Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta Primeros platos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Primeros platos. Mostrar todas las entradas

domingo, 28 de julio de 2019

ENSALADA DE COSAS RICAS.

Mis queridos amigos, soy profundamente feliz, porque me quedan tres días para echar el cerrojo y tomarme las vacaciones. Siempre cruzando los dedos: los dos o tres días finales de julio son aquellos en que a algún juzgado, o a algún cliente, siempre se le rompe una tripa. Y cuando digo siempre, es siempre. Tampoco serán el mes completo: a final de agosto tengo dos guardias (y me deshice de una tercera), para que me vaya entreteniendo y no eche de menos el curro, por improbable que sea que esto último pueda llegar a ocurrir.  De cualquier modo, se extienden ante mí días gloriosos de siestas y apagón mental. Así es como he descubierto mi verdadera vocación, después de años de seria autorreflexión. ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿A qué he venido a este mundo? La respuesta: mi verdadera vocación es ser vaga y no pegarle un palo al agua. Y mira que me ha costado descubrirlo, porque gracias a una eficaz educación tradicional  me convirtieron en una superwoman de provecho. Yo en casa no me podía sentar más de cinco minutos seguidos. Si me ponía a ver la tele después de comer, allí estaba doña Dispuesta para sacarme de mi feliz asueto:
-¿¿¿Qué haces ahí, con todos los platos sin fregar??? ¿Es que NO SE TE ESTREMECE EL ALMA? ¡YA TE ESTÁS YENDO PARA LA COCINA, QUE ERES MÁS FLOJA QUE UN MUELLE GUITA!
-Pero, mamá.....
-¡Ni pero, ni manzana! ¡A fregar, te he dicho!¡SO VAGA!
Y a fregar nos íbamos yo y mi alma sin estremecer, qué remedio, aunque estuviera a punto de empezar el Falcon Crest, que por cierto ella sí que veía muy cómodamente. En su favor, hay que decir que luego me contaba el principio:
-Que la borracha ha intentado matar a la madre y la Melissa, que está más rascá que la espalda un violín, se quiere ligar al rubianco ese "Lloberti" hijo de la que tiene cara de hombre, ¿cómo se llama?
-Maggie Gioberti, mamá.
-Eso, igual que la peluquera. Qué le gustan a esa mujer las hombreras, que lleva en el hombro más gomaespuma que el del butano, y qué chaqueta más malamente hecha, por Dios.
Hay que tener en cuenta que doña Pepa, a las siete de la mañana, ya estaba de punta, llamándonos a la hora correspondiente a todos: a papi con una relativa suavidad y a mí a grito pelao desde el salón, en la otra punta de la casa cual muecín llamando a la oración. Toda la calle sabía a la hora que yo me levantaba. La (incómoda) dispuestez de la generación de mi madre era prodigiosa: estaba muy mal visto una mujer sin hacer nada, y se me transmitió tan bien, que en cuanto mami entraba por la puerta, yo saltaba del sillón para que me pasasen revista.
-¿Has estudiado ya?
-(¡SEÑOR! ¡SI, SEÑOR!) Síííí, mamáááá.
- No mires tanto para arriba, y a pelar patatas, que quiero hacer tortilla.
Me ha costado años recuperar el sencillo placer de estar tumbada a la bartola sin sentir remordimiento por todo lo que queda por hacer, ya que en una casa, eso nunca se termina. Parecía como si el sofá me pinchara. Era como la del chiste ese que circulaba hace unos años por Facebook, que me emocionaba y todo cuando lo leía: mi marido decía que se iba a la cama y se iba, y yo decía que me iba a la cama, pero por el camino iba: 1) quitando los platos de la cena, 2) preparando los bocadillos para el recreo, 3) dejando lista la cafetera,4) firmando las innumerables notas admonitorias de los profesores de mis hijos, 5) planchando los uniformes, 6) anotando mentalmente que tenía que comprar más polos blancos, porque todos tenían cercos de Cola Cao u otras sustancias de origen desconocido imposibles de quitar, 7) comprobando que se lavaran los dientes, 8) subiendo ropa del tendedero, 9) quitándome el maquillaje medio dormida,10) contando un cuento a los niños, dormida del todo, 11) niño, que te salgas de la cama de tu hermano y dejes de meterle el pie en la boca, 12) mamá, quiero agua/no tengo sueño/mi hermano me está chinchando, 13) mamá, tengo que tener para mañana a primera hora una cartulina rosa y papel pinocho (¿¿¿NO ME LO PODIAS HABER DICHO ANTES???) 14) me dejo caer en la cama en estado de catalepsia, 15) salto de la cama, presa del pánico, a la una menos cuarto de la mañana, ¿a qué hora tenía el juicio? y bajar despavorida a por la agenda.16) Etcétera, etcétera.
Así, día tras día. Año tras año. De manera que al echar la vista atrás, tengo una visión de mí misma como una especie de estela borrosa recorriendo todas las habitaciones, como en los dibujos del Correcaminos o Speedy Gonzáles. ¿Y para qué? ¿A dónde llegué antes? Una buena mañana abrí los ojos y descubrí que los niños habían crecido, que se acabaron los uniformes y los bocadillos y que si se quedaban sin madre siempre podían hacerse una nueva con una impresora 3D. Y, en definitiva, que nadie es imprescindible y que estaba hasta el unicornio de pasarme la vida corriendo. Así que intento cultivar, aunque de momento con un discreto éxito, el muy noble arte de la vagancia en mis escasos ratos libres, con el sueño de poder un día dedicarme a ello a jornada completa. Por lo pronto, este mes apago el móvil del trabajo y castigo los códigos de cara a la pared. No estoy. Sorry.
El nombre original de esta ensalada, clásico en celebraciones familiares de la casa,  es "Torbellino de colores y sabores", de un recetario de la Thermomix, pero encuentro el nombre muy pamplinoso, muy largo, y muy de gastrobar. Yo siempre la llamo ensalada de cosas, pero añado lo de "ricas" porque muy prometedor, la verdad, no suena. Pero sí, está rica y queda muy mona. Yo aquí la serví en una fuente rectangular, y, dicho sea de paso, no era mi intención que la lechuga quedase como la peluca de Charlie Rivel. Que sí, mirad la foto. La verdad, queda mejor en una fuente redonda...
Ingredientes:
-Una lechuga hoja de roble o lollo rosso.
-300 gramos de queso brie
-250 gramos de jamón serrano cortado en lonchas finas.
-Un melón pequeño.
Para los pimientos confitados:
-300 gramos de pimiento rojo.
-200 gramos de azúcar (yo puse 100)
-100 c.c. de vinagre.
-50 c.c. de agua.
Para hacer los pimientos en la Thermomix, se ponen en el vaso y se trocean 7 segundos a vel. 3 1/2. Se bajan los trozos con la espátula, se añaden los otros ingredientes y se programa 30 minutos, varoma, velocidad 1, sin el cubilete, para que evapore. Sin Thermomix, se trocean pequeños los pimiento y se ponen en una sartén con todos los ingredientes, a fuego medio, hasta que se haya evaporado prácticamente todo el líquido y los pimientos se queden caramelizados.
Se hacen bolitas con el melón, con la cucharita que hay para eso, o como mejor se pueda, y se rodea cada bolita con una loncha de jamón serrano. El queso se trocea, y ya todo se reduce a colocar los ingredientes con más o menos gracia, todos alternados. Se aliña un poco la lechuga troceada con sal, aceite y vinagre, se pone en la mesa de la celebración y queda la mar de cuqui. Además, está buena y todo.


Así que me despido durante este mes hasta la vuelta, a coger energías, a dedicarme al autoombliguismo y a no hacer nada de provecho, a ser posible. Nos vemos a la vuelta..... feliz e improductivo mes de agosto para todos.

domingo, 2 de diciembre de 2018

TIAN DE VERDURAS

Esta mañana mi santo y yo, antes de salir a dar un paseo, hemos ido a cumplir con nuestro deber ciudadano de emitir voto. En la puerta había unos periodistas de no me fijé qué medio grabando a un señor de la Cruz Roja que estaba por allí, y me temo que, por mucho que intentamos evitarlo, hemos salido como extras. Nunca he sido de esa gente que se pone detrás de la persona a la que están entrevistando a hacer el gesto de los cuernos, a saludar con la mano, o, en cualquier caso, a ponerse en ridículo todo lo posible. De hecho, no me gusta nada que me graben, aunque no siempre he podido esquivarlo. Una vez me pararon por calle Granada, haciéndome un placaje micrófono en ristre, para preguntarme qué me parecía la "nueva ley de las hipotecas" Esto era cuando empezó el boom de reclamaciones judiciales por cláusulas suelo. En ese momento salió por mis fauces la niña repipi que fui y que nunca me ha abandonado del todo, contestándole a la amable reportera que no existía tal cosa. Esto pareció dejarla por un momento fuera de juego. ¿COMO no iba a existir una cosa de la que hablaba todo el mundo? ¿COMO me atrevía a cuestionar un topicazo reduccionista de rabiosa actualidad?  La cuestión es que la (ya algo menos) amable reportera se rehizo rápidamente para replicarme a su vez, con un tonillo condescendiente y desde la superioridad de sus escasos treinta años, que "por supuesto" que existía la dichosa nueva ley de las hipotecas, pero que quizá yo, en la niebla mental provocada por un más que evidente estado de menopausia galopante, estaba ya un tanto fuera del mundo y no me había enterado. Aunque no me lo dijo exactamente así, claro. Entonces le contesté, desde el sopor de mi avanzada edad, que la ley hipotecaria era la misma que teníamos antes, aunque con varias reformas, y que lo que había cambiado era el criterio de los tribunales sobre las cláusulas abusivas y en concreto las cláusulas suelo. Mirándome con muchísimo asco, me dijo que era suficiente y que muchas gracias, quizá saliera en el programa tal de la cadena cual, tras lo cual me dio la espalda para buscar a otro entrevistando menos aguafiestas que yo. Por supuesto, no me sacaron en el programa, cosa que me divirtió un montón. Hubo otra vez en que nos sorprendieron al santo y a mí en el interior de una librería, y nos preguntaron por nuestras preferencias literarias. San Marido, que para estos temas es más rápìdo de reflejos que yo por haberse criado al por mayor en una numerosa tribu curtida en el noble arte del escaqueo, me dio un empujón y me puso en primera línea de cámara, quitándose el marrón de encima sin contemplaciones. Que conteste la señora, que es muy leída. Esa todavía se la guardo. Yo iba para el yoga, con una sudadera algo dada de sí, una cara de la que a esa hora se había volatilizado la capa de chapa y pintura matinal, amén de unos pelos inenarrables, y no me quedó otra que farfullar algo sobre las cosas que había leído últimamente, siendo incapaz de reunir valor para pedir que a ver si me podían photoshopear un poco, por caridad. En definitiva, que salí del paso como pude, pensando que tampoco me sacarían. Y resulta que me sacaron. Me vieron las compis del yoga. Me vieron varios compis del Juzgado. Me vio muuuucha gente conocida. Estas cosas no se le hacen a personas de mi edad. Por lo menos cuando tengo vista en el Juzgado, que se graban ahora todas, voy con la bata de cola de mi profesión, que todo lo tapa, aunque esto no siempre es suficiente. De hecho, una vez que iba con bastante prisa, me dieron en el toguero una toga a voleo, y cuando me la puse para entrar a sala descubrí, demasiado tarde, que me habían dado una de talla XXXXXXXXXL, que los hombros me quedaban casi por el codo y que me sobraba cuarto y mitad de mangas, así que su señoría tenía a su izquierda al fiscal y a la acusación particular muy arregladitos, y a su derecha a Mudito, el de Blancanieves, perdón, a la letrada de la defensa, que no hacía más que intentar arremangarse desesperadamente para que las hectáreas de tela no le tapasen el guión del alegato, lo cual indudablemente deslució su intervención. Y luego está esa otra vez que habían encerado demasiado bien el estrado y las ruedecitas de la silla me jugaron una mala pasada, ya que la misma salió despedida, conmigo encima, hasta que el representante del Ministerio Fiscal  me cazó al vuelo antes de que me partiese la crisma al salirme de la tarima elevada y me convirtiera en tortilla de acusación particular. Sí, fue humillante, porque, sí, (de más está decirlo), también me grabaron. Está claro que la pantalla no es lo mío....
Y, como siempre, tras la batallita, va la receta. Hoy tenemos un plato rico y sano que hice hace muy poco, y que además es muy sencillito:
Ingredientes:
-Una berenjena
-Un calabacín grande
-Una cebolla
-Tres tomates rojos pero firmes
-Unas cucharadas de salsa de tomate
-Aceite
-Sal
-2-3 dientes de ajo picados
-Una cucharadita de tomillo
-Una cucharadita de orégano.
Precalentamos el horno a 180º. Vamos laminando finas todas las verduras en rodajas. Las berenjenas las dejaremos en un bol con sal una media hora para que suelten lo amargo.Cogemos un molde apto para horno de unos 22-24 centímetros de diámetro. Yo lo hice en la cazuela de barro y quedó muy bien. Mezclamos en un bol los ajos muy picados, un chorro de aceite, la sal, el tomillo y el orégano.
Ponemos la salsa de tomate que cubra el fondo del molde. Y ahora se trata de ir poniendo intercaladas todas las láminas de verduras de canto formando una espiral, apretando bien para que queden derechas. Una vez lograda la espiral, removemos el contenido del bol del aceite y lo vamos poniendo por encima de las verduras. Metemos al horno aproximadamente una hora. Y listo.

