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domingo, 7 de abril de 2019

FILETES RUSOS. O ese día en que todo empezó a importarme un pito de feria.

Hoy domingo se ha marchado mi hijo emancipado, al que he tenido unos días de vacaciones en casa, y está una con esa peculiar melancolía dominguera unida a la propia del día lluvioso y a la penilla materna por el ausente.  Aunque esta última me ha durado bien poco, cuando he entrado al cuarto del susodicho a dejar unos cachivaches suyos que había por el salón (mis hijos son fuerzas centrífugas hechas carne), y compruebo que, una vez más, el dormitorio parece el escenario de un crimen. Recojo lo que está a la vista de materia orgánica a medio consumir, antes de que cobre vida propia, y me apresuro a cerrar la puerta, ignorando todo lo demás: hoy no toca. Donde vive ahora es ordenadísimo; pero ahora se halla en la Pensión Mamá, todo confort, libre de gastos, servicio de habitaciones y lavandería incluidos. Hace años que he asumido mi absoluta ineptitud para ejercer de madre alfa y que mis hijos me tengan algún saludable temor. Ay, esos padres antiguos con la vara de avellano. Una por lo menos guardaba las formas y embutía la mezcolanza de ropa, zapatos y trastos en el armario, cerrando con la llave para que no vomitase su contenido en los momentos más inoportunos, lo cual, para mi desgracia, ocurrió alguna vez. Solía ser en sábado, cuando tocaba arreglar el cuarto y a veces me pasaban revista sin avisar. Más o menos así:
(Doce y media de un sábado por la mañana.  Yo, aún en estado de catalepsia postviernes. Madre fresca como una lechuga recién regada. Taconeo feroz hacia la salita/cuarto de la tele. La tragedia se masca en el aire)
-Nena, ¿has hecho el cuarto ya?
-Voooooy. Que está acabando "La bola de cristal". Me quedan dos o tres cosas.
-La bola de cristal.... Tu sí que cuentas bolas (Taconeo en sentido inverso).... ¡Es que NI HACER la cama! (Ropa cayendo al suelo) ¡¡¡Es que ni COLGAR un pantalón!!! (ropa cayendo al suelo) ¿Cómo te has hecho estos churretes en la chaqueta? (Mami, no quieras saberlo)  (Más ropa cayendo al suelo) ¿Y cuánta ropa te pusiste ayer para salir, hija de mi vida? (Estruendo) ¿¿¿PERO COMO tienes así el armario??? ¡So desastrada! ¿¿¿UNA LATA CON COLILLAS??? ¡¡¡QUE YO YA SE QUE FUMAS!!! ¿Y QUE HACE AQUI UN VASO DE TUBO? (¡Ostrisss! ¡Se me olvidó devolverlo a la barra en "Galeón"! ¿Por qué demonios acabaría en mi bolso?) ¿¿¿DOOONDE ESTARIAS TU ANOCHE??? (Me recorrí a cuatro patas Pedragalejo entero, madre) ¡¡¡ASI QUE NI BOLA, NI BOLO!!! ¡¡¡Ya puedes estar recogiendo el cuarto!!!
-¡¡¡Mamáaaa!!! ¡Me has tirado todo lo del armario al suelo! 
-Y ya lo puedes estar recogiendo y guardándolo en condiciones, que tienes aquí más mierda que el palo de un gallinero. Y a barrer y a fregar, y que no me vuelva yo a encontrar las colillas aquí metidas, que no sales.
 Y no salía. Así que me tenía que perder el final de La bola de cristal, que me encantaba, y ponerme a trapear y a recoger. Cualquiera no lo hacía....
 Y hoy día yo lo he intentado. De verdad.
(Veinticinco años después; doce y media de un sábado por la mañana. Del tiempo en que AUN tenía ilusiones de que recogieran su habitación, es decir, hace muuuuucho, pero que muuuucho, tiempo. Niño espatarrado en el sofá, con los cascos y el móvil, engullendo macarrones con tomate, fríos, directamente del táper. Tele puesta de fondo, a efectos meramente decorativos. Perro comiéndose con fruición una revista que todavía no he leído)
-Niño, ¿has arreglado tu cuarto?
-.........
-¡¡¡¡NIÑOOOOO!!!
-...... Mamáááá ¿me has dicho algo?
- ¡¡¡Que si has arreglado el cuarto!!! ¿¿¿Y no ves que el Curro se ha tragado la mitad del Micasa de este mes delante de tus narices???
-Ahhhhhh.... Y yo qué ssssssé......
-¡¡¡EL CUARTO!!!
- Ah. Eso. Ahora.
"Ahora", en boca de cualquiera de mis niños, es un concepto indeterminado que abarca el lapso de tiempo que va desde dentro de una hora y media, a dentro de cinco meses.
-¿Cuándo es "ahora"?
-Ahora.... Cuando vengáis del mercado me lo habré dejado hecho. De verdad.
Así que voy al mercado. Vuelvo del mercado. Y me encuentro el siguiente escenario:
a) El niño se ha ido, y no coge el móvil, ni contesta a mis furibundos mensajes de whattsapp.
b) El cuarto sigue hecho una cochiquera, y además hay una especie de laguna en el cuarto de baño, sobre la que flotan dos o tres de las toallas limpias que acabo de subir.
c) Se ha dejado al Curro atado a la mesa del salón y está lamiendo con fruición el táper vacío de los macarrones. 
Mi marido sugiere, lacónico:
-Castígale sin salir.
-Ya ha "salido" ¿Y por qué narices no le castigas TU?
-Pues cuando vuelva.
Vuelve a las dos horas y media. Cuando estamos recogiendo la mesa.
-Mamaaaaa ¿qué hay de comer?
-Comida. Te fuiste y no recogiste el cuarto. Esta noche no sales.
-Joeeeeer cómo te pones. Que ya recojo, pero que sepas que no iba a salir.
Salgo yo por la tarde, a unas compras. Al volver, me encuentro a mi marido leyendo el periódico, todo beatitud y feliz como Su Santidad  el Dalai Lama.
-¿Y el niño?
-Se ha ido.
-¡Pero si estaba castigado!
-Ah, ¿estaba castigado? ¿Y por qué no me lo dices?
-...............¡¡¡.%%%%&&&&&&&&&&&&&&&&&&!!!
A estas alturas estoy que echo las muelas. Llamo al infractor por teléfono. Naturalmente, no coge.  Nunca lo hace. Tecleo frenética ¿Dónde estás? ¡Estás castigado! ¡Y me dijiste que NO IBAS A SWWWkirrr!
A la media hora suenan seguidos varios  "bip" de mensaje.
Hola.
Mama.
No me acordaba.
Que no iba a SWWWkirr?
Con el cabreo, ni corrector, ni ná.
Estás castigado. Vente a casa. ¿Dónde estás?
Bip. Bip. Bip.
Que siiiii.
Voooooy.
En casa de Alberto.
¿Y cuándo vienes?
Bip.
Ahoooora.
Ese es el momento en que mi marido, todo beatitud, sigue feliz como Su Santidad el Dalai Lama y yo cabreada como la mona Chita. Y me pregunto por qué puñetas tengo yo que monopolizar siempre los berrinches domésticos, y que paso del mundo entero. Y me voy a preparar los filetes rusos, que nos gustan a todos. Y al cuerno la madre alfa, el niño, el padre del niño y el cuarto del niño. Una hizo lo que pudo. Mamá ¿cómo lo lograbas?
Ingredientes:
-Medio kilo de carne picada, cerdo y ternera a partes iguales. o al gusto.
-Sal y pimienta.
-Un diente de ajo
-Unas ramas de perejil fresco
-Un huevo.
-Pan rallado.
-Zumo de un limón.
Se mezcla la carne picada con el diente de ajo y el perejil picados muy finos. Se añade sal y pimienta, el huevo y el zumo de limón, y se mezcla todo muy bien. Luego se añade pan rallado de manera que quede una masa moldeable pero no demasiado dura. Es conveniente tenerlo unas horas en la nevera para que la carne tome el gusto, aunque no es imprescindible. Yo muchas veces lo congelo así en una bolsa y luego no tengo más que seguir los últimos pasos. Luego se forman bolitas que se aplastan como si fueran hamburguesas pequeñas, se pasan por más pan rallado y se fríen en aceite bastante caliente. Su compañía natural son las patatas fritas, pero las guarniciones son infinitas. Como se puede ver, el nivel es de primero de parvulitos. Fácil, cómodo, rápido y buenísimo, y un clásico de esta vuestra casa.

Hoy día sigo pensando que las energías de uno tienen un límite, y que hay que elegir las batallas que se libran. Recomiendo mucho seguir la corriente filosófica Me Importa Un Güito. La deja a una como una seda. Y cerrar las puertas de los cuartos, que es fundamental.
Be water, my friend, o lo que viene a ser lo mismo: que le den al sursumcorda. Feliz semana a todos...

domingo, 30 de diciembre de 2018

ALETA DE TERNERA RELLENA


Este año he decidido que como va a haber Navidad diga yo lo que diga, mejor será que me guste y la disfrute en vez de pasarme quince días rezongando. De manera que hemos hecho todo lo que se hace de rigor. He hecho los borrachuelos y las empanadillas de batata. Muchas. Otro día os lo cuento, aún estoy traumatizada. Hemos guisado la ternera rellena clásica y colgado angelitos y duendes aquí y allá. Aunque el árbol al final no lo hemos puesto, porque es del chino y pincha una cosa mala, y tengo intenciones de comenzar el año nuevo con mis dos ojos en perfecto estado y sin verme obligada a vender cupones. A mi marido le pedí, haciendo gala de un optimismo delirante, que pusiera el belén. Mientras lo (perpetraba) hacía, yo pensaba en lo bonita que es la Navidad después de todo. Oigo unos maravillosos villancicos barrocos, huele a canela y azúcar. En esta idílica atmósfera, al salir de la cocina mi imaginación se venía arriba y empezaba a visualizar una preciosidad de belén montado como los que ponen en los casoplones que salen en el "Hola", y a mí misma, monísima, más replanchada que la Preysler y con una copa de cava en la mano.  "La Cuchara Perversa nos abre las puertas de su fabulosa mansión junto a su exclusivo belén napolitano" Tal que éste:
Bonito, ¿verdad?
                                       

Pues lo que me encontré fue ESTO.

