan por la puerta, estoy al borde del colapso.  Eso cada día. Luego están los periódicos sobresaltos. Imagínate que vuelves a tu casa un domingo por la tarde, sumido en ese agradable sopor que lo único que pide es sentarte en tu sofá a ver una agradable y aburrida película sueca, y te encuentras enfrente de ti, en tu salón, a un tipo rapado como un queso de bola, muerto de risa, a cuya vista saldrías corriendo en dirección opuesta para salvar tu vida, hasta que te percatas de que el sicario a sueldo es tu hijo, que ha tenido cinco minutos de locura con la cortadora manual de pelo....
-¡Jajajajaaaa! ¡Qué SUSTO más BUENO te he pegado, mamiiii!
El muy cabrito. Hijo de mi vida.
-¡¡¡NIÑOOOO!!! ¿"QUE" TE HAS HECHO? ¡¡¡Pareces el botones Sacarino!!! ¡Estás HORRIBLE!
-Joooooo, maaaaamaaaaa.... que sólo es "pelo"..... noooooveahhhhh...
Claro. Sólo es pelo. A ver. A mí, por regla general, me trae bastante sin cuidado el aspecto de la gente. Una se considera una mujer de su tiempo, tolerante, que no se deja influir por algo tan superficial como el pelo o no pelo de cada uno. De joven, en mi grupo de amigos había gente que llevaba crestas de colores y los labios pintados de morado. O sea, que qué me vas a contar. Psché. Pero..... cuando el que se hace cosas en la cabeza es TU hijo, la racionalidad desaparece por completo de tu vida, y por el tercer ojo te sale, a guisa de pajarito de reloj de cuco, la Madre Amantísima Victoriana que aúlla en tu cerebro: " ¿¿¿A qué esperas??? ¡¡¡Dale una buena paliza AHORA MISMO!!!" Y lo ves todo rojo, y te sale espuma por la boca, y de la agradable y correcta persona que eras hace cinco minutos no queda ni el recuerdo.  Eres como el Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Estas son las contradicciones que quien no ha tenido hijos no podrá entender jamás. 
Creo que no me irá nada mal, para meter en caja mis destrozados nervios, una sopita de ésas que me improviso con lo que pillo en la nevera en aceptable estado de salubridad. Sobre todo hoy, que la estación se ha echado para atrás y sopla su poquito de biruji.
 Necesitamos (además de un valium: opcional):
 - Una pechuga de pollo
-  4-5 champiñones o setas
-  Dos cebolletas o una cebolla en tiras
-  Una zanahoria
-  Dos o tres hojas de col en tiras.
-  Un tallo de apio
-  Unos cubitos de tofu (opcional)
-  Una cucharada de pasta miso. Se puede sustituir por cubitos de caldo, o en vez de agua utilizar un brick de caldo
-  Tallarines o fideos de arroz.
- Jengibre rallado.
- Un pellizco de pimienta.
Se pone a cocer todo junto, excepto si la pasta de miso, si la usamos, de ser así, ésta se diluye al final en un poco del agua caliente y se añade al caldo. Si se utilizan fideos de los que sólo hay que rehidratar, se añade al final. Se pica la pechuga de pollo en taquitos. Y se consume, entre atronadores suspiros de "¡Me vais a MATAR a disgustos!"


Y se dice una a sí misma que mañana será otro día. Y que a lo mejor te compensa instalar megafonía programada a las siete de la mañana........
Feliz -y tranquila-  semana.

