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miércoles, 26 de abril de 2017

ROSQUILLAS CON POLVOS DE FLAN

Hace poco nos dimos una vuelta por Córdoba. Córdoba es una de esas ciudades donde tienes la sensación de que el tiempo pasa más despacio, tranquila, amigable y acogedora. Por no hablar, claro, del patrimonio histórico, que me hace rechinar los dientes de envidia, de que se come de escándalo y de que la gente es muy agradable. Nos bajamos del tren, que te pone aquí en un salto, y al hotel, que cae cerca. Ah, el hotel. Lo primero que me encuentro es un portal con quince escalones para arriba (lo de las normas de accesibilidad se ve que no se había inventado), en medio de, y coronado, por, mármol. Mucho, pero mucho mucho.  En zócalos, en frisos y en columnas. Bienvenidos al panteón familiar, pasen ustedes.
Hay un cartelito que te avisa de que la recepción está en el primer piso.  Llegamos al ascensor, y nos encontramos con que tú no lo puedes llamar. Que no tiene botón, vamos. Así, que, o subes a recepción, o te tienes que asomar a la escalera y tocar las palmas, como si fueras a llamar al sereno o a arrancarte por bulerías:
-Oigaaaaa. Que si me manda el ascensor.
-Vaaaaa.
 Y te lo mandan. Y luego subes a recepción a registrarte y un señor con cara de estar enormemente hastiado de la vida te da las llaves. Todo es definitivamente siniestro. Por algún motivo te acuerdas de la película "Psicosis", impresión reforzada por el trayecto a la habitación, por un pasillo estrecho, oscuro y lleno de recovecos, donde no se oye más sonido que el rodar de las maletas. ¿O será el de la silla de ruedas de la madre de Norman Bates? Al final, por cortesía de Inma y Jose, nuestra pareja acompañante, nos quedamos con una habitación interior, porque la otra daba a una plaza muy jaleosa y yo no puedo con el ruido. Ese fin de semana, además, hubo varias despedidas de soltero/a, con los complementos tan escatológicos como poco imaginativos de rigor en estos casos, cruzándose con unos costaleros que iban llevando un trono, ya que por lo visto, la Semana Santa allí la ensayan. Total, que dejamos las maletas y bajamos, esta vez por la escalera que circunda al ascensor, tan estrechita ella, que como tapeemos un flamenquín de más, a la vuelta nos van a tener que sacar con palanca, o subirnos por la ventana cual sofá en una mudanza. Así que le pedimos a Dios que no haya un incendio a medianoche. Por si fuera poco, según bajas, y antes de llegar a la recepción, hay instalado un sensor muy chivato que pita cuando bajas. Piiiii. Avisando así a Norman de que hay clientes bajando, no se vayan a llevar la llave o hacer un "simpa". Mejor prevenir que curar.
Al día siguiente nos despierta, a todo trapo, el rasguear de una guitarra por soleares, que sonó a las ocho. Y a las y cuarto. Y a las y media. Mi santo estaba empeñado en que era la alarma del móvil de alguien, pero la musiquilla tenía demasiado color local como para que fuera una coincidencia. A mí me sonaba más a molestia institucional. Pensamos en preguntarle a Norman Bates, pero había salido de turno. Al final gané yo: la camarera de los desayunos nos confirmó que era el reloj de un edificio que andaba por allí cerca. Total, que nos resignamos a que cada quince minutos nos sonase la farandulilla de las narices.  En Oviedo te tocan el "Asturias, patria querida". Es una costumbre que no termino de entender. Pero bueno, que no pasa ná.......
Como siempre me ocurre cada vez que vuelvo a mis ciudades favoritas, por mucho que las haya visitado, descubrí otros lugares que no conocía. Encontré una tienda de tés, que junto con las herboristerías y las librerías, es uno de los comercios a donde no me puedo resistir a entrar. Ejercen sobre mí una fascinación absoluta. Así que entré, estuve golismeando por ahí, teniendo que soportar a uno de esos dependientes empachosos que te quieren colocar la tienda entera, poniéndome cacitos con té bajo la nariz para que los olfatease, quieras o no, a ver si me colocaba, o en todo caso, me los colocaba. Claro que en su afán mercantilista cometió una insigne torpeza:
-Y por último pruebe éste, señora. Diurético, lleno de propiedades saludables. Muy indicado para esas cosas que sufren las señoras....
-???? A ver, ¿y qué COSAS sufrimos las señoras?
-Estoooo.... pues.....bueno, pues esas COSAS que primero tienen.... las señoras......y luego, con el tiempo ya....no se tienen....usted me entiende.
Palabra de honor. Nunca me habían llamado menopáusica con tanta torpeza, pero la verdad es que estaba empezando a divertirme bastante.
-Pues mire, no entiendo nada. ¿Cuando dice que es bueno para las COSAS de las señoras, se refiere a las que TENGO o a las que Ya No Tengo?
Ay, pobrecito, qué lástima. Se puso de todos los colores del arco iris. Es que era muy chico todavía, y le faltaban un par de hervores.
-Noooo.... si yo no digo.....y pues,  usted seguuuuuuro que "aún" no lo necesita... pero bueno.... que tiene muchas propiedades para todo en general....y...
Me dio penita, y como en el fondo soy buena y además yo soy muy hierbera y la infusión olía muy bien, pues me llevé esa y otras más. Sólo que no podía dejar pasar la ocasión de reirme un poco, si me lo ponían a tiro. Sí. Soy una graciosilla repulsiva, qué le vamos a hacer. Pero él se lo buscó.
Eso sí, yo no fui la única. Porque esa noche, cuando fuimos a cenar, recibí mi merecido. Pedimos varias cosas, salmorejo entre ellas,  y se me ocurrió decir que nos trajeran unas cucharitas, porque lo íbamos a compartir. Y el camarero, que era un fenómeno, les trajo a ellos una cuchara normal y a mí una cucharita muy cucharita. Vamos, que ni para oler. Y por si fuera poco, añadió, muy serio:
-Hombre, y porque ha aclarado usted lo de las cucharitas. También le podía haber traído un tenedor..... ahora, que ya no sé cómo se iba usted a apañar con él.
Ja.Ja.Ja. Qué monstruo.
Hoy pongo esta receta del blog Divina Cocina, porque tenía ganas de tirar de postre tradicional y entrañable, además de muy rico.
Ingredientes:
-2 huevos
-200 ml. leche.
-200 ml. de aceite de girasol o de oliva suave.
-100 gramos de azúcar.
-Harina que admita (entre 800-1000 gramos)
-Un sobre de polvos de flan.
-Un sobre de levadura química
-Ralladura de un limón.
Para terminar:
-Almíbar ligero para bañar las rosquillas, hecho con 250 ml. de agua y 200 gramos de azúcar.
-Azúcar y canela para rebozar.
Se mezcla todo en un bol, menos la harina. Luego se va añadiendo la harina hasta que tengamos una masa cómodamente manejable tipo plastilina. Vamos formando las rosquillas y se van friendo en abundante aceite a fuego medio. Para hacer el almíbar, ponemos el agua y el azúcar en un cazo y vamos removiendo hasta que se disuelva. Dejamos hervir y cuando burbujee bastante, ya lo podemos apagar. Bañamos las rosquillas y a continuación se rebozan en un recipiente con azúcar y canela. Y listo.

Con un café y una imprescindible mesa camilla, la merienda alcanza la perfección. Aunque una, por motivos de operación deslorzamiento, sólo mire, ay.......
Feliz semana.

miércoles, 27 de abril de 2016

HOJALDRES DE ASTORGA. Y la importancia del nombre propio.