La cruda realidad. AAARGHSSSSS.
¡PLOP! Adiós anfitriona monísima. A tomar viento la fabulosa mansión, la copa de cava y el belén napolitano.
-Pero....¡por Dios! ¿Dónde está el portal? ¿Y la estrella? ¡Si había muchas más cosas! ¿Y el musgo para hacer la hierba, qué ha pasado con él?
-Yo qué sé. Deben estar en otra caja, porque no las he encontrado. Yo pongo lo que había y ya está.
Vale. Como se puede observar, no tenemos portal, porque se lo han vendido a un fondo buitre y Jesús, María y José están en la calle.  Hay varios pastorcitos de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca montando una cacerolada. La mula y el buey se han pedido días de asuntos propios. Para compensar, detrás del conjunto están las dos brujas que me traje de Galicia. La taza que tienen delante supongo que es el caldero de las pócimas. La tetera tampoco se han molestado en quitarla de la escena: pa qué. Aunque no se aprecia en la foto, al niño Jesús le falta el brazo derecho, que le ha sido misteriosamente amputado. A San José se le ha caído el cayado y la mano se le ha quedado como agarrotada, en un gesto que parece de muy mala leche.
-José, no te cabrees, que ya verás cómo en Asuntos Sociales nos dan una ayuda para el alquiler y al Niño le ponen una prótesis, que ni se va a notar lo del brazo.
-Mira, María. Yo lo que te digo es que como se aparezca por aquí el apoderado del banco del desahucio, le pongo mirando a Triana. Poner en la calle a las criaturas una Nochebuena, con la pelona que cae.
Y como no hay portal, el angelito que iba de pie en el tejado se ha quedado repanchingado y tumbado al sol, con aspecto de haberse fumado algo (véase esquina inferior derecha) Para rematar el artístico conjunto, uno de los Reyes Magos va montado en un camello sin cabeza, estilo leyenda Sleepy Hollow, aunque en Sleepy Hollow el que no tenía cabeza era el jinete. Qué queréis que os diga. Es un belén bastante aterrador, que quedaría estupendo para una festividad que fusionase la Navidad y el Halloween.
-Hombre, no dirás que no es original- me dice, muy ufano, el autor de la composición.
Efectivamente, no creo que nadie haya hecho ningún truño igual desde que hay memoria. Me estoy acordando del año que, en casa de mi hermana, mis sobrinos hicieron unos pastores de plastilina, pero había una pastora que les salió bastante acromegálica. La llamaban la Tachenka, por el jugador de baloncesto y a todo el mundo le encantaba. A lo mejor me termino encariñando con este Nacimiento de pesadilla. Cuando una ha convivido con marido, dos hijos centrifugadores que lo esparcen todo a su alrededor, perro guarrindongo, jerbos y agapornis asesinos, se insensibiliza y se hace a todo. Me lo podéis creer.
Vamos con la recetilla, que sale muy bien.
Ingredientes para mucha gente:
-Dos kilos de aleta de ternera. Le pediremos al carnicero que la abra para rellenar, que le corte las puntas para dejarla rectangular y que nos pique lo que sobre.
-Un sobre de jamón serrano grande.
-Un bote o dos de pimientos del piquillo. Según tamaño.
-Una bolsa de espinacas congeladas, o dos de las que vienen frescas.
-Pasas y piñones al gusto.
-Dos dientes de ajo.
-Aceite, sal, pimienta y laurel.
-Un par de clavos.
-Un vaso de vino blanco.
-Un tomate grande
-Una cebolla
-Dos zanahorias.
-Cuatro o cinco dientes de ajo adicionales para la salsa.
-Bramante de cocina.
-Un trozo de un metro de malla de carnicero, de la ancha (sobrará pero los extremos se anudan por la punta) Te la dan en la misma carnicería o en la tienda de el Reloj
-Nervios de acero. Los necesitaréis en un momento dado de la preparación.
Hay infinidad de recetas y rellenos para este plato tan clasicón de la Navidad. Yo me fui a una entrada de El Comidista. Mikel López Iturriaga afirmaba que la mayor dificultad de esta receta era meter el canuto resultante en la malla de carnicero sin que te quedara un fistro diodenal. Doy sentida fe de ello.
Primero sofreímos la carne que ha sobrado, picada, con sal y pimienta. Reservamos. Después haremos las espinacas en la sartén, salteándolas con un poco de aceite y los dos dientes de ajo picados y pelados, y añadiendo las pasas y los piñones y un poquito de sal. Reservamos. Luego sacamos la falda, abierta, la extendemos y la pulimos de grasillas o telillas que le queden. Después extendemos por la superficie, de manera homogénea, la carne picada y sofrita. Encima, las espinacas. Luego las tiras de jamón, y por último, una capa de pimientos del piquillo cortados a tiras. Todo bien extendido y sin mezclar. Cuidaremos de que quede una capa encima de la otra, ordenadito y pulcro. Procuraremos dejar libres unos dos centímetros de cada lado. Ahora viene el momento en que vas enrollando la carne, en el sentido de la fibra de la misma, bien apretadita. Se te saldrá el relleno por las puntas, pero no pierdas los nervios. Lo empujas para dentro y le das varias vueltas de bramante a lo largo y a lo ancho., apretando siempre bien. Luego coges el trozo de malla de carnicero y empiezas a intentar meter dentro el fistro. Es como meter un zepelin en una media, y no te preocupes si queda feo y tripón. Luego no se nota. Mi compi del instituto Ana Rosa, cocinillas de pro y autora del blog "El Ajoblanco, cocina malagueña y más", que os recomiendo desde ahora mismo, me dio un truco que al parecer funciona, y es coger un escurridor cilíndrico que sea alto (el de Ikea vale) y poner dentro de él el fistro de pie, y a partir de ahí le vas metiendo la malla. Conseguido este escabroso paso, le hacemos un nudo a cada extremo, bien apretadico, y lo sofreímos tal cual, con malla y todo, en una cazuela donde quepa bien, con un fondo de aceite, dándole vueltas hasta que queda doradito por todas partes. Luego le añades el tomate, la cebolla, la zanahoria, los ajos y el  laurel, agua que lo cubra todo,  el vaso de vino, un polvo de pimienta y los clavos. Y a cocer. Yo lo dejé dos horas a fuego lento. Quien lo sepa hacer con olla exprés, adelante.
Pasado este tiempo, sacamos el morcón y lo dejamos enfriar. Retiramos el laurel y los dos clavos y trituramos el resto con la batidora. Si la salsa está muy líquida, se deja reducir el tiempo que haga falta, hasta que la veamos espesita, y en un momento dado, se puede engordar con una cucharada de maicena disuelta en ella. Cuando el canuto esté frío, se corta en rodajas y se sirve con la salsa calentita. Buenísimo y vistoso. Si con esto la familia no te pone una estrella Michelín, dedícate a otra cosa. O mátales, directamente.


Animo.  Habéis sobrevivido a las diez mil comidas de grupo, ya sólo queda la noche de fin de Año y el roscón de Reyes. Seguro que podéis con ello. Campeones.
Feliz semana. Feliz año nuevo. Feliz vida.....

miércoles, 13 de junio de 2018

MAGRO CON TOMATE

Eso de que la primavera la sangre altera, es a veces una verdad incontestable. Desde que ha empezado, los agapornis se han dedicado con fruición a las actividades encaminadas a la noble tarea de poner huevos a destajo. Esto ha durado hasta el sábado pasado, cuando bajé y me encontré al pobre Joaquín de cuerpo presente, con las patas por alto, mientras Pepa le contemplaba muy contrita desde el palo de arriba. ("Pa lo que hemos quedao").... Todo parece indicar que murió en acto de servicio, ya que hasta ese mismo día se le veía sano como una pera. La pobre Pepa se volvió tan silenciosa y tristona que su legítimo propietario le buscó un sustituto casi de inmediato. Así fue como llegó a casa un pajarillo verde, muy mono, que en cuanto fue introducido en el habitáculo de Pepa, se pegó a ella como una lapa, en un caso fulminante de amor a primera vista. Para que la dicha fuera completa. además estrenaban piso, porque mi hijo decidió que la jaula antigua no reunía los requisitos mínimos de habitabilidad. Así que aparentemente viven felices, aunque no comen perdices (lo cual constituiría canibalismo), sino cañamones. Pero como no hay felicidad completa, ayer llegué a casa y me encontré a Pepa en el pasillo de la entrada, sentada en la estantería sobre Los mejores 100 platos de la cocina regional y piándome con evidente recochineo. Intenté cogerla con bastante poco éxito, hasta que llegó su dueño, que la atrapó echándole un sombrero encima, no sin sufrir un coro de chirridos amenazadores y algún que otro picotazo que no llegó a mayores, gracias a la precaución de usar una manopla de cocina a guisa de guante de cetrería. Pepa es mucha Pepa.  No contenta con ello,  ha encontrado la manera de volver a escaparse, tirando el comedero con el pico, haciendo un remake de "La gran evasión", y arrastrando al nuevo e inocente pollo en su huida. En dos días ya me lo ha maleado. Así que ha habido que reforzar la seguridad de las instalaciones, para que Pepa no siga emulando las proezas del gran Harry Houdini.
Solucionado el conflicto, y en otro orden de cosas, como tengo que probar casi cualquier artilugio nuevo relacionado con la cocina que sale al mercado, hace poco tiempo que le pedí a papá Amazon una olla de cocción lenta. No, no una de cocción rápida. Aquí se trata de que tarde. El chisme éste consiste en una cazuela que va sobre una resistencia y cocina los platos durante horas, a temperatura bajísima, sin que llegue a hervir, con lo cual consume muy poco, de manera que los guisos salen prácticamente confitados y las carnes tiernísimas. Aunque reconozco que lo que a mí me hace mucha ilusión es esa chorrada de irme a dormir y que la olla cocine ella solita, y levantarme por la mañana y encontrarme el plato guisado. Eso sí, luego hay que reducir un poco la salsa, porque prácticamente no evapora, aunque se recomienda no poner más líquido que el justo para cubrir. Bueno, pues la cuestión es que yo estoy muy contenta con el invento. Hace unos confitados y escabechados espectaculares y es genial para las legumbres. Concretamente,  de carne, me salió un magro con tomate exquisito. En la olla, el tema se limita a echar todos los ingredientes y programarla. Del modo corriente, va tal que así:
-Un kilo de carne de magro en trozos pequeños. (yo puse lomo, que tiene menos grasa, para no tener que hacerle la autopsia a cada pedacito)
-Una lata de tomate o un kilo y medio de tomates naturales, si es temporada. Si no lo es, olvídate, y remítete a la lata, que es un valor seguro.
-Una pastilla de caldo.
-Una cucharada de azúcar.
-Un espolvoreo de pimienta.
-Medio vaso de vino blanco.
-Una hoja de laurel.
-Pan de buena calidad, para hacer barcos tamaño acorazado Potemkin. Sí. Lo necesitaremos.
Sofreímos la carne en un fondo de aceite. Si usamos tomates naturales, los trituramos y pasamos por el chino para quitar las pielecitas y demás guarrerías desechables. Añadimos el resto de los ingredientes y ponemos todo en una cazuela a fuego muy suave, de manera que se vaya haciendo muy despacio, hasta que veamos que el tomate está ya trabado. El tiempo dependerá del agua que tenga el tomate, claro. Yo se lo pude todo a la olla de cocción lenta y me fui al sobre. El olor de la cocina al día siguiente me hizo pensar que seguía soñando....
Como todos los guisos, está mejor de un día para otro. Entonces se sirve uno una ración al gusto y se corta un viaje bueno de pan. Y ya, si lo acompañamos de una sartenada de patatas fritas, accederemos directamente al estado de samadhi, en que uno siente que funde todo su ser con el universo. Como podéis apreciar, me he vuelto de un espiritual desde que hago yoga.... Sobre todo habiendo salsa de tomate y patatas de por medio.