Feliz semana a todos, mis queridos y sufridos contertulios...

miércoles, 5 de septiembre de 2018

PAPAS CON COSTILLAS ESTILO CANARIO. O volver con la frente marchita.

Un primero de septiembre más, o en este caso día tres que es lo mismo, que me sorprende abriendo mi agenda y tratando de recordar a quién narices corresponden los nombres que tengo anotados cuyos asuntos debo tratar, y abriendo correos de los que no tengo ni la más pajolera idea de quién es el remitente. Esta feliz desmemoria es prueba de haber desconectado realmente, pero dura muy poco y la realidad se encarga en seguida de bajarla a una de la nube sin contemplaciones. Se acabó lo bueno, querida. Hace mucho tiempo que he renunciado a fingir que volver al curro tras la vacaciones es chupiguay de la muerte.  No es como cuando iba al colegio, adonde sí que me gustaba volver siempre. El primer curso que estuve recuerdo que tenía una señorita con una larga y lisa melena y todas las pelotas de la clase (sí, a los cuatro años también se apuntan maneras) se apiñaban a su alrededor para tocarle el pelo y hacerle trencitas hasta que tanto sobo y resobo te daba ganas de vomitar.  Me acuerdo de que me dieron una flor grande dibujada en una cartulina y un alfiler y me pusieron a recortarla haciendo agujeritos, lo cual desde luego era un tostonazo de campeonato, pero entrenabas la psicomotricidad fina y de paso a la seño le daba un rato de tranquilidad entre trencita y trencita; (sospecho que éste era el verdadero motivo; qué paciencia tenía la criatura).  De todos modos, salvo por aquella otra mujer espantosa que se empeñó, y consiguió, obligarme a escribir  con la mano derecha, no padecí demasiado en poder de las monjas. A diferencia de mi marido, sin ir más lejos. Con cinco años, le llevaron al colegio del Monte, (donde muchos años más tarde se vieron obligados a  intentar civilizar a mis dos mastuerzos, con discretos resultados), en parvulitos, que era cuando admitían a los niños antes de ir a los Maristas o al colegio correspondiente de niños. Le tocó una monja que encontraba que su modo de pronunciar la "ll" era muy deficiente,  (el angelito pasó sus primeros tres años de vida en el pueblo, cuyos naturales no destacaban por la sutileza de su dicción) así que se le ocurrió la luminosa idea de imitar a Demóstenes, que siendo tartamudo o en todo caso padeciendo un defecto grave en el habla, se entrenó metiéndose piedras en la boca al hablar para aprender a tener una pronunciación correcta, hasta el punto de convertirse en un famoso orador.  Tan insigne pedagoga le mandó a la pobre criatura que cada día se trajera un puñadito de lentejas de su casa para pronunciar la dichosa "ll" con ellas en la boca, con lo cual todos los días terminaba tragándose las lentejas con un cabreo impresionante, pobrecito mío. (Es de suponer que a Demóstenes no le pasaría igual con las piedras, porque entonces el asunto hubiera terminado muy malamente). Eso sí, la "ll" la pronuncia hoy día tal que si fuera de Valladolid, y se expresa con más que mediana soltura, sobre todo cuando me discute. De modo que el método es eficaz, aunque poco aconsejable de llevar a cabo en nuestros tiempos, porque el que lo intentase poner en práctica con algún niño terminaría con la Fiscalía abriéndole unas diligencias por maltrato en el ámbito familiar en concurso con vejaciones injustas. Cómo hemos cambiado, Señor. Como he leído hace poco no recuerdo en dónde, la mía es la generación más pringada de la historia: de pequeño te mandaban tus padres y de mayores te mandan tus hijos. Así que cuidadito con emplear las lentejas fuera del potaje.
Con el inicio del nuevo curso, llega también el habitual arranque de virtud y propósito de enmienda que calculo me durará de aquí al lunes que viene, y con él la vuelta a los guisos con fundamento, que me dura más tiempo. Reconozco que parte de la culpa de estos ataques furibundos de culinaria es de los hermanos Torres, una de cuyas receta he anotado, guisado y refiero a continuación, porque suelo estar por el gimnasio a la hora de su programa y lo veo en la tele de la cinta de correr, único modo de hacer más entretenido y llevadero el trámite  Y al ver algunas de las recetas, al salir corro al Mercadona de al lado, donde ya me tienen en alta estima, y me traigo todo lo preciso para replicarlas. La verdad es que me gustan mucho las recetas de los Torres, que son muy buenos cocineros, aunque de maneras un tanto repijas, y aunque se empeñen en afirmar a cada momento que tal o cual ingrediente le dan un "rollo" especial a los guisos o que esto o lo otro está brutaaaaal. En fin, meros defectillos de forma que no comprometen el resultado. Como a todas las recetas que fusilo, le doy mi punto particular. Esta sale muy rica y sustanciosa y por alguna razón, ayuda con eficacia a remontar la melancolía de la vuelta. Así que ahí va:
Ingredientes:
-1/2 kilo de costilla carnosa, ternera o cerdo. Ver abajo el tratamiento previo. O pasar de él por completo. Igual va a estar bueno.
-Dos o tres patatas grandes.
-Una mazorca de maíz. Yo puse una lata.
-Un tomate grande maduro o una lata pequeña del triturado.
-Una cebolla.
-Un cubito de Avecrem.
-Un chorro de vino blanco.
-Una guindilla
-Dos o tres cucharadas de mojo verde (viene la receta en mi entrada de mojos canarios)
-Aceite.
La costilla que se utiliza para esto es salada, pero la que tenemos aquí y usamos para el cocido yo la encuentro salada en exceso. Los Torres buscan un efecto similar poniendo la costilla durante dos horas en un recipiente con dos partes de sal por una de azúcar y un espolvoreo de orégano y dejándolo así un par de horas. Luego enjuagan y cocinan normalmente. Yo la dejé toda la noche. No queda demasiado salado y seca un poco la carne,  lo cual le da la textura deseada.
Ponemos en una cazuela un fondo de aceite y doramos la costilla cortada en trozos. Sacamos y reservamos. En el mismo aceite freimos el tomate, triturándolo previamente si es natural o de la lata directamente, con la cebolla troceada. Luego sacamos y trituramos el sofrito. Añadimos las costillas, las patatas peladas y chascadas en trozos y el resto de los ingredientes menos el mojo. Dejamos cocer hasta que las patatas estén tiernas y luego añadimos el mojo. Rico, nutritivo y muy de comidita casera y para tomarnos la vuelta con resignación más o menos cristiana. (todavía me ando secando las lagrimillas)

Feliz reentrée para todos..........

miércoles, 16 de mayo de 2018

CUSCUS DE CASA.