miércoles, 28 de octubre de 2015

SOPA DE MARISCO

A la hora presente, me encuentro aquí sentada, escribiendo, con mi taza de té y banda sonora incluida: los rítmicos martillazos de nuestra obra en stacatto vivace. No, la obra no la hago yo. La obra la hacen los vecinos; pero, después de casi dos semanas, no puedo evitar sentirla también un poco mía. Cuando trabajo por las mañanas en casa, oigo esos martillos, esa radial, y esas disquisiciones ontológicas de los albañiles sobre si es mejor la Alhambra o la Budweiser, y me siento la mar de acompañada. De hecho, ni siquiera me molesta: esto es una minucia, después de la visita indeseada que hemos tenido en casa. Mi hijo me llamó un día:
-Mamá. Adivina lo que he visto en la puerta del salón.
-Oh. No. ¿Otra vez?
-Oh. Sí. Me ha mirado y se ha metido para dentro.
-Pues cierra la puerta, que la tengamos localizada por lo menos.
Llamé a mi marido para darle la buena nueva: le iba a tocar nuevamente organizar una partida de caza mayor.  Porque es la tercera vez en quince años, amigos míos, que se nos cuela una rata en casa. Vivimos en una planta baja y los patios de los vecinos están corridos. Tenemos el campo detrás. Así que es un espacio Schengen de libre circulación para los bichos, cualquiera que sea su vecindad, origen o residencia  Siempre nos ha gustado tener la naturaleza cerca de nosotros, aunque no tanto: cada uno en su habitat está muy bien. Vamos a no equivocarnos.
La primera vez el animalejo se subió todas las escaleras y se metió en mi vestidor. De un jersey mío hizo un sueter calado de verano monísimo. Hubo que entrar a saco, pegando palos por todas partes, con el roedor en vuelo rasante y varios looping ejecutados a pocos centímetros de la cara de mi marido. Fue capturada con toda felicidad y arrojada al exterior con catapulta. La segunda que entró prefirió afincarse en el salón. Empezó por comerse unos bombones de licor que me habían regalado y que yo tenía en un cuenco, con la esperanza de que se los terminasen las visitas, porque estaban asquerosos. Se los hincó uno por uno, aparentemente sin efectos adversos sobre su organismo. Mismamente como si fuera de la Legión. Yo, en cambio, me había puesto malísima el día que los probé. Por eso serán las ratas y no los humanos las que pueblen la Tierra tras el apocalipsis nuclear. Si sobrevives a una caja de bombones ucranianos rellenos de slivovitz, no hay nada que pueda matarte.  Lo que La-Que-No-Puede-Ser-Nombrada ignoró por completo fue el veneno que pusimos. Se lo comió el Curro, que se escapó y lo trincó del cubo de la basura, una vez finalizado el episodio. No se nos murió de milagro. En tratándose de comer, el Curro se vuelve completamente idiota, animalito. Total, que el maldito roedor le cogió gusto a la vida en familia y como no había forma de que se largara, al final lo tuvo que matar mi marido, -principalmente porque todos los demás nos negamos en redondo- cortando orejas y rabo y saliendo en hombros de la plaza.
Esta tercera vez ya teníamos cierta veteranía en dilucidar dónde podía estar escondido el puñetero bicho, que no creáis que es tan fácil. Se montó el operativo mientras yo animaba valerosamente a través de la puerta al grupo de operaciones especiales y rezándole a todos los santos del día. En esta ocasión no hubo que matarla: tras la correspondiente sesión de palos y castañazos a los muebles, la convencieron de que se largara por sus propios medios, para satisfacción de mi marido, al que las ratas dan aún más asco que a mí. Aunque ésta al parecer era una rata de campo, con su pelito gris, bonita y todo. Tras aplaudir el mutis por el foro, nos pusimos a volver los muebles y todo lo demás a su sitio, limpiando como posesos...... para descubrir que en la estantería, detrás de los tomos del Viaje por España del barón de Davillier, ilustrado por Gustavo Doré, (buena elección) el visitante se había montado una guardería. Ocho contamos. Había entrado en casa para parir. Me morí. Hubo que proceder al desahucio y me dio una pena horrorosa; tuve el alma encogida todo el día.. Pero está claro que no estábamos hechos para vivir juntos.....
Así que después de esto, la obra de los vecinos es una verbena con kermesse incluida. El mal rato me ha durado días enteros. Hay que preparar un plato reconfortante para los disgustos y para los primeros fresquillos. Este sirve bastante bien, aunque no es apto para aquellos que odian los congelados. Pero yo tengo que hacer sitio en el arcón, así que tiro de ellos. Siempre tienes la opción de irte al mercado y traértelo fresco. Tú mismo.
Ingredientes:
- 1 paquete de preparado de paella de marisco
- 1 paquetes de mejillones cocidos sin concha.
- Dos colas de rape pequeñas o una grande.
- 2 rebanadas de pan.
- Un puñado de almendras.
- Un tarro pequeño de pimientos del piquillo.
- Aceite.
- Sal.
- Un tomate
- Una cebolla.
- Cuatro dientes de ajo.
- Tres o cuatro ramas de perejil.
- Una cucharada de pimentón.
- Una cucharadita de estragón seco.
- Dos pastillas de caldo de pescado.
- Tres o cuatro hebras de azafrán.
- Una copa de vermut. Aparte del que te bebas. Porque sé que lo harás.
- Dos guindillas.
Poner a cocer el pescado y el marisco. Poco, diez o quince minutos. Colar y reservar el caldo. Freír en una sartén con un fondo de aceite el pan, las almendras, los ajos y el perejil.  Sacar, y, con la sartén apagada, poner la cucharada de pimentón y remover. Añadir al frito de almendras, que se triturará y reservará.
Limpiar todo el preparado de marisco de conchas y cáscaras, quitar la espina al rape, y triturar en la Thermomix una parte de la preparación y el majado de pan y almendras, menos las guindillas. Añadimos agua al gusto, el vermut, el estragón, el azafrán, la sal y las guindillas y dejamos que hierva todo junto unos diez minutos. Sacamos las guindillas, a menos que nos interese hacer la puñeta a algún comensal, y servimos con unos cuscurros de pan frito. 