Y es que hay que coger fuerzas para el verano y como decía no sé quien, platónico viene de plato. Pues eso. Que seáis muy felices haciendo barquitos.
Feliz semana.

miércoles, 4 de abril de 2018

PASTEL DE CARNE

Me encuentro últimamente traída de vuelta a la infancia. En parte, porque aún tengo una costra tremebunda en la rodilla, producto de la costalada en la cinta de correr, como en mis mejores tiempos del recreo. También, porque los recuerdos van cobrando colores más vivos a medida que vas acumulando tacos de calendario y te conviertes en la abuela Cebolleta. Y además porque esta semana, concretamente, tengo una comida con mis compis del colegio. Se ha creado el grupo de whattsapp de rigor lleno de fotos antiguas y de "¿te acuerdas?" Todo me hace mucha ilusión. Recordando, llego a una tarde de segundo de parvulitos, tenía yo cinco años, leyendo en la pizarra una frase gloriosa sobre que "Las tropas del Generalísimo Franco finalmente entraron en Madrid". Sí, ya leíamos; pero vaya unas cosas para iniciarla a una en la lectura, qué pena, por Dios. Yo no tenía ni idea de lo que era una tropa; a mí me sonaba como trapo, lo cual generaba una imagen mental bastante surrealista. Franco sí sabía quién era. era ese señor tan serio y con voz de pito que salía por las noches antes de que se terminara la programación de la tele, y en los telediarios y en los NoDo. Salía en todas partes, en general (ísimo), acompañado a veces de una señora que parecía tener una cantidad inusual de dientes.  Tenía que ser cansadísimo ser tan ubicuo, desde los medios de comunicación hasta las lecturas de las pobres niñas de parvulitos. Me acuerdo particularmente de ese día, no sé por qué. Después de la lecturita, teníamos que hacer líneas en las cartillas Rubio. Mi mamá me ama. Mi mamá me mima. Enriqueta come queso. Ya sabéis. Pero como todavía éramos muy pequeñas, teníamos renglones y renglones por hacer de letras sueltas. Esa tarde yo estaba hasta las narices de los renglones de letra "o", la que traía esa especie de boina en la parte de arriba (caligrafía de letra inglesa, como Dios manda). Estaba negra, porque entre la dichosa boina y que había que hacerlas todas iguales, no daba una. Me pasaba como hoy con las croquetas: las primeras salían menuditas, monas y parejas, y las últimas gordas, deformes y retotolludas. Con la tarde tan buena que hacía ahí afuera. Así que rematé el asunto haciendo una "o" gigante que llenaba todo el resto de la página. Una ya entonces era de economizar recursos. Entonces, mi monja, con su acento de al norte de Despeñaperros como todas las monjas de mi colegio, cogió mi cartilla y afirmó que eso de hacer una "o" como una catedral no auguraba nada bueno para mi futuro, y llamó a mami a capítulo.
-¿Y la monja para qué quiere hablar conmigo? ¿Tú has hecho algo?
-No, mamá- afirmé faltando completamente a la verdad.-  Es "mala". Yo quiero escribir como a mí me sale y ella me obliga a hacerlo con la otra mano.
Porque yo, como tantos alumnos de mi generación, soy zurda reeducada: aún hoy dibujo con la mano izquierda y puedo escribir con ambas si quiero. Pero eso de ser "zocata" estaba muy mal visto, porque la mano izquierda era la mano del demonio y nadie que escribiera con la izquierda llegaría nunca a nada. Eso lo sabían en mi colegio hasta los gatos.  Eran tiempos en que eso de la izquierda, ni para escribir. Mi madre, pese a no ser muy leída, no veía bien, sin embargo, que me obligasen a escribir con la derecha. Porque, como ella le dijo a la monja en la posterior entrevista:
-Mire usted, madre.... que si mi hija es floja y hace las "os" muy gordas, pues usted me la corrige y le pone toda la cartilla que le tenga que poner, faltaría más. Pero haga usted el favor de no obligarla a escribir con la izquierda, que luego los chiquillos se quedan alterados y les salen traumas. A ver si se me queda tonta la niña, vamos.
Mi monja, que de pedagogía andaba bastante raspada, contestaba muy fina y muy tiesa: (Voz de colegio privado)
-Pues mire, señora, es que a las niñas hay que corregirles los VICIOS. Y eso es un VICIOOOO y una COCHINADAAAA, porque al escribir con la izquierda van con la mano por detrás del boli y se emborrona todo (cosa que reconozco que es cierta). Y, además, hace muy feo. Y no querrá usted que a su hija la señalen por COCHINA. Vamos, digo yo....
A lo cual mi doña Pepa, con la cresta alzada cual cacatúa a punto de soltarte un picotazo, contestaba aún más fina y más tiesa: (Voz de muy señora-pero-no-te-escantilles-mucho-que te meto)
-A mi niña "nadie" la puede llamar COCHINA, porque sepa "usted" que en su casa somos MAS LIMPIOS QUE EL JASPE. Pero que a los niños los traumatizan si se les contraría la mano, eso lo sabe TODO EL MUNDO.  Y usted lo DEBERIA SABER, como maestra que es. Así que me deja usted tranquila a la niña, madre. Si me hace el favor.
Tras aquel poco cordial encuentro, por supuesto, la monja hizo lo que le dio la gana y me siguió haciendo escribir con la izquierda. Así he salido. Los temores de mami quedaron al parecer justificados.  Ahora que lo pienso, es una circunstancia que debería haber mencionado a mis sucesivos terapeutas. Quizá eso lo explique todo. Como que tenga que pensarme qué está a la izquierda y qué está a la derecha y que tenga ciertas dificultades para la orientación espacial, lo cual influyó no poco en que (afortunadamente para el mundo) no consiguiera sacarme el carnet de conducir. En conclusión, quizás sí me quedé un poco tarada. Muchas gracias de corazón, madre Paula.
Hoy pongo una receta que no pertenece a mi infancia, pero sí a la de mis hijos. Buena y resultona.
Ingredientes:
-750 gramos de carne picada mitad cerdo y ternera.
-1 huevo.
-Medio vaso de vino blanco.
-2-3 cucharadas de pan rallado.
-2 dientes de ajo picados.
-Un manojo pequeño de perejil.
- 150 gramos de jamón serrano.
-50 gramos de piñones.
-Sal, pimienta, orégano.
-Tiras de bacon.
Precalentamos el horno a 200º. Mezclamos en un bol la carne picada con el huevo, el vino, el pan rallado, el ajo,el perejil picado, el jamón cortado en trozos, los piñones, la sal, y el orégano. Nos tiene que quedar manejable, como la masa de las albóndigas. Es decir, que no se nos deshaga, pero que tampoco esté como un adoquín. Si está muy blandurrio se puede poner algo más de pan rallado.
Cogemos un molde rectangular, como los de plum-cake, le ponemos un papel de horno y lo forramos por encima con las tiras de bacon, de manera que sobresalgan los extremos por fuera del molde, A continuación ponemos dentro la masa de la carne preparada, apretando bien para que esté compacto y que no queden huecos, y doblamos por encima los extremos de las tiras de bacon. Lo ponemos al horno entre 45 minutos y una hora, iremos pinchando y cuando salga el líquido transparente es que ya está hecho. Dejamos enfriar dentro del molde y luego lo sacamos, cortándolo en lonchas. Podemos servirlo con salsa de tomate o con mayonesa en frío. Le suele gustar a los niños. A los míos, con todo lo chinches que eran con la comida, les encantaba. Por este motivo lo he tenido siempre como uno de mis platos estrella anticonflicto. Es decir, para los días de energías particularmente bajas en que no me quedaban fuerzas para oir algo como: "¿¿¿Verdura otra vez??? ¡¡¡Jooooo!!!!" y, como mala madre de pro, les servía el invento acompañado de patatas fritas, dejando las judías verdes en la nevera. 