Hay días sosegados (pocos) en que las tareas parecen cuadrar a la perfección en las casillas de sus tiempos respectivos  y días (la inmensa mayoría) en que se te junta todo y las horas no te dan para nada, ni añadiendo y pegando con fixo. Como hoy, que he estado trabajando por la mañana en mi primera y segunda jornada (casa y despacho), luego me toca la tercera (gimnasio) y luego al yoga (cuarta) Así que salgo de casa, tiro para la sala de torturas, (perdón, de máquinas) y me pongo a hacer piernas como una posesa. Eso sí, además de la odiosa ¿música? ambiental chunta-chunta, tengo amenización extra. Sobre un banco vecino, boca abajo, se encuentra un destacado especimen de gruñidor de gimnasio. Los gruñidores son esa gente que se te pone al lado, hace tres subidas de piernas con la máquina, se levanta, bebe agua, se sienta otra vez, tira otras dos o tres veces de las poleas, y da más vueltas que un perro atado a una higuera, pero, eso sí, cuando-levanta-la-máquina emite unos GRRRPÑÑÑPFFFFFFARGHHHHHHH  sordos y agónicos para demostrar que está hecho un Iron Man, no como tú, que eres una blandurri sin sustancia que hace sus series calladita y sin molestar a nadie. Sin hacer ni un ay. Después de eso, a la cinta y a la elíptica. Salgo del gimnasio como una olla exprés, cojo el autobús, y al yoga. Al principio es fabuloso, porque te sientas y te relajas por primera vez en todo el día, pero dura poco, porque ahora te toca estirar todos los musculillos que se te han quedado "engurruñíos" en la tanda de ejercicio anterior. Total, que a sufrir como una bruta otra vez, por mucho incienso y mucho nombre en sánscrito que le echen. Menos mal que al final de la clase te hacen una relajación maravillosa. Tan efectiva que muy pronto escuchas a tu lado un coro de ronquidos aterradores. La gente se queda frita de manera instantánea, y con la vida que llevamos, pues no es de extrañar. A mí me dan ganas de pedirle a la monitora que porqué no me deja allí, con mi mantita y mi almohada (perdón: bolster). Que yo no doy un ruido. Pero como no va a colar, me voy, y llego a casa subiendo las escaleras a cuatro patas...... y en ese momento, el resto de la población llamada familia se me echa encima con sesión de ruegos y preguntas, especialmente ésta, que es un clásico "¿Qué hay para cenar?" Ah, y tengo que terminar la entrada del blog....
Me acuerdo de mi doña Pepa una vez más; a decir verdad, nunca está demasiado lejos de mis pensamientos. Curiosamente, las madres de antes, que por lo general no trabajaban fuera de casa, estaban igual de aceleradas que nosotras. Al menos, la mía, que tenía speed en plasma, en vez de sangre. En mi casa, de nueve a dos de la tarde, a mami no le veías la cara: sólo la percibías en forma de ráfaga que volaba de una habitación a otra, paño y spray de Pronto en ristre. Por eso, una vez que volví del colegio, sobre la una y diez o así, me sorprendió la quietud de mi casa, y que no oliese a la comida que tocara ese día, ya fuera hecha en su punto (los días buenos) o achicharrada (los días de especial estrés). Hasta que llegué a la cocina y me encontré a la señora de la casa derrumbada sobre una silla, luchando por recuperar el resuello y con el pelo de punta en todas direcciones
-..........
-Mamá, ¿qué te pasa? ¿Estás mala? ¿Ha pasado algo?
-........ ayayay...... que no puedo ni hablar, hija.....  Me he pasado toda la mañana encajada en el hueco de la hornilla como una cucaracha patas arriba. Hasta ahora no he podido salir.
-¿¿¿¿¿¿??????
( Nota aclaratoria: Las cocinas de antes se caracterizaban por una falta absoluta de eficiencia en el diseño; la hornilla era exenta y quedaba entre ella y la pared un hueco de unos cuarenta centímetros. Muy aprovechado, eso sí, como veréis) 
-Sí. Porque en esa esquina ya sabes que tenemos las patatas, y he ido a coger dos o tres y como el saco estaba muy vacío, me he metido más, he perdido pie y me he quedado cabeza abajo. ¡Ay, qué mal rato tan grande! ¡Y se me ha hecho tardísimo y no tengo hecha la cazuela de patatas para la monería de tu padre!
La ayudé, claro. Yo era una buena niña, no es por nada, y la cazuela de patatas, de algún modo, estuvo hecha a su tiempo. Ahí quería yo ver a los de MasterChef. Y la monería de mi padre tuvo la comida a tiempo, aunque también tuvo que soportar una soflama sobre que la cocina la teníamos hecha un asco y que para cuándo la Forladys. (esa llegó algún tiempo más tarde). De modo que se tomó su café en la salita, sin decir el pobre ni pío, hasta que a doña Pepa se le pasó el sofocón y volvió a su ser relativamente más relajado.
Esta receta es una versión abreviada para maribullas como yo. Cualquier incondicional del cuscús clásico se llevaría las manos a la cabeza, pero éste se hace pronto y está muy bueno, qué queréis que os diga. Una vez vi en YouTube un video de una chica marroquí haciendo el cuscús como mandan los cánones. Había que cocinar todo por separado y remover la sémola durante horas, hasta que aullaras de aburrimiento. Tan es así que yo me salí del video, pensando:
-Esto lo va a hacer tu abuela la de Xauen.
Y preparo esto en un pispás y le gusta a todo el mundo. Así que ahí va, sale más o menos para cuatro:
-Un vaso de sémola de cuscús instantáneo.
-Dos vasos de agua.
-Un chorro de aceite o un trozo de mantequilla.
-Un calabacín.
-Un puerro.
-Una zanahoria.
-Un trozo de calabaza.
-Dos pechugas de pollo o los trozos que nos gusten. Lo suyo es cordero, pero a nosotros no nos gusta mucho.
-Pasas y almendras al gusto.
-Un puñado de garbanzos cocidos de tarro.
-Sal, pimienta, colorante (sobres tipo El Avión) y jengibre en polvo.
Calentamos los dos vasos de agua. Cuando hierva, apagamos y añadimos el cuscús. Tapamos y dejamos unos minutos. Debe haber absorbido toda el agua. Entonces ponemos el aceite o la mantequilla y removemos para que queda suelto. Reservamos.
Cortamos el pollo en trozos pequeños y limpitos, sin pellejos ni guarrerías, y lo salteamos en aceite. Apartamos y reservamos. Cortamos las verduras en trozos pequeños y las salteamos también. Añadimos como medio vaso de agua, añadimos el pollo y dejamos cocer un poco más. Sazonamos con sal, pimienta, colorante y jengibre. Freímos las almendras y las añadimos con la pasas y los garbanzos. Ponemos la sémola de acompañamiento y a comer.

El proceso total nos puede llevar de treinta a cuarenta minutos, lo cual es bastante asumible. Aunque lo ideal es tomarse las cosas con más calma, no viene mal, mientras tanto, tener truquillos para salir del paso entre fuego y fuego que apagar. Por favor, ¿alguien podría prestarme un par de horas sobrantes sin empezar?
Feliz semana a todos.

miércoles, 7 de febrero de 2018

PORRUSALDA

Queridos amigos, de pronto llega el día en que uno se da cuenta, de golpe, de que es mayor. Puede ser algo tan tonto como ese día que estás visitando a tus suegros y alguien habla de la tensión alta y tú dices: "pues vamos a ver cómo esté esto", por si acaso. Y te prestan el tensiómetro y te la tomas. Y la tienes no alta, sino altísima. Y te sorprendes y hasta te indignas una barbaridad, porque tú te encuentras estupendamente, y eso de la tensión alta es cosa de gente.... ¿mayor? A ver. Una cosa es saber que una ya no es un guayabo (desde un plano meramente intelectual, y sin terminar de creértelo del todo), y otra verificar en tus carnes que las cosas ya no funcionan como deberían. Y le entra a una mucho canguelo, y le pide cita al médico de familia, y deja de tomar sal, grasas, alcohol y cafeína, por ese orden, y se compra un chisme de esos que te cuentan los pasos y se hace de diez a quince mil diarios. Y, en definitiva, no hay quien te aguante, y te conviertes en una hipocondríaca de libro. Porque una partía de la base de que iba a escapar de las goteras propias del paso de los años, porque una lo vale, y porque esas cosas sólo les pasan a los demás. Y aquí ando, esperando a que me vea el médico y hecha un canastito de chucherías.
No sé por qué me sorprende lo de la tensión alta: tengo antecedentes familiares de hipertensión desde una edad mucho más temprana que la mía. Mis padres andaban siempre con sus pastillitas; mamá tuvo una angina de pecho y papá un infarto bastante severo, al que sin embargo sobrevivió once años. Curiosamente, mientras papá siempre se andaba quejando, doña Pepa jamás lo hacía, pero no porque no tuviera achaques, sino por el punto de honra de que los achaques eran de viejos. Si se encontraba con alguna conocida y le preguntaba por la salud, era normal recibir una respuesta como ésta:
-Ay, pues tirando, hija.... me duele todo cuando me levanto por las mañanas, pero ya se sabe, esto es cosa de la edad, y ya las goteras son lo que nos toca....  Porque a ti también te dolerán los huesos, claro.
Ante lo que mami saltaba como una pantera:
-Pues noooooo, reina. Te tocará a "tíííí" porque a "míííí" no me duele nada. Yo estoy ES-TU-PEEEEN-DA-MEN-TE. No sé qué os pasa a todos, que no sabéis hablar más que de enfermedades. Bueno, que te mejores, que me voy para casa.
-Pues nada, hija... que sigas tan "estupenda", qué alegría- contestaba la muy mosqueada interlocutora.
Claro que hablamos de una señora que llevó sus buenos taconazos hasta más allá de los setenta. Cuando ya tenía la marcha más insegura, le sugerí llevarle un bastón (¿UN BASTON YOOOO? ¡ESO PA LAS VIEJAS! ¡TE VAS A CACHONDEAR DE TU ABUELA!), y por poco me muerde. No digo nada de su sufrido médico de cabecera, y lo sé porque yo la he acompañado muchas veces:
-Bueno, mujer, pues las pruebas están muy bien para su edad.... tenía usted ya ochenta y dos años, ¿no?
-¿¿¿Ochenta y dos??? No, hijo de mi vida. Setenta y ocho acabo de cumplir, ¿se podrá ver otra cosa?
Para entonces, yo ya había aprendido hacía tiempo a poner cara de póker ante las flagrantes trolas de mami: un largo aprendizaje sembrado de pellizcos feroces para que me callara la boca.
Lo cierto es que mi Pepa de España era el terror del personal sanitario: una vez que la mandaron a hacerse un electrocardiograma, apareció donde la auxiliar y le dijo, más chula que un ocho:
-Mira, guapita. Perdona que te moleste, pero ahí dice que yo estoy muerta.
-¿¿¿???
-Sí. ¿Tú ves esa raya que sale, como en las películas cuando alguien se muere? Pues eso es porque no me has pegado bien los chupones y ahí no sale nada. ¡Mal toro te coja!
Y la cabizbaja auxiliar intentaba pegarle de nuevo a mami las ventosas, con bastantes dificultades, porque antes de vestirse,  mami se ponía crema hidratante para embadurnar al barrio entero. Pero cualquiera le tosía a doña Pepa....
En fin. Con achaques o sin ellos, hoy viene que ni de encargo una receta de sopa, más fácil, imposible, buenísima y reconfortante para este día de biruji. Sin colesterol ni nada y apta para todos los públicos. (Señor... qué bajo hemos caído) Borrad eso, que es broma. O casi.
Ingredientes:
-2-3 patatas medianas.
-2 puerros
-Dos zanahorias.
-Un brick de caldo o una pastilla de Avecrem.
-Pimienta molida.
-Un chorro de vino blanco.
-Aceite.
En un fondo de aceite se ponen las patatas, los puerros y las zanahorias en rodajas. Se deja pochar todo y se añade el caldo, o agua que cubra todo y la pastilla de caldo. Se echa un espolvoreo de pimienta y el chorro de vino blanco y se deja cocer todo hasta que las zanahorias y las patatas estén tiernas. Hay quien le pone migas de bacalao y también se le puede cuajar huevos. Lista en un pispás y maravillosa para una noche de fresquito.

Y cuidaos mucho, pero, por encima de todo, no me perdáis el sentido del humor. ¿Qué nos queda, si no? Y a más ver; os dejo, que tengo que hacer la lista de averías para recitársela al médico, que me ve mañana. Con lo que hemos sido....
Feliz semana a todos.

miércoles, 10 de enero de 2018

ARROZ CON BRECOL, SETAS Y POLLO

Queridos amigos, nos encontramos en ese especial momento de principio de año en que todo, por fin, de una vez por todas, lo vamos a hacer bien. Esta vez sí, o así debería ser, porque los consabidos buenos propósitos, esta Navidad los hice estando sobria, y no en alguna enloquecida sobremesa de celebración. Que con la copita de los postres, se te calienta la boca. Aún así, no dejé de tener ideas delirantes, como:

-Volver a salir a correr, cosa que no hago desde 2009: Pros: colocón de endorfinas asegurado, mejor forma física y subidón de autoestima. Contras: Colocón de endorfinas asegurado (luego no duermo), rodillas que necesitan regulares aplicaciones de 3 en 1, y aburrimiento intolerable después de las primeras dos veces.

