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domingo, 8 de septiembre de 2019

TARTA DE CREMA Y CEREZAS. Os juro que no engorda

 Querido diario:
 Es el primer día laborable de septiembre; lunes. Encima. Mi marido aún tiene vacaciones y yo no: le odio. Me levanto de la mesa del desayuno, sabiendo que no puedo postergar más lo inevitable. Me siento y lloro un rato en el sillón por el paraíso perdido; luego me arrastro hasta el despacho y enciendo resignadamente el móvil. A ver, que yo a estas alturas no puedo pretender otra cosa, y no me vengáis con que el trabajo es salud, ¿quién dijo semejante chorrada? Y bueno, luego que pasas el tironcillo del rato malo, pues te vas amoldando. El síndrome posvacacional, gracias a Dios, nunca me dura más de media hora.  En realidad, tampoco he aterrizado tan de repente, tuve una guardia el día 26 de agosto y otra el 31. El resto del mes, excepto la semana de Londres, pienso que lo he desperdiciado no haciendo el vago lo suficiente. En lo que respecta al viaje, tan pronto aterrizamos en Gatwick y pasamos los controles me sobrevino un furibundo ataque de hiperactividad que me duró toda la semana. ¡Veintidós grados! ¡Manguita larga! En cuanto llegué a los jardines de Kensington y vi todo ese verde maravilloso extendiéndose frente a mí me tiré al suelo de pura felicidad. A las seis de la mañana, como amanece allí tan pronto y no hay una persiana para un remedio, estaba ya sentada en la cama con los ojos como platos esperando que se me despertaran. He arrastrado al exhausto pack marido/hijo por todo el centro de Londres, Westminster, la Torre, Oxford, los Cotswolds (qué belleza de comarca), y cuanta librería, tienda de té, gran almacén, museo y tienda de museo se me puso a tiro, mientras yo iba siete metros por delante cual conejito maníaco de Duracell. Ya el sábado, en el mercadillo de Portobello Road me pidieron clemencia y les dejé sentarse en un parque, pobres míos, mientras yo iba de un puesto a otro presa de un furor consumista sin precedentes.
 - ¿Dónde piensas llevarte TODO ESO? 
(Entiéndase por "todo eso" una selección importante de: libros, -algunos- latas de té, (muchas) y de galletas (buenooooo....) una tetera y varias tazas de té, además de especias hindúes varias y otros objetos diversos. Añádase que sólo llevábamos equipaje de mano)
-No sé. Ya veremos. Seguro que cabe. Además, podemos llevar cada uno una bolsa del duty free.
El día de la partida conseguimos finalmente cerrar las maletas, después de sentarnos todos juntos encima de cada una, tras meter toda la mandanga repartida entre ellas. Llegamos al aeropuerto. Mi maleta no salía del control. Empecé a temerme lo peor. Finalmente salió, por otra línea distinta, y me la trajo un fornido empleado de seguridad, con el que mantuve, en un satisfactorio inglés de los Montes de Málaga la siguiente conversación:
-Buenos días. Your case. Pesa mucho 
-Buenos días. Mire usted, sí que pesa mucho, pero si me la hace usted de abrir, luego a ver si tiene las narices de cerrármela, buen hombre.
- Lo siento, madam, pero sí que la tiene que abrir. Usted lleva líquidos en la maleta.
-¿¿¿Líquidos en la maleta??? Qué voy a llevar, hombre. Mire. Una tetera envuelta en dos jerseis para que no me casque. Tazas. Especias hindúes. Lo normal de una maleta, vamos.
- No, señora. Me refiero a esto (sacando un tarro de mermelada hipermegapija de Fortnum&Mason)
-Mire usted ¿y desde cuándo la mermelada es líquida?
-Desde que lo dice la máquina, madam. Unfortunately, tiene usted que dejarla aquí. No mermelada, no sabe cuánto lo siento.
-Pues para usted la mermelada, hombre. Sí mermelada ¿Podemos cerrar ya la maleta?
-Certainly, madam. Espero que lo logre. Que tenga usted buen viaje.
-Y usted buenos desayunos. A más ver.
Oye, y se quedó riéndose, el capullo. En fin, luego me resarcí en el duty free, para acabar de gastarme las libras. Y sí, te dejan pasar también una bolsa a cada uno. Una bolsa muy pero que muy grande. Para rematar, en la sala de embarque se empeñaron en que yo no podía embarcar porque en mi DNI pone que mi nombre es María Rocío (qué le vamos a hacer) y en la tarjeta de embarque Rocío a secas.
-You are not the same person. Your name is different. You are not Rocio, you are Maria.
-Maria tu madre, me vas a decir tú cómo me llamo a estas alturas My name is Rocio. In Spain, all women are Mary -Something. En España todas Maria Algo. Que no te enteras, hombre.
Lo de Mary Something pareció dejarle algo perplejo durante varios segundos. Le veía pensar, literalmente. Luego, en vista de la cola que se estaba formando a mis espaldas, y que amenazaba con un motín, dio la explicación por buena, me dijo ok y nos dejó embarcar de una puñetera vez. Qué cansino, por Dios.
La receta de hoy es para hacer una reentrée a lo grande, para ponerse vacaburra antes de comenzar la dieta de comienzo de curso. Como Dios manda.
Para la buttercream:
-200 gramos de azúcar glas tamizada.
-125 gramos de mantequilla sin sal a temperatura ambiente.
-250 gramos de queso tipo Philadelphia
-6 hojas de gelatina
-40 ml. de leche entera.
-Unas gotas de esencia de vainilla o de almendra.
Ponemos la leche en un cuenco y en ella hidrataremos las hojas de gelatina hasta que se ablanden. Batimos la mantequilla con el azúcar hasta que blanquee. Calentamos la leche con la gelatina, añadimos la mantequilla, el queso y la esencia y lo batimos todo junto. Lo dejamos unas horas en la nevera, hasta que tome cuerpo.
Para el bizcocho:
-250 gramos de mantequilla.
-250 gramos de azúcar
-250 gramos de huevo pesado sin las cáscaras.
-250 gramos de harina de repostería.
-10 gramos de levadura.
-Una pizca de sal.
-200 gramos de cerezas, más otro puñado para adornar.
-Un tarro de mermelada de cerezas.
-Almendra laminada y tostada.
-Azúcar glas para adornar.
Las cerezas (los 300 gramos en total) se deshuesan y se maceran previamente durante 24 horas en un cuenco, junto a un buen chorro de licor de cerezas y azúcar a tutiplén. Con el líquido haremos un almíbar flojito. También se pueden comprar cerezas en conserva y ahorrarse el paso.
Se precalienta el horno a 180º.
Para el bizcocho, batiremos la mantequilla con el azúcar hasta que blanquee y luego añadiremos los huevos de uno en uno. Después se irá añadiendo la harina cernida, la levadura y la sal, y se bate hasta integrar. Añadimos las cerezas, previamente pasadas por harina. Engrasamos un molde redondo, añadimos la masa y a hornear durante una media hora. Vamos pinchando y cuando la aguja salga limpia, apagamos, desmoldamos, ponemos en rejilla y dejamos entibiar el bizcocho..  Lo cortamos con un hilo o un cuchillo de sierra por la mitad. Pintamos cada disco de bizcocho con el almíbar y lo cubrimos con una buena capa de buttercream. Aquí no hay miserias. Volvemos a componer el bizcocho. El resto de la crema lo mezclamos con el bote de mermelada y cubrimos todo el bizcocho con ella, reservando un poco para adornar.. Cubrimos los laterales con almendra laminada y también por el filo de la parte superior. Con la manga pastelera y la crema reservada haremos un círculo y para terminar adornamos al gusto con las cerezas que hemos reservado y más almendra, y espolvoreamos con azúcar glas. Sale una aberración nutricional riquísima y vistosa.