Mano de santo. Pero de verdad.
En paz y en gracia de Dios. El episodio ha convencido a mi marido y encargado del mantenimiento (somos muy tradicionales en esto) de la necesidad de poner barreras físicas, así que no hay mal que por bien no venga. No hay nada comparable a la satisfacción de restregar durante días aquello de "te lo dije". Qué gusto da chinchar un poco al marido...
Feliz fin de mes a todos.


miércoles, 8 de julio de 2015

CREMA FRIA DE PIMIENTOS DEL PIQUILLO

¿Calor? Nooooooo, hombre. Si ya lo dice el budismo: todo está en la mente. No os quejéis del calor, vidas mías: ignoradlo educadamente. ¿O no os habíais dado cuenta? Por cada "¡qué calor!", "no lo soporto", "pues verás cuando se haga de noche y no puedas pegar ojo", la sensación térmica sube entre uno y dos grados. Sin embargo, no puede negarse que ésa es una de las circunstancias  que hacen tus días más incómodos. Como cuando se atasca la impresora, no encuentras las llaves y se te cae de la encimera (boca abajo, por descontado) un cuenco entero lleno de ensaladilla rusa. Sí. Son esos días en que los planetas se alinean en tu contra y se suceden una concatenación de pequeñas catástrofes que terminan haciéndote desear amargamente haberte quedado esta mañana a remojo en la bañera de tu casa, feliz como un garbanzo. Hace un par de días tuve uno así. Tenía que llegar al juzgado a una hora determinada. Son las nueve de la mañana y animosamente preparo mi cartera, mis papelitos, mis bolis y mi carnet de colegiada, y me echo a la calle. Las chicharras cantan. Las nubes se levantan. La humedad ambiental es del 400% y con un poquito de imaginación y considerables dosis de buena voluntad me puedo imaginar que estoy en la vieja Habana. Puedo oír literalmente cómo se me riza al pelo a cada minuto que pasa, a despecho de la media hora de secador que le he dedicado.  Continúo caminando y voy notando una sensación extraña en el pie izquierdo,  del que surge una especie de "flop, flop", casi inaudible. Al principio. Luego voy pegando unos chancletazos indecentes. Me paro y me miro: he pinchado. Se me ha despegado la suela de la sandalia casi enterita. Intento seguir caminando con precaución: los transeúntes me miran. Tomo conciencia de que, para empezar, estoy ofreciendo una imitación bastante aceptable de Chiquito de la Calzada. Ya estoy bastante lejos de casa y pienso en qué puedo hacer. Tengo que estar en el Juzgado en cuarenta y cinco minutos, para lo cual tengo que bajar al centro y coger el autobús. Por suerte, me encuentro en medio del barrio, en plena civilización, donde en teoría hay varias posibles soluciones. Pero el zapatero del barrio está todavía cerrado, así todas las tiendas. Excepto un bazar chino muy pequeñito que tengo en la acera de enfrente. Mi salvación. Llevo unos pantalones bastante largos y anchos, así que si me compro unas discretas zapatillas de lona es posible que nadie repare en lo que llevo en los pies. En esa esperanza, entro al chino. Me remiten al fondo de un oscuro pasillo, ("sapato allí"), donde, además de que puede salir en cualquier momento Lon Chaney transformado en hombre lobo,  encuentro el siguiente surtido de calzado:
1) Chanclas de la playa en diversos tonos flúor, con o sin flor de plástico, a elegir, con el logo Sun Beech (sic) También las hay masculinas, de tira, con el escudo del Málaga.
Mejor no.
2) Zapatos beige viejunos de tira detrás, en material altamente inflamable,  incrustados de brillantitos de colores. Mis pies gimen sólo de verlos. No puedo hacerles esto. Imposible.
3) Zapatillas informes de lona, de un color turquesa susceptible de causar una crisis epiléptica. Números treinta y ocho y treinta y nueve. El mío es un siete.
4) Choniplataformas en rojo y nude, del mismo material ecológicamente insostenible, y tacón de una altura para ver las procesiones sin balcón la próxima Semana Santa. Ni muerta.
A estas alturas del inventario tengo la suela de la sandalia en la mano. Es increíble lo vulnerable que te puede hacer una circunstancia tan tonta como quedarte sin un zapato. Ya que no me queda otro remedio, me llevo las zapatillas turquesa, que son lo más inofensivo del surtido. Una de ellas se me sale constantemente, y termino chancleteando de nuevo, y de un modo lamentable, aunque por suerte la suela es de goma y no se oye. Estoy para que me aborden los reporteros del SUR para hacerme una foto y comentario de mi estilismo, de ésos que salen en la sección de moda y estilo de los domingos: Encontramos a esta madura, si bien estilosa, abogada malagueña, con un fit urbano con toque casual proporcionado por unas atrevidas alpargatas ¿de dónde dijiste que eran? (No te lo dije. De hecho, no te lo diré ni bajo tortura...) Salgo de mi ensoñación y de algún modo remato la mañana sin mayores percances, aunque cojeando como John Silver, y al llegar a casa tiro las malditas zapatillas donde no vuelva a verlas nunca más.
Gracias a Dios, ya tenía hecha, y fresquita de la nevera, esta crema de primer plato, que tuvo la virtud de mitigar mi desesperación
Ingredientes:
-1 lata de pimientos del piquillo
-1/2 pimiento rojo natural
-1 cebolla
-1 tomate
- Un puñado de almendras
-Un litro de agua (o leche; o leche Ideal; o mitad leche y mitad nata)
-Un puñado generoso de almendras (si no se pone leche o nata)
-Un cubito de caldo.
-Pimienta y aceite.
-Una cucharadita de azúcar.
Se trocean y saltean en un fondo de aceite la cebolla, el trozo de pimiento natural y el tomate. Se añaden las almendras y el agua o la leche, los pimientos del piquillo escurridos, el cubito de caldo, la pimienta y el azúcar y se pone todo a cocer unos 15 minutos. Se tritura muy bien en la batidora, se pasa por el chino y se deja enfriar en la nevera. Se pueden añadir picatostes de pan o trozos de queso fresco y un hilito de aceite de oliva.
En la Thermomix: Se pone la cebolla, el tomate y el pimiento en temperatura Varoma, 5 minutos, vel. 4. Se añade el resto de los ingredientes y se programa 15 minutos, temperatura 100º, vel. 8. Se deja enfriar en la nevera y se le añaden al servir los picatostes, los tacos de queso fresco o lo que nuestra malsana imaginación nos sugiera.

Y a descansar. Otro día más tachado en el calendario. Ya queda menos......