-Pilates: (Tras la primera décima de segundo) No. Gracias.

-Natación: Pros: Mejor forma física, cero impacto en las articulaciones. Contras: ¡Qué frío! y: ¿¿¿Yo meterme en una piscina y dejarme ver EN BAÑADOR a estas alturas del año??? ¡Ni de broma! 

En cualquier caso, y aprovechando ese impulso encaminado a mejorar mi vida, tan irresistible como efímero, me decido por fin a acometer la tarea hercúlea y siempre postergada de limpiar los congeladores: tengo dos, como buena neandertal recolectora y acumuladora que soy, y uno de ellos no es de los no-frost y tiene una capa de hielo boreal susceptible de albergar al explorador que nunca apareció de la expedición de Amundsen, o al mismísimo Walt Disney, aunque ahora dicen que nunca fue criogenizado. Miedo me da, en cualquier caso. Empiezan a salir paquetes sin etiquetar, de un color amarillento incompatible con cualquier apariencia de alimento saludable. De esas cosas que metiste en su día en el congelador con tu irredento optimismo de costumbre, que te hace pensar que "siempre" te vas a acordar de que era ¿masa de pizza? ¿hamburguesa vegetal para porcionar? ¿la plasturria asquerosa hecha de pescado y harina que mi hijo utiliza de cebo para pescar? ¿un cliente troceado en un momento de enajenación mental? En estos casos, es mejor emplear determinación y tirarlo; no estoy muy segura, en definitiva, de querer saber qué es. Entre otros hallazgos, hay un paquete de barritas de surimi que asegura que caducó en octubre de 2016; un trozo de bizcocho momificado junto a unos tristísimos tallos de perejil a modo de corona funeraria, y un pescado solitario de ojos pensativos (¡¡¡igghhhh!!!), producto sin duda de una de las rapiñas marítimas de mi hijo; los suele devolver al mar, pero cuando se tragan el anzuelo, RIP. No queda otra. También encuentro cosas normales y corrientes, tal como verduras congeladas, con las que voy a preparar un plato de aprovechamiento buenísimo y saludable para contrarrestar en lo posible el rosario de inevitables comidas navideñas que hacen que una tape con un paño la báscula y no quiera saber nada de ella en un plazo razonable, digamos, dos o tres meses. A diferencia de mi santo, que se las ha arreglado para mantenerse en su peso todas las fiestas, incluso perder algo,  y se sube a ella con total alegría. Después viene, muy contrito, a decirme:
-¿A que no sabes lo que he pesado esta mañana?
-No. Y no quiero saberlo.
Pero siempre me lo dice, siempre es poco y yo le termino diciendo, sólo medio en broma:
-Tú sigue por el camino que vas, que tú y yo vamos a perder las amistades.
Porque como resulta que la energía, -en este caso los kilos-, no se destruye, sino que se transforma, o, lo que es lo mismo, cambia de titularidad, el peso que él perdió, yo me lo he encontrado. Qué le vamos a hacer, que en esta casa somos muy de aprovechar las cosas. Claro, que él se ha mantenido en sus costumbres ascéticas, y yo, hojaldrina va, borrachuelo viene, y jijijí y jajajá, me he puesto morada. Para qué nos vamos a engañar......

Ingredientes del invento:
-Un vaso de arroz (yo desde que salió el Sabroz no uso otro)
-Una cebolla
-Tres dientes de ajo.
-Un pimiento
-Media cebolla
-Dos tomates maduros.
-1/2 kg. de pechugas de pollo o pollo troceado.
-Una bandeja de setas.
-Una cabeza de brócoli.
-Una pastilla de caldo Avecrem
-Pimienta, azafrán.
-Un chorro de vino blanco.
-Aceite y agua.
En un fondo de aceite sofreímos la pechuga hecha tiras pequeñas o los trozos de pollo, y apartamos. En el mismo aceite sofreímos el pimiento hecho tiras, la cebolla, los ajos y los tomates. Una vez hechos, pasamos el sofrito por la batidora y reservamos. En el aceite que queda (si no, añadimos un poco más), pasamos el arroz hasta que se ponga traslúcido, con cuidado de que no se queme. Añadimos el sofrito, las setas troceadas, el brócoli hecho ramitos pequeños y el pollo, y añadimos el vino blanco y vaso y medio de agua (de la misma medida que el que hemos usado para medir el arroz), en la que habremos disuelto la pastilla de caldo. Añadimos un pellizco de pimienta y dos o tres hebras de azafrán, y dejamos cocer a fuego medio 15 minutos, 18 ó 20 si es Sabroz. Apagamos y dejamos reposar. Y servimos.

Bueno, pues el invento está muy rico y si nos sirve para volver a la línea recta desde la curva, pues mejor. Pero sin castigarnos mucho, que ya no estamos para sufrir por este tipo de cosas. Ya no. Gracias a Dios, ya pasaron para mí los tiempos en que medio kilo de más suponía una tragedia griega.  ¿Qué tiene de malo medio kilo más de una persona tan estupenda como cada uno de nosotros?
Feliz semana a todos.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

SOPAS PEROTAS

Este lunes que llovió tantísimo, salí de casa bien preparada para el temporal, o eso creía yo. En cuanto llegué a la parada del autobús, me cogió una racha de viento y de agua que me volvió el paraguas y de abogada limpita y decente con su carterita y su canesú me convirtió en pollo mojado, todo ello en dos segundos. Me subí al autobús, empapada pero aún digna. Tuve una mañana complicada de trabajo,  además congelada desde mis cuerpos sutiles hasta la médula de los huesos, y cuando fui a coger el autobús de vuelta, tuve que esperar a que la conductora tuviera a bien abrirnos la puerta a todos los de la parada, que estábamos arrecidos; pero nada, allí estaba ella, mirando al tendido e ignorando nuestras caras suplicantes hasta que fuera la hora en punto. Mujer sin entrañas. Como podéis imaginar, era uno de esos días en que uno mata por llegar a casa y siente una pena grandísima de sí mismo y de su mismidad. Pero como en casa no había nadie dispuesto a compadecerme, aparte del Curro, animalito, lo que hice fue preparar una sopa tal que la que hoy traslado. Y, oye, como sustituto del calor humano hay veces que no funciona del todo mal.
Y eso que yo de pequeña no podía soportar las sopas de pan. En mi casa vivíamos bajo la tiranía del pan de viena, y no se compraba otro, porque ése era el que le gustaba a papi (las madres de nuestra generación mimaban a sus maridos de forma abyecta en el tema culinario) Mi madre y mi hermana no comían pan, que como todos sabemos era el Anticristo de las dietas. Mi hermano paraba poco por casa y cuando lo hacía se comía lo que le echaban, y yo en mi  tradicional zampabollez hacía lo mismo. (mi hermano me llamaba cariñosamente "la trituradora humana") Me encantaba y me encanta el pan, aunque hoy día me haya vuelto algo más selectiva, y siempre haya preferido el pan cateto en condiciones. Me comía las vienas chicas solas, y si me pillaba alguna visita en el acto de jalarme el bollo a palo seco, siempre había quien me decía aquello tan estúpido de "pan con pan, comida de tontos". Doña Pepa nunca me permitía contestar adecuadamente lo que merecía aquella imbecilidad (lástima) Eso sí, cuando me mandaban a la panadería, pobre de mí si traía la barra poco cocida o me comía el pico; en ese caso tenía a doña Pepa protestando, según el caso, aquello de "no tienes más parientes que tus dientes" o "dile a la "jigona" de la panadera que cuando venga tu padre a protestar de que el pan está crudo se lo mando a ella". La verdad es que estaba yo un poco harta de tener que discutir con la panadera por el pan blancurrio, pero es que, además, había una cosa muy curiosa: si tú pedías dos barras, te hacía la siguiente pregunta metafísica:
-¿Quieres pan de pan o pan de viena?
-¿Pan de pan? ¿Y si el pan no es de pan, de qué es? ¿Ehhhh?
-Ay, niña. Pues que si cateto o de viena, hija. El pan cateto es "pan de pan" de toda la vida. Vamos.
Y yo me iba a mi casa rayadísima, y encima crié una fama de repelente y respondona nada despreciable. (Y no del todo inmerecida, todo hay que decirlo). Lo cierto es que de esas barras de viena cortaba mi madre las rebanadas finitas para las sopas, y a mí eso del pan mojado me daba mucho asco. Sin embargo, muchos años más tarde, cuando estaba ya ennoviada con mi santo y en trámites para  obtener plaza en la familia, mi suegra puso un día esta sopa, quizás intentando seducirme para que no me arrepintiese; siempre nos dijo a las nueras que no había derecho a devolución, la pobre. La miré (a la sopa, no a mi suegra) con ojos desolados y haciendo de tripas corazón, porque siempre fui muy bien criada, me tomé una cucharada y descubrí que aquello sabía buenísimo, porque estaba hecho con un pan asentado en condiciones, y no como le salía a doña Pepa, que me parecía tener en el plato el estanque de los patos del parque con el pan flotando. Perdóname desde donde estés mami; pero aquello era para mí una guarrería infumable.
Ingredientes:
Una rebanada de buen pan cateto por persona.
3-4 tomates maduros o una lata de tomate triturado.
Un cubito de caldo.
3-4 pimientos verdes.
Una cebolla
Tres o cuatro dientes de ajo.
Dos o tres patatas.
Una rama de hierbabuena.
Aceite y agua.
El pan se trocea y se pone en el fondo de cada plato. Se hace un sofrito con el tomate, los ajos, el pimiento en tiras y la cebolla troceada, con el cubito de caldo. Las patatas se pelan, se cortan en cuadraditos y se fríen.
Se calienta agua y se va esponjando el pan con ella en cada plato. Se pone sofrito al gusto y un puñado de patatas fritas por comensal. Se añaden unas ramas de hierbabuena. Cuando el pan está esponjado, ya se puede comer.