Una es guapa sin photoshop, no creáis...
Encima, ahora me toca hacerme la analítica, pero como aún no he encontrado al endocrino de mis sueños, ese que me deje comer fabada y queso,  me apañaré el colesterol con unos chupitos de agua de alpiste, para que consigan extraerme algo de plasma sanguíneo de entre él. Difícil, muy difícil.
Feliz semana a todos....

domingo, 14 de julio de 2019

TARTAS DE CUMPLEAÑOS

Necesito ya unas vacaciones. Realmente, yo viviría siempre en vacaciones, pero cuando una empieza a dejarse el móvil en casa, a perder sistemáticamente cuanto objeto pasa por sus manos y a meter las llaves de casa en la nevera, es porque la salud mental te pide un receso. Cruzando los dedos, eso sí, porque, por si no lo sabéis, los abogados NO tenemos vacaciones. Agosto es inhábil para la mayoría de las actuaciones, pero no para todas. Y si no entras en la plataforma de Lexnet (invento del Maligno nunca superado) y no aceptas las notificaciones de los juzgados, a los tres días las tienes por notificadas y te corre el plazo que sea. En los despachos más grandes la gente se turna, pero si trabajas solo, te tienes que ir de vacaciones casi de extranjis, rezando a Dios para que si te vas de viaje no te manden nada significativo. Pobre chica la que tiene que servir... Señor.
La cuestión es que aunque logres tener unas vacaciones más o menos ininterrumpidas. siempre son demasiado cortas. Recuerdo, sin embargo, que los veranos en el piso del Rincón eran muy, muy largos. Conforme cumplíamos años, las amigas y yo íbamos cada vez menos a la playa o a la piscina, ante el pasmo de nuestras madres.
-Las niñas éstas son unas lacias. Ni se bañan ni nada, y todo el día metidas en el cuarto de una o de otra. Mi niña parece un vampiro.
-.Di que sí, Pepita. La mía está más blanca que la leche. Ay, qué rara es la gente nueva.
Porque, después de la emoción de reencontrarnos y de darnos EL chapuzón que declaraba la temporada oficialmente inaugurada, nos entraba una galbana que no había quien nos moviera y que nos duraba hasta el mes de septiembre, en que revivíamos milagrosamente  Un día normalito nuestro podía ser:

1) Se levantaba una a las ocho de la mañana, veía "Los ricos también lloran", se tomaba un colacacao y a la cama otra vez (Gema)

2) Se levantaba una a las once de la mañana, después de que hubiera recorrido la urbanización (con el claxon y la megafonía, o a grito pelao directamente) la camioneta del pescadero, y la del panadero, el camión del butano, y el que traía la fruta de Vélez.("MELONES, MELOOOOONES, MELOOONES COOOOMO EL ARMIBAAAAAA) Esa era yo, si doña Pepa no se había adelantado previamente  despertándome con todo amor y cariño ("¡NIÑA, PARRIBA!") Después, te mandaban a hacer la compra y a limpiar los baños, y quedabas momentáneamente liberada

3) No había móviles, y en la vida analógica, íbamos a buscarnos las unas a las otras en persona.
-¿Qué haces?
-Nada, ¿y tú?
-Nada.
-Pues vámonos al fumadero.
El fumadero era el descansillo de arriba del todo del bloque, donde estaba el cuartillo del ascensor, y donde íbamos a fumar de extranjis como descosidas. Algunas veces nos dejábamos allí el cuerpo del delito de los tabacos y los mecheros, para no sufrir un requisamiento paterno inesperado.

4) Nos encerrábamos en el cuarto de alguna a bailar sevillanas, a pintarnos las uñas, a oír alguna cinta de cassette  (tiempos) y a hablar sobre los temas trascendentales de la vida: lo bueno que estaba , o no, Miguel Bosé, (solía haber división de opiniones) que si el cantante Iván era un lamioso o si ese invierno se seguirían llevando los pantalones de pana gorda. La madre correspondiente abría la puerta de vez en cuando.
-Niñas, asomaros un ratito a la playa, que os dé el sol un poco.
-Mamááááá.
-Vale. Pues haced lo que queráis, que sois todas unas rancias.
("La playa". Vaya ocurrencia....)

5) Cada mochuela a su olivo, a comer y a fregar los platos.

6) Irnos a casa de Amalia, que no estaba en la urbanización, a repetir la sesión de cuarto. Comprar tabaco por el camino. Grabar entre todas en un cassette un programa de radio, incluyendo consulta de Elena Francis, con respuestas creativas totalmente irreproducibles, banda sonora incluida. Luego, serial tremebundo:
-Cuando yo nací era una noche helada (viento: "huuuuuu"). me crié con mi madrastra y mi madrastra venga a pegarme con un vergajo.
-¿Qué es un vergajo?
-Un vergajo, niña. Un palo. Y mi madrastra venga a pegarme con el vergajo y el viento seguía haciendo uhhhhh y mi madre gemía en el parto ¡AAAHHHH!
-¿Pero tu madre no se había muerto?
-Mira. Así es que no se puede.
Y para rematar "coplas, coplas de mi España", con arreglos letrísticos de creación propia. Qué pena no haberlo conservado.

7) Hacer una merienda en casa de alguna. Nos poníamos púas. Sandwiches. Bocadillos. Tarta de galletas. Desde entonces la tarta de galletas está en mi memoria sentimental. Una vez, en mi casa, se acopló también un niño de la urbanización de al lado, y doña Pepa me preguntó, con su característico tacto y tono de voz habitual: "¿QUIEN ES ESA NIÑA TAN GORDA?"  No es que quisiéramos que viniera, pero, pobrecillo, nunca  se atrevió a volver.

8) Si había algo potable en el cine de verano, para allá de cabeza. Sillas de aluminio incomodísimas y lleno total casi siempre. Al lado del cine había un bloque cuyas terrazas daban a la pantalla: películas gratos todo el verano, vaya chollo. Se sentaban las familias allí a la fresca con su ajoblanco y su tortilla de papas, y más a gusto que estaban. Si la función no empezaba a su hora, eran los primeros en corear "¡QUE EMPIECE YA, QUE EL PUBLICO SE VA!". Cuando la película era de miedo, nadie se  quería sentar al lado de Gema, que te arreaba unos pellizcos en los brazos que te dejaban más morada que un lirio, así que el terror era por partida doble.

9) Un helado/horchata en Maike.

10) Bajarnos al césped a hacer el capullo, a cantar debajo de los balcones y a que papi saliera en calzoncillos a echarnos la bronca y me mandase subir, para mi eterno bochorno.

11)  Himno de España, despedida y cierre.