Esta semana, entre mis quehaceres profesionales, me ha tocado negociar la retirada de una cláusula suelo con un banco. Verdaderamente, no puedo imaginar qué horroroso pecado de alguna vida pasada puedo estar expiando. Porque, vamos, si ésta era la otra opción a reencarnarme bajo la forma de cucaracha volantona, casi que me lo hubiera replanteado. Sobre todo, porque cuando finalmente he recibido la propuesta del banco por escrito, es aún peor de lo que imaginaba. Me ofrecen quitar la cláusula durante once meses. Y mi cliente tiene que comprometerse a retirar la demanda interpuesta y a renunciar al reintegro de las cantidades pagadas de más. Y si me descuido, le hacen fregar los suelos de la sucursal con jabón verde y hacerle la manicura francesa al director de la entidad, en muestra de eterno agradecimiento por la generosa oferta recibida.  Me miro al espejo: tengo mi cara de todos los días. Honradamente, creo que hoy no tengo una especial cara de panoli que justifique haber recibido semejante proposición. Finalmente opto por no tomármelo como algo personal. Los escorpiones te pican. Las ortigas te escuecen. Los bancos te ponen cláusulas suelo. Y la primavera, que me encanta, también me mata. Cada mañana, tras el desayuno, me meto en vena jalea real, una cucharada de moringa, isoflavonas de soja para esto y cápsulas de ajo para lo otro, y no sé si me dejo algo. Y me echo a la calle, con la sensación de arrastrar tras de mí, bien amarrada al cuello, una roca de veinte toneladas. Y salgo a un mundo donde los pajaritos cantan, todo el mundo parece muy contento y, por estas fechas, me hacen, año tras año la misma pregunta. ¿Vas al Rocío? Hay un número de personas considerablemente elevado que creen que si te llamas Rocío, te tiene que gustar el Rocío. Qué poca imaginación hay por el mundo. Y que se sorprenden muchísimo cuando les contestas que, por diversos motivos que no hacen al caso, antes te dejarías arrancar tus veinte uñas una por una, con unos alicates del quince. Que no se me ofendan los rocieros acérrimos por lo que sigue; pero lo que me viene a la memoria es que hay un sábado al año que me despiertan los cohetes a las siete de la mañana y no podemos acercar el coche para hacer la compra en el mercado, porque el centro está cortado para que pasen unas carretas donde hay un montón de ciudadanos entregados frenéticamente a la tarea de cortar jamón. Y encima no nos ofrecen, que es lo que más me duele. Eso ya es puro recochineo. Los nombres, con frecuencia, no hacen justicia a la persona. Yo me he acabado acostumbrando al mío, a ver, qué remedio, pero no creo que haya sobre la capa de la tierra criatura menos folklórica que yo. La culpa de mi nombre la tuvo mi abuela. Cuando yo me encontraba en proceso de elaboración y mis padres empezaron a pensar en el nombre que le pondrían a la criatura -de la que varios preguntaron a mi madre, para su inmenso cabreo, que si había sido un escudio (sic, por descuido; de nada), porque llegué a este mundo siete años y medio después que el hermano que me precede-, mami tuvo con la suya la siguiente conversación:
-Mamá, he pensado que, si es niña, le vamos a poner Yolanda.
-¿Yolanda? Sí, para que le digan "Sholi". Te va a encantar tener una "Sholi" para toda la vida. Vaya ideas de bombero las tuyas, hija mía.
-Pues entonces, María del Mar.
-María del Mar... Ay, Pepita. ¿Te vas a hartar de parir una niña que tenga nombre de chiringuito? Si no le vas a poner Antonia, como yo, que ya hay muchas en la familia, pues ponle Rocío, que para eso Joaquín es hermano del Rocío.
No me pusieron Rocío. No. Me pusieron María del Rocío, y el cura de la parroquia, por su cuenta, le añadió "y de la Santísima Trinidad", aunque en la familia no le habían dado motivo alguno para ello. Muchísimas gracias, don Salvador. Siempre le tengo presente en mis oraciones. No se imagina cómo. Muchísimas gracias, abuelita. Por tu culpa me han llamado desde pequeña Rocío Dúrcal y Rocío Jurado todas las vecinas de mi bloque, y me cantaban las amigas de mi madre lo del "manojito de claveles" cada vez que me veían, para mi infinito bochorno. Muy graciosas. Mucho.  A mí no me gusta el Rocío. No me gusta el flamenco en general ni la copla en particular, con honrosas excepciones. Qué le vamos a hacer: debe ser cosa de mis genes de la Coruña, que ya debían venir criados, a cargarse mi debilucho ADN sureño en el fiestorro biológico fruto del cual vine a este mundo. Pero lo del nombre de mi madre fue mucho peor. A mi madre siempre la conocieron como Pepita, desde pequeña, por José, su padre, a través del cual me viene la sangre gallega. Cuando, ya bastante mayorcita, le hizo falta una partida de nacimiento, para la cédula de identidad o para lo que fuera, el empleado del Registro Civil le dijo a mi abuela:
-Mire usted, Antonia. Yo me estoy volviendo loco, porque aquí sale una niña que nació el mismo día que la suya, de los mismos padres y con los mismos apellidos de la suya. Pero no se llama Josefa. Se llama Carmen.
A lo que respondió la bendita de mi abuela:
-¡¡¡Uyyyy!!! ¡Anda, pero si es verdad! ¡La niña se llama Carmen!
El alma de Dios no se acordaba de cómo le había puesto a su hija diez o doce años atrás. Tenía tantas cosas en la cabeza la mujer, que una Pepa de más o de menos... Ella dio por supuesto que le había dado el nombre de su padre. Así que fue una suerte para mami que mi abuelo no se llamase Teófilo Romualdo de las Siete Llagas, porque igual se lo hubiera puesto. De modo que Carmen fue Pepita toda la vida, hasta que, ya viuda, le dio por poner su nombre verdadero en todos sus trámites y papeles administrativos. Cuando yo la acompañaba al médico, y llamaban a "Carmen Carballo", al principio se quedaba mirando al tendido y yo le tenía que decir:
-Mamááá. Que te están llamando.
-¿A mí?
-Si, mamá. Carmen Carballo eres tú, o eso dices siempre. Y hasta te he oído cantarlo: "Yo soy la Carmen Carballo y no la de Merimée". Así que vamos para adentro.
Se terminó acostumbrando. En sus últimos años,  ya con Alzheimer, la cuidaba una señora ucraniana que la llamaba, no sé por qué, "chica Carrrrrrrmen". Mi madre odiaba con el alma entera que la llamase así. Terminó por no hablar casi nada. Y tenía alrededor a la señora con "chica Carrrrmen" todo el día para arriba y para abajo, y ella que no contestaba nada. Hasta un día que la señora, delante de mí, le dijo, en un arranque de notable optimismo:
-¡Chica Carrrmen! ¿Verrrdad que usted quierrre mucho a mí?
Y mamá que la mira con cara de odio inenarrable y que le contesta muy seria, por primera vez en semanas:
-Muchoooo. Te quiero una "jartá". No te lo imaginas.
Muy prudentemente, la señora se echó para atrás. E hizo bien. Porque genio y figura....
Yo no escarmenté: siempre me han encantado las novelas de Guillermo Brown, conocido en España como Guillermo el Travieso. Es uno de mis personajes favoritos de todos los tiempos, y si no habéis leído ninguna novela suya, hacedlo. Os garantizo un rato de reír un montón. Bueno, pues le puse Guillermo a mi segundo hijo. Y comparado con él, el Guillermo el Travieso original se queda a la altura de una madre teresiana.  Así que ojito con los nombres, porque hay veces en que el hábito (o nombre) "sí" hace al monje. En fin. En todo caso, hay cosas peores que un nombre inadecuado. Yo necesito azúcar y, buscando en el blog de Isasaweis, cuyas recetas me encantan, encuentro una bastante fácil y lucida que me garantiza un buen chute. Con ustedes, el hojaldre de Astorga:
Ingredientes:
-Dos planchas de hojaldre refrigerado o congelado, mejor rectangular.
-750 gramos de azúcar
-500 ml. de agua.
-Unas gotas de zumo de limón.
-3 cucharadas de miel.
Precalentar el horno a 200º y poner una hoja de papel vegetal en la bandeja del horno.
Cortamos las planchas de hojaldre en cuadrados. Si es congelado, mejor no estirarlo, y así sube más.
A cada cuadrado se le saca un círculo de en medio con un descorazonador de manzana o un cortapastas redondo pequeño. Se disponen en la bandeja del horno y se meten 12 minutos, o hasta que hayan subido y estén dorados.
Mientras, ponemos al fuego un cazo con el resto de los ingredientes y dejamos cocer, removiendo, hasta que se nos haga un almíbar viscosillo. Sacamos los hojaldres ya cocidos, los ponemos sobre una rejilla y los bañamos con el almíbar.
Eso sí, tienen una vida breve. Pobres.