La sopa es un maravilloso remedio para cuerpos y almas ateridos que no conviene desdeñar... y yo seguro que repito. La recomiendo mucho.
Os deseo muy feliz semana a todos.

miércoles, 18 de octubre de 2017

CAZUELA DE PATATAS CON RAPE

Sábado por la tarde/noche. Uno de mis hijos sale por la puerta y, juro ante Dios que lo he hecho de nuevo: me sorprendo a mí misma diciéndole lo que tantos años atrás juré que NUNCA diría: "TEN CUIDADITO".
Así que es cierto: pasada tu primera juventud, en cuanto has sacado en propiedad y a perpetuidad la plaza de Madre Titulada, para la que no existe edad legal de jubilación, resulta que no es ya que te conviertas en tu madre: es que te conviertes en "todas" las madres que ha habido en el mundo y que de pronto dicen ese tipo de cosas por tu boca, en un extraño fenómeno de posesión paranormal. En aquellos felices y despreocupados tiempos en que yo sólo era hija, al salir por la puerta siempre me perseguía una frase similar; en el caso de doña Pepa, la variante era: "TEN CUIDADO, NENA, QUE ESTÁ LA CALLE MUY MALA". Y yo contestaba que sí a todo, (qué pesáááá es mi madre), mami se quedaba tranquila y yo olvidaba la frase apenas había bajado dos escalones. Pero desde que me convertí en Madre Titulada, subcategoría  Disfuncional-Neurótica, una de mis múltiples aplicaciones posibles consiste en las advertencias retóricas y las no menos retóricas preguntas. Véanse varios ejemplos destacados que comienzan todos ellos por el vocativo "Hijo":
-¿No volverás muy tarde? ("Muy tarde" es un concepto indeterminado, interpretable a voluntad; las cinco de la mañana puede ser tanto "muy tarde" como "muy temprano" ¿O no?)
-No bebas (No, madre. Prometo que no me beberé el agua de los ceniceros)
-No fumes mucho (Hasta las ramas de los árboles, si no hay otra cosa)
-¿No estarás tomando cosas raras cuando sales? ( A ti te lo voy a decir si lo hago; y ¿quieres saberlo en realidad? )
-No comas porquerías (Tú verás: el kebab de la esquina por dos euros te da hasta el postre)
-Saca al perro antes de irte (¡JA!)
-¿Tú estarás estudiando, no? (¡Quiero un abogado!.... y no serás tú)
Juré mil veces que yo no haría nada semejante con mis, entonces, hipotéticos hijos. Pero ocurre con esto algo muy curioso: tú sabes perfectamente que en cuanto el muchacho salga por la puerta va a hacer lo que le dé la gana, pero a ti te alivia la ansiedad (momentáneamente) proferir esas frases o preguntas maternoretóricas,, por un curioso mecanismo de autoengaño. Queremos pensar que nos van a hacer caso, contra toda evidencia. Pero lo cierto, a tenor de mi experiencia, es que las cosas que decimos a los hijos van haciendo un surco en sus neuronas, como la gota de agua que cae insistentemente en el mismo punto. Sólo que esto lleva tiempo y el surco se evidencia a partir del día que cumplen de cuarenta años para arriba: entonces, con un poco de suerte, se hacen ciudadanos responsables, comen verduras y tienen muchísimas menos ganas de salir de noche, pero tú ya estás medio gagá para saborear tu triunfo y los años de montaña rusa emocional que te han dado no te los quita nadie. Esta, amigos, es una de esas cosas menos gratas que nadie te cuenta ANTES de tener hijos; ay, ese pacto de silencio de los que han sido padres antes que tú....  
Me consuelo haciendo una receta que siempre formó parte del repertorio culinario habitual de casa: la cazuela de patatas, que es uno de esos platos que te hacen ir como un reloj todo el día, fácil y muy rico.
Ingredientes
-3 ó 4 patatas medianas
-Una cola de rape hermosa.
-3-4 dientes de ajo.
-15-20 almendras. Lo que viene siendo un puñado.
-Perejil.
-Una rebanada de pan.
-Una cucharadita de pimentón.
-Agua, sal, pimienta.
-Una hoja de laurel
.Un chorreo de vino blanco.
-Aceite.
Se fríen en una cazuela con un fondo de aceite los ajos y las almendras. Se sacan y reservan. En el mismo aceite se fríen la rebanada de pan y el perejil. Se apartan también. Se apaga el fuego y se añade la cucharadita de pimentón, para que se haga con el calor residual (si se quema, amarga)
Se trituran juntos en la batidora o Thermomix los ajos y almendras, el pan y el perejil, con un poquito de agua y un chorrito de vino blanco. Eso me lo he inventado yo, que soy muy de emborrachar los guisos, pero es que le va muy bien.
En la cazuela que hemos utilizado y donde ha quedado el pimentón con el aceite, ponemos las patatas peladas y chascadas. Añadimos la cola de rape y el majado, sal, un poco de pimienta y el laurel. Lo ponemos todo a cocer hasta que las patatas estén tiernas y el caldo trabado. Sacamos la cola de rape, le quitamos el hueso y volvemos a añadir la carne que hemos sacado.

Ansiolítico de probada eficacia sin efectos secundarios
De color no es muy vistoso, ya que todos los ingredientes están dentro de una misma gama  pero lo que le falta de vista, le sobra de sabor  Y a mí me relaja mucho guisar y comer este tipo de platos. Uy, esto y el yoga, mano de santo.
Feliz -y tranquila- semana a todos.


miércoles, 17 de mayo de 2017

DHAL DE LENTEJAS ROJAS

Mi hijo lo ha vuelto a hacer. Otra vez me ha aparecido por casa con una caja con agujeros, es decir, nuevo bicho como habitante censado de esta casa, a la que, por este y otros motivos, voy a tener que llamar zoológico a partir de ahora. De hecho, y ahora que lo pienso, siempre ha sido un zoológico; para qué me voy a engañar. Esta vez el nuevo habitante no es uno, sino dos. Dos agapornis papilleros. Los agapornis son esos loritos pequeños de colores, que son tan monos. Tienen que vivir en parejas porque si no, se deprimen. Lo de papilleros.... pues es un eufemismo para decir "pollo recién nacido más feo que Picio que tienes que alimentar con jeringa a intervalos regulares". Son todo ojos y pico: hay uno, el más grande, que tiene un parecido inquietante con Franco Battiato. Y eso. ¿Que porqué no le prohibo a mi hijo que me traiga más bichos? Pues porque soy una madre básicamente blandurria, y porque a mí también me gustan los animales; vivo rodeada de ellos. Así que no hay problema, siempre que no me recojan de la calle una tárantula del Amazonas o un dragón venenoso de Komodo. Eso sí, el día que dejó caer si traerse una iguana, me cerré en banda. Con las iguanas yo no quiero tratos. Son unos bichos particularmente feos y apestosos con los que no se puede establecer un mínimo lazo afectivo. Bueno, pues a lo que iba. La otra noche salí de mi cuarto y contemplé una escena conmovedora: el John Rambo de mi niño resoplando e intentando darle de comer a uno de los pollos con una jeringuilla.
-Nada. El otro sí ha comido, pero éste, no hay manera.
-Hijo, es que establecer la lactancia lleva su tiempo. Cámbialo de teta, y que no se te olvide que luego suelte el airecito, que si no, le dan cólicos y no te duerme.
-Ja, ja. Muy graciosa, madre. Bicho ¿quieres COMER de una vez? ¡¡¡Cagüennnn!!!... ¡Ya me ha espurreado!. Pásame ese trapo, anda, que si no lo limpio, se le pegan las plumas.
Me fui riéndome por lo bajini: la retributiva justicia divina castiga sin piedra ni palo. Porque esto me recordaba tantos días y noches intentando alimentar a mis dos mastuerzos, que eran un verdadero incordio para comer. Uno de ellos, según le ibas dando, se guardaba la papilla en la boca. Y tú, cegada por la impaciencia, le seguías endiñando cucharadas. Y él venga a guardarse la papilla, como un pelícano. Y cuando la capacidad bucal llegaba al límite ¡¡¡¡¡PFFFFFFHHHHH!!!!!, el jodío/el angelito lo escupía todo a modo de explosión del Krakatoa, y te pasabas los siguientes diez minutos limpiando el suelo, las cortinas, la pared y gran parte de tu persona, jurando en demótico antiguo. Cuando llegábamos a este punto, ya no había manera de que comiera más, y para entonces hacía ya diez minutos que tenías al otro encima:
- No quieres más ¿VERDAD? ¿VERDAD? ¡¡¡MAMA!!! ¡Papilla!
-Nene, eso es comida de bebés... ¿no quieres mejor un huevo frito, hijo?
-Noooooo.  ¡Quiero comida de BEBÉ! ¡Quiero una CUCHARA! ¡¡¡AHORA!!!
Alguna vez que me tocó darle al enano la merienda en casa de doña Pepa, ésta decía siempre:
-¿Pero esa mijilla de nada va a comer el niño? ¿No le vas a dar más?
-Mamá, que ya no quiere. Que el pediatra dice que no le obliguemos.
-El pediatra. Qué sabrá el canijo del pediatra. ¡Trae para acá, so lacia!
Y cogía a mi niño y se lo ponía bajo un brazo, utilizado como muro de contención su abundante airbag delantero. De este modo, le placaba como un jugador de rugby, dejando a la pobre criatura completamente inmovilizada y, cucharada tras cucharada, le iba empujando la papilla entera al enano, que ni se atrevía a utilizar con ella ninguna de sus (literalmente) sucias tretas. Mami debió ser en su vida anterior alimentadora de ocas de foie gras en Alsacia, como mínimo.
-¿Ves? Si no es tan difícil. Ahora se dormirá y ya está.
Y efectivamente se dormía, el  puñetero. Yo creo que no tanto por el engrudo ingerido, como por la falta de oxígeno que sufría cuando su abuela lo cogía en brazos. Para mami, un bebé era un saco que había que llenar a intervalos y a la mayor brevedad posible, y no había más historias.
-Si es que os complicáis mucho, nena. Ya lo que te falta es preguntarle qué quiere de postre. ¡Vamos!
Claro que esa misma filosofía la seguía poniendo en práctica cuando los hijos o nietos éramos mayores. Comer en su casa era una experiencia aterradora....
-¿Porqué no quieres más? ¿No te gusta?
-Sí, abuela. Pero no puedo más.
-Hay más en la cocina, si es por eso. Trae, que te pongo otro poco.
-Mamá, que no queremos más. Estaba muy bueno, pero ya no tenemos hambre.
-Claro, tú que no quieres engordar, y a lo mejor el angelito del niño, por tu culpa se está quedando con ganas. Toma, nene.
-Abuela. Que noooooo.
-Claro, y así teneís al niño, escalichao. ¡Que te tomes otro! (lo-que-sea)
Total, que no nos dejaba ir hasta que salíamos por la puerta como boas que se hubieran tragado la bombona de butano. El amor materno se manifestaba, con demasiada frecuencia, en rellenarte como a un pavo. Es algo que debo recordarme a mí misma de vez en cuando, para no pecar de lo mismo. Porque hay que ver, estos niños, que comen cuatro comistrajos.....
Para contrarrestar, pongo una receta que he probado hace poco, que está muy rica y que es hasta saludable. Las recetas consultadas ponen mucha más especias y más picante, pero yo, con lo años, me estoy volviendo moderada y todo. Quién lo iba a decir.
Ingredientes:
- 500 gramos de lentejas coral, de esas de color naranja. Yo las he comprado así, pero se puede hacer con lentejas normales. Las coral se cuecen en seguida. De hecho, se deshacen.
-Una cebolla.
-Tres dientes de ajo.
-Un manojo de espinacas frescas, u otra verdura al gusto.
-Una zanahoria.
-Dos o tres tomates frescos, o una lata pequeña de tomate triturado.
-Una cucharadita de azúcar, para contrarrestar la acidez del tomate
-Una cucharada de curry.
-Media cucharadita de comino.
-Una guindilla (opcional)
-Un cubito de caldo.
-Sal y aceite.
-Quinoa o arroz cocido, de acompañamiento.
Se ponen las lentejas en una cacerola con agua que las cubra, y se pone al fuego. Cuando rompa a hervir, se aparta, se cuelan las lentejas y se reservan. En la misma cacerola se sofríen en un fondo de aceite la cebolla y el ajo. Luego se añade la zanahoria en trozos pequeños y el tomate. Se desmenuza
el cubito y se añade, junto con el azúcar. Cuando haya empezado a cocer, se añaden las lentejas, las espinacas y las especias, y se cubre todo con agua. Se pone a cocer, a mí me tardó menos de una hora. Se sirve con la quinoa o el arroz.