Con los años la cosa fue variando ligeramente: yo normalmente tenía que estudiar para recuperar alguna asignatura de Derecho en septiembre. No he pasado yo tardes empollando Civil en aquel sofá cama con la tela que picaba tanto. Desde entonces, no me puedo rascar las pernas sin acordarme de las obligaciones y contratos. O ya de noche caminábamos unos dos kilómetros para la ida y para la vuelta con tacones, para ir a bailar al Charleston, que estaba casi en Chilches. En lo que seguimos fieles fue a nuestro rechazo a la playa y a la piscina, territorio de "padres", puajjjj. Después, dejamos de venir. Y con los años, ya siendo madres, nos tocaba llevar a nuestros niños a la playa y a la piscina, sedante natural donde los haya que nos garantizaba que las criaturas no nos darían la noche.... Sedante para ellos, porque yo terminaba atacada de los nervios corriendo para que el niño no se escapara y se perdiera, o se metiera en el agua por su cuenta, o se divirtiese echando puñados de arena en los ojos a la señora más desagradable de la playa, todo mientras el santo padre de la criatura permanecía en una dimensión paralela, felizmente ajeno a todo y zen total parapetado tras su periódico. Ay, qué tiempos...
Estas tartas de hoy las hice para un cumpleaños de mi sobrina Irene y gustaron bastante: creo que no quedó un trozo sobreviviente. Parece más laboriosa de lo que es realmente,  ¿y a quién no le gusta la tarta de galletas?  Vaya, ¿que a ti no? Mira, siempre tiene que haber algún rarito en el mundo. O eso, o te han servido un engrudo incomible, aunque hacer una mala tarta de galletas, mira que es difícil.
Ingredientes para una tarta:
Cantidades: Esta tarta está hecha sin receta, a lo brutorro e improvisando. Así que no hay cifras. Aquí va todo al gusto y a la inspiración del momento.
-Un paquete de galletas de las rectangulares. Las Napolitanas van muy bien.
-Leche para remojar con dos o tres cucharadas de azúcar. Un chorrillo de licor no le va mal tampoco
-Crema de relleno: Se puede poner mantequilla en pomada mezclada con cacao en polvo y azúcar o hacer unas natillas normales de polvos según diga el paquete y añadir una tableta de chocolate negro fundido. Yo las hice así.
-Nata, un par de bricks de los pequeños. Fría de la nevera.
-Azúcar glas al gusto.
-Un sobre de estabilizador de nata. Los hay en Carrefour, Corte Inglés y similares, y no es imprescindible, pero favorece que no se nos baje la nata de los adornos.
-Una o dos tabletas más de chocolate al gusto para la cobertura.
-Lápices pasteleros, si no gastamos buen pulso con la manga pastelera. Los hay de Vahiné y de Dr. Oetker.
-Galletas de las pequeñitas a elegir, para poner por los lados de la tarta.
-Corazoncitos de repostería, floripondios comestibles, perlitas plateadas, doradas, de colores... hay un amplio surtido de todo ello en cualquier supermercado grandecito.
Preparamos el moje de las galletas poniendo en un plato la leche, el azúcar y el licor, si lo queremos. Luego hacemos la crema de relleno, según la opción elegida, y la reservamos. Fundimos el resto del chocolate con un brick de nata, a fuego muy bajo, lo apartamos y lo dejamos enfriar hasta que coja cuerpo, pero a ser posible no en la nevera, porque el chocolate pierde brillo. Cogemos un molde rectangular del tamaño que nos venga bien y vamos mojando las galletas, no mucho para que no se deshagan, y el tema hasta aquí se reduce a mojar las galletas e intercalar capas de crema y galleta, como el albañil que monta un muro medianero con cemento y paleta, (el parecido debe terminar ahí, a ser posible) hasta lograr el tamaño deseado. Una vez lograda la base, untamos bien por arriba y por los lados con la cobertura reservada, alisando bien. Cogemos los lápices pasteleros y vamos escribiendo. Esto parece fácil, pero se tiene que hacer con mucha tranquilidad y sosiego y que nadie te dé un susto mientras escribes. Si se te corta el chorrillo, intentas hacer un empalme que no se note mucho. También tener en cuenta lo que pones. No es igual "Felicidades, Pepe", que "Feliz cumpleaños y que cumplas muchos más y yo que lo vea, María Purificación Filomena". No sobreestimemos nuestras capacidades. A continuación, .montamos el otro brick de nata, con el sobre de estabilizador si lo usamos, a mano o con la Thermomari, o el accesorio que traen algunas batidoras, si lo tenéis, con tiento para que no se nos haga mantequilla (sale buenísima, pero hoy no es el objetivo), y una vez montada, le añadimos dos o tres cucharadas de azúcar glas, o al gusto de cada uno. Metemos la nata en una manga pastelera con una boquilla de estrella, y la manga la metemos dentro de un vaso para que se sostenga entre uso y uso. Apretamos y vamos poniendo rosetones por los filos hasta cubrir lo cuatro bordes. Luego pegamos las galletitas por los lados y rematamos poniendo estratégicamente los corazoncitos, o los floripondios, o el confeti de azúcar. Por último, le plantificamos las velas y nos queda una tarta muy aparentona y la mar de rica. Tiene una gran ventaja, y es que se puede perfectamente congelar si se quiere hacer con antelación.

Ni las migarras, oiga.
Hoy no queremos complicarnos la vida y si hay un cumpleaños, tiramos de pastelería y listo. Pero hay algo muy entrañable y familiar en una tarta de galletas y en hacerla con tus manos a un homenajeado al que quieres mucho. Y yo soy una experta en complicarme la vida, qué le vamos a hacer.
Feliz semana a todos...