Que la fuerza os acompañe... a vosotros y a mí. Pasadlo bien.

miércoles, 16 de marzo de 2016

TORRIJAS AL VINO DE MALAGA.

Tengo en casa una garrafa de vino moscatel de Moclinejo que utilizo principalmente para postres, como ahora, y algunos guisos, que me hace recordar aquellas otras de cristal y mimbre, de las que prácticamente había una en todas las casas, para ponerle una copita a las visitas. Tampoco era extraño que sirviesen a los niños "un dedito" en alguna celebración, para hacer la gracia y para que de camino el angelito se quedase traspuesto un rato y no diera la paliza corriendo a tu alrededor, todo ello a falta de una Nintendo DS, que por aquellos tiempos venturosos aún no se habían inventado. Aquella sociedad de finales de los 60 y principios de los 70 es que era muy borrachona. Esos anuncios de ponche Caballero, de coñac Soberano, y de esas mortíferas Quinas con nombre de santo que sacaban en la tele, con el pretexto de que "da unas ganas de comerrrrr", aunque de lo que entraban ganas era de dormirla. A mí no me daban. Primero, porque mis padres eran bastante de la Ley Seca en su vida cotidiana,  y en segundo lugar, porque si a mí me hubieran dado algo que me hubiese despertado más ganas de comer, papi se hubiera tenido que pluriemplear en dos o tres delegaciones ministeriales para alimentar al sabañón humano que tenía por hija. Sin embargo, creo que alguna vez, yendo de visita a casa de no sé quién, sí que burlé la supervisión paterna y probé algún tipo de vinorro dulce. Tengo un difuminado recuerdo de mí misma tumbada en el asiento trasero del Seílla de mi padre con una modorra muy agradable. Mi madre contaba que, siendo  todavía pequeño mi hermano,  un día llegó de la calle algo más que alumbrado, y apestando a blanco tal que si hubiera echado la mañana en Casa El Guardia, desde que asomó por la esquina. Mosqueada perdida, inició las pesquisas correspondientes:
-Nene, ¿tú donde has estado?
-En casa de Carmela (vecina nuestra)
-Ah. ¿Y ella te ha dado algo?
-Me ha dado caldito del puchero- contestó la inocente criatura con la lengua  algo más que zarrapastrosa.
-¿Conque caldito del puchero? Vamos a ver el caldito del puchero que te han dado a ti, para que vengas hecho un atún. ¿Será posible?
Y, en efecto, se fue a pedirle explicaciones a la vecina, que le contestó, con toda su alma pánfila, que le había endiñado al angelico un copazo de Montilla-Moriles, eufemísticamente llamado "caldito del puchero", porque era costumbre en su pueblo para poner recios a los chavales. A lo que mami le contestó muy fina y con admirable contención, que hiciera el favor de no meterse en nada, porque el niño, sobre estar ya recio y criado de por sí, a fuerza de caldo (de barrica) traía una moña de pronóstico reservado, y que para lo chico que era, pues no quedaba bonito....
Años más tarde, cuando yo ya estaba en el mundo desde hacía trece o catorce, y tenía mis primeros arrechuchos femeninos, mi tía me daba una copita de ginebra, que, como ella decía:
-Ya verás. Para "eso", es mano de santo.
Aunque más que mano de santo, era coz de mula: es verdad que se te quitaba todo. Hasta el sentido. Te metías entre pecho y espalda un lingotazo de Larios a palo seco y el mundo te parecía de pronto un lugar muy divertido y te entraba una risita muy tontorrona. Luego me iba derecha a mi cuarto a dormir una buena siesta, y me quedaba nueva. Aunque reconozco que como remedio resulta un tanto discutible y desproporcionado. Hoy día sería totalmente incapaz. Había una variante para el dolor de muelas: te cogías un copazo de lo que fuera y te metías un buen buche en la boca, hasta que se te dormía la muela pocha y los aledaños y la mucosa bucal se te quedaba con el tacto del cuero recién curtido, igual que con el Listerine. En este caso no era obligatorio bebérselo. Supongo que la cogorcilla la trincabas por ósmosis. En fin, una salvajada. Gracias a Dios, los años te civilizan. A veces. Y te permiten disfrutar de vez en cuando de una copa de buen vino como es debido, sin recurrir a barbaridades como las supraescritas, que de más está decir desaconsejo absolutamente.
Esta receta se pierde en la noche de los tiempos y sí que trae una cantidad de moscatel apreciable. Si las van a tomar niños, pues mejor no, aunque, desde luego, el aroma que proporciona no lo tiene la versión virgin.  Dicen que al freírse pierden el alcohol, que empieza a evaporarse a partir de los 70º, aunque esto es una cuestión de fe.  Yo no conozco a nadie que se haya puesto trompas comiendo torrijas, pero de todo puede haber en este mundo de Dios. Pongo la receta, y decidís: 
-Un paquete de pan para torrijas, como el de Mercadona, o unos 300-400 gramos de pan blanco, sin corteza si es muy dura.
-Un vaso de vino moscatel.
-Un vaso de leche.
-Tres o cuatro huevos.
-Miel para rebozar, o azúcar y canela mezcladas.
Preparamos el escenario del crimen, o, como dicen los chefs, la mise en place, que hace más fino. Preparamos una sartén con abundante aceite a calentar, mezclamos en un plato el vino y la leche, y en otro plato batimos los huevos. Preparamos una fuente donde irá el torrijamen. Primero mojamos las rebanadas de pan en la mezcla de leche y vino, con tiento para que no se nos empapuzen demasiado, porque se deshacen, ni demasiado poco, porque quedan duras. Escurrimos con el tenedor y vamos bañando en el huevo batido, volvemos a escurrir y a freír cuando el aceite ya esté caliente. Mejor poner sólo dos o tres cada vez. A medida que se van friendo, a la fuente. Después, o calentamos unos 200 gramos de miel, como la mitad del bote, en un cazo para que se ponga más líquida, y bañamos con ella las torrijas, o bien las pasamos por otro plato por donde habremos mezclado el azúcar y la canela.
Eso sí: esta receta es de las que ensucian la cocina. Es que todo no lo puede tener....