Feliz semana de primavera a todos.....

miércoles, 15 de noviembre de 2017

POLLO AL AJILLO

Me gusta cocinar pollo. Lo hago con cierta frecuencia y de muchas maneras, pero tengo que admitir que, en mis inicios guisanderos, no me llevaba nada bien con él. Hubo un tiempo en que pasaba muchos fines de semana en casa de mi hermana y normalmente nombrábamos a algún adulto en compañía de alguno de los niños para preparar el plato que eligiéramos. Por lo general, del recetario de doña Simone Ortega  Una de esas veces me tocó hacer con mi sobrina un pollo al horno. Así que encendimos el horno, muy dispuestas, y empezamos a seguir la receta.... hasta que de pronto, veo a mi sobrina tirada por el suelo de risa:
-Niña, ¿de qué te ríes?
-Jijiji..... que al final de la receta pone que le tienes que meter al pollo un limón por el...... ¡Jajajaaaa! ¡YO NO PUEDO!
-¿Pero eso cómo va a ser? ¡ESO no puede caber en la vida! ¡Trae para acá!
Porque, a ver. Yo tenía pocos conocimientos de anatomía avícola, pero me daba a mí que iba a estar complicado lo del limón, que además tenía que ir acompañado de un cubito de caldo. Además, un limón bueno, de estos de Cártama, calibre pomelo. Al final, terminamos poniendo al pollo con el cuello para arriba, dándole unos artísticos golpes para que aquello encajara; pero nada: la mitad del limón se quedó fuera, y entre eso, y que no le atamos las patas al pollo, salió con muy mala vista: los alones y los muslos espaventados, como pidiendo auxilio, y el limón..... en fin. 
Visible.
Lamento ser tan escatológica, pero es que no lo sé explicar de otra manera.  Nos lo comimos, que rico sí estaba, y lo bautizamos como "pollo al Pasaje del Terror". Rematando con razonables sugerencias hechas demasiados tarde  ("¿Y si hubieras "troceado" el limón, hija?") Fin de mi primera experiencia con el bicho entero.
El segundo contacto con la anatomía del pollo vino un día que mi madre estaba mala pero tenía en la nevera un pollo para guisar: mi tía subió de su casa para explicarme cómo limpiarlo y apañarlo, pero; en un exceso de afán didáctico, empezó a sacarle los entresijos y a explicarme lo que era cada uno:
-Mira, ten cuidado de no romper la hiel, que es esto verde, porque te lo estropea todo.... este pollo se ve que es de campo, mira, mira.... tiene grano en el estómago.....
A estas alturas de la autopsia yo estaba ya con mi propio estómago bastante revuelto:
-Tita.... de verdad, ¿nos podemos saltar esa parte y llegar a cuando se pone en la cazuela?
En fin, que le cogí un asco horroroso, y a partir de ese momento no quise volver a ver nada que recordara ni remotamente al bicho entero. Ay, las incongruencias de los carnívoros...... Muchos años más tarde, ya ingresada de pleno derecho en mi familia política, pude asistir en directo a la preparación del pollo trufado que es un clásico de la Navidad, y cuya receta creo que nunca pondré, aunque está riquísimo, porque me confieso totalmente incapaz de llevarla a cabo. Yo me quedaba completamente fascinada viendo a mi suegra o a alguna de mis cuñadas cogiendo uno de esos pollos del pueblo, del tamaño de un pterodáctilo, e irle sacando con mucho cuidado los huesos, a base de paciencia y punta de cuchillo, dejando la carne con la piel, a modo de pijama enterizo, para su posterior rellenado. No le hacían ni un solo roto y todo el proceso se llevaba a cabo con precisión quirúrgica; mira que yo me llevo bien con mi familia política, pero desde luego, a partir de ese día, tuve muy claro que con gente que maneja así los cuchillos, es mejor hacer un esfuerzo adicional para mantener las buenas relaciones. (Elena, que es broma....)
Mi hermana me pidió una vez esa receta, pero como ella, al igual que yo, no sabía deshuesar el pollo, se lo encargó al carnicero. Y nada que ver:  el pobre animal traía la piel con más agujeros que las víctimas de Al Capone el día de la matanza de San Valentín. 
Nos quedamos mudas verificando el desastre.
-¿Y ahora qué hacemos?
-Trae el costurero para acá, que a éste lo apaño yo. Somos mujeres de recursos.
Y mientras mi hermana preparaba el relleno, yo me dediqué a hacerle a la perjudicada ave unos artísticos remiendos post mortem. Así que, ya lo sabéis, familia: una de las pasadas Nochebuenas comisteis pollo zurcido. Pero como luego había que prensarlo y luego cortarlo en rodajas, nadie lo notó. Y bien rico que estaba. ¿A que sí?
Leo todo esto y me pregunto cómo puedo seguir cocinando pollo..... La vida me ha insensibilizado de un modo abyecto, sin duda alguna.
En cualquier caso, esta receta de hoy es muy rica, y la previa deconstrucción del animal en manos de un carnicero experto te quita cualquier reparo. Así que apuntad por ahí:
Ingredientes:
-Un pollo troceado, sin piel.
-Dos cabezas de ajo. O más.
-Una cebolla
-Un vaso de vino blanco.
-Tomillo y romero seco, una cucharada de cada. Si lo hay fresco, una rama de cada..
-Un cubito de caldo.
-Pimienta negra molida.
-Uno o dos clavos enteros.
-1/2 vaso de zumo de limón.
Primero, se saltean los trozos de pollo en una cazuela con un fondo de aceite. Se pela una de las cabezas de ajo y se trocean los dientes, pero poco, la otra se deja tal cual, simplemente separando los dientes y chafándolos un poco. En la cazuela del pollo se ponen los ajos, la cebolla picada fina, el vino, el tomillo y el romero, el cubito de caldo, la pimienta, el clavo y el limón, y agua que lo cubra todo. Se pone a cocer a fuego medio más o menos una hora, o hasta que la salsa se haya quedado en poco más que el aceite y los ajos.

En compañía de unas patatas fritas es completamente insuperable Siempre me acuerdo de las historietas de Carpanta (ay, aquellos tebeos....) y lo que soñaba el pobre con los pollos volando. Así que nosotros no nos quedemos con las ganas.
Feliz semana.

miércoles, 22 de febrero de 2017

ESTOFADO TIPO CASA MATIAS

Hoy, queridos amigos y contertulios, toca Especial Abuela Cebolleta. Como mucha gente de mi generación, quizás como muchos de vosotros, a veces siento que el mundo se ha vuelto un lugar muy extraño. Cuando era pequeña, te enseñaban que había que cuidar el lenguaje. Que había que hablar y escribir lo mejor posible. Que las faltas de ortografía te delataban como un cenutrio impresentable que nunca llegaría a nada en la vida. Hoy, parece que la corriente actual es "en verdad vieo, pooozizeentiende.....", pues como se entiende, ya está.  También está la variante de quien quiere ser muy fino, pareciendo avergonzarse de su acento, y se esfuerza en hablar marcando las eses, muchas veces donde no tocan, costumbre que presenta un extraño efecto colateral: se te pone boca de culo de pollo. Comprobadlo. Las patadas al diccionario florecen como los naranjos en primavera. Ya no hablo de que te pongan en un WhatsApp "K ase?". Hablo de que lees un escrito de un compañero, donde te hace saber que "mi cliente intentó llegar a un acuerdo con el contrario, "haber" si se arreglaba" (el entrecomillado es mío). O, en el cartel de un promoción en una conocida zona residencial de Málaga,  donde se anuncia la próxima construcción de "lujosos áticos ABUARDILLADOS". O esa vez, hace ya tiempo, que un periódico puso en el titular de un artículo algo tal que "Se dispara el importe de los COMBITES de bautizo", muy conocedor, el autor del mismo, eso sí, de que después de la "m" se escribe "b". Luego está la vertiente de sufrimiento auditivo, cuando es el oído el que aúlla, y no los ojos los que te saltan de las órbitas, como el día que llegó una compañera muy sulfurada quejándose de las "ínsulas" que tenía un abogado, aunque sospecho que no hablaba de sus posesiones territoriales. O cuando el cliente te reconoce que los recursos con que cuenta son el "suicidio" de desempleo (y no, no haré el chiste de cajón, porque más que humor negro, sería una crueldad inaceptable), y que le dio un "cimpomcio" cuando recibió la demanda; no un simple soponcio, que es una cosa de nada en comparación.  O cuando una conocida te comenta, muy orgullosa, que está muy contenta porque ha comenzado la "pasantería" de abogado. Aigghhhhs.
Y luego está la corrección política, Señor, que es para echarle de comer aparte.  La corrección política, unida al desconocimiento del propio idioma, combinación que suele ofrecer resultados mortales de necesidad. Hace poco asistí a unas jornadas sobre un tema profesional de mi interés, sin sospechar en lo mucho que, encima, me iba a divertir. Las ponencias eran sobre unos temas competencia de la Junta, con lo cual la exposición se alargó una barbaridad, porque, como se tenía que hablar de alumnos y alumnas y profesores y profesoras y jueces y juezas (este último término, muy incorrecto, por cierto, aunque lo haya acogido la Real Academia; véase "género epiceno"), pues tardaba el doble en acabar. Era como una misa de las largas, para que os hagáis una idea. Y llegó el momento que tenía que llegar. El momento en el que el ponente dijo, literalmente, ya completamente venido arriba, en la misma línea de -os/as:
-Porque las colegas y los colegos....perdón... las colegas y los colegas.... perdón.... los...  estoooo....creo que he perdido el hilo....
Pues hubo gente que no se dio cuenta del gazapo: lo vi por la imperturbable cara de haba que conservaron en todo momento. Yo tiré el boli al suelo, para agacharme y reírme a gusto: la vida te regala a veces momentos impagables. Me acordé de esa vez que, estando en parvulitos, nos fueron preguntando cómo eran las parejas de animales, y claro, fueron empezando por lo fácil. El perro y la perra. El gato y la gata. El oso y la osa. Esto está chupao, pensé yo, y cuando me tocó el turno, solté, muy ufana:
-El caballo y la caballa.
El pitorreo fue infinito, como podéis imaginar; quizás por eso estoy tan sensibilizada con el tema, qué le vamos a hacer. De todos modos, lo de no hablar bien tiene su punto: cuando un cliente te dice que eres telaenrolláperita, pues también se agradece, hombre....
Continuando con las antiguallas de otro tiempo, además de eso del buen hablar, hace un par de semanas leí en el "Sur" un artículo sobre tapas famosas de locales de Málaga, entre las que se encontraba el famoso estofado de "Casa Matías", por el que la gente iba expresamente, y, al parecer, llegó el momento en que tuvieron que racionar el pan, porque, a fuerza de hacer barquitos, la gente almorzaba con una tapa. Este estofado es muy parecido al corriente, sólo que las especias que se le ponen son las de los pinchitos, que le dan un punto verdaderamente especial. Yo lo hice, y también nos quedamos casi sin existencias de pan. Está buenísimo. Aunque esté mal que lo diga.
Ingredientes, según mi versión:
-Un kilo de carne de ternera para guisar, en trozos.
-Medio kilo de alcachofas.
-Tres zanahorias.
-Una lata de guisantes.
-Una cebolla.
-Un par de tomates maduros.
-Cuatro dientes de ajo.
-Una hoja de laurel.
-Un vaso de vino blanco para guisar.
-Dos pastillas de Avecrem.
-Un poco de pimentón.
-Una cucharada hermosa de especias para pinchitos.
-Aceite.
-Patatas para acompañar. Yo las considero imprescindibles.
Ponemos un fondo de aceite en la cacerola y sofreímos la carne. Cuando ya está toda salteada, le añadimos las zanahorias en trozos, las alcachofas limpias en cuartos, el tomate, la cebolla y los ajos. Añadimos el vino, el laurel y las especias, y agua que lo cubra todo. Ponemos a fuego medio. Cuando haya pasado una hora o así, sacamos los tomates y la cebolla, los pasamos por la batidora y lo volvemos a añadir. también en este punto ponemos los guisantes. Se pone a fuego medio-bajo al menos otra hora. Vigilar que no se quede sin líquido. Es importante dejarlo cocer despacio, a fuego lento, porque así es como se liga todo y queda trabado, un estofado nunca tiene que parecer una sopa.
Se fríen patatas a voluntad para acompañar. Yo se las pongo dentro al estofado y las dejo cocer un poco todo junto para que coja los sabores. Si en este punto sale rico, al día siguiente esto es una fiesta. Y acordaos de que no falte pan de miga.