miércoles, 25 de julio de 2018

TARTA DE MANZANA SIN REMORDIMIENTOS

En mi familia, mucho antes de la casa del Rincón, mucho antes del apelotonamiento fuengiroleño, nos limitábamos a tirar de día de playa como todo hijo de vecino, con nuestras fiambreras, nuestro melón para poner a enfriar en la orilla, y nuestros insuperables filetes fríos con doble empanado de pan rallado y arena. Pero hubo algunos veranos en que fuimos a echar las vacaciones en el chalet que tenía al principio de la Cala un amigo de mi padre, el cual cometió el lamentable error de cálculo de hacer tan generoso ofrecimiento, porque papi le cogió la palabra sin pensárselo dos veces. Pudieron ser dos veranos, o tres, no me acuerdo bien, porque era muy pequeña y todos ellos se funden en uno solo. Sin embargo hay recuerdos aislados profundamente grabados, como el olor de las tomateras que había sembradas en la parcela de detrás de la casa y el de la higuera de la entrada, y que para siempre estarán en mi memoria unidos a las vacaciones. Al asomarte a la terraza por la mañana temprano, veías pasar manadas de delfines girando como ruedas de coche sobre el mar. Me acuerdo especialmente del bar de las conchas de la Cala, el de entonces, el que tenía conchas de verdad. Por aquellos tiempos mi cuñado aún se encontraba en la fase de meritoriaje y me llevaba de paseo junto con mi hermana a tomar tapas. Era la manera más segura de que no diera un ruido. Yo era poco exigente e iba a ver lo que me caía, no como mi hermano, que había chantajeado activamente a la pareja en el pasado:
-Pos si no me invitáis a sardinas, le digo a mamá que vas de la mano con un niño.
El aspirante a la plaza de yerno cogía su autobús y se venía a ver a mi hermana cada vez que podía, y desde luego no se libró de pagar la novatada. Una vez parece ser que surgió la conversación de que tenía que ir a cortarse el pelo y doña Pepa, muy dispuesta, le hizo saber que en casa ella era la peluquera titular y que le cortaría las melenas con muchísimo gusto. Con tanto gusto y fruición, que le hizo en toda la coronilla un trasquilón del quince; pero, lejos de arredrarse por semejante menudencia, empezó a distraerle con la conversación, arreglándoselas mientras tanto para pintarle disimuladamente la calva con lápiz de las cejas, con lo cual echó el apaño hasta que el chiquillo llegó a su casa y se lavó el pelo. Pues no era nadie doña Pepa....
Mis días parecían interminables, confundiéndose unos con otros, y entre las convidadas a tapas, los libros que me prestaban y las horas y horas de playa, el tiempo se iba sin sentir. Las mañanas que sacaban el copo, iba con mi madre y nos traíamos el pescado directamente de la red. Yo siempre llevaba mi cubo rojo con agua del mar, porque me solían regalar pececitos pequeños a los que me podía pasar horas observando y metiendo la mano, removiendo en el cubo, sólo por el gusto de ver cómo se escurrían entre los dedos, con la típica cansinera de los niños, hasta que mami se ponía histérica:
-Nena, ¿¿¿quieres dejar ya tranquilo al pececito, que nos tienes mareados a él y a mí??? ¡Que se te va a encanijar!
Eso nos lo decían entonces mucho a los niños, cuando nos empeñábamos en trastear y sobar a los bichos que tuvieran la mala fortuna de caer en nuestras pecadoras manos. Nunca lo entendí muy bien, dicho sea de paso, a no ser que quisieran decir que íbamos a matar de asco al pobre animal. Eso lo creería sin ningún esfuerzo.
-Lo mejor que puedes hacer es echarlo al mar, que seguro que su madre lo está buscando. ¡Y no le eches pan con mortadela! ¡No querrás que se "muera"!
Como el chantaje emocional siempre daba buenos resultados conmigo, y yo no quería que el pobre pececito se muriera lejos de su madre, víctima de un atracón de mortadela Mina, siempre accedía a llevarme mi cubito rojo a la playa y devolverlo al mar, medio atontado por los meneos a que le sometía mi curiosidad insaciable. Hubo un día en que encontré, por mí misma, un caballito de mar. Entonces no era difícil verlos en la misma orilla y me parecían unos animales enigmáticos, siempre de pie, con esa boca tan extraña en forma de tubo.
-Mamá. ¡Mamá! ¡Mira lo que he encontrado! ¿Me lo puedo quedar?
-¡Noooo! ¡Haz el favor y echa el bicho ese al mar! Que entre lo que tú pescas y lo que no pesca tu padre me tenéis aburrida. Anda y vete por ahí a orearte un rato... 
Porque, efectivamente, a papi le dio una temporada por pescar, o pretenderlo al menos. Se agenció una caña muy bonita que imitaba a las de bambú. Por la noche se sacaba una silla a la playa y allí se tiraba un buen rato al sereno, con nulos resultados, ante el cruel recochineo materno:
-¿Qué, Joaquinito? ¿Hoy tampoco has pescado nada? Es que mira que ponerle pescado cocido al cebo. ¿Eso dónde lo has visto tú? Vamos, que si quieres te saco también un poco de mayonesa para que se la untes, a ver si les gusta más. ¡No te digo, pan de higo! (sic; mamá tenía algunos dichos incomprensibles)
El acoso y derribo psicológico en forma de pitorreo dio pronto sus frutos, la caña acabó sus días en un armario, cogiendo polvo, y la relación de papi con los peces se limitó a partir de ese momento a comérselos fritos, siempre y cuando mami le hubiese quitado bien las espinas. Sí, hijos, sí. Los padres de antes, con frecuencia, estaban malcriados una cosa mala, y se les desespinaba el pescado, y se les pelaban las naranjas. Aunque luego, para contrarrestar, tuvieran que sufrir las pullas salidas de la bífida lengua de su santa esposa.
Poco a poco, las mañanas y las noches se iban haciendo más frescas, incluso caía algún chaparrón, y ya sabíamos que tocaba empaquetar los bártulos y volver a casa. Aunque a mí particularmente la pena me duraba poco: volvía al colegio, había que comprar libros y uniformes nuevos y me reencontraba con mis compis de clase. Y todo volvía a empezar de nuevo. Cuánto echo de menos el buen conformar que tenía entonces...
Yo no me acuerdo ya de dónde saqué esta receta, que es estupenda para cuando te apetece algo dulce y te convences a ti mismo de que no engorda nada. Aquí el autoengaño funciona muy bien. De cualquier manera es una cosa bastante razonable y además saciante. Con un trozo apañado puedes tirar toda la mañana.
Ingredientes:
-Para la base:
-150 gramos de copos de avena.
-150 gramos de dátiles sin hueso.
-100 gramos de frutos secos al gusto, triturados. Los anacardos o las almendras van muy bien. Muy recomendable dejarlos en remojo desde la noche anterior, porque luego se pueden integrar mejor. Pero vamos, que si no lo haces no pasa ná.
Para el relleno:
- Un kilo de manzanas, más una aparte hecha láminas.
-Una cucharada de sacarina líquida También se puede endulzar al gusto con otra cosa: azúcar moreno, azúcar de coco, o estevia, si la podéis soportar.
-Un palo de canela.
-Un poco de mantequilla. Opcional.
-Arándanos secos. Opcional, pero hace bonito.
-Mermelada de melocotón. Yo la puse sin azúcar. Da el pego.
 Precalentamos el horno a 200º. Hidratamos los dátiles en un vaso de agua, poniéndolos un par de minutos en el microondas, sacamos y escurrimos.  Los ponemos en la Thermomix con los frutos secos y los copos de avena y trituramos, o bien lo hacemos con la batidora normal. Nos debe quedar una pasta más o menos consistente. Con ella forramos la base de un molde desmontable para tartas, de esos de paredes bajas, y que habremos engrasado previamente, y lo metemos al horno caliente unos diez minutos. Mientras, vamos pelando las manzanas y troceándolas en una sartén, que pondremos a fuego moderado con la sacarina o lo que pongamos para endulzar, la canela y la mantequilla. Iremos removiendo hasta que nos quede una compota espesa. Una vez que saquemos el molde del horno, le ponemos encima la compota, retirando bien todas las astillas de la canela, para no encontrarnos con una desagradable sorpresa puntiaguda, y cubrimos el conjunto con las láminas de manzana. Volvemos a meter al horno hasta que las manzanas de arriba estén doradas (ir vigilando), y sacamos la tarta y la dejamos enfriar sobre una rejilla.
Ponemos la mermelada en un cazo con un par de cucharadas de agua y removemos hasta que se vaya soltando. Cuando esté líquida, bañamos la tarta con esta mermelada pasada por un colador, para que quede fino. Se añaden los arándamos y se deja entibiar. Y listo.

Y de momento cierro el kiosko hasta septiembre. Necesito con urgencia descansar de todo y dejarme caer en un estado de somnolencia bovina para cargar las pilas. Os deseo un agosto tranquilito, sin sobresaltos y sobre todo, disfrutando mucho. Â bientot...