Pasadme un buen comienzo de Semana Santa, hermanos. Y el domingo, a estrenar algo para la Pollinica, que si no, ya sabéis. Se os caen las zarpas....


miércoles, 2 de diciembre de 2015

PASTEL VASCO HEREDADO

Ocho y medio de la tarde, víspera de juicio cañero. Tengo las neuronas completamente gelatinizadas: se me caen a puñados. Ordeno mi documentación y la "chuleta" para la vista. El día ha sido muy largo y lo primero que he hecho, al levantarme es echar en falta el móvil. Sé que está en casa porque lo utilicé anoche, y mi último recuerdo de él es haberlo visto cargando. Pero ya no está. Interrogo a mis hijos, lo cual no tiene demasiada utilidad a efectos prácticos, porque nunca ven nada. No verían ni a un elefante irrumpiendo en el salón cuando estuvieran viendo la tele, así que menos iban a ver una insignificancia como el móvil de su madre. Pongo la casa al revés y encuentro varias monedas, dos bolígrafos, un pendiente que perdí hace dos meses, una púa de guitarra, una cáscara de plátano y lo que alguna vez fue un tenedor, o eso creo, a juzgar por su estado de conservación; pero del móvil, ni rastro. Al parecer se ha desintegrado en el éter, lo cual refuerza mi idea de que mi espacio doméstico es un pavoroso agujero negro y cualquier día me abducirá a mí también y escupirá después los huesecillos. Rendida a la evidencia, tras varias horas de búsqueda, me acerco a la tienda más cercana de mi compañía para que me den un duplicado de la SIM y si no aparece el móvil me pueda comprar un terminal; pero la chica que (des)atiende, me indica de modo bastante displicente que para eso tengo que llamar al teléfono de atención, y que tardaría uno o dos días en llegarme.
-¿¿¿Cómo??? ¿Que tengo que llamar a ese teléfono donde no te atienden NUNCA, y esperar dos días? Es el teléfono de mi trabajo, ¿Cómo es que no me podéis dar un duplicado aquí, si en otras compañías sí te lo hacen?.
La sonrisa, por así decir, de mi interlocutora se hace más afilada. Su silencio es elocuente.("Jódete")  Me voy despotricando y hablando sola, ante la divertida mirada de dos o tres clientes. Sí, reíros. Ya os tocará y entonces me reiré yo. Arrieritos somos. De la telefonía móvil nadie sale indemne.  Llego a casa y, qué remedio, llamo al dichoso número de cuatro dígitos. Después de aguantar varias risueñas grabaciones de ofertas y descuentos, con mucho jijí-jajá de fondo, y una musiquilla desquiciante, me pasan con lo que aparentemente es un operador humano. Que lo primero que hace es preguntarme si quiero un móvil nuevo o una tablet nueva o una tarifa más apañadica, porque la  que tengo es una birria. Tú pide por esa boca, vida mía. Le contesto que lo que quiero con desesperación es una tarjeta SIM, y que si cree que me la podrá proporcionar. Tras pensarlo brevemente, me manda a otra extensión, donde aguanto otra dosis de ni-ni-ni-ninini..., de ofertas y de promesas, hasta que me dicen que si quiero Promociones Empresas, pulse uno. Que si quiero información sobre otras promociones, pulse dos. Que si quiero informar de una avería, pulse tres. Lo que quiero en este momento es cortarle a alguien la yugular y pulso cuatro. Lamentablemente es una opción que no está contemplada. Y en el cuatro no atiende nadie, por suerte para él. Gracias por utilizar nuestros servicios. ¿Qué servicios ni servicios, so capulla? Así que vuelvo a llamar. Vuelta a la música, a las promociones, etc, etc. Consigo que me pongan con un operador medio dormido, que me asegura que me mandará la tarjeta y que no me anularán la anterior hasta que no reciba la nueva, por si aparece el móvil. Hombre, alguien me dice algo coherente. Respiro y cuelgo. Lo cierto es que estar sin móvil te proporciona una extraña y agradable sensación de ingravidez. Paso la tarde trabajando sin nadie que me interrumpa, ni me dé la tabarra. Qué bien me sienta esto. Por la noche mi marido abre el congelador para sacar los bollos de los bocadillos de los niños y allí´está mi móvil, angelico. Congelado como Ötzi, el hombre de los Alpes, y tieso como un bacalao. No tengo ni la más remota idea de cómo ha llegado hasta allí, para suicidarse por hipotermia  Lo someto al consabido tratamiento del arroz para quitarle las humedades, y al día siguiente lo enciendo sin muchas esperanzas. El móvil está fuera de peligro, pero la tarjeta SIM, que no me iban a anular hasta que yo recibiese la nueva, no funciona. No me importa. No me importa nada. Tengo la coartada perfecta para cualquier llamante frustrado. Se me perdió el móvil. De todos modos  tengo el fijo, para urgencias. Además he terminado el juicio cañero, tengo unos días de descanso y soy profundamente feliz. De verdad. Perded el móvil de vez en cuando. Es genial. Me siento tan bien que hasta me voy a merendar un trozo de este pastel tan bueno. No sé el motivo de que sea un pastel vasco "heredado". Pero yo lo hice y aseguro que sí que merece la pena heredar la receta. Me la mandó Inma, y es del blog Jaleo en la cocina. Además es fácil, fácil.
Ingredientes:
-150 gramos de mantequlla en pomada
-130 gramos de harina
-220 gramos de azúcar
-3 huevos
-625 ml. de leche.
Canela molida.
-Azúcar glas.
Precalentar el horno a 200º.
Engrasar y enharinar un molde redondo que no sea desmontable. Mezclar bien la mantequilla y el azúcar. Añadir los huevos uno a uno y batir. Mezclar la leche y la harina hasta integrar.
Hornear una hora o hasta que al pinchar por el centro salga limpio.
Dejar enfriar dentro del molde.
Desmoldar y espolvorear con el azúcar y la canela.
Servir frío.
Voy a instaurar el Cellphone-Free-Day . Definitivamente creo que es otra de las buenas costumbres que voy a adoptar a partir de este momento....
Namasté y feliz semana.