Feliz semana a todos y a todas y a todo lo que se mueve, que no nos dejemos a nadie...

miércoles, 2 de noviembre de 2016

TERNERA CON PIMIENTOS Y SALSA DE OSTRAS.

Cuando te conviertes en madre tras el trámite hospitalario de rigor, que no describiré, (de nada) y te llevas a tu flamante criatura a casa, al llegar tienes la impresión de que te han tirado de un avión y has aterrizado en un territorio ignoto: tu casa es tu casa, pero no. Tu vida es tu vida, pero no lo es. Te han injertado una diferente dentro de la tuya y de repente ya no te acuerdas ni de quién eras, y mucho menos de cosas como eso de salir de noche. Incluso cuando sales de día estás tan catatónica por el batacazo hormonal y por la falta de sueño, que te ha bajado el coeficiente intelectual cincuenta puntos y tampoco te enteras de nada. De hecho, es lo más parecido a vivir drogado que he experimentado en mi vida. Poco a poco vas volviendo en ti, y cogiendo rutinas nuevas, y descubres que en realidad puedes volver a dar paseos, que el carrito no es tan incómodo de llevar y que hay bastantes posibilidades de que si te sientas en una terraza, el enano se te duerma un rato, o te duermas tú, y el mundo se vuelve perfecto. Has vuelto a encontrar el equilibrio. Pero esta época sólo dura hasta que tu niño empieza a andar y descubre lo embriagadora que es la libertad, y lo divertido que es destrozar todo lo que está al alcance de tu mano y tener a mami desrriñonada corriendo detrás de tí. A veces, la paz se termina mucho antes de que llegue ese momento, como relataré más adelante. Y las salidas se complican. Ir a comer fuera se convierte en una operación militar calculada al detalle. Llevas una bolsa con pañales, con una muda, dos cuentos, una bolsa de piquitos de pan y una caja de lápices de colores. En aquel tiempo aún no se habían inventado las tablets, así que no podíamos idiotizar al niño con el Pocoyó un rato para que te dejase comer en paz. (Lástima)   A pesar de todo ello, a veces sucumbíamos a la nostalgia de Cuando Eramos Adultos Normales, y nos arriesgábamos. La vez que yo he comido más deprisa en mi vida no fue en un Mac Donald, por increíble que parezca. Fue en un restaurante chino. Era un domingo soleado e idílico. Todo era calma, sentamos al niño, entonces único, en su sillita y pedimos nuestros platos. Y cuando ya lo habíamos pedido todo, la criatura miró a su alrededor, abrió la boca y comenzó a aullar como una furia.  El camarero vino y le trajo una piruleta, que le fue arrojada a la cara entre convulsiones demoníacas y un aumento del volumen. Le trajo sucesivamente un abanico y un almanaque de colorines, que corrieron la misma suerte, así como los lápices de colores, los cuentos y los piquitos, todo lo cual tuve que ir recogiendo de un radio de cinco metros, y de encima de alguna mesa cuyos ocupantes no parecían muy contentos. Intentamos toda la batería de recursos: 
A) Cantar la canción de los Teletubbies (Aumento considerable de volumen:¡¡¡AAAARRRGHHHHHHHH!!!!)
B) Hacerle el "ricotín, ricotán" (mordisco en la mano)
C) Sacarle fuera en el carrito (en cuanto entraba otra vez, vuelta a empezar)
D) Como medida desesperada, bailarle los "Pajaritos por aquí, pajaritos por allí", en público. (Sí, hasta ahí llegas a rebajarte. Cierto éxito; pero sólo cinco segundos de silencio. No compensa.)
Todo el restaurante nos miraba; sentía el odio colectivo resbalar en oleadas sobre nosotros. Es horrible cuando estás en un sitio donde sabes que todo el mundo quiere que te vayas. Viendo que por la parte de la criatura no había nada que hacer, hicieron con nosotros lo que nunca he conseguido en ninguna otra ocasión: previa deliberación, nos trajeron todos los platos a la vez, antes que a nadie. No protestó ni un solo comensal. Creo que nuestra estancia no llegó a los quince minutos. Comimos como pudimos, pagamos y nos fuimos bajo el peso del bochorno más atroz. Aunque no puedo asegurarlo, juraría que oí aplausos a nuestras espaldas. En cuanto entramos en el coche y pusimos a aquella fiera corrupia en su sillita, cerró los ojos y se quedó roque, tan mono él, y no volvió a dar un ruido hasta dos horas y media después, en que se despertó de muy buen humor, haciendo unos ruiditos adorables. Angel de Dios.
Como todo llega, llegó también el momento en que, aumentada la familia al censo actual, crecieron lo suficiente para permanecer diez minutos sentados, durante los cuales tenias que aprovechar para hacerles comer como a las ocas del foie-gras, y después se pasaban el resto de la comida revolcándose debajo de la mesa, que conseguimos que por lo menos fuera siempre la nuestra propia y no alguna ajena. Más tarde, nos atrevíamos incluso a quedar con nuestro grupo de amigos de siempre, que tenemos todos los hijos más o menos de la misma edad. Esas veces, elegíamos alguna venta, o algún chiringuito al lado de la playa para que los enanos se oreasen por ahí y nosotros pudiésemos comer con una relativa tranquilidad. Cuando los recogíamos a todos, los niños de mis amigos estaban algo sudorosos y despeinados, pero presentables. Los míos estaban emborrizados de arena, fango o tierra, según el emplazamiento, hasta el pelo, y con algún que otro siete en la ropa. La cara ni se les veía al través de la mugre, pero no cabía la menor duda: eran los míos. Siempre. Literalmente incapaces de mantenerse alejados de cualquier forma de porquería, se presentase ésta bajo la forma de arena, barro, pintura fresca o cualquier otra cosa similar o peor, como la vez que fuimos a comer a una venta donde tenían una cuadra con caballos. Sí, esa misma sustancia que tenéis en mente. Tuvimos el coche lleno de moscas tres días. Una vez, en pleno invierno, fuimos a comer a un restaurante de playa con otros amigos que a su vez traían a unos suyos a los que no conocíamos, todos ellos muy circunspectos y formales y cuyos hijos ya habían rebasado ampliamente la edad del enguarrinamiento. Cuando fuimos a buscar a mis niños para que comieran, nos encontramos con que se estaban bañando en el mar, eso sí, decorosa y completamente vestidos. No era la primera vez que ocurría, por cierto, y como una no se hace ilusiones, previsoramente llevaba no una, sino dos mudas en el coche, pero no pude evitar que les vieran. Las caras de aquella familia eran un poema. Uno de sus miembros dijo, con la nariz muy alzada, algo así como:
-Mis hijos "jamás" han hecho algo semejante.
Maldigo mi buena educación, porque lo que me pedía el cuerpo era contestar algo tal que:
-Porque no se les habrá ocurrido. Será que te han salido algo "retrasadillos".
Hay que fastidiarse, hombre.
En fin, de algún modo he sobrevivido a la vergüenza infinita inherente a la condición de madre, y he llegado hasta aquí sin que me haya tragado la tierra, por mucho que lo haya deseado en ocasiones. Desde entonces me he acordado muchas veces de aquel día del restaurante chino. Y como este plato siempre me ha gustado mucho, me he decidido a buscar la receta y prepararla de un modo más o menos aproximado:
-1/2 kg. de filetes de ternera.
-4-5 pimientos verdes
-Media cebolla.
-Un ajo
-Jengibre en raíz. No vale en polvo.
-Una cucharada de salsa de ostras, la venden en las grandes superficies y dura la vida entera.
-Salsa de soja.
-Caldo vegetal, puede ser de brick.
-Una cucharada de Maicena.
-Aceite de sésamo. No es imprescindible pero sí muy recomendable.
-Tallarines de soja o de arroz para acompañar.
Se cortan los filetes en tiras finas y se tienen un par de horas macerando en salsa de soja. Se escurren y se saltean en una sartén con un fondo de aceite de sésamo o de oliva. Se sacan y reservan. En el mismo aceite, se cortan las verduras en tiras y se saltean. Se añade la carne. Se disuelve la Maicena en medio vaso de caldo y se vierte por encima del conjunto. Se ralla un poco de jengibre y se añade, junto con la salsa de ostras. Se le da a todo un hervor unos diez minutos; la salsa debe espesar, y se prueba y rectifica de sal si hace falta.
Se sirve acompañado de los tallarines, preparados como pone en el paquete, que normalmente es escaldándolos unos minutos en agua muy caliente. Y se disfruta.

No os quejaréis. Además de la receta, ya os he dado buenos motivos para que me  podáis poner como hoja de perejil, por haber criado a unos cochinorros semejantes. Pues que sepáis que ahora incluso se duchan a diario, y dan los buenos días y son hasta presentables. No, yo tampoco sé cómo ha ocurrido, a decir verdad. Pero si me leyese alguien que aún no ha llegado hasta ahí, le mando un mensaje de esperanza.  Los niños crecen, y tú sobrevives. Pero ésta, ay, es otra historia...
Feliz semana a todos.

miércoles, 8 de junio de 2016

SOLOMILLO AL P. X. Otra de carnaza y experiencia sobre las tablas.