miércoles, 4 de octubre de 2017

TARTA DE QUESO CLASICA

De nuevo la misma situación. Esto es increíble. Una, como jefa del departamento de intendencia de este hogar, entre otros muchos roles desempeñados, visita con cierta regularidad el cajero automático. Pues de nuevo no tengo ni un euro en la cartera. Lo que tengo es veinte cupones de descuento del Día, que son siempre de las cosas que no compro; tickets arrugados diversos; quince o veinte tarjetas del seguro médico, del banco, del Ives Rocher y del FNAC, caducada por cierto; y una colección de esos papelillos indeterminados que al parecer prosperan como vegetación endémica de los monederos; pero de cash, ni una gorda. Y ya no es tanto por marigastona, sino porque en mi casa sin excepción piden más que si les hubiera hecho la boca un fraile. Empezando por mi marido, que jamás lleva dinero encima, como la reina de Inglaterra, y terminando por el Curro, que calladamente me pide pienso con ojos lastimeros a todas horas, animalito. Y si son mis hijos. Buenoooooo.... Es increíble la variada lista de pretextos que me ofrecen para generar una nueva partida presupuestaria. Véase a modo de ejemplo la frase que comienza por "Mamá, necesito dinero, porque:" y continúa con cualquiera de estos predicados:
......Me tengo que cortar el pelo (vale)
......Tengo que llevar tres cartulinas a clase para hacer unos esquemas (nunca las vi)
......Se me han roto los pantalones y no encuentro los demás (veridico).
..... Al pienso de los agapornis le han salido bichos y necesito tres kilos más (?)
..... He quedado (poderosísima razón)
..... Hoy también he quedado.
..... No tengo viajes en la tarjeta del bus (estos niños viajan más que De la Quadra Salcedo en sus tiempos mozos)
..... Le quiero hacer un regalo a mi novia (con lo cual, en todo caso la regalante soy yo; ¿no te fastidia?)
Y así hasta el infinito, y más allá. ¿Y porqué no le piden a su padre? Pues por lo que ya he adelantado: él también me pide. Y si a alguno, a pesar de todo y contra toda esperanza, se le ocurre pedirle, hay sólo dos respuestas posibles: 1) No tengo nada encima.  2) NO. (Palabra mágica donde las haya: ¿alguien sabe de algún cursillo donde enseñen su adecuado manejo? Le estaría eternamente agradecida)
Total, que al cajero otra vez; ya hemos hecho hasta amistad. Yo no sé de dónde he salido yo tan blanda; si se me hubiera ocurrido a mí andar pidiendo dinero con esa perseverancia digna de mejor causa, doña Pepa ya me hubiera largado, muy flamenca, aquello de "Tú te crees que soy el Banco de España", frase entrañable donde las haya, por cierto Y si es don Joaquín, ibas listo: era más fácil ordeñar una piedra que hacerle abrir el puño. Papi era buenísima persona, pero más agarrado que un chotis. Doña Pepa, sin embargo, tenía una curiosa debilidad: venía de la compra y me traía paquetes de Fortuna, que era lo que fumábamos las chicas finas. Si además de finas estábamos metidas en fondos, fumábamos Winston.  Tú eras de tabaco negro o de tabaco rubio: pero fumar, todo el mundo fumaba. El Ducados, un tanto lumpen, lo solían fumar los chicos, y también las chicas que eran algo menos finas. Y cuando la falta de recursos apretaba, entonces comprábamos 1-.X-2: una especie de mezcla de tabaco negro y rubio, que sabía a paja de establo usada y que provocaba unos efectos fisiológicos colaterales muy interesantes, que no entraré a detallar por mor de la decencia. Pues lo que os contaba, doña Pepa venía con sus bolsas de naranjas y de tomates y me soltaba el paquete de tabaco con cara de perro, pobrecita mía. Yo me fumaba el primero e ignoraba la segunda, con esa capullez tan característica de los hijos: en esa época feliz yo era absolutamente inmune a las caras de perro, y no me sentía culpable de nada. Me pregunto qué es lo que se ha torcido desde entonces....
Hoy voy a poner la receta de una exquisita macrotarta de queso, para mí la mejor, cuya receta me dio mi cuñada Mercedes, que la hacía mucho en la época en que tenía cada día a quince o veinte adolescentes crecederos a merendar. Lo de macrotarta es porque realmente sale muy grande y en teoría se podrían reducir los ingredientes a la mitad, pero dado lo peculiar de los tiempos de horno, que es lo que le da esa cremosidad espectacular que queda al final, no me atrevo a modificarla. Eso sí, se congela muy bien.
Ingredientes:
- 300 gramos de galletas María desmenuzadas
- 3 cucharadas de mantequilla
- 1 kilo y 200 gramos de quesos diversos: Philadelphia, Burgos, requesón.....entre ellos, un par de quesitos normales van muy bien)
- 250 gramos de azúcar (la receta original pone 400, muchísimo; pero en caso de duda es mejor ir probando la masa y añadir algo más a los 250 gramos si parece poco dulce)
- 3 cucharadas de harina
- 3 cucharaditas de ralladura de limón.
- Un poco de canela en polvo.
- 250 ml. de nata
-1/4 de cucharadita de sal.
-5 huevos y dos yemas más (yo pongo seis enteros)
-Mermelada o confitura al gusto para cubrir. Yo pongo una de cerezas o moras.
Encender el horno a 180º. Mezclar las galletas trituradas con la mantequilla y hacer una masa con la que cubriremos el fondo y subiremos un poco las paredes de un molde grande desmontable. Meter al horno y cocer diez minutos. Sacar y reservar. Poner el horno a 250º.  Batir todos los demás ingredientes. Verter esta crema sobre el molde con la base de galleta y meter al horno fuerte diez minutos. Después bajar la temperatura a 90-100º y dejar una hora más. Apagar el horno y dejar la tarta dentro 15 minutos. Sacar y dejar enfriar. Ya frío, cubrir con la confitura y servir.


Se presta mucho a que pases por la cocina, una de esas tardes que tiene uno un poco tontorronas, en que todavía hace calor pero ya notas el cambio de estación, esas tardes que tienes el cuerpo muy tonto, y abras la nevera muy calladito  y metas una cuchara en el molde. Que total, un bocado son pocas calorías. Y de repente, la vida se hace un poco más soportable. Pues mira, sí, estoy incitando al desorden alimenticio. Es un pecado realmente muy pequeñito....y de todos modos pienso que, en general, no pecamos lo suficiente.
Feliz semana.