miércoles, 15 de julio de 2015

HELADO DE ARROZ CON LECHE

Doy fe de que este curioso invento, que preparé la semana pasada, está muy bueno. Por una asociación de ideas de cajón, recuerdo a mi madre diciéndome aquello de "eres más "pesá" que el arroz con leche", cuando andaba moscardoneando a su alrededor con alguna petición. Como yo hago ahora con mis hijos. En fin, como tantas cosas en esta vida, es cuestión de dosis. Sin embargo, cualquier grado de pesadez, no siendo gastronómica, siempre es demasiada. A mí se me han pegado muchísimos pesados en esta vida, y es algo con lo que no puedo.  Me paso bastante tiempo de mi vida en el autobús. Es un mundo pequeñito y, por lo general, amable y familiar. También es el hábitat ideal del pesado. Que acecha, mimetizado con la raza humana común, camuflado tras una bolsa de la compra. Que examina el campo de acción para seleccionar a su próxima víctima. Sediento de oídos que saturar con su mortífera verborrea. Esta última vez, le tocó a una vecina que subía de la playa, con su cesta y su silla. Todo comenzó con una pregunta aparentemente inocente:
-¿Qué, señora? ¿Estaba hoy buena el agua?
-El agua, sí -contestó la mujer, entrando al capote sin saberlo- Pero me he tenido que venir, hijo de mi vida, porque había medusas a montones. Una lástima.
Entonces el mecanismo se dispara. No hay vuelta atrás:
- Claro. Es que lo de las medusas es tremendo. Porque no sé si usted sabe, que si hay tantas medusas, es porque ya no tiene depredadores. El principal comedor de medusas es el delfín (?), pero no hay delfines, porque los chinos vienen en barcos y los pescan para comérselos, además de los atunes. Todos esos barcos que ve usted entrar por el puerto, que parecen barcos normales, son barcos de pesca de los chinos. Con el permiso del Gobierno, claro. Y eso no es delito. A los que meten en la cárcel es a los desgraciados que roban gallinas (tipo delictivo que, como todos sabemos, es la lacra del siglo XXI:  en todas las guardias de Juzgado nos caen tres o cuatro) Porque, desde Felipe González.......blablabla.......
El buen hombre debía respirar por branquias. Porque, aparentemente, no tomó aire ni una sola vez en los dieciocho minutos que duró su diatriba (oh, sí. Los conté), que abarcó desde Felipe González, a la actual formación del Málaga, pasando por el caso Rumasa, la crisis griega, los tomates que ya no saben cono antes, y lo carísimo que se ha puesto el Mercadona, junto a otros varios tópicos que no logro recordar. Observar a la gente siempre es un espectáculo fascinante. Esto era como cuando veía en "El hombre y la Tierra" al águila cazar al rebeco y llevárselo a la guarida: el depredador en acción. La señora, al principio, iba intentando intercalar educadamente respuestas: "Sí, claro" "Dónde va a parar", "Eso digo yo".... hasta que fue dándose cuenta de que la conversación no requería mantenimiento alguno, por así decir..... Pero, en el momento en que relajaba la atención e intentaba mirar para otra parte, recibía una llamada al orden, así como: "Pero escuche, escuche, que esto no es todo..." Yo veía literalmente cómo se le iban vidriando los ojos, en el esfuerzo heroico que llevaba a cabo para hacer ver que escuchaba. De pronto se levantó, se despidió, (aún educadamente: toda una señora), y se fue. Tengo fundadas sospechas de que se bajó una o dos paradas antes de la que le correspondía. Me dió más pena. En serio. El palizas miró en derredor, a ver si encontraba a otro infeliz al que dar la brasa. Pero ya estábamos advertidos: el hombre que tenía enfrente se puso a mirar obsesivamente el móvil, la chica de al otro lado del pasillo se replegó al lado más cerca de la ventana y yo me puse las gafas de sol y saqué unos papeles del Juzgado que llevaba, cuyo contenido conocía perfectamente. Decepcionado, no tuvo más remedio que dejar la lengua en remojo. Cuando se bajó, el señor del móvil comentó, sobria pero elocuentemente:
-Ojú.....
 Y todos respiramos, al fin.
En serio, ¿no os da coraje? Sobre todo si te cortan la retirada. Porque yo puedo largar aquí la matraca y vosotros podéis decir:
-Vaya pestiño que me están contando hoy....
Y salir de la página y ponerte a ver "Pesadilla en la cocina", que es la mar de entretenido. Y aquí paz y después gloria. Pero cuando te acorralan para darte la brasa es mortal. Yo, como me estoy haciendo mayor, voy perdiendo las inhibiciones. Y sé que es cuestión de tiempo que, la próxima vez que me toque, le diga al cansino:
- ¿Se ha planteado usted en algún momento si me interesa un pimiento NADA de lo que me está contando?  Así que rebeláos. Sed maleducados. Olvidaos de los que os enseñaron en el colegio, viviréis mucho mejor.
Y tomad helado, también. Eso ayuda.
Ingredientes:
-375 ml. de leche entera
-375 ml. de nata.
- 2 huevos
- 150 gramos de arroz.
- Corteza de limón
-Un palo de canela
- Una pizca de sal.
- 150 gramos de azúcar, O 100 gramos de azúcar y 75 ml. de leche condensada.
- Canela molida.
Preparamos el arroz con leche, que, como veis, tiene que ser más cremoso y dulce de lo normal, poniendo a cocer la leche y la nata, el arroz, la pizca de sal, la corteza de limón y el palo de canela, unos 25 minutos o hasta que el arroz esté cocido. Dejamos enfriar un poco y añadimos los huevos batidos y el azúcar, o el azúcar y la leche condensada (que sirve también para que esté más cremoso). Retiramos el palo de canela y la corteza de limón y batimos todo, en batidora o Thermomix, hasta que nos quede una crema fina. La ponemos en un recipiente alargado, de manera que quede la mezcla lo más baja y plana posible, y la metemos en el congelador. Ahora tenemos dos opciones: ir sacando la mezcla cada hora y removerla bien con un tenedor, hasta unas cuatro o cinco veces, o sacar la mezcla congelada, irla rompiendo en trozos y batirla en la Thermomix o en la batidora hasta que la mezcla quede cremosa. Os he dicho lo de ponerlo en un recipiente bajo y plano, porque yo no lo hice, y me ha salido una especie de iceberg de crema de arroz con leche que he tenido que partir literalmente a base de martillo, emulando a Antonio Molina cantando "Soy minero".
Se sirve sacando las bolas con el utensilio para ello o con una cuchara, se espolvorea de canela molida por encima, y se adorna al gusto. Yo lo he puesto con galletas Napolitanas y cerezas, y en casa no se me han quejado. Ni esto.


El tiempo es vida. No permitáis que os lo hagan perder..... Salud.

miércoles, 20 de mayo de 2015

PASTEL DE BAKLAVA DE JAMIE OLIVER. Para sobrellevar la primaveritis.