En fin, ya os contaré si los bichos prosperan y consiguen sobrevivir a los jeringazos de cemento armado que al parecer deben constituir la base de su alimentación.
Feliz semana a todos.

miércoles, 4 de enero de 2017

CREMA DE RAPE A LA AMERICANA: NO, NO OS LIBRAREIS DE ELLA

Aún no puedo entender cómo ha ocurrido, pero hete aquí que es día 4 de enero y que ya he comprado tooooodos los regalos. Debo haber estado insólitamente inspirada. Porque normalmente el 5 por la tarde siempre me pilla dando vueltas como pollo sin cabeza, qué-le-compro, qué-le-compro. Lo cierto es que, visto desde la experiencia que dan los años, en el tema regalos suele ocurrir que la primera idea que has tenido es la mejor, y también que como veas más de tres tiendas cada vez el exceso de opciones te bloquea y ya no vales para nada. Hace pocos días, recibí en este sentido una lección de sabiduría popular por la boca de una señora que estaba detrás de mí para pagar en una caja y que le decía a su acompañante:
-Yo no me complico. Pijamas de coralina para todo el mundo y al que no le guste, que le den por &&&%%%%@@@
 Y qué de cosas se aprenden pegando la oreja en el ágora de la calle, Señor. Qué pena que ya tenía la mitad de las compras hechas; porque mira que la idea era buena. Ahora que lo pienso, una modalidad de este tipo de regalo la hacía mi madre con todos los varones de la familia. A cada uno le daba un pack con diversas prendas de ropita interior, y santas pascuas. Lo malo era que no les ponía el nombre a los paquetitos, y año hubo que un obsequiado se encontraba con que los paños menores no le entraban ni en la punta de la nariz, mientras que otro se podía fabricar una pérgola de exterior con los que le habían tocado en suerte. A las reclamaciones inevitables, mi doña Pepa respondía:
-Pues, ¿qué malo tiene? Os los cambiáis y requiescantimpacen. (Nota: Significa "requiescat in pacem", o "descanse en paz". Para los que no seáis de letras) Que sois muy delicados, ¡lechuga! ¿Tengo yo la culpa de que éste sea un canijo y el otro esté hecho un sollo? ¡Pues eso!
Lo cierto es que, con pijamas o sin ellos, yo ya soy libre, no sin haberme chupado las inevitables colas que formamos los rezagados.en todas partes. Hay colas en las cajas de las tiendas para pagar, hay colas en las cafeterías para merendar churros, hay colas en los servicios para lo otro y hay colas en los cajeros para sacar efectivo. Hace bastantes años, por estas fechas, recuerdo como en una pesadilla estar en la del cajero de mi barrio, para poner la libreta al día. Hace tantos años, que todavía estábamos en la época de las pesetas. Todas las cifras tenían más números y le parecía a una que tenía más dinero, infeliz. Por cierto, cuando ya va terminando la Navidad, se produce un fenómeno de compensaciones muy curioso: la báscula del baño sube en la misma proporción en que el saldo de tu cuenta corriente baja. Pues allí que estaba yo con mi cartilla y una cola detrás de siete personas, porque el otro cajero cercano se había estropeado. Total, que meto la libreta y empiezo a oir los ruiditos de rigor con el preceptivo mensaje en pantalla: Su libreta está siendo posicionada... Espere. Al poco, empieza a sonar el ras, ras. claca, claca, de que se están imprimiendo los movimientos. Vaya. Pues sí que hacía tiempo que no la actualizaba. Sale y paso la página.
Sale y paso la página.
Sale, paso la página y siento clavadas en mi espalda las miradas de odio de todos los que tengo atrás en la cola. Impertérrita, continúo la operación, hasta que el ras, ras, claca, claca, empieza de repente a convertirse en RRRRRAAACCC RRRRAAAACCCCC GRRRRRRRMÑÑÑÑPFFFF, y se escuchan los primeros comentarios.
-No. Y ahora se romperá, también.
-Lo que no se puede hacer es poner al día la cartilla UNA vez al año. Para tener a todo el mundo esperando.
Pues lleva usted razón. Pero es que poner la cartilla al día es un ejercicio de valor. A mí, en estas fechas, sobre todo, me daba, y me da, mucho miedo mirar el saldo y los movimientos, así que, cobardemente, siempre demoraba esta práctica todo lo que podía. Y es que me asusta más que subirme a la báscula el día 7, y más que leerme el "Drácula", el de verdad, el de Bram Stoker, que me da muchísimo canguelo. Volviendo a aquel momento de hace años, el cajero sigue trabajosamente poniendo la cartilla al día, entre estertores agónicos, hasta que suelta un ominoso CCCRRRAAAAAACCCCCCCCCMMMMMMMPPPFFF y muere definitivamente, exhalando una nube de trocitos de papel. La cartilla se ha quedado atrapada. La pantalla se apaga y se enciende, diciendo: Su libreta está siendo triturada....Espere. Bueno, no. Dice: FUERA DE SERVICIO. Tiro cuidadosamente de la cartilla. Poco a poco va saliendo: toda ella está en tiras hasta el doblez de la grapa, a modo de faldita hawaiana, hecha un primor.
-¡¡¡Chiquillaaaaa!!! ¿¿¿Qué no te has gastao, que te has cargao la cartilla, reinaaaaa??? ¡¡¡Jijijiiiiiii!!!.
-¡Esooooo! ¡eso es fundir la cuenta  y lo demás pamplinas!
Ay, la guasa de esta Málaga. A veces la adoro y a veces la odio. El choteo y regocijo de los integrantes de la cola no tiene fin: me ha tocado "a mí", no a ellos, aunque se tengan que ir a buscar otro cajero operativo. Muy cabreada, recojo los restos mortales de la libreta, con un complejo horroroso de marigastona. Porque esto debe ser una señal divina.....
Y ahora va la receta. ¿Os creíais que os íbais a librar de la clásica receta de sopita de rape? Pues no, aunque está en versión crema para variar, y es muy rica. Es un potente e imprescindible antídoto contra la viperinez de las comidas familiares, así que os conviene anotarla. Con esto y la oreja de plástico que nos hemos comprado al efecto en los puestos navideños del Parque, todo va como la seda.
Para el caldo:
-100 gramos de aceite de oliva.
-300 gramos de gambas. En este paso usamos sólo las cabezas y reservamos los cuerpos.
-50 gramos de coñac
-400 gramos de agua.
Para el sofrito:
-70 gramos de aceite.
-300 gramos de cebolla
- 3 dientes de ajo
-400 gramos de tomate triturado (un bote pequeño)
Yo aquí añado por mi cuenta una docena de almendras crudas y un par de ajos más, fritos aparte.
Tercer paso:
-Una cucharadita de estragón seco o una grande de fresco.
-400 gramos de rape limpio, sin hueso ni piel, en trocitos.
-Dos cubitos y medio de caldo de pescado
-500 ml. de agua.
-Pimienta recién molida.
-Una cayena (opcional pero recomendable)
Final de la receta:
-Los cuerpos de las gambas.
-Perejil troceado.
-El agua que admita hasta llegar a los dos litros.
Opcional: Huevo duro y trocitos de pan frito.
Primero haremos el caldo. Salteamos las cabezas de las gambas con el aceite, apagamos y añadimos el coñac. Añadimos el agua y el hueso del rape, y cocemos cinco minutos. Apartamos, sacamos el hueso del rape y trituramos con la batidora. Colamos muy bien y reservamos.
En la Thermomix, cocemos antes el hueso del rape con el agua poniéndolo 7 minutos, varoma, vel.1. Luego apartamos y reservamos. Ponemos en el vaso el aceite, programando 4 minutos, varoma, vel. 1 y media. Añadimos las cabezas de las gambas y ponemos otra vez varoma, vel. 1 y media. Incorporamos el coñac, apagamos la máquina unos segundos, añadimos el caldo del rape y programamos 5 minutos, varoma, velocidad 4. Colamos y reservamos.
Sofrito:
Pochamos a fuego lento los ingredientes en una sartén, trituramos con la batidora y reservamos. En la Thermomix, ponemos todos los ingredientes de este paso y programamos 7 minutos, temperatura 100º, velocidad 4. Las almendras y los dos o tres ajos de más los frío aparte en la sartén y luego se lo añado al sofrito y lo trituro todo junto.
Ponemos en una cazuela el sofrito, el caldo que teníamos reservado, el rape, los cubitos, la cayena y la pimienta, y cocemos 10-12 minutos. Trituramos con la batidora, añadimos agua hasta los dos litros, lo dejamos hirviendo unos minutos más y añadimos los cuerpos de las gambas, que cuezan un par de minutos, y el perejil. Rectificamos de sal y servimos, con o sin el huevo duro picado y los cuscurros de pan.
En la Thermomix:  Sobre el mismo sofrito añadimos en el vaso el caldo del primer paso, el rape en trozos, los cubitos de caldo, la cayena y la pimienta. Programamos 10 minutos, 100º, vel. 1. Luego se tritura 10 segundos a vel. 4, añadimos el agua hasta llegar a dos litros y ponemos los cuerpos de las gambas unos minutos más, a vel. 1, añadimos el perejil y rectificamos de sal.
Parece laboriosa, pero no lo es tanto. Yo la dejo aqui como broche final de las celebraciones. Creí que esto nunca terminaría......

Os van a traer muchas cosas los Reyes ¿a que sí? Con lo buenos que sois, que no hay más que veros. Yo espero que a mí también, porque me he portado de maravilla. Qué tristeza, ¿verdad? ¿No nos saldría más a cuenta portarnos algo peor? Es algo que pienso a menudo. ¿Qué tal si lo adoptamos como propósito para este 2017? Ahí dejo la sugerencia, queridos amigos: os invito a la rebelión civil, que cada uno podrá interpretar a su conveniencia y caso particular.
Feliz semana a todos.

miércoles, 19 de octubre de 2016

CHILI CON CARNE. Legumbrazas algo diferentes.