miércoles, 24 de mayo de 2017

TARTA DE FRUTAS

Verdaderamente, hay días en la vida en que una, a falta de poderse volver a la cama y no asomar la nariz en todo lo que aquél dure, necesita un saco de un quintal de paciencia. Hace poco tiempo tuve una vista de esas cañeras que me gustan a mí: conflicto entre varias partes y letrados intervinientes, susceptible de acuerdo. La idea era retirar las acusaciones mutuas y dejarlo todo en la pena mínima que se despacha, que además se podía suspender. Total, que parecía que íbamos a llegar a buen puerto, pero de pronto una de las partes que se rebota y te dice aquello de "yo voy a la cárcel si ESE va también" Ay, ese pensamiento cainita tan español y tan absurdo. Y conciliábulo de abogados. Y paseos por el pasillo. Que no hay acuerdo. Que sí hay acuerdo. Que dile a ESE que me está mirando mal. Oye, que no le mires mal, me haces el favor y te me pones de cara a la pared. A todo esto, su Señoría que nos llama, y más o menos:
-A ver, señores letrados. Que si se van a apañar sus clientes entre ellos. Porque si necesitan más tiempo, yo celebro mientras el que viene después.
-La última vez que preguntamos había acuerdo, Señoría. De aquí a un minuto, no sabemos si va a haber acuerdo o si va a haber collejas como panes.
-Pues hagan el favor de dárselas ustedes a sus respectivos clientes, a ver si me los ponen en razón. Y circulen, que tengo mucho que ver todavía esta mañana. Hala. A negociar.
Total. Que nuevo cambio de opinión, porque es que era mirarse y torcérsele el rabo a uno o a otro. Y tú allí como en el patio del colegio: haaaaaala, os dais la mano y amigos otra vez. Que me tenéis un poco hasta la horquilla del moño. Cuando se terminó el juicio que nos habían colado antes, el digno representante del Ministerio Fiscal, que se estaba comiendo un paquete de Doritos, porque tenía ya una bajada de azúcar que no se tenía, nos advirtió:
-Miren que es la última vez que se lo digo. O hay acuerdo ahora o celebramos, y ustedes verán. Que aquí va a haber para todo el mundo, en lo que a mí respecta....
A la compañera encargada de convencer a los antiacuerdo la traíamos los demás frita, pobre mujer:
-Andaaaaa. Pregúntales otra vez.
-Sí, para que otra vez digan que no.  ¡No PODÉIS obligarme! Yo ni me acerco hasta que entremos.
Se mantuvo la intriga hasta el último momento: yo pensaba ya que como se volvieran atrás de nuevo, me escondería a aullar inconsolablemente bajo el estrado, aunque me costara un expediente disciplinario. Pero, gracias a Dios, al final hubo acuerdo, y aquí paz y después gloria. Porque, entre pitos y flautas, el juicio era a las diez, y salimos a las tres de la tarde, todos con el estómago vacío y como decía el fiscal, pleno de sabiduría forense:
-Las hambres y la espera, cómo apaciguan los ánimos.....
Salí arrastrando la toga, fané y descangallada, aunque muy aliviada de poderme ir a casa. Qué debilidad más grande tenía encima. Era como haber estado negociando durante horas con los secuestradores de un banco.
Por la tarde tenía yoga, y por muy reventada que esté, hasta ahora no me lo he saltado jamás. Además, pensé que así me terminaría de relajar. Craso error. Era la primera clase de la semana. Y la primera clase de la semana, la yoguiprofe nos cruje vivos. Esos días viene subida arriba y nos mata a estiramientos y torsiones. Incluso nos mete alguna colleja no muy suave en la chepa, según ella para rectificarnos la postura, como dicen que hacía el difunto B.K.S. Iyengar, el cual, además de ser un legendario maestro de yoga, al parecer tenía unas malas pulgas no menos legendarias. Yo creía que esto de enseñar yoga te imbuía de serenidad y namasté.  Pues parece que no. Concretamente, ese día me puso de ejemplo de cómo NO hay que hacer una postura, mientras me tiraba de todas las extremidades. Ya el segundo día de clase la cosa suele discurrir con más suavidad, pero el primero, te meten un entrenamiento marine  absolutamente excesivo para una abogada exhausta de mediana edad con las coyunturas ya muy trabajadas y con una dura jornada de negociación a las espaldas. Lo curioso del asunto es que por lo que sea esto funciona. Te quedas super a gusto, aunque el día de marras salí bajando a gatas las escaleras. Por algún extraño prodigio, mis vértebras estaban aparentemente en su sitio, y no me habían saltado despedidas de la columna en alguna de las torsiones, cual palomitas de maíz. Porque, sí, en las clases te notas las vértebras y los músculos de las pantorrillas y el piramidal y todas y cada una de las piltrafillas que traes de serie. Y las notas porque te duelen. No os creeríais las cosas que me hacen hacer. De hecho, ni yo misma puedo creer las que estoy empezando a ser capaz de hacer. Pero lo cierto es que, por extraño que parezca, esto engancha, te da muchísimo bienestar y cuando salgo de las clases todo me importa un pito. Lo cual no es poca cosa para una mariansias profesional como la que suscribe.
Hoy pongo una receta que llevé a una celebración reciente, bastante aparentona y muy rica. Lo de que está rica lo sé porque yo probé el relleno en casa. Porque ese día surgió un imprevisto, me tuve que ir y ni la probé..... Mejor para mi perímetro abdominal y peor para el de los demás. Porque si me comiera todo lo que preparo, la barriga abarcaría al menos dos códigos postales. Y como que no.
Ingredientes:
-Una lámina de hojaldre redonda, de las refrigeradas.
-Un huevo batido.
-Un sobre de preparado de natillas.
-500 ml. de leche.
-Un tarro de dulce de leche. ¡Halaaaaaa! Si no lo queréis poner, se añaden entonces 150 gramos de azúcar. Pero le da a la masa un punto de caramelo exquisito.
-Un sobre de cobertura para tartas Belbake. Lo venden en Lidl. A veces lo he encontrado también de Dr. Oetker, en grandes superficies, pero no siempre. Si no, se puede usar la gelatina en hojas o en polvo que sirva para 250 ml. de agua o zumo. Es importante, porque esta cobertura de gelatina hace que las frutas no se descarríen y le da mucho mejor aspecto.
-Fruta al gusto, de colores que contrasten. Aquí he puesto kiwi verde y del dorado, fresas, moras, arándanos y frambuesas.
Lo primero es encender el horno a 200º y preparar un molde de paredes bajas desmontable, a ser posible. Se pone dentro un papel de horno y encima la lámina de masa de hojaldre. La ajustamos bien, dejando un filo por encima del borde del molde, y lo pinchamos muy bien por todas partes, para que no se hinche en el horno. Luego lo untamos muy bien con el huevo batido, ayudándonos con una brocha de repostería. Esto sirve para que el hojaldre selle bien y luego quede crujiente. Lo metemos en el horno ya caliente, unos 10-15 minutos, vigilando, porque con el huevo se tuesta muy pronto.
Sacamos la tartaleta ya cocida. Si a pesar de haber pinchado el hojaldre alguna parte se ha hinchado, no sufráis y haced como yo: le endiñé un tenedorazo a la burbuja y la bajé, y como luego lo cubres con la crema, no se ve el desaguisado. Me encanta cuando haces una guarrería culinaria y no se ve: no puedo evitarlo. Reservamos. Aparte, preparamos las natillas en un cazo según indique el preparado, con la leche, añadiendo el dulce de leche. Con esto nos saldrá unas natillas bastante espesas con sabor a caramelo perfectas, aunque hay que probar para ver que esté bien de dulce. Dejamos enfriar un poco y rellenamos la tartaleta de hojaldre con ello. Ahora viene la parte artística. Vamos cortando la fruta en láminas y disponiéndola en círculos, alternando colores. Cuando ya la hemos puesto toda, preparamos según digan las instrucciones el sobre de cobertura de tartas, o bien las del sobre de gelatina, la dejamos enfriar un par de minutos y la vamos vertiendo por encima, con cuidado, para que la fruta quede brillante y bien pegada. Y a la nevera.

Mirad qué mona. No me digáis.....
Feliz semana a todos.