Me encanta la primavera. Me mata la primavera, con sus vertiginosas subidas y bajadas de temperatura, que me descolocan el organismo y me convierten en un ser intelectualmente amorfo.  A pesar de mi estado de estupidez, así que voy caminando me doy cuenta de lo bonita que está mi ciudad. Florecen las jacarandas en las plazas, florecen las obras, legales o no, en  la vía pública y florecen los guiris en las terrazas, hechos a la plancha. Málaga está tomada por hordas de cruceristas enloquecidos, ávidos de sol, tinto de verano, pescaíto y tinto de verano nuevamente. Procuro apartarme de su camino: si te rodea un rebaño de estos y vas con prisa, date por muerto. El que está de turismo camina lentamente, como si estuviera realizando un trámite administrativo ante la Junta. He terminado las gestiones que tenía que hacer, el airecillo cálido me da un bajón horroroso y voy arrastrándome con mis bolsas hasta la cabecera del autobús. Me siento al fondo. Qué felicidad. Se sube más público y un señor viene a sentarse a mi lado. Lo primero que hace es recolocarse la chaqueta, el móvil, el pañuelo de bolsillo y la cartera, con lo cual, de entrada, ya me ha propinado seis codazos con el codo fronterizo. No parece haberse percatado de que está sentado al lado de un ser humano: en lo que a él respecta, si no transparente, soy inerte como un saco de patatas. Impresión que se confirma cuando, acto seguido, empieza a desbordarse por los lados. Vaya por Dios. Me ha tocado un vecino de la categoría pasajero en expansión, como el Universo. O pasajero esparramao. Y no tanto por el tamaño de sus posaderas, (aunque respetable), sino por su decidida voluntad de ponerse cómodo, como si estuviera en el sofá de su salita. Dentro de nada me va a pedir un cafelito con una torta Inés Rosales y las zapatillas. Abre las piernas, se retrepa, y ya me ha invadido medio asiento. Suspiro. Voy a tener que recurrir a los conocimientos prácticos que adquirí en mis años de Facultad, cuando tenía que coger el once para ir y venir del Palo dos veces al día, en hora punta. Además, hoy llevo un bolso muy adecuado: está protegido con unas afiladas cantoneras de latón y cuando mi marido pasea a mi lado, se tiene que cambiar, porque, como nos queremos mucho y andamos muy juntitos, le dejan aradas todas las costillas. Prudentemente yo había puesto el bolso en el regazo para no molestar a nadie con él, pero tratándose de lidiar con un penco de la categoría del que tengo al lado, todas las armas están permitidas. Así que me pongo el bolso a la derecha, en la frontera, y voy empujando disimuladamente en su dirección. Como hacen en el campo para correr una mijilla para allá las lindes. Al no obtener respuesta motriz alguna, sigo empujando hasta que le incrusto el bolso enterito en el brazo. En ese momento se gira en mi dirección. Yo estoy mirando al frente con cara de haba, aparentemente inmersa en inocentes pensamientos. Al cabo de un rato, me mira de nuevo, yo esbozo una educada sonrisa de circunstancias y aprieto otro poco. Siento cómo cede terreno y se repliega a sus posiciones. Siempre funciona. Siempre. Y nunca nadie me ha dicho ni una palabra. Y si me la hubieran dicho, ya le hubiera yo hecho notar al centollo en cuestión que, huy, usted perdone. Es que estoy tan estrecha aquí, que se lo he clavado sin querer. Sin querer más que tatuarle mi nombre en el esternón. Corazón mío.
Al poco rato se levanta, me dedica una mirada bastante asesina y se larga. Me dan ganas de ponerle la zancadilla, pero no abusemos, creo que ha sido suficiente. Tanta gloria lleves como descanso dejas. Por fin....
He hecho esta receta del libro "Jamie& Friends", de postres. Me encantan las recetas de Jamie Oliver, al que puedo perdonarle que siendo inglés sea también cocinero (bonito oxímoron), porque es de ascendencia italiana. Y hace cocina mediterránea principalmente, con incursiones en la cocina de otras zonas como Oriente Medio, como es el caso.  Esta receta abunda en frutos secos, que dan muchísima energía, cosa que necesito con urgencia. Está buenísimo, y si alguien se anima, ahí va la receta:
Ingredientes:
- 125 gramos de mantequilla fundida y un poco más para engrasar.
- 200 gramos de nueces pìcadas.
- 200 gramos de pistachos picados, y un poco más para adornar.
- 75 gramos de azúcar moreno.
- 1 cucharadita de canela molida
- 150 gramos de azúcar
- 2 huevos grandes.
- 1 paquete de pasta filo.
- 75 ml. de miel.
- El zumo de un limón.
- 2 cucharadas de agua de azahar.
- Yogur griego para acompañar. Opcional, pero altamente recomendable.
Precalentar el horno a 170º y engrasar una fuente de horno rectangular. En un bol, mezclar los frutos secos, el azúcar moreno y la canela con 50 gramos del azúcar normal. Incorporar los huevos batidos  con 100 gramos de la mantequilla fundida y reservar.
Volver a fundir la mantequilla restante para ir pintando la pasta filo con una brocha de repostería. Ponemos la primera capa, pintamos, ponemos la segunda, volvemos a pintar, y así hasta acabarla. Es importante que cuelgue por los lados.
Remover la mezcla de frutos secos y verter sobre la pasta filo. Doblar la masa que sobra por los lados, de manera que haga como una solapa por encima, sin llegar a cubrir del todo. Cocer en el horno 45 minutos, hasta que esté crujiente.
Mientras se cuece el pastel,  colocar el azúcar restante en un cazo con la miel, el zumo de limón y 100 ml. de agua. Llevar a ebullición y luego cocer a fuego lento 5-10 minutos, hasta conseguir un jarabe no muy denso. Retirarlo del fuego, agregar el agua de azahar y dejar enfriar. Sacar el pastel del horno y rociar sobre él el jarabe de miel. Dejar enfriar del todo y luego servir con los pistachos reservados y una cucharada del yogur griego a un lado. O a los dos lados, vamos.
Lo pruebo y el día queda atrás, por muy horrible que haya sido... Merece la pena. A reponer fuerzas, que hay que ir sacando la ropita de verano.

miércoles, 11 de marzo de 2015

BROWNIE MONTIGNAC

Seguimos de dieta. Empecé con un régimen hiperproteico. Así que se va una a por los mejores filetitos de ternera que pueda encontrar, sus lomos de salmón y su merluza. Tampoco pinta tan mal la cosa. Te arruinas, porque hay que comer un montón de proteína de calidad, pero lo asumes. Y, de paso, haces muy feliz al carnicero y al pescadero. El primer día te haces tu salmón al horno. Qué rico. Qué jugoso. Esto lo voy a disfrutar. Exquisito. Me acabo el primer lomo. Pero todavía tengo hambre, así que hay que continuar. Muy rico. Pero esto empieza a ser monótono, la verdad. Continúo. Me está empezando a recorrer una sensación extraña. Voy comiendo cada vez más despacio. Hay más en el plato de lo que parece. Supuestamente me lo tengo que comer todo. Qué asco, por Dios. Qué hartura de pescado. Me siento como un esquimal que hubiese pescado una ballena y la puñetera no se le terminase nunca. No lo soporto. La sensación de náusea persiste a lo largo de las horas. Y lo mismo que con el salmón me ocurre con los filetitos de ternera y con la merluza. Todos estos días mi marido, con gran sabiduría, no me ha llevado la contraria ni una sola vez. Hasta me acompañó al Ikea sin rechistar. Con eso os lo digo todo.
 De ésta salgo vegetariana, suspiro por una lechuguita o una manzana. Ahora, hambre, lo que es hambre, no pasas. Te pasas el día con ganas de echar el alma. No es plan. Así que termino por darle la proteína a mi familia y por cambiar de dieta, y adopto la Montignac, que te permite comer casi de todo. De momento, muy bien. Como toda dietívora, no hago más que buscar recetas en condiciones para que no se note mucho la restricción. Pero con las recetas bajas en calorías, te encuentras con demasiada frecuencia un plato anémico, sin aceite, sin sal, sin azúcar, y sin materia comestible apreciable. Para que te lo ates al cuello y te tires al mar de una vez a expiar tus culpas. Un lamentable ejemplo sería la tortilla de patatas hecha con patatas cocidas. Que hay quien te dice, con total impunidad, que está tan buena como la de patata frita. Estas afirmaciones hacen que me avergüence de pertenecer a la raza humana. Como os quiero bien, os doy un consejo útil: no comáis nunca en compañía de quien haga ese tipo de afirmaciones, son la nefasta especie Yo Como Cualquier Cosa. Esa gente que te mira con curiosidad y con cierto asco cuando te ve disfrutar de la comida. Nunca están gordos, claro. Se alimentan de la alegría de vivir ajena: huid de ellos como de la peste.
 Yo desconfío mucho, pues, de las imposturas culinarias. Sin embargo, tengo que dejar a un lado mis prejuicios con esta receta: declaro que Mr. Montignac, el creador de la  misma y de la dieta, es un genio.  Sólo un genio puede idear una receta de dieta con chocolate con 70% de cacao. Además te deja tomar una copita de vino con la comida. Es para querer a este hombre. El dice que no engorda: esto ya es una cuestión de fe o sugestión, aunque sin duda éste tiene muchísimas menos calorías que un postre convencional. Y, siendo como es una potente bomba de sabor concentrado, admite dosis pequeñitas. Si bien letales. Como dicen en mi barrio, para que no se te salte la hiel. Pero hay que decir que esta receta no es para todo el mundo. Si el chocolate que te gusta es el tipo Milka o Kinder Bueno (aunque en este caso, llamarlo chocolate es hacerle un gran favor), esto no es para ti. Anda para casa, criatura, que no son horas de que estés por la calle.
Receta:
- 5 tabletas de chocolate negro al 70% de cacao
- 10 huevos.
- Una cucharadita de canela molida (opcional), o un chorrito de coñac.
- Cacao Valor en polvo para espolvorear (opcional)
Precalentar el horno a 250º, al menos durante 15 minutos.
Fundir tres tabletas  del chocolate en un cazo con un chorrito de leche, a temperatura baja y removiendo constantemente, hasta que se funda del todo. Dejar templar.
Separar las claras de las yemas y montar las claras a punto de nieve. Mezclar el chocolate con las yemas y la canela o el coñac si se utilizan. Añadir las claras poco a poco, con cuidado para que no se baje la mezcla. Engrasar y enharinar un molde cuadrado no muy grande. Meter al horno exactamente 8 minutos. Ni uno más. Queda perfectamente cocido.
Sacar, desmoldar y poner en la nevera al menos 8 horas. Fundir las otras dos tabletas como antes y poner por encima. Espolvorear con el cacao Valor. Puede congelarse para ser utilizado cada vez que quieras combatir la sensación de privación, y funciona de maravilla.
Hacedla aunque no estéis a dieta, os digo por experiencia propia que proporciona un rato de completa felicidad........