 Un año más nos encontramos en pleno tobogán cuesta abajo, -si bien más lenta de lo deseable-, para las vacaciones. El curso escolar pega los últimos coletazos, y muy pronto llegará la tarde en que mi calle se llenará de coches aparcados y de niños con disfraces diversos, acompañados de estresadísimos padres del artista, para la fiesta de fin de curso. Tengo ya muchas fiestas de fin de curso a mis espaldas, y mucho de todo, en general, como madre, y también como alumna. Porque, créase o no, hubo una lejana época en que lo fui.
En 7º de EGB me tocó hacer un papel en  "Pulgarcito". Era muy cómodo, porque no tenías texto: todo lo iba contando un disco, y tú sólo tenías que hacer los gestos correspondientes, como en el cine mudo. ¿Os acordáis de esos LP de "Cuentos clásicos" o "Cuentos de siempre" o similar, de cuando a los niños les gustaban los cuentos? En esta ocasión, la supuesta gracia de la obra era la puesta en escena, porque todo había que hacerlo al contrario de lo que contaba aquella increíblemente cursi narradora. Pulgarcito era la niña más larga de la clase, el ogro, la más bajita; los pajaritos, dos chicas también de muy buena talla, y las miguitas de pan que Pulgarcito iba dejando para encontrar el camino, eran tarugos de media barra de viena. A vuestra segura servidora le tocó hacer de rey, que, lo único que hacía era pagar la recompensa a Pulgarcito por darle matarile al ogro. Por algún inexplicable motivo, el rey, en el disco, se llamaba Tranquilo y era un tontaina que se pasaba el día durmiendo; vamos, que de gobernar, poco, y eso que sacaba el reino. Así que el papel antagónico consistía principalmente en actuar espasmódicamente, más o menos como si me hubiese puesto hasta las trancas de speed  y Red Bull para irme a la ruta del bacalao.
Tan selecta representación tuvo lugar en el Palacio del Cine, en calle Mármoles, porque mi colegio, que yo recuerde, no tenía salón de actos propiamente dicho.. La caracterización y maquillaje se delegaba en el entorno familiar de cada personaje, con lo cual íbamos cada una de su padre y de su madre, tal y como podéis imaginar.
Para vestirme de rey, se le ocurrió a doña Pepa encasquetarme el traje de novia de mi hermana, que se había casado tres o cuatro años antes, cuando la moda para novias era bastante minimalista. Básicamente daba el pego, porque era un traje recto, sin cola ni nada. Demasiado sobrio para los gustos de mami, que se empeñó en hacerme una limosnera de tul y lentejuelas, a pesar de todas mis objeciones ("¡en algún lado tendrá que guardarse el rey la recompensa, niña! ¿o te vas a sacar los dineros del canalillo, como la del puesto del pescado?"). Ya imparable en su entusiasmo como responsable de atrezzo, también se le antojó cogerme los rulos para hacerme unos atroces tirabuzones sobre mi ya rizado pelo, y en darme dos o tres  generosas manos de base de maquillaje aceitoso color Atardecer en las Praderas de Manitú, ignorando mis encendidas protestas:
-Niña, que tú de esto no tienes ni idea. Que luego con las luces del escenario se come el color y vas a parecer una muerta. Tú hazme caso, que estás muy bien.
-¡Mamá! ¡Lo que parezco es un árbol de Navidad! ¡Me "reluce" la cara y además, sin las gafas no veo ni torta!
-Nada. Tú te callas. ¿No eres el rey? Pues se te tiene que ver bien. (Posteriormente me confirmaron que, efectivamente, se me veía muy bien la cara: flotando con luz propia en la oscuridad, igual que en el teatro negro) Además,  todos los reyes del teatro tienen los pelos rizados. Hasta los Reyes Magos. ¿Y dónde has visto tú un rey con gafas? Lo más feo del mundo, vamos.
Resignada a lo inevitable, me marché al colegio,  sufriendo por el camino, que por suerte era corto, bastantes miradas de escarnio, y, ya en el colegio, lo más grande de pitorreo:
-¡Anda! ¡La Sissi emperatriz!
-¡Vaya pelos de escarola que te han dejado en la peluquería.... dame la dirección para que "no" vaya, hermosa!
-¿Y el bolsitooooo? Ay, no. Que me he equivocado, ¡que es la talega del pan!...¿Ande vas con esooo?
A ver. Yo he sido siempre una persona muy pacífica. Pero, como a todas las personas pacíficas, cuando se te ahúma el pescado, el cabreo no conoce límites. Ciega de ira, quise tirarme contra algunas de las guasonas, lo cual me impidió la señorita Pili, que era la directora de escena:
-Tú no hagas caso, mujer. Que estás muy.... muy... propia. Anda, que vamos a hacer el último ensayo.
Llegó mi parte, que desempeñé con verdadero sentimiento:
-Mmmm... A ver, que tampoco hace falta que nos hagas el baile de San Vito. Con que parezca que estás un poco nerviosa, ya vale. Que..... ¡¡¡Vamos a ver!!! ¿Quieres dejar de "hacer el tonto"? (Hastiado suspiro) Señor, dame paciencia... vamos para allá, y que sea lo que Dios quiera...
Por supuesto, estaba sobreactuando a más no poder, pero, a esas alturas, embriagada por el veneno de la escena, nada podía detenerme: para una vez que tenía permiso para hacer el chorras en público, no la iba a desperdiciar.  En conjunto, la representación salió muy bien, aunque hubo algún que otro imprevisto: cuando a Pulgarcito le tocaba dejar las miguitas de pan en el suelo (¿Qué haré, pobre de mí, solo y perdido en el bosque? ¡Ah! ¡Ya sé! Dejaré un rastro que me ayudará a encontrar el camino) , tras hacer los correspondientes y ampulosos gestos de desesperación, se dedicó a lanzar las miguitas/chuscos de pan duro con tanto ímpetu, que los pajaritos no alcanzaron a interceptarlos todos para comérselos y alguno le cayó a una señora de la primera fila: ("¡Niñaaaaa! ¿De cuántas semanas guardáis el pan en tu casa, malas puñalás te den?") Por otra parte, las que hacían de arbolitos del camino estaban envueltas hasta abajo en cartón ondulado para figurar el tronco, y no podían andar, de modo que las que representaban a los pajaritos tuvieron que ayudarlas a entrar a escena y luego a salir, creando un efecto un tanto extravagante  Como remate de tan conmovedora historia, yo salía al final, para recompensar de una puñetera vez al pobre Pulgarcito, que lo había estado pasando fatal durante toda la obra,  acompañando mi aparición de la correspondiente dosis de visajes y esparajismos, exagerados hasta la imbecilidad. Culminé la actuación con un gesto tan brusco al ofrecerle a Pulgarcito la bolsa de la recompensa, que todas las monedas salieron rodando.  Me dio mucha risa. A Pulgarcito, no. En resumen, que me lo pasé pipa porque, además, al no llevar las gafas, para mí todas aquellas  caras del público eran como panes de a kilo,  con lo cual el miedo escénico se diluía bastante.
De cualquier modo, Dios no me llamó por el camino de la escena. O quizá sí. En los juicios te pones un vestuario especial para entrar a las salas de vistas, que en definitiva son escenarios. Unas veces te toca hacer de buena, otras de mala,  otras de convidada de piedra, y no pocas, de panoli. Sobre todo al principio. Pero, la verdad sea dicha, nunca he vuelto a hacer nada tan divertido como el "Pulgarcito", aunque he tenido algunas vistas que eran por sí mismas verdaderos sainetes...
Bueno, pues vamos a lo que vamos, que hay que almorzar. Estoy poniendo mucha carne seguida últimamente, pero es que ha salido así. Ya iré variando, que hay más ollas que días, según el dicho. Y yo tengo cuerda para rato..
Ahí va eso:.
-1 kg. de solomillo.
-Dos cebollas grandes
-Dos o tres dientes de ajo.
-Una bandeja de champiñones laminados.
-Laurel.
-Dos pastillas de caldo.
-Pimienta molida.
-Dos clavos de especia.
-Aceite de oliva.
-Un vaso grande de Pedro Ximénez.
Limpiamos la carne de grasillas y cosas indeseadas, y la sofreímos en una cazuela con un fondo de aceite. Pelamos y picamos las cebollas y las picamos finas, y les damos unas vueltas en el aceite, pero sin que lleguen a dorarse. Volvemos a meter la carne, añadimos los champiñones, los ajos picados, el laurel, las pastillas de caldo, la pimienta y el clavo. Mojamos con el vino y añadimos agua hasta que cubra la carne Dejamos cocer a fuego no muy fuerte una hora, o hasta que la salsa se haya reducido. A mí personalmente me gusta que quede poco caldoso y la cebolla y el champiñón empiecen a churruscarse un poco y a caramelizar. Ese punto en que sales disparado del sofá y dices: "¡Uy, la carne!"
Le van muy bien las patatas, o arroz salteado con unas pasitas y unos piñones, y pan en cantidades industriales. Supuestamente, a todos los guisos que llevan vino les va bien beberlo con él: pero el PX es muy traidor y muy cabezón....
.
Y a coger el hilo de otra semana, contando historias, charlando, viviendo.....y disfrutando a todo lo que nos dé.
Hasta la próxima...

miércoles, 25 de mayo de 2016

MAGRO DE CASARABONELA. Qué mala es la calor.