miércoles, 25 de enero de 2017

TARTA DE NATA PORTUGUESA

Llevo toda la mañana peleándome con las cláusulas suelo y las cláusulas abusivas, que tanto se llevan esta temporada, con las mangas algo más largas. Atiendo y hago llamadas y consulto la agenda. No entiendo nada. Cuando llevo media hora dándole vueltas, me doy cuenta por fin de que estoy mirando la agenda de 2014, que saqué hace dos días porque en la primera página tengo anotada la contraseña de Amazon. Está claro que necesito un descanso.  He llegado a un peligroso nivel de atocinamiento intelectual por saturación. Así que decido que me voy a llevar el cerebro de paseo a que le dé el aire y pille un poco de vitamina D, a ver si le brota inteligencia. Hace un día brillante y soleado, y descubro que hay gente en la playa, incluso bañándose. En el paseo marítimo se alternan los paseantes vestiditos de temporada con alguno que otro en bañador y chanclas. Curiosa visión para el mes de enero, aunque no del todo insólita en nuestra tierra, con playa non-stop los doce meses del año. Lo de la vestimenta playera me hace recordar cuando, al poco de colegiarme, estuve haciendo prácticas con un compañero que tenía, y tiene, su despacho en Torremolinos. Aquel despacho era una torre de Babel donde te encontrabas el paisanaje más variopinto que cabe imaginar. Había una señora que no cumplía los ochenta que se presentaba a ver al abogado vestida con lo que, si no era un biquini de leopardo y un pareo, lo imitaba a la perfección. Mi compañero tenía que advertir algunas veces a según qué cliente:
-Mira, Pepe. El día del juicio te vienes con unos pantalones largos.
-¿¿¿Hasta los pies???
-Aunque sean unos vaqueros. Pero limpitos. Y una camisa. ¿Tú tendrás alguna camisa, no?
-Oúúúú, vieooo. Pos yo creo que tengo una. De la boda de mi primo....nooooove la que hay que liá pa venir a juicio.
Otra vez un asiduo le preguntó a mi compañero:
-Mire usté, y la ayudanta de usté (servidora) ¿es mormona?
-¡Mormona! ¿Y porqué iba a ser mormona?
-Pos porque va mu tapá....... iiiillooo.
Según comprendí pronto, en determinados ambientes una mujer va "mu tapá", sea cual sea su edad, condición o formato, cuando lleva algo que sobrepase la camiseta de tirantillas. Claro, que en cuestiones de gustos y recatos, tampoco hay que pasarse al extremo contrario. En mi barrio había una farmacia cuya titular era extremadamente pía y recatada. Un día le llegaron unos carteles de publicidad de una leche maternizada, para poner en el escaparate, cartel en el cual, incongruentemente, desde mi punto de vista, se veía a un bebé mamando de un pecho. ¡Pavoroso dilema! ¿Pondría el cartel en el escaparate, induciendo a la lujuria a los transeúntes ante tan sicalíptica visión, en aras de la rentabilidad comercial? ¿O no lo pondría, satisfaciendo así su natural pudoroso,  mas perjudicando entonces la rentabilidad del negocio? La avispada señora adoptó finalmente una medida que hubiera hecho palidecer de envidia al mismísimo rey Salomón: pegó medio folio blanco sobre el pecador seno materno, y todos contentos. Claro, que luego hubo dos tipos de comentadores. Los de buena fe, que le preguntaban a la boticaria:
-Pepi, ¿y ese papel? ¿te han roto el escaparate?
Y los de cierta mala baba, como mi señora madre, que le preguntaba con las de Caín:
-Ooooyyyy, Pepi. ¿Para qué la has plantado a la teta el papel en lo alto? ¿Para que la muchacha no pille una pulmonía? ¡¡¡Maaaal toro te coja!!!
Doña Pepa no podía quedarse callada ni debajo del agua. Una vez, durante un viaje que hicieron a Galicia con otro matrimonio, allá por los primeros años cincuenta, entraron en una iglesia donde estaban diciendo misa, en un pueblo perdido y remoto. Se sienta doña Pepa y en ese momento una señora que estaba a su lado empezó a recriminarle con muchos aspavientos que entrase a la iglesia, ¡nada menos, Señor, que con pantalones!. Yo me imagino a doña Pepa muy digna, que cuando se ponía a fina no había quien la ganara, poniendo  la boca de culo de pollo que solía emplear en tales circunstancias, para espetarle después a la entrometida, tal y como contaba:
-Mire, señora. Quien está faltando al respeto es "usted". Porque en misa no se habla, y menos cuando están elevando la Sagrada Forma. Y no me salgo PORQUE-NOOOO-ME-DA-LA-GANA.
Hoy estas cosas hacen reir... Pero puestos a cometer pecados, éste cuya receta aporto no está nada mal. Después de todo, estamos en la última semana del mes de enero y los propósitos de enmienda van quedando ya algo difuminados. Así que pequemos, hermanos. Y mucho.
La receta es para un molde redondo de unos 20 cm. de diámetro. Para evitar fugas, no desmontable. Si es desmontable, la base de galletas la tenemos que pegar también un poco subiendo por los lados y así sellamos las junturas y no se escapa nada. El mío era más grande y lógicamente la tarta me salió más baja, pero igual de buena. Es sin cocción y divina. Divina de verdad.
Ingredientes:
--300 ml. de nata de montar. Fría de la nevera, para que monte mejor.
- 160 gramos de galletas María.
- 30-40 gramos de mantquilla sin sal.
- 100-150 ml. de leche condensada. Según guste de dulce. A mí no me gustan los postres demasiado dulces, aunque reconozco que tengo un gusto depravado e infantil por la leche condensada. No lo puedo evitar.
- 4 hojas de gelatina neutra.
- Canela en polvo.
- Fideos de chocolate para decorar, si se quiere. Yo no quise.
Lo primero que hacemos es triturar las galletas y reservar. Fundimos la mantequilla en un cazo o en el microondas y la mezclamos con la harina de galleta. Nos debe quedar una masa consistente. Cogemos el molde y lo forramos con papel film, que podemos mojar para que agarre mejor. Nos mojamos también las manos y vamos extendiendo la masa por el fondo y también subiendo un poco por los lados, especialmente si es desmontable. Lo llevamos un rato a la nevera y mientras ponemos las hojas de gelatina a hidratar en un cuenco con agua. Ponemos en un cazo la leche condensada al fuego, bajito para que no se queme, y cuando la gelatina ya esté blandita, la escurrimos y la añadimos hasta disolver. Añadimos también un poco de canela molida. Que vemos que la gelatina no se disuelve, como a mí, pues le damos a la mezcla un golpe de batidora. Porque si no es muy desagradable encontrarte en medio algo que tiene la consistencia de un plasticorro. Aparte, montamos la nata y se la añadimos al contubernio de la leche condensada, mezclando bien. Sacamos el molde con la base de galleta, le ponemos la mezcla de la nata por encima y a la nevera otra vez, procurando que asiente sobre una superficie completamente plana. Se deja enfriar unas cuantas horas hasta que solidifica, y entonces se le espolvorea más canela molida por encima y se disfruta un montón. Palabra. En casa nos la hemos repartido equitativamente: yo una porción de dos centímetros cuadrados y mis hijos el resto. Ha durado un suspiro.....
:
Olvidad definitivamente los buenos propósitos de enmienda. Es tiempo perdido. En vez de eso, tenemos que reírnos más. La risa quema un montón de calorías y nos pone mucho más guapos.
Así que a ello.
Feliz semana,,,,

miércoles, 28 de diciembre de 2016

PORTOKALOPITA. Algo diferente.