Lea el prospecto antes de usar este medicamento: crea adicción incontenible.

miércoles, 25 de febrero de 2015

QUESILLO CANARIO

Aquí nos encontramos, en un luminoso día de Semana Blanca en la que mis hijos han salido disparados, por una misteriosa fuerza centrípeta llamada "Amigos/Otras categorías" fuera de casa. Son avistados de vez en cuando. Con mayor probabilidad, a las horas de comer. Con suerte, a la de dormir, y, con certeza absoluta, como que mañana saldrá de nuevo el sol que nos alumbra, cuando se quedan sin dinero. Entonces se acuerdan de su mamacita del alma y les tengo aquí como un clavo. El tema se desarrolla más o menos así:
Los sensores infrarrojos maternos detectan una presencia.
-Bienvenido al cajero MamiRed 24 horas. Por favor, introduzca su clave.
-Mamááá
-Clave correcta. Por favor, seleccione operación.
-Que me hace falta dinero
-¡Niño! ¿Otra vez?
-Es que tuve que pagar unos apuntes.
-Vale. Teclee importe.
-Necesito xxxx.
-Importe máximo permitido sobrepasado. Teclee otra cantidad y seleccione CONFIRMAR. -¡Sí, hombre! Tú estás majara. Te doy xx y vas que te matas. ¡Amos, anda! A ver si te crees que tus padres son los Botín.
-Bueeeno.
-Esta operación tiene comisión. -Y no te doy un duro hasta que hayas repasado. 
-¿Desea realizar otra operación?
-Sí. ¿Me planchas una camiseta?
-Operación no disponible. Te la planchas tú, hermoso, que yo tengo mucho que hacer.
- Joooooo, madre.
-Gracias por su visita. - Ni joooo ni jaaaa. Anda, niño, y vete por ahí a orearte. 
Y, en un rasgo de optimismo desternillante, añado:
- Y tráeme lo que sobre de vuelta.
Con esto compro un poco de tranquilidad para trabajar sin ser interrumpida. Me estoy preparando un próximo juicio. De oficio. Un verdadero chumbo. Es uno de esos supuestos en que las pretensiones de tu cliente, sin ser lo bastante disparatadas para poder renunciar al turno por pretensión insostenible, lo son más que suficiente para que sepas que está más perdido que las Filipinas. Y eso, por mucho que intentes hacer entrar en razón al justiciable, que no se baja del burro y que tiene ganas de pleito gore,  así como "La matanza de Texas" de esos que manchan mucho, con muchísima sangre y pedazos de pellejo volando por los aires. Donde pretende hacerse un rosario con los dientes de marfil del oponente, y una zambomba con su diafragma disecado. Y eso lo tengo que hacer yo. Así que aquí estoy, preparándome el guión, afilándome los cuernos y aprendiéndome el papel de mala del culebrón, con hombreras incluidas.  Me ha tocado bailar con la más fea. Pero lo que más me llega al alma es que Su Señoría, que sabe perfectamente que estás limitándote a hacer tu papel con la menor indignidad posible, te pone a caldo lo mismo. Continuando con el símil de los culebrones, es como cuando la actriz que hace de villana va por la calle, la mujer, a comprar el pan, y salen las telespectadoras a abordarla, a moñearla y a tirarle tomates, por lo mala y lo perra que es y lo que hace sufrir a la pobre Corina Alejandra. Pues lo mismo. Entre eso y que estoy en vísperas de dieta, porque este acolchado invernal me lo quito yo sí o sí, tengo la moral derrotada. Me consuelo preparándome, como despedida, un quesillo canario. Para mí es el rey de los flanes, el flan 3.0. Es suave, cremoso y exquisito.
Este verano me traje de la Palma varios recuerdos, alguna de mis arrobas de más, dos o tres quesos memorables y otro recetario de postres. Y aquí está:
Receta:
- 4 huevos
- 1 lata pequeña de leche condensada.
- 2 medidas de la lata de leche entera. También se puede poner, de esa cantidad, 200 ml. de leche Ideal o nata, para que quede más cremoso.
- 1 cucharadita pequeña de canela molida.
- La ralladura de un limón.
- Opcional: galletas o 150 gramos de magdalenas o bizcocho que se hayan quedado secos.
- Caramelo líquido.
Precalentamos el horno a 180º. Batimos todos los ingredientes, menos las galletas si las utilizamos, y caramelizamos el fondo de un moldo para horno, redondo o de plum-cake. Vertemos la mezcla y ponemos las galletas o bizcocho, se quedarán flotando y al darle la vuelta formará la base.
Ponemos el molde en la bandeja del horno, llena de agua caliente, y lo dejamos aproximadamente una hora, hasta que al pinchar con la aguja salga seco.
Sacamos y dejamos enfriar sobre una rejilla. Si vemos que el bizcocho o galleta se ha quedado seco, podemos verter por encima un poco de leche y pinchar con la aguja unas cuantas veces, para que esponje. Cuando esté frío, le damos la vuelta y desmoldamos.

Qué bueno. ¡Qué bueno! En una temporada no lo voy a a ver más que en foto. Snifffff.......

miércoles, 24 de septiembre de 2014

QUESADA PASIEGA: ATENCIÓN, RECETA SENCILLA.