Siempre me ha gustado el picante.  En mi despensa no faltan nunca el chile en copos, la salsa Tabasco y la pasta harissa. Cuando mis hijos eran todavía pequeños, podías encontrar pimientos del Padrón auténticos sin mucha dificultad. Hoy los que venden ponen "tipo Padrón", y unos no pìcan, y otros tampoco. Qué cosa más sosa, Dios mío. Yo los freía y les ponía sal gorda, que están riquísimos, y poníamos el plato en medio de la mesa del comedor, como si estuviéramos jugando a la ruleta rusa. Y cuando cogías uno de los más gordos, solía ser picante, y más porque te lo comías entero, y las semillas son lo que más pica. El ansioso (que solía ser alguno de mis hijos), solía gritar desaforadamente: "¡¡¡PIIIICAAA!!!  ¡¡¡AAARDEEE!!!", más otros exabruptos intrascriptibles,  tragándose  acto seguido un buen losco de pan entre ríos de lágrímas y toses incontenibles, mientras los demás le atizábamos collejas en la zona posterior de las costillas y nos divertíamos un montón. Luego venían las revanchas y se vengaban con creces.... Guardaremos para siempre, ay, el recuerdo de tan tiernas comidas familiares. Y por cierto, antes de que me acuséis de ser una madre cruel y desnaturalizada, mis hijos eran ya algo mayorcitos. Si lo eran lo suficiente para comer marranadas en el Mac Donald´s, desde luego lo eran para comer pimientos del Padrón. Siempre he sido partidaria de que los niños coman lo mismo que los mayores. Con muy poco éxito a veces, todo hay que decirlo.....
A una la modernidad le ha cogido mayor, y no hace tantos años que probé el sushi por primera vez. Algún día pondré la receta, si consigo que me salga pequeño y recogidito; porque las veces que lo he hecho, me ha salido rico, pero con el diámetro de una torta de Algarrobo, y hace muy poco fino, la verdad. Bueno, pues esa vez me serví el sushi y me puse los aditamentos correspondientes: el cuenquito con la soja, el jengibre encurtido, y el wasabi. Esa pasta de un verde tan bonito. Me serví una cantidad generosa. Generosísima. Aquí no hay miserias. La camarera, que pasó por mi mesa, sonrió torcidamente, como el malvado Fu Manchú, y me dijo:
-Ohhhh. Usted mujel valiente. Pica muuuuucho.
Sí, hombre. Picantes a mí. Asentí, poniendo cara de "qué me vas a contar", y unté una cucharada sopera de condimento en el sushi. Y me lo comí, Señor. Empecé a masticar pensativamente. Pues está bueno esto. De pronto, en mi garganta tuvo lugar algo similar a la explosión de la bomba atómica, y me quedé privada de respiración durante unos larguísimos segundos. De hecho, me quedé privada, a secas. Mis hijos y mi marido me miraban con interés creciente:
-Mamá. Te estás poniendo "morada".
En sentido literal y figurado. Intenté seguir masticando, impertérrita, emulando la sangre fría de John Wayne en "El hombre tranquilo", aunque sentía como si los globos oculares fueran a saltarme al plato a guisa de canicas de a peseta. Al final tragué aquel infierno en llamas, intentando contener en lo posible las lágrimas. La camarera se partía de risa. La muy malvada.
-Ya dije. Piiica mucho, señola. ¿Otlo poquito?
 Que si otro poquito. Tu madre, que estará en Hang Zhou.
 Pero cuando conseguí hablar, sacando una inesperada voz cazallera, sólo le dije.
-Quiero. Otra. Cerveza. Por favor. Grande.
Los de la mesa de al lado me miraban con un pitorreo nada disimulado. Parecían a punto de aplaudir y recuerdo que pensé, poseída de furia asesina, que al que se le ocurriera le degollaría con el plato del postre. Debieron vérmelo en la cara; apartaron la mirada rápidamente y se concentraron en su wok salteado. Estuve con una euforia extraña el resto del día; creo que el wasabi en grandes cantidades tiene efectos psicoactivos. De hecho, no lo aborrecí, aunque ya he aprendido a dosificarlo. Después de esto, sólo me queda ir a un restaurante mexicano donde me han dicho que si te comes un plato con el picante más fuerte que tienen te rodea un corro de mariachis y te cantan: "¿Qué te pasa, muchacho, qué te pasa?", y te ponen la medalla al mérito civil.
Esta receta tiene picante, pero lo gradúas tú, así que es apto para todas las sensibilidades. Se me ocurrió prepararlo en mi furia guisandera otoñal. En todos los artículos de nutrición que se precien te dicen que comemos muy pocas legumbres, y que las preparamos muy sobradas de morcillacas y de chorizámenes. Ya he probado a hacerlas viudas, con verdurita, pero dejando aparte las lentejas, que llevan muy dignamente la viudez, y los garbanzos con espinacas, en casa gustan poco así preparadas.. Así que me pongo a buscar en mis recetarios y encuentro cositas muy interesantes.  como esta receta, muy rica y dietéticamente llevadera. En casa han gustado. Menos mal. Porque he hecho el paquete de alubias entero y me ha salido para alimentar a un cuartel, o para congelar si pasamos una hambruna. Me van a odiar durante meses.  Así que mejor reducimos la cantidad.
Ingredientes:
-1/2 kg. de carne picada, mezcla de ternera y cerdo.
-200 gramos de alubias pintas, rojas o negras, o bien dos tarros de las cocidas.
- Una lata de tomate triturado de 400 gramos. Yo usé dos kilos de tomate natural. Una es de por sí algo bruta, qué le vamos a hacer.
- Una cebolla
-Cuatro dientes de ajo.
-Medio pimiento grande rojo.
-Una guindilla o unas gotas de salsa Tabasco
-Unas ramas de cilantro (Opcional. No a todo el mundo le gusta)
- Aceite.
- Una cucharadita de comino molido.
- Una cucharadita de orégano.
- Una de pimentón, dulce, o picante si no ponemos la guindilla ni el Tabasco.
- Una cucharada de salsa Worcester o HP.
- Una cucharadita de pimienta de Cayena, si te va la marcha.
- Sal.
- Arroz blanco cocido para acompañar.
Si las judías son secas, las tenemos que poner en remojo toda la noche, y al día siguiente escurrirlas y cocerla un par de horas, o hasta que estén bien tiernas. Quien gaste olla a presión, lo tiene más fácil. Es aún más rápido irnos a las de tarro, ya cocidas, que sacamos, enjuagamos, escurrimos y reservamos.
Sofreímos en un fondo de aceite los ajos y la cebolla picados y el pimiento rojo en tiras, sacamos y reservamos. Aliñamos la carne con sal, el comino, el orégano y el pimentón, y la freímos en la misma cazuela. Añadimos el tomate triturado, la guindilla si la ponemos y el ajo, la cebolla y el pimiento, y lo ponemos a cocer hasta que haya reducido, unos 15-20 minutos. Añadimos el pimentón, el cilantro si lo ponemos, la salsa Worcester o HP y un poco de sal.
Poner la guindilla tiene un riesgo, que es que le toca siempre a alguien que se la traga entera, y si a ti no te ha tocado, es muy divertido ver al infortunado comensal al que SÍ le ha tocado. Pero si no queremos incurrir en esta maldad, en vez de la guindilla ponemos tres o cuatro gotas de Tabasco al total del guiso, o el pimentón picante, y todos recibimos nuestra parte alícuota de pique en paz y amor de Dios.
Cuando todo se ha quedado bien espesito añadimos las judías y le damos unas vueltas, pero sin que se rompan. Probamos y rectificamos de sal, y de picante, y servimos acompañados del arroz.


Pues eso. A cuidarnos y a llevarnos buenos ratos en la talega, que es de lo que se trata.
Feliz semana a todos.

miércoles, 24 de febrero de 2016

ALCACHOFAS A LA MONTILLANA. De toma pan y moja.

Los sábados son los días en los que suelo hacer la compra semanal en el mercado y, con la euforia propia del fin de semana, me atrevo con cualquier cosa. Me entusiasmo con lo fresco y bonito y verde que está todo, y todo lo quiero, así cuando llego a casa y empiezo a sacar bolsas, la euforia decrece ligeramente: me he traído tres kilos de alcachofas (halaaaaa....), tres de tomates para freír (te has pasado tres pueblos, hermosa)  y judías verdes en cantidad (no tienes hartura), con lo cual me voy a pasar una buena parte de mi preciado fin de semana pelando, picando, generando toneladas de residuos y poniéndome las manos negras. Pero, bueno, después de todo, me encanta el resultado, así que me llevo mi tablet a la cocina para ver series antiguas, y al final paso un rato muy entretenido, feliz como una tonta con un pirulí.
Recuerdo aquellos días lejanos en que me mandaban a la compra, con mi cesta de rafia a rayas y perseguida por vente mil recomendaciones:
-Que no vayas a la panadería de Pepi, que me da las vienas muy blancas y luego hay que aguantar a tu padre con que el pan está crudo. Te vas a la de la calle San Quintín. Y cuidadito con comerte los picos, que te conozco  y no tienes más parientes que tus dientes. Y a la de la frutería le dices que los tomates que me dio el otro día estaban más chuchurríos que ella. A ver lo que me traes...
La frutera y mi madre eran dos antagónicas fuerzas de la naturaleza cuya confrontación siempre daba juego, y cuyos mutuos dardos verbales daban lugar a encendidos debates, exacerbados por el irresistible impulso que tenía doña Pepa de corregir a todo el mundo. Una vez, concretamente, fui testigo del siguiente diálogo, digno de figurar en las Etimologías de San Isidoro, o, como mínimo, en los programas de radio de los hermanos Marx:
Mamá: Dame dos kilos de mandarinas.
Frutera: Yo te las pongo, pero que sepas que se dice MONDARINAS.
Mamá: ¿¿¿Cómoooo??? Nooooo, hija de mi vida. Se dice MAN-DA-RI-NAS, porque vienen de la China, como los tíos esos de la coleta que vienen dibujados en el paquete del flan ¿Será posible que lo lleves diciendo mal toda la vida?
Frutera:  (En jarras) De eso, nada, alma mía. Se dice MONDARINAS, porque se MONDAN.  ¿Tú de qué nido te has caído, prenda? Vamos, si eso lo sabe todo el mundo, que es de cajón.
Mamá:  (Echando humo por las orejas) ¿De cajón? Será de cajón de pino. Que me pongas dos kilos de MANDARINAS, y a ver si aprendemos a hablar.
Frutera: Ya, ya te peso las MONDARINAS. Y no me lo digas con ese "rintintín"
Mamá: ¿Rin Tin Tín? ¡Estás tú buena! ¿Ese no era el perro que salía en una serie?  (cierto: a los más jóvenes, os remito a Google)  Vamos... "Rintintín". ¿Tendrá valor la castellana?  Y me pones también un kilo de PLÁ-TA-NOS. Pero de esos de delante no, que están más negros que mi corazón.
Frutera: Ojúúú, Pepita. Pues anda que no vienes delicada tú hoy... Oye, nena (eso era a mí) Tú que vas al colegio, ¿se dice MONDARINAS o MANDARINAS?
Yo: Estoooooo...... mamá, que yo mejor me voy adelantando a la droguería y así tardamos menos...
Aunque parezca lo contrario, se llevaban razonablemente bien: cada una apreciaba a la otra al modo en que lo hacen los contrincantes dignos en el ring. Pero otro día llegaba yo sola, inocente de mí, y todos los tiritos eran para mi persona. Algo como:
-Hola, bonita ¿Qué te pongo hoy, que tu madre la académica de la lengua no le ponga pegas? ¿Plátanos negros, tomates pochos o de esas cosas naranjas que tomáis para el postre?
-Pues mira, Paqui..... que con tres kilos de patatas me apaño, de verdad.
Yo era muy prudente y me abstenía de transmitir cualquier comentario de una parte a otra, ni de tomar partido por ninguna. Siempre tuve espíritu conciliador, aunque nunca fui capaz de pedir mondarinas en ningún sitio.... y lo he oído en varios.
Bueno, pues ya me he tragado un par de capítulos de La huella del crimen, pedazo de serie, y tengo listas las alcachofas para preparar tal que esto, que está muy rico:
Receta:
-1 kg. de alcachofas.
-Una cebolla
-Cuatro dientes de ajo.
-Un vaso de vino Montilla-Moriles.
-250 gramos de jamón en tacos. Del mejor que pilles.
-Sal o una pastilla de caldo, pimienta y unas hebras de azafrán.
-Aceite.
-Una cucharada de Maizena.
-Huevos duros para acompañar (opcional)
Se limpian bien las alcachofas, retirando las hojas duras y cortando las puntas. Yo pelo el tallo y lo utilizo también. Se ponen en agua con zumo de limón.
Pelamos y picamos finos la cebolla y los ajos y los ponemos en una cazuela a pochar, sin que se doren. Añadimos los tacos de jamón y les damos unas vueltas. Se escurren las alcachofas y se añaden. Se pone el vino, la sal o caldo, la pimienta y el azafrán. Se disuelve la cucharada de Maizena en un vaso de agua y se añade también. Se pone más agua que cubra todo y a cocer unos 20 minutos, o hasta que la salsa se haya reducido y espesado.
Se sirve con los huevos duros en cuartos y se acompaña todo de una buena barra de pan, para hacer barquitos del tamaño del Queen Elizabeth. Altamente recomendable.