Nunca consigo entender cómo nos las arreglamos, pero de nuevo hemos sobrevivido, de algún modo, al primer round de la Grande Bouffe Navideña. Hemos salido (casi) indemnes de la sopa de rape, la carne mechada y niveles de turrón en plasma sanguíneo incompatibles con la vida. Incluso hemos formado parte, de nuevo, de la aglomeración de cincuenta personas, todas ellas parientes cercanos, en tan pocos metros cuadrados como las gallinas que crían en baterías. Sí. Esas a las que les liman los picos. (¿Por qué demonios se me habrá venido esa imagen a la cabeza?) Y, a pesar del estrés causado por el hacinamiento, hasta donde yo sé, todos los presentes hemos salido de allí conservando intactos nuestros respectivos dos ojos. Es un milagro anual que me devuelve verdaderamente la fe en la raza humana. Luego vuelves a casa, deseando poder subirte a una rama para hacer la digestión durante semanas, como una pitón arborícola, y que nadie vuelva a hablarte nunca más, sobre todo si es para contarte algún chiste. Pero nunca te das tanto tiempo. Al día siguiente tuve todavía otra comida, pero era de amigos, mucho más relajada e inofensiva, aunque no desde el punto de vista gastronómico. Esa es la comida en la que afirmas con toda buena fe: "hoy sólo me pediré una ensaladita". Y te tomas la ensaladita. Y la morcillita de Burgos, y el pimientito del piquillo, y el solomillito de segundo, y el postrecito, y hasta las servilletitas, si no te las retiran a tiempo los camareros. Todo ello, claro, regado con el correspondiente vinito y las subsiguientes copitas. Y todas las amigas te cuentan cómo ha sido su cena de Nochebuena y se lo pasan pipa poniendo a parir a los suegros, al hermano jeta y a la cuñada con cara de vinagre. Los cuñados, especialmente, son un tópico muy socorrido. ¿Qué haríamos sin ellos?  Pero no voy a seguir por ahí: todavía no soy tan vieja como para poder decir lo que quiera y alegar en mi descargo que no me he tomado la medicación, aunque todo ha de llegar. Además, no olvidemos que ser cuñado es una condición que va en ambas direcciones: si los tienes, es porque tú también lo eres. Así que hagamos un honesto examen de conciencia, y quien en estas señaladas fechas esté libre de momentos de cuñadez, que arroje el primer borrachuelo. Lo dicen las Escrituras. O algo así.
Volviendo a mis amigas quejosas, en ese Momento Chupito de la sobremesa tan dado a debatir sobre lo divino y lo humano, aunque ya algo piripis, nos preguntábamos lo siguiente:
-Si el trajín de la Navidad no nos gusta a nadie, ¿porqué nos metemos en él?
Pues porque todos lo esperan de ti.  Pero, yendo más allá, uno podría pensar que asiste a las reuniones porque supone que los otros esperan que vaya, y quizás los otros van porque creen que "tú" esperas que vayan "ellos". Y luego resulta que todos van, cuando, en realidad, nadie quería ir. Y todos los años hacemos lo mismo, porque es lo que toca. Y nos metemos en aglomeraciones humanas a gastarnos lo que no tenemos y a ir a donde no nos apetece y a encontrarnos con gente que no nos interesa. Y a todo eso, queridos amigos,  le liamos veinte metros de bombillas de colores y lo llamamos Navidad y hay gente que afirma que le gusta. El otro día, cuando me estaba cambiando en el vestuario del yoga, irrumpió una compañera de esterilla, derrapando y con cuatrocientas bolsas colgando de los brazos, a todas luces necesitada de una sesión doble de oooommmmmm:
-¡Ay, que creí que no llegaba! Hola. Felices fiestas. ¡Qué bonito está el centro, con las luces y con todos los niños paseando, está todo precioso! ¡Me encanta el ambiente!
-Vaya. Parece que lo disfrutas.
-Uy, sí, sí. En mi casa disfrutamos la Navidad muchísimo-muchísimo. He estado media hora en la cola de el Corte Inglés para recoger los juguetes de los nietos, que se habían agotado y los he tenido que encargar. Y el sábado tengo a cenar a veinticinco personas, y no encuentro una cola de rape en condiciones en Málaga así la pague a millón. Es que todavía no sé ni lo que voy a poner de segundo, ay que estrés. ¡Ay, todo lo que me queda por hacer! ¡Y encima trabajo! ¡Pero es que en mi casa nos encanta la Navidad!
Anda ¿No les va a encantar? A los que rodean a esta santa, por lo menos. Si tienes quién te guise, quién te compre los regalos, quien te ponga la mesa y quien te friegue, ya te puede gustar. Yo lo tengo decidido: este año aún no he reunido valor suficiente para ir en contra de las convenciones, pero el que viene, me declaro en huelga de pavo relleno caído y me voy a pasar quince días de ejercicios espirituales a un spa, como si fuera una señora. Palabra de Cuchara Perversa.
Por eso, como estoy rebelde, hoy voy a poner una receta que no es de Navidad. Fresca, diferente y ligera:
-250 gramos pasta filo
-3 naranjas y media
-Canela en polvo
-1 cucharada sopera de agua de azahar
-3 huevos
-170 gramos de yogur griego
- 90 gramos de aceite de oliva.
-160 gramos de azúcar
-Una cucharadita de levadura
-Una cucharada sopera de miel
-150 gramos de agua.
Precalentamos el horno a 180º.
Preparamos un jarabe con el agua, el zumo de una naranja y su ralladura, la miel y la canela, calentando todo en un cazo hasta llevar a ebullición. Dejamos hervir diez minutos, añadimos el agua de azahar, apartamos y reservamos.
Ponemos en un molde toda la pasta filo rota en pedazos, hasta cubrir el fondo. Batimos en un cuenco los huevos, el zumo de dos naranjas, el aceite, el yogur, el azúcar y la levadura. Vertemos esta mezcla sobre la pasta filo en el molde y ponemos por encima el resto de las naranjas, peladas y en gajos, cuidando de quitar toda la parte blanca para que no amargue.
Matemos el molde en el horno durante 40-50 minutos, hasta que esté cuajada. Al sacar, bañamos con el jarabe reservado.
Tiene un pequeño inconveniente: es complicada de desmoldar porque se rompe, así que hay que ir sacando cada ración una por una. Por eso la imagen de la foto está en bruto y parece una pizza ladeada. Cosas del directo. Pero rica, está riquísima.

Resistamos, amigos. Hemos pasado el día Cena Familiar a Cinco Asaltos: ya sólo nos queda por pasar el Día Feliz Cebollón Fin de Año, el Día Concierto de Año Nuevo en Estado Cataléptico, y el día Oh-Qué-Bonito con mascletá final de roscón. 
Y después.... como El Lute, seremos libres. 

miércoles, 12 de octubre de 2016

TARTA DE MANZANA ALSACIANA

Nos encontramos en la santa festividad del Pilar y yo estoy disfrutando inmensamente de esta medio lluviecilla que estamos teniendo y del discreto, aunque apreciable, descenso de las temperaturas. En mi casa reina la paz  Uno de mis hijos se ha largado a chorrarla por ahí, y el otro está en el reino de los sueños después de haberse acostado, como un señor, a las cinco de la mañana. Yo misma he dormido a parches, como buena Mamá Pata que está con un ojo abierto hasta que tiene a toda la nidada en casa, aunque alguno de los patitos sea del tamaño de un pterodáctilo gigante e igual de tierno y vulnerable. A mi lado duerme Papá Pato. Nada le quita el sueño, qué alegría de hombre. Yo estoy tumbada en la cama, con el móvil encendido en la mesilla de noche,y sostengo conmigo misma el siguiente diálogo interior:
Que no les ha pasado nada.
Pero, ¿y si sí?
Que seguro que están enfrente, en casa del amigo/en casa de la novia.
Pero, ¿y si no?
Mira que si: 
a) Les han asaltado para robarles un riñón y están tirados debajo de un puente, con una costura infectada de cincuenta puntos de sutura.
b) Se han ido en coche con un amigo, han tenido un accidente y están en el hospital con la memoria perdida. Además, no hay sangre de su grupo para hacerles una transfusión; la situación es desesperada.
c) Les ha secuestrado la Yakuza, con la que tenían turbios negocios que yo ignoraba, y me van a mandar sus dedos meñique en un pastillero.
d) Cualquier otra catástrofe a elegir; y os aseguro que, sea cual sea, se me ha ocurrido antes.
Con lo cual la secuencia temporal queda de este modo:
1) Me despierto. Es la una y veinte. Demasiado pronto para que hayan llegado. Me doy media vuelta y me duermo. Todavía.
2) Me despierto. Dos y cinco. Me asomo. Uno ha vuelto, el otro no. Me vuelvo a la cama y repito la operación anterior. Papá Pato no se ha movido de su posición. Después dirá que le he tenido despierto toda la noche. Venga, a dormir otro poco.
3) Tres y media. Nada. Aquí ya empiezo a darle vueltas a todas las hipótesis anteriormente expuestas. Le dije que si volvía más tarde de lo acostumbrado me mandara un whattsapp. Y me dijo que sí, y yo me lo creí contra toda evidencia. Miro la pantalla. Aquí no hay ná de ná. No puedo resistir más y le mando yo uno: ¿Estás en casa de tu amigo X? (el vecino)
Me tumbo y espero el familiar zumbido de respuesta. Pasa un rato. Pasa otro rato. Estoy en duermevela y empiezo a sufrir alucinaciones. Pasa por delante de mi campo de visión interior un rebaño de elefantes azules, vaya usted a saber por qué. Abro los ojos, sobresaltada, antes de que la manada me atropelle, y miro la pantalla del móvil. Ni whattsapp, ni flores. Sigo dándole vueltas a todas las referidas hipótesis y a alguna nueva. O "reinando", como dicen en mi pueblo consorte al que rumia mentalmente las cosas. Curiosa expresión, dicho sea de paso.
4) Cuatro y diez