Cuando empieza el curso me acuerdo de los años y años que he pasado llevando a mis hijos al colegio. Cómo les arrastraba literalmente por las mañanas, procurando entregarles al brazo secular educativo sin que se hubiesen caído en un charco de barro, tirado al suelo con el argumento irrebatible de que ya no querían andar más, o escapado al monte cercano, incidencias que ocurrían bastante a menudo. Recuerdo que hacían los trayectos en zigzag, recorriendo el largo de cada calle tres veces. Para cuando por fin les arrojaba a la portería, ya estaba atacada de los nervios, con palpitaciones incluidas. A la vuelta les traía en el autobús, en la línea 37, que nos deja al lado de casa, y al que tengo mucho cariño porque es muy familiar, siempre ves a la misma gente a las mismas horas. En ese autobús he pasado horas y horas de mi vida enseñando a mis hijos que en el autobús se sienta uno derecho, que no se ponen los pies en el asiento ("¿Y entonces este de ahí enfrente es un guarro, mami?" Juro que puse derecho a más de uno), y que se le deja el asiento a las personas mayores ("Yo también soy muy mayor y estoy muuy cansado") Creo que aprendieron por puro aburrimiento: delante de mí se medio portan. Eso al menos habré logrado. 
Yo  sigo cogiendo habitualmente ese autobús, como hoy, que he bajado al barrio a hacer unos recados y venía bastante cargada. Me pongo en mi parada. Una y media de la tarde. Cuando llega el autobús, observo que viene lleno hasta la bandera. Pero lleno como nunca. Los de la parte más externa me traen los morros literalmente pegados a los cristales. Aún así, el autobús me para. Veo cómo toda esa gente me mira nada más que regular, y que algunos me desean la muerte pero, mal que bien, me hacen sitio. En la parada siguiente hay una mujer con un carrito de bebé. El conductor le dice:
- Mire usted, haga el favor y entre por detrás, que aquí me van a chillar.
La mujer, obediente, entra por detrás con su carro y su niño.   Aquí empieza a escucharse a la señora redicha que suele aparecer en estos casos:
- Pues la norma dice que los carritos hay que plegarlos y llevar el niño en brazos. Y la norma estará para cumplirla, digo yo...
Aparece un oficioso espontáneo a defender a la atribulada madre:
- Señora, yo no sé quién ha hecho la norma, pero eso es imposible de hacer. Le harían falta a la mujer tres manos. ¡Cómo se nota que usted no tiene niños en edad de carrito!
-¡Oiga!- responde ofendidísima la señora repelente- ¿Es que me está usted llamando vieja o qué?
Se oyen las primeras risitas, que se convierten en francas carcajadas cuando, en la parada siguiente, no hay una, sino dos, madres con carrito. En la que venía a continuación, lo creáis o no, otras dos: era la hora de salida de varias guarderias. Cinco carritos con sus correspondientes cinco bebés y cinco madres, sobre un lleno absoluto, lo cual demuestra, como siempre he pensado, que la ley de impenetrabilidad de los cuerpos es mentira. Siempre cabe más gente. En este punto tenemos montada una verdadera juerga: el público se divide entre los que se chotean vilmente y los que quieren la cabeza de las nuevas intrusas. Varias manos se ofrecen para ayudar a subir el cargamento, y la semejanza con el metro de Tokio en hora punta, o el camarote de los hermanos Marx es completa. Las protestas suben de tono y estamos al borde del motín, hasta que el conductor para el autobús por las bravas, se pone de pie y arenga a las masas insurrectas:
-¡A VER QUE PASA AQUÍ! ¡ECHARZE PARA ATRÁS Y NO ME ZEÁIS SHUNGOS! ¡QUE, CUANDO ESTÁIS ABAJO, BIEN QUE QUERÉIS QUE OS COJA! ¡UN POCO DE ZOLIDARIDAD,! ¿QUE HAGO? ¿MATO A LA MUJÉ O MATO AL NIÑO? ¡QUE PEOR VAN LOS GUARROS EN LOS CAMIONES!
-¡¡¡Primero me llaman vieja!!! ¡¡¡Y luego me llaman guarra!!!- brama la señora impertinente.- ¡¡¡Me voy!!!.- Y se baja, ante los sentidos aplausos de varios de los parroquianos.
Lo bueno de la vida cotidiana es que te depara mucha diversión donde menos te lo esperas, y he pasado un rato divertidísimo. Y decido celebrarlo preparando una receta que yo hacía mucho en aquellos tiempos en que comencé a coger el autobús con mis hijos: la quesada, que es fácil a más no poder y les alimentaba un montón, en esos lejanos tiempos en que eran unos auténticos palizas para comer, antes de convertirse en sendas tenias solitarias....
Necesitamos:
- 250 gramos de azúcar
- Ralladura de un limón
- 1 cucharadita de canela
- 5 huevos
- 100 gramos de mantequilla
- 100 gramos de harina
- 1 kg. de queso fresco.

Se precalienta el horno a 180º, Se bate todo y se pone en un molde cuadrado engrasado, se mete al horno 45-60 minutos y se pincha para comprobar que esté hecho. Fin.
La textura es parecida a la de la leche frita, está buenísimo y dura bastantes días.



       Para que veáis que de vez en cuando pienso en los que no tenéis tiempo....

domingo, 22 de diciembre de 2013

HOJALDRINAS

A papá le prevaricaban las hojaldrinas Mata.  Venía  paseando del centro, con su bolsita muy discreta,(las compraba en una tienda de calle Santa María), y se escondía en la cocina para comerlas, pero siempre se escuchaba la voz de mamá desde otra habitación, cual  la trompeta que derribó las murallas de Jericó: "¡Te creerás que no te suben el colesterol por comértelas escondido. Pues te lo suben lo mismo, para que te enteres!"  Qué mujer, era como el ojo de Dios, te veía a través de las paredes. Ahora que lo pienso, en mi casa era muy frecuente que se escondiera uno para comer. Parece que la clandestinidad hacía que te supiera mejor la comida, pero también era porque como mamá vivió toda su vida a dieta,  era la policía religiosa del régimen (alimenticio) y a mis hipersensibles quince años, no perdía ocasión de recordarme amorosamente que me iba a poner igual que una orza  (de las de guardar el lomo en manteca) si seguía hincando galletas como una descosida. (Por cierto, he sacado del cuarto de mi hijo dos paquetes  vacíos de Oreo y un cuenco, debajo de la cama, con restos de una indefinible masa reseca que, francamente, no quiero saber qué es. ¿A quién habrá salido este chico?)
He sacado la receta del blog de Isasaweis, que tiene unas cosas de repostería buenísimas, además de los trucos de maquillaje.
Ingredientes
- 600 gramos harina repostería
- 400 gramos de mantequilla fundida
- 50 ml. de vino blanco
- 50 ml. de zumo de naranja
- ralladura de tres naranjas
- azúcar glas para cubrir. Yo además le he puesto 50 gramos a la masa, porque me daba pena dejarla tan viuda.
Se mezcla en un bol grande el zumo de naranja con el vino, la mantequilla, y los 50 gramos de azúcar glas. Se añade  poco a poco la harina, tamizada por un colador, y se añade la ralladura de naranja. Se mezcla hasta que todo esté bien integrado. Metemos el bol en la nevera durante una hora. Sacamos y extendemos la masa en la encimera enharinada, extendiéndola con el rodillo a un grosor de unos 2 centímetros. Cortamos rectángulos de unos 4x6 cm., o con un cortapastas coqueto que tengamos por ahí. Ponemos todas las hojaldrinas cortadas en la bandeja del horno forrada con su papel, y lo volvemos a meter en la nevera media hora más. Precalentamos el horno a 200º. Cuando ya está caliente, sacamos la bandeja de la nevera y la metemos al horno 15 minutos. Luego bajaremos a 175º o 180º. Oye, qué bien huele esto. La última parte de la cocción pone 30 minutos a 175º, pero yo he tenido que poner unos cinco minutos más, porque, sabiendo lo cansinero que es mi horno, he partido una por el medio y he comprobado que tenía todavía una parte pastosilla.
Pasado este tiempo, las sacamos, las ponemos a enfriar en una rejilla y las espolvoreamos sin avaricia con el azúcar glas. Y listo. Yo las he llevado a una reunión y corté el rabo y las dos orejas....

Versión solas y acompañadas. No ha quedado ni una para contarlo.