miércoles, 28 de enero de 2015

COCIDO MADRILEÑO

Seguimos con los platos de guisoteo y sustancia, esos con los que te pones la medalla de cocinera recia y de provecho y nadie te replica. Además, aunque con altibajos, los días de frío aún continúan, y estas cosas apetecen bastante. Cuando me toca trabajar desde casa siempre ando con frío y procuro tener sopas calentitas y ropa abrigada y cómoda. Aunque hay que tener cuidado con estas cosas: uno tiene que estar presentable, por si aparece el cartero, o el notificador del Juzgado, o los testigos de Jehová, y a veces puede caerse en la tentación de confundir "abrigado y confortable" con "adefesio acolchado (bata/chaqueta de punto/jersey deforme/otros) para homeless". Reconozco que yo he de vigilarme en ese sentido, para mantener una cierta estética decente. Pero a veces es por pura distracción: saco lo primero que pillo del armario, con desiguales resultados, según el día. Con mi habitual despiste, de pequeña me pasó en alguna ocasión irme para el colegio en zapatillas. Gracias a que iba con Inma, mi prima y vecina, que estaba en la realidad del mundo y me decía:
-Niña, ¿dónde vas con eso? Ve y te cambias. ¡Digo!
Y allá que me iba yo, con mis orejas gachas, a ponerme los zapatos. Fui un desastre desde siempre. Mi madre iba siempre por detrás de mí, arreglándome los pelos, poniéndome derecho el jersey y comentando:
-Para modelo que ibas tú. ¡Estás tú buena!
Porque, durante una (corta) etapa de mi vida, yo quería ser modelo. Debía tener unos ocho o nueve años, y un optimismo ciertamente conmovedor sobre cuáles serían mis hechuras el día de mañana. Y aunque desistí de la idea, cuando ya era más mayor, y para mi desdicha, mi madre me tomaba a mí como maniquí de pruebas los años que estuvo cosiendo vestidos para una tienda. Ahí empezaba mi tormento. Me subía encima de su cama y empezaba a cogerme alfileres, y con su precipitación y sus bullas, siempre terminaba pinchándome con ellos y con sus uñas, que llevaba larguísimas y pintadísimas, como las malas de los culebrones. Y yo protestaba:
-¡¡¡AYYYY!!!!!
- ¡NIña! ¡No eres tú delicada ni nada! ¡Que te estés quieta!
- ¡Mamá! ¡Me estás pinchando!
-Cállate y no respires. (Y me cogía un pellizco) Hay que meter de aquí.
-¡¡¡¡AUUUU!!! Mamá, eso es "mi" cadera, no te la lleves.
-¡Bueno, hija! No se puede hacer nada contigo. ¡Que no te muevas!
Y allí estaba yo, hecha un San Sebastián,  agujereada por todas partes.  Como que con el tiempo tuve que aprender a escaquearme, si quería mantener mi pellejo de una pieza.
En fin, mi falta de glamour y de atención a los detalles en la vestimenta es proverbial. Hace poco, pasé por una tienda y vi un pijama de ésos de una pieza, que se han visto mucho este año. Muy calentito, gris, con un estampado de ovejitas muy entrañable. Así que lo cogí y me lo llevé. Cuando llegué a casa y me lo probé, vi que tenía capucha.
Y orejas.
Forradas de peluche rosa.
Cuando bajé al salón, mi marido y mis hijos se tiraban al suelo de risa. En el fondo son buenos: si me hubieran hecho una foto y la hubieran colgado en nuestros grupos de Whattsapp, me hubieran podido extorsionar con lo que les hubiera dado la gana. A todo esto, el pijama es comodísimo, y me puedo dar por contenta, que me han dicho que los hay con rabo y todo. Pero sólo me lo pongo cuando en casa hay alguien más que pueda salir a atender la puerta. Ahí no me cogerán. Os lo juro.
Así que el estilo para quien lo quiera, y la cocina, para mí.

Receta:
- 1/2 gallina
- Un trozo de jarrete de ternera
- Un trozo de codillo
- Un trozo de tocino entreverado
- Un hueso de jamón
- Dos chorizos
- Dos morcillas
- Un trozo de jamón, procurando que no sea demasiado curado.
- 1/4 de garbanzos remojados (yo hago la trampa y los pongo de bote)
- 300- 400 gramos de repollo en dos o tres trozos.
- Un puerro
- Un manojo de apio
- Dos o tres patatas
- 1/4 judías verdes troceadas.No, no las lleva, pero a mí me encantan.
- Sal.

Poner todo a cocer a fuego reposado unas tres horas o hasta que los garbanzos estén tiernos. Probar y rectificar de sal al final, porque el hueso y el jamón ya lo salará de por sí.
Los garbanzos es mejor meterlos en una malla, yo no lo hice y luego tuve que estar como una mona rescatándolos por todas partes.
Se sirve cociendo unos fideos muy finos en el caldo, poniéndole garbanzos, y sirviéndose luego cada uno la verdura y la carne aparte. Yo le suelo poner limón a la verdura y hacer un puré con la que sobra, y al cocido le pongo bastante carne para aprovecharla después, con la que quede haré una empanada o las clásicas croquetas, a demanda del personal. Por cierto, el caldo me salió algo más oscuro porque la morcilla se me deshizo enteriiiiita. Pero, a pesar de ello, o con ayuda de ello, está maravilloso...