Me cogéis arreglando mi patio, para inaugurar la temporada. Ya he sacado bolsas de hojas secas para rellenar un colchón. Riego las plantas, pues algunas incluso están vivas,  y me pregunto porqué a todas las macetas que planto les da por echar unos rabos larguísimos y  vagamente amenazadores. Me acuerdo de un cuento de H.P. Lovecraft sobre unas verduras malignas que siembran el terror en una tranquila localidad de la Costa Oeste norteamericana.  No os riáis, que el cuento da mucho miedo. Siento en el cuello el aliento abrasador del verano,  ahí agazapado, esperando para lanzarse sobre nosotros.  Sales a la calle y es el tema del día:
-Ojúúú. Qué calor.
-Qué calor hace.
-Qué veranito nos espera.
-Vaya terralazoooo.....
Cada vez que escucho uno de esos comentarios me siento como si la temperatura ambiental subiese dos grados. ¿Porqué la gente no puede hacer como que no se da cuenta? Igual que cuando alguien lleva bajada la cremallera del pantalón y todo el mundo lo ignora educadamente, para después hacer suculentos chistes con fruición. Pero en privado.
Este año me he rendido a la evidencia de que necesito aire acondicionado en los dormitorios. Cuando vino el técnico y entró en el cuarto de mi hijo el pequeño, empezó a hacer esos ruiditos característicos que ya he oído en otras ocasiones y que nunca presagian nada bueno:
-Uggghhhh. Brrrrrrmmmmghhhhh. Mmmmmm.....
- Si.... bueeeeno.- dije yo, hacíéndome la simpática.- Perdón por el desorden (eufemismo por "perdón por hacerle entrar en esta zahúrda infecta sin mascarilla") Los niños, ya sabe,  jejeje...
- No, no, señora. No es problema. El problema es la reja de la ventana.
-¿La reja?
-Sí. Hay que quitarla. Desde abajo no se puede, porque la altura es muy grande, y no hay más remedio que instalar la máquina desde dentro. Y no, nosotros no lo hacemos. Y tiene que estar hecho antes, como usted comprenderá...
Mira que da gusto encontrarte con gente que te facilita las cosas. El técnico se fue, con la resignada promesa de que quitaríamos la reja. Nuestro cuñado Emilio vino y nos la quitó. En España hay que tener un cuñado, o varios, si quieres hacer algo en la vida. Qué apañado eres, cuñado. Vales por siete Potosíes, y no sólo porque midas dos metros. Te debo una muy gorda. Más tarde, me asomé a la habitación y casi me da un paro cardíaco cuando vi medio cuerpo de mi hijo mirándome desde "fuera" de la ventana, como los vampiros que flotaban de "El misterio de Salem´s Lot".
-¡¡¡AAARGHHHHH!!!! ¡¡¡NIÑOOOO!!! ¡¡¡QUITATE DE AHI AHORA MISMOOOO!!!
Se había subido al tejadillo que hay bajo su ventana, a un piso de distancia del duro suelo del patio, y allí estaba, tomando el fresco. El muy capullo.
-Mamááá. Que no pasa náááá. He querido hacer "esto" desde que era pequeño....
Ya os digo que cualquier día me matan de un susto, como a los gorriones, que tengo el corazón muy chico. Por lo demás, aquí estamos, esperando a que vengan ya y nos instalen, y por lo menos se pueda dormir a partir del mes que viene.
Y eso que esta casa no es demasiado calurosa. Me acuerdo de mi casa de antes, la de calle Malasaña. Era un bloque de tres pisos que se edificó sobre el solar de la casa mata de mi abuela, donde los promotores eran los de la familia. En mi barrio de la Trinidad es muy frecuente ese tipo de construcción de "tós achuchaos y así mamá no se queda sola". Aquel bloque se hizo en los años 70, cuando lo de las normas de la edificación, y no digamos el comfort de los habitantes, sonaba a bandoneón porteño. Siempre tengo al arquitecto diseñador del proyecto, cuyo nombre ha caído en un piadoso olvido, presente en mis oraciones. Para pedirle a Satanás que le confine al más subterráneo de sus infiernos por toda la eternidad. Como favor personal.  Por supuesto,  en el bloque no había ascensor.  En ese tiempo nadie se planteaba que vivir tuviera que ser cómodo.  No digo que fuera mejor, pero, desde luego, la limitación de opciones hacía que la vida fuera más simple. Y quemabas más calorías, que tampoco está mal.  El aislamiento era nefasto, tirando a inexistente.  Nosotros vivíamos en el tercer piso y oscilábamos entre el calor de la sartén de Pedro Botero en verano y la gelidez del panteón de los Capuleto en invierno, pasando por alguna que otra gotera en cuanto llovía más de cuarenta y cinco minutos. Subíamos a la azotea a achichicharrarnos al sol,  porque lo cool en esos años era lucir color de ladrillo, como la hija de Toro Sentado. Eso sí, protegidas por el potingue que mami y mi hermana se hacían en la farmacia, con textura de mayonesa, cuyo filtro solar era por oclusión: la piel no se te veía al través.  No sé cómo no nos dio nunca un golpe de calor que nos dejara tontas para siempre (¿o sí?...)  La temperatura era, literalmente, incompatible con la vida. Ni un triste tabarro se veía, y pronto comprendimos todos que mejor no nos molestáramos en poner ni una maceta de adorno, para que los vecinos de al lado no nos denunciasen por maltrato vegetal. Por eso, a los pocos años,  mis padres compraron el piso del Rincón de la Victoria. En esos venturosos tiempos, y hasta no hace tanto, cuando ibas por la carretera pequeña y llegabas a la playa del Chanquete, ya notabas el cambio del aire y cómo refrescaba. Y doy fe de que incluso te echabas una colcha para dormir. Y se veían las estrellas.  Lo cierto es que, cuando ya llegaban estas fechas, en mi casa no se podía parar de calor. No era raro que me asomase al salón, que era la estancia relativamente más fresca, y me encontrase a doña Pepa tumbada en el suelo, haciendo un aspa con piernas y brazos, como si esperase el advenimiento de una nave espacial que la abdujera.
-Mamá. ¿Qué haces?
-Es que no puedo, nena. No se puede estar en ninguna parte. Y tu padre echado en "esa" salita (orientada al oeste), encima de "ese" sofá ( tapizado de un terciopelo sintético que amenazaba con entrar en combustión espontánea en cuanto lo mirabas un minuto) ¡y "tapado" con una sábana de "nailon"! ¡Me pongo mala sólo de mirarle!
Era cierto.  A papi el calor le sentaba estupendamente, mientras que a mamá la ponía a morir. Era una incompatibilidad añadida: la de sus respectivos termostatos corporales. Por descontado, entonces no era habitual instalar aire acondicionado, eso era de las películas americanas a ojos de la mayoría de la gente, por aquel entonces. Y, siempre, a ojos de mi prudente padre, al que cualquier gasto innecesario arrancaba lágrimas negras de los ojos, y que además disfrutaba de la canícula igual que un lagarto tizón. Como un extraordinario, teníamos ventilador. Uno. Que normalmente usaba mi madre. Los hijos, que entonces estábamos en el peldaño más bajo de la cadena jerárquica, ajo y agua de la ducha. Aun sueño con aquella habitación. Tengo pesadillas en las que me hago un charquito en el suelo y me voy filtrando por el suelo. No lo olvidaré jamás.
Lo único que puede ayudarte a sobrevivir, llegado a este punto, es ralentizar todos tus procesos orgánicos e intelectuales, y, en general, hacerlo todo más despacio de lo acostumbrado. Si consigues volverte un poco lerdo, eso que tienes ganado. El aquí y ahora. Y aquí, y ahora, en mi cocina se está haciendo un plato de mi pueblo político que está francamente rico y que es muy facilito de hacer: 
-Un kilo de magro de cerdo. Yo he usado puntas de solomillo, por aquello de que tiene menos grasa.
-Seis o siete pimientos verdes.
-Un par de tomates maduros.
-Una pastilla de caldo.
-Vino blanco.
-Aceite.
-Una pizca de pimienta molida.
Se limpia la carne y se pone a sofreír en un fondo de aceite. Se añade agua que la cubra un poco y un chorro de vino. Se rallan y añaden los tomates. Se lavan los pimientos y se cortan en tiras, procurando quitarle las costillas blancas que puedan tener por dentro, y se añaden. Se desmenuza la pastilla de caldo y se echa, junto con la pimienta. Se deja cocer todo hasta que se quede prácticamente en el aceite y se sienta el impulso irresistible de meter dentro una barra de pan. Ese es el punto ideal.

Suele maridar bastante bien con un tintito con Casera y una siesta para descansar esa tonturria tan agradable que te entra. Nunca hemos de desaprovechar la ocasión de hacer una pausa. El mundo seguirá estando ahí, esperándonos con paciencia, como un implacable cobrador del frac.  Y mientras tanto, le sacamos una silla, que somos gente considerada, y le decimos:
-No tardo nada ¿eh? En lo que echo en hacer unos mandados y vuelvo.....,
Feliz semana.... y bienvenidos al verano. Qué remedio....

miércoles, 20 de abril de 2016

CINTA DE LOMO EN SALSA DE LECHE.