Feliz semana a todos....

miércoles, 10 de febrero de 2016

ARROZ VERDE

Un nuevo lunes amanece sobre los restos mortales del fin de semana. Voy por casa recogiendo diversas prendas de vestir que por alguna extraña ley de atracción siempre terminan aterrizando en el comedor y no en el dormitorio de sus respectivos dueños, y aún menos en la lavadora o el cesto de la ropa sucia, objetos éstos que sólo yo parezco ver, quizá por estar dotada de poderes de percepción extrasensorial. Dentro de una bolsa, arrugado como un higo, está el traje de kárate de mi hijo, que pide una limpieza con lágrimas en los ojos. Tiene varias manchas de naturaleza y antigüedad indeterminada. Mi hijo suele venir del kárate sudoroso, hecho un Ecce Homo y feliz como una perdiz.
-Mamá. No veas la paliza que me han dado hoy. Me han "caneao", pero bien.
Eso sí: tendríais que ver cómo ha quedado el otro.... Mi criatura, a su corta edad, está surcado de cicatrices como un lobo de mar. Empezando por la  de la ceja izquierda, de cuando se pegó un leñazo en el columpio de la guardería.  Su infancia estuvo surcada de llamadas a mi teléfono (y sólo al mío),  cuando tenía que irme despepitada a recoger al niño, que se me había escoñado otra vez. Está también esa vez que se abrió la otra ceja, para tenerla a juego, cuando estaba en primero o segundo de Infantil. Llegué y me encontré a su profesora al borde del desmayo, apretándole un pañuelo en la frente. La explicación que dio fue:
-Yo corría. Y cuando llegué al muro, cerré los ojos y me lo comí.
Le llevé a urgencias y me lo devolvieron bien remendado, con su costurita en la ceja. Una enfermera salió, lanzándonos una mirada que, cual la del basilisco, nos hubiese reducido a cenizas de tener ese poder. Mi niño la señaló con el dedo y me dijo:
-Le di un mordisco en la teta a esa enfermera, porque no quería que me sujetase más.
Me apresuré a llevármelo, antes de que me pidiesen una indemnización por daños y perjuicios, con una vergüenza horrorosa. Otra tarde me llamó la monja de la portería, toda angustiada, diciendo que el niño se había metido una piedra en la nariz y no se la podían sacar. Volé al colegio y encontré a mi bestezuela salvaje rodeado de críos que vociferaban:
-¡Yo le he visto!
-¡Se ha metido una piedra "ASI" de gorda"!
-¡Noooo! Era una canica.
-¡Era un chino!
Intentando mantener algo de sangre fría, le pregunté:
-Nene ¿cómo era de grande la piedra?
-Muy gorda, mami. Es tan gorda que no "puedo" respirar.- me contestó con una flema anglosajona absoluta y una dicción clarísima.
Con cierta escama, pero aún con algunas dudas, me lo llevé al Materno, a la admisión.
-¿Qué le pasa al nene, señora?
-Pues mire usted, que jugando se ha metido una piedra, o una canica, o algo en la nariz.
-Y no puedo respirar ni hablar- metió baza la criatura.
La enfermera de admisión nos miró con cara de haba total y absoluta y nos dijo:
-Bueno, pues ahora les llamo.
Al rato nos llamaron, las cosas como son, y nos atendió una pediatra bastante parca en palabras. Le repetí la historia. Le estuvo examinando y palpando la nariz:
- Nene, ¿dónde está la piedra? ¿En este agujero?
-Sí.
-No.
-En el otro.
Le tapó cada uno de ellos alternativamente diciéndole cada vez:
-Anda, sopla fuerte.
-¡¡¡FUFFFF!!! ¡¡¡FFFFFUUFFFF!!!
-Pues ya está, señora. Que no tiene nada. Con Dios. ¡Siguiente!
Salí por la puerta, abochornada de pies a cabeza y deseando que la tierra me engulliera piadosamente.
-¡¡¡NIÑO!!! ¿¿¿Cómo se te ocurre decir que tienes una piedra en la nariz, si es mentira???
-Ah. La piedra. No me la metí en la nariz, me la metí en la boca y luego la escupí- me dijo, tan tranquilo, el pequeño monstruo.-Pero es que se me había olvidado.
Años después, se pegó un cocorotazo con otro niño jugando al fútbol. Cabeza con cabeza, como dos ciervos en la berrea. El otro niño lloriqueaba en un rincón, aparentemente ileso. El mío, con la frente y el ojo a la funerala y tres veces de su tamaño (ahí sí que me asusté), decía:
-Mamá, ése es tonto. Me revienta la cabeza a "mí" y llora él....
Antes de que yo apareciese para llevarle a urgencias, (hogar, dulce hogar), se estuvo divirtiendo un montón enseñándole el ojo a todas las niñas que se encontraba, las cuales salían huyendo despavoridas. En fin, que yo vivía en un ay, pidiéndole a los santos cada día que me devolvieran al niño de una pieza. Su crecimiento estuvo punteado con harta frecuencia por frases como:
-Ah. Eso. Me lo he hecho jugando al fútbol.
-Esto, que me he clavado un anzuelo cuando pescaba.
-Este corte, que me ha resbalado el cuchillo pelando patatas....
-Que me he quemado con un mechero.
Y cuando se abrió la mano en el parque de La Toja y cuando le mordió aquel perro el último día que pasamos en Asturias y...... para qué seguir. Hemos hecho turismo sanitario: España a través de sus centros de salud.
Creo que mi ADN ha sufrido una regresión evolutiva, pues de unos padres que son probos ciudadanos amantes de la paz ha salido la réplica exacta de un guerrero de Taras Bulba, esos que comían carne cruda, en una suerte de atavismo o broma del karma. Mi otro hijo también se ha pegado sus castañazos, claro, y también conoce las urgencias del Materno; pero en una proporción como de cinco a uno. Porque, si no, no lo hubiera resistido. Que una tiene el corazón muy chico.
Mientras meto el traje de kárate en la lavadora, antes de que se vaya andando él solo a por churros, repaso mentalmente la nevera y constato que tengo un poco de todo y un mucho de nada, condición perfecta para hacer un plato de aprovechamiento de los que tanto me gustan y tan virtuosa me hacen sentir. Arroz. Hace mucho que no hago arroz. Cuando mi hermana me habló de esta receta, admito que no sonaba muy prometedora. Parecía una de esas que salen en ciertas revistas de cocina de ni chicha ni limoná, sin carne ni marisco ni nada que les dé vidilla, hecha con toda la mala pipa del mundo. Pero la probé en su casa y me encantó. No, no es sosa. No, no es triste. Es rica y llena de sabor. La recomiendo encarecidamente. Yo utilizo arroz Sabroz, porque es mucho más fácil cogerle el punto y hasta se puede volver a calentar en el horno si sobra, postura que defenderé aunque los puristas pidan mi cabeza. Además, sale muy cremoso. No es como el arroz vaporizado, que se puso de moda unos años, y a nuestras madres les dio por hacer paella con él, más seca que un ripio. ¿A que sí? ¿A que os ha tocado comerla alguna vez? Para mí es un recuerdo ligado a los años 80, como la gomina y como las hombreras, y aquellos pendientacos como los del tesoro del Carambolo...
Ingredientes:
- 500 ml. de agua
- 350 gramos de espinaca en hojas
- Una pastilla de caldo vegetal
- 70 gramos de aceite de oliva virgen extra
-100 gramos de cebolla
- Un diente de ajo
-150 gramos de berenjena troceada
-280 gramos de calabacines troceados
 -50 gramos de zanahoria en rodajas
- Dos corazones de alcachofa en cuartos
-100 gramos de coliflor en ramitos
-Un tomate maduro troceado
- 350 gramos de arroz
- Sal y unas hebras de azafrán.
-Agua hasta completar 800 gramos
-500 gramos de pollo troceado (opcional, para hacer plato único)
En Thermomix:
Si vamos a usar el pollo, se trocea y se fríe, reservándose.
Poner el medio litro de agua en el vaso 6 minutos, Varoma, vel. 1. Añadir las espinacas y el cubito de caldo, 15 minutos,  Varoma, vel. 1. Dejar enfriar, triturar y reservar en un bol. Poner en el vaso el aceite 3 minutos, Varoma, vel. 1.Añadir la cebolla y el ajo, 4 minutos, Varoma, vel. 3 1/2.
 Añadir las berenjenas, el calabacín las zanahorias y las alcachofas y poner 7 minutos, Varoma, vel. 1. Añadir la coliflor y el tomate, mezclar un minuto, vel. 1. Agregar el arroz y programar 3 minutos, Varoma, vel. 1. Comprobar el peso del puré de espinacas y añadir agua hasta 800 gramos. Poner en el vaso junto con la sal, el azafrán y el pollo, 15 minutos, Varoma, vel. 1. Si usamos Sabroz hay que tener en cuenta que tarda en cocer unos 5 minutos más. Dejar reposar y servir.
Para hacer por el método tradicional, ponemos a hervir el medio litro de agua en un cazo con las espinacas y el cubito, unos diez minutos. Dejamos enfriar, pasamos por la batidora y apartamos.
Ponemos el aceite en la paellera y sofreímos en él el pollo, que apartamos, y luego el ajo y la cebolla picados. Se añaden las verduras y se sofríen. Después se sofríe el arroz. Pesamos el puré de berenjenas y añadimos agua hasta 800 gramos, y la añadimos a la sartén con la sal, el azafrán y el pollo. Dejamos cocer 15 minutos (18-20 si es Sabroz), se tapa y se deja reposar.

Y nos sale un plato tan fantástico como éste.... Por cierto, que hoy se me iba el niño a un partido de fútbol, así que me voy a verificar si tenemos Réflex, Betadine, y si están localizadas las tobilleras. Que no nos pase ná...
Feliz semana a todos.