No me diréis que no está bonito y apañado, servido en los restos de la vajilla buena de mi madre, que rescaté de su casa, y que ha servido para tantas y tantas celebraciones, y espero que sirva aún para bastantes más, aunque se haya quedado desparejada.....¡Hay tantos pretextos!
Feliz fin de mes, hermanos.....

miércoles, 29 de octubre de 2014

CALDILLO DE PINTARROJA: QUÉ MALITA ESTOY.

Ya sabía yo que el veroño este de las narices que estamos padeciendo me iba a pasar factura con sus temperaturas extrañas. Voy por la calle y me voy sintiendo rara, pero rara de un modo que reconozco muy bien. Tengo unos cosquilleos y una rigidez muy molestos en el cuello y los hombros, y de un oído a otro me atraviesa un zumbido como el de una frecuencia de radio que no consigo sintonizar. El camino ante mí se hace inacabaaaaaable, y tengo un repentino y lacrimógeno sentimiento de que todo se confabula contra mí: la parada del autobús donde no encuentro asiento, la cartera que pesa como un mal marido, el sol, que me achicharra las orejas..... En definitiva, padezco un acceso de  fiebripollo en toda regla: ese estado en que no estás bien, pero no estás tan mala como para tener la legitimidad de meterte en la cama y sí lo suficiente para ir arrastrándote por las esquinas, fané y descangallada. Normalmente, se arregla con un poco de descanso y sopa, como la de la receta que traigo hoy. Enferma de verdad, de verdad, no me suelo poner nunca. Cuando era pequeña, más o menos por esta época del año, no era raro que alguna de mis mañanas comenzase con el siguiente diálogo:
- Mamáaa.
- Qué.
- Estoy mala. Me duele la barriga.
- Claro. Con el viaje de patatas fritas que te comiste anoche, lo raro es que no te doliese. Tómate una manzanilla.
- Tengo fiebre.
- A ver. (Salía a relucir el termómetro, árbitro de la cuestión) No. Tienes 37º. Al colegio.
- ¡Me duele la cabeza!
- Y a mí me duele el alma. Al colegio.
Ante tan inapelable argumento, no me quedaba otra que ponerme el uniforme y arrastrar los pies por el camino, pensando con amargura en lo implacable de la vida y en las patatas fritas, que me habían puesto el estómago al revés. Yo no comprendía qué tenía que ver el dolor del alma de mi madre con mis maluras. Ahora sí lo entiendo. Todo tiene que ver con todo, y mami lo que quería es quedarse tranquila en casa, sin una pelmaza quejicosa dándole vueltas alrededor. De todos modos, justo es decir que cuando el termómetro subía de 37º, así fuesen dos décimas, se me declaraba oficialmente enferma, se me cuidaba y se me permitía todo y yo no tenía más ocupación que leer todo el día y dormir lo que me diera la gana, hecha una marquesona. Ese es uno de los privilegios que se pierden con la infancia, porque nadie, nunca, y por mucho que te quiera, vuelve a cuidarte así.
Esta sopa tan malagueña, con su picante, sienta muy bien para esos días destemplados, aparte de ser sana y buenísima. Así que ahí os doy la receta, de la que podéis congelar perfectamente lo que sobre:
Ingredientes:
- 1/2 kg de pintarroja en trozos.
- 250 gramos de almejas
- 250 gramos de gambas.
- 1 cebolla
- 2 tomates o una lata pequeña de tomate triturado.
- Un puñado de almendras.
- Dos rebanadas de pan duro.
- Tres o cuatro dientes de ajo.
- Una rama de perejil.
- Una pastilla de caldo.
- Cuatro o cinco hebras de azafrán.
- Una cucharadita de pimentón.
- Dos guindillas secas.
- Aceite.
- Un chorro de vino blanco.
Poner un fondo de aceite en una cazuela y añadir la pintarroja. Picar la cebolla y los tomates y agregar. Añadir agua y poner a cocer a fuego medio unos 20 minutos. Cuando hayan pasado 15, ponemos las almejas y las gambas. Aparte, freímos el pan, las almendras, los ajos y el perejil, y lo pasamos por la batidora o Thermomix con un poco de agua, la pastilla de caldo, el azafrán, el pimentón y el vino.
Añadimos esta mezcla a la cazuela, con las dos guindillas. Dejamos cocer diez minutos más, pero no nos pasaremos de este tiempo porque los guisos de pescado no deben cocer más de media hora en total o empiezan a amargar. Dejamos enfriar y le quitamos el hueso central a los trozos de pintarroja y las cáscaras a las gambas, para dejar sólo la carne limpia, o dejar que cada comensal se las averigüe con los tropezones que le toquen. También es muy divertido reirse del pobre infeliz que se trague las guindillas y decirle: "Pero come pan, que el picor no se quita con el agua", así como propinarle sallvajes palmadas en la espalda para que no se ahogue...