Estoy paseando al Curro a esa hora en que se escucha un ruido peculiar, el de las mochilas de ruedas de todos los niños que entran al colegio de enfrente, con diversos grados de entusiasmo, precediendo o escoltando a sus respectivas madres en grupo. No puedo evitar retroceder mentalmente, por un momento, a aquellos agotadores y maravillosos años. Y aquí viene el flashback.  A veces terminaba más temprano de trabajar y me subía al colegio, un poco antes de que salieran los niños, a sentarme en un poyete en el jardín, tomando el sol y leyendo un libro o una revista. Al poco, empezaban a llegar, una a una, las componentes del selecto Club de Madres de las Pipas, que se sentaban cerca de mí.  Llegaban y daban la señal: sacaban sus respectivos cartuchos y se ponían a comer (tirando las cáscaras al suelo) y a arreglar el mundo, empezando frecuentemente por cortarles un traje a medida a todas las conocidas urbi et orbe. Otra introducción solía ser alguna variante del tópico "pues yo, más". Verbigracia:
-Cómo va pasando el curso.... mi niño ya va leyendo por la letra "f".
-¿Por la "f"?- terciaba otra. Uuuuuy, pues yo al mío lo puse con el cuadernillo y va ya por la "h". Ya sabe leer "haba", "hiba" (sic: verídico) y "hubo". Claaaaro, que cada niño tiene un ritmo diferente. (Traducción entre líneas: el mío es listísimo y el tuyo es un mendrugo)
-"Hiba" no creo yo que haya podido aprender, nena, porque "iba" se escribe sin "h". A ver si te van a tener que sentar con tu niño a aprender las letras. Ja.Ja.Ja. (Pedazo de taruga). Además, hay que respetar el ritmo de la clase, y dejar a los chiquillos que jueguen también un poco (y no salgan un Pepito Cabeza Gorda como el tuyo)
- Pues hija, si el mío da para más, yo lo estimulo tooooodo lo que pueda. Hay que exigirles el máximo de lo que puedan dar (Inciso: hablamos de segundo de Infantil. Cuatro años) Y desarrollarles la psicomotricidad fina. Eso es fundamental.
- Pues sí, desarróllale la psicomotricidad fina, bonita. Y de camino, la basta, porque el otro día tu niñooooo ( aquí boca en forma de culo de pollo) le metió un empujón al míooooo (ídem) que le volcó todo el batido de chocolate encima del polo. (A ver si le enseñas maneras a ese pedazo de carne bautizada que te has molestado en parir).
-Ja.Ja.Ja. Ay, qué arte tienes (te va a dar el sol con un colador, vida mía). (En este punto, el goteo de colmillos forma un charquito en el suelo)
A continuación solía retransmitirse un capítulo de la sección "Poner a caer de un burro al equipo docente y personal administrativo".
- Yo no sé este colegio, que ya no es lo que era.  Las maestras son unas petardas que "nos" matan a deberes. Y los criterios que se ponen para admitir a los alumnos..... Aquí entra "cualquiera" que vaya de recomendado, como ésta que era amiga de....
En ese momento siempre había alguna que le daba un codazo a la otra y le susurraba audiblemente, en referencia a mi humilde persona:
-¡Que es la "cuñada" de la directora!
Y allí seguía yo, con mi cara de haba, haciendo ver que leía mi revista y divirtiéndome horrores. Pero horrores. No sabéis los ratos tan buenos que depara pegar la oreja a las conversaciones ajenas. En los sitios públicos, claro, que es donde te dejan.
Creedme. Se han urdido más intrigas en la salida de los colegios que en los cónclaves del Vaticano del siglo XV. Se comenta, se critica, se compara... Durante algún tiempo, recuerdo que el tema estrella era El Niño Que Se Tragó Tooooda La Tinta Del Boligrafo. Uno de los hijos de esta vuestra servidora, dicho sea de paso. Cuando me avisaron, encontré a mi niño sentado en la portería, con toda la cara y la boca jaspeada de un bonito azul intenso, amén de un cabreo importante por el pitorreo que tuvo que soportar. Me costó varios días e innumerables lavados con agua oxigenada rebajada devolverle a su piel y mucosas color de niño humano en vez de figurante de "Avatar". Como desconocía la cantidad exacta de tinta que se había bebido, y el bolígrafo era de los chinos, llamé al Instituto de Toxicología para informarme de las medidas profilácticas a adoptar. Me dijeron que no le diera nada que tuviera grasa en las siguientes horas, pues al parecer hace absorber la tinta, y me preguntaron, con notable diplomacia, si mi hijo tenía algún "problema de inteligencia". Me erguí como una cobra real a la que le pisan el rabo y le contesté a mi interlocutor, con cierta frialdad, que, en efecto, así era, pero no del tipo que él "suponía". No voy a ofrecer datos concretos al respecto. Lo único que os diré es que dispongo de información fehaciente de que mi niño, tonto, precisamente, no es. De hecho, en mi casa, como dice mi suegra, no encuentras un tonto para un remedio. Y perdonadme la inmodestia; aunque ella, claro está, se refiere a su parte alícuota de ADN. Y un niño que es listo y encima está aburrido es una amenaza letal para su entorno. Eso es algo que los padres aprendemos muy pronto. Ya os contaré otro día alguna de las trastadas más destacables que me jugaron, aunque muchas se han borrado piadosamente de mi memoria, como los recuerdos traumáticos que son....
Vuelvo al presente, trayendo para casa al Curro, que ése no me da un ruido, el animalito. Contemplo a todas esas madres de niños pequeños con una mezcla de nostalgia y conmiseración, por todo lo que aún les queda por pasar. No os queda ná.
Vamos a preparar una comidita apañada y tiro de una receta que es un clásico en casa y que está sacada del imprescindible "1080 recetas de cocina", de Simone Ortega, aunque algo tuneada, como es de rigor. Para ello necesitamos:
-Un kilo y medio de cinta de lomo en un trozo.
-Un litro de leche. Yo la uso entera.
-Sal.
-30 gramos de manteca de cerdo.
-4 dientes de ajo sin pelar. Yo los pelo, porque no los desecho después.
-4 granos de pimienta negra, o un pellizco de pimienta molida. Yo pongo más ajo y más granos de pimienta. Nunca averigüé si aquí "cuatro" es una cifra promedio, o elegida al azar, o tiene algún significado en la Cábala. Para mi, es insuficiente. Recurro a la medida materna infalible de "unos pocos de cada uno". Seis, ocho, diez. Depende del paladar de los comensales, más o menos cañero.
-Un chorro de buen vino blanco.
-Una hoja de laurel.
Ponemos la manteca a derretir en una cacerola donde quepa la cinta de lomo. La doramos por todas partes y la rociamos con la leche, añadiendo la sal, los ajos y la pimienta. Dejamos cocer a fuego lento unas dos horas, dando la vuelta de vez en cuando. Si, pasado este tiempo, la salsa no ha espesado mucho, sacaremos la carne y dejaremos reducir la salsa otro poco. Por cierto, si veis que la de la foto es muy espesa, es porque en casa la servimos fría y se queda cuajada, no porque tenga que quedar así necesariamente. Una vez fría la carne, se trincha. Doña Simone le quita los ajos y la pimienta, y pasa la salsa por un colador. Yo no. Yo paso todo por la Thermomix, y la salsa queda perfecta. Pero es que yo soy menos fina. Qué le vamos a hacer.
Las patatas, fritas o al horno, son su acompañamiento natural. Unas judías verdes o unas alcachofas salteadas con unos taquitos de jamón tampoco van nada mal.

Feliz semana a todos. Definitivamente, no todo tiempo pasado fue mejor...... o no en su totalidad.

miércoles, 22 de julio de 2015

LOMO "TONNATO"

 Muy buenas. Aquí ando, con el ventilador directamente conectado, para no morir de un pasmo, preparando el último juicio de la temporada.  Hay que ser muy valiente para poner un pie en la calle. podrías caer en un lago de asfalto derretido y no volver a ser visto jamás. Continúa la cuenta atrás para las anheladas y merecidas vacaciones, y siempre termino por recordar aquellos tiempos en que echar un día de playa era toda una aventura. Todos metidos en el "seílla" verde que teníamos, con mesa plegable, sillas, y todo un equipaje, en definitiva. Clavar la sombrilla tenía su ritual: poner tu enseña en tu parcela de territorio e ir a recoger pedrolos bien gordos para cercarla por los lados e impedir que se cayera. Después sacabas las botellas de agua, Casera y cerveza, aquellas Victoria de tres cuartos de litro, y enterrarlas justo en la línea delantera que te había tocado, para que estuvieran bien fresquitas, y tu sandía o tu melón. Y la orilla del mar quedaba delimitada con un rosario de botellas de las que sólo sobresalía el gollete, y de melones y sandías semienterrados, y siempre tenías que andar con precaución para no dejarte por allí un dedo del pie. Entonces la medusas eran pocas, pero gordísimas, y siempre había algún valiente que se las arreglaba para sacar del mar el "aguacuajá", y dejarla al sol para que se muriera la muy perra, ante la fascinación de niños y mayores. A determinadas horas, pasaba un hombre con un cesto largo que vendía bolsas de patatas fritas, y, no sé por qué, te sabían mucho mejor en la playa. Y la fiambrera de aluminio de colores con la tortilla de patatas, o los filetes empanados fríos, siempre exquisitos, aunque pillasen arena. Alguna vez, si no habías enterrado bien la sandía o el melón, salían rodando por ahí y te tocaba ir a pescarlo, antes de que algún sombrillero colindante lo declarase res nullius (que no es de nadie, vamos) y se lo apropiara por todo el morro. Después de comer estaba el suplicio de los niños de mi generación, que no se podían bañar hasta pasadas dos horas, (a algunos no les dejaban hasta que pasaban tres) por si te daba un corte de digestión, que era algo que les daba a todos los padres muchísimo miedo. Pero como los adultos, por lo general, se quedaban traspuestos y medio cogorcillas tras la comida (y la correspondiente bebida), te escaqueabas en cuanto podías a darte un chapuzón. Las horas se pasaban sin sentir y mi padre me obligaba siempre a salirme del agua en cuanto me veía las yemas de los dedos arrugadas, por mucho que yo protestara. Después te volvías a casa, achicharrada y muerta de sueño. Nunca he vuelto a pasarlo tan bien en la playa, porque, como nos suele pasar al hacernos adultos, con los años nos volvemos unos pamplinosos y resulta que la arena está sucia, hace mucho calor, el agua está fría y los vecinos de toalla no nos gustan. Y conste que me acuso la primera. Pero esto es algo que me he propuesto cambiar. Uno obtiene una cantidad de bienestar inversamente proporcional a la de cosas que le molestan, y se es tanto más feliz cuanto más cuajo se tiene. Anda que es mentira....
Seamos positivos: agosto ya está ahí, los días son largos, no hay que madrugar y los quehaceres se relajan. Incluso en la cocina. Por eso busco recetas como ésta, que exigen poco tiempo y se toman frías. La original se suele hacer con redondo de ternera, y entonces se llama "vitello tonnato" pero en casa somos más de cerdo y yo lo preparo con lomo bien limpio.
Receta:
- 1 kg. de lomo de cerdo limpio, o redondo de ternera, para quien sea purista (o musulmán).
- Una hoja de laurel.
- Sal.
- Una cebolla picada.
- Una copa de vino blanco.
 Para la salsa:
- Un huevo.
- 250 ml. de aceite.
- Dos latas de atún de las pequeñas.
- Una lata de anchoas.
- Un puñado de alcaparras
- Zumo de limón.
- Pan para mojar. Mucho.

Por un lado guisamos la carne, salteándola en un fondo de aceite y poniéndola luego a cocer con agua que la cubra, la sal, el laurel, el vino y la cebolla picada. La dejamos hervir más o meno una hora, sacamos y dejamos enfriar. Después preparamos una mayonesa con el huevo y el aceite, según el método que utilicemos normalmente. Si este método supone una visita al supermercado para comprar un tarro, pues tampoco es que vaya a pasar nada. Una vez obtenida la mayonesa por el método de tu elección, le añades el atún, las anchoas, las alcaparras y el zumo de limón, y lo bates todo en batidora o Thermomix.  Guardas la salsa en la nevera y  para servir,cortas la carne en rodajas lo más finas posibles, le pones la salsa por encima y le añades más alcaparras, si te gustan. La puedes acompañar de un buen viaje de patatas fritas, ensalada o lo que más te apetezca. También es muy buena para bocadillos. Si queda.


Y eso. Pocas irritaciones, para los dos días que estemos en el convento. A pasarlo bien.....