De todas formas, y sopas aparte, me permito un pequeño consejo: si te pones malo, para. Aunque sea una tarde o un par de horas.  Mejor si lo consigues al menos un día. Apaga el móvil y declárate ausente. No se van a derrumbar los cimientos de la civilización. De hecho, el mundo puede funcionar muy bien sin ti, y seguirá estando ahí para cuando vuelvas. Te lo dice una ex superwoman, ya rehabilitada, desde la experiencia adquirida tras años de hacer el chorras por creerse, en su vanidad, insustituible.
Y, como ejemplo, me voy a mi sillón, a leer, con una mantita... Hasta más ver.

miércoles, 1 de enero de 2014

EN BLANCO DE PESCADO: El diablo, harto de carne, se hizo fraile.

 ¿Qué tal la entrada del año? ¿Eres de los que se han levantado frescos como una lechuga o de los que se arrastran por su guarida, cual personaje de The Walking Dead, deseando una muerte misericordiosa, o al menos planteándose en serio retirarse del mundo,  el demonio y la carne... especialmente de esta última? A algunos, a estas alturas, el cuerpo no les da para más...
Así que vamos con una receta salada, para inaugurar el año, y austera a más no poder. A ver, que levante la mano el malagueño que haya estado malo de la tripa y al que no le haya dicho su madre: "Esta noche te hago un en blanquito". ¿Que no sabes lo que es el en blanco? Pues es una sopa de pescado que te resucita de entre los muertos. Literalmente. Tras la semana grande de las comilonas, me hago el propósito, como la mayoría de vosotros, de que no volveré a comer jamás en la vida. Viviré de caldos y ratos de meditación, hasta que me vuelva traslúcida. Pero, claro, esto es mentira. Y aunque fuera verdad, hay que meterse en la cocina, porque somos cuatro criaturas en esta vuestra casa. En estos casos hago como cuando seguía la dieta Dukan: sigo preparando todo, pero no lo pruebo. En lo que a mí respecta, es como si estuviera cocinando con plastilina. Simplemente se trata de lograr el estado mental adecuado, y si estás en Modo Empacho, esto no te causa el menor problema.
Venga, la receta para mis convalecientes, pobrecitos míos:
Ingredientes para cuatro perjudicados comensales:
-1/2 kg. de merluza o rosada. Si es pescado congelado, recomiendo descongelarlo en leche: le quita el posible sabor a pescadazo y lo hace mucho más jugoso.
- 2 patatas medianas troceadas.
- Tres o cuatro dientes de ajo picados. Yo le pongo más y los dejo enteros. Pero yo es que a todo le pongo más de todo, como ya sabréis a estas alturas.
- Media cebolla
- 1 hoja de laurel
- 1 pimiento
- 1 tomate.
- Un par de ramas de perejil
- Sal al gusto
- Un chorro de aceite de oliva
- Mucho, mucho limón.
 Hay quien, para que quede más blanco y justificar el nombre, hace la fullería de añadir un chorrito de leche. Yo, que soy entusiasta de las imposturas, lo hago siempre. No le da ningún sabor especial y le quita el aspecto de sopa de hospital, o como decía mi madre, más clara que los padres santos.
Sencillo: se ponen en la cazuela todos los ingredientes menos el aceite y el limón. Se cuece hasta que la patata queda tierna y, fuera del fuego, le añadimos el chorrito de aceite y el zumo de un par de limones o más si gusta, que por eso no se peca. Ya podéis purificar vuestro organismo y descargar vuestra negra conciencia, para volver al tajo con renovadas energías.

El caldero de las brujas en acción


Y, ya puestos, feliz año nuevo para todos. No puedo desearos nada mejor que vivir un año más en pleno uso de facultades, a ser posible sin grandes catástrofes personales, y disfrutando de todos y cada uno de los días que traiga, tema éste último de nuestra exclusiva competencia. Como decía Forrest Gump, vivir es como abrir una caja de bombones. Unos nos gustarán más y otros menos, pero todos son bombones. Un beso para todos desde mi cocina, el centro de la casa y de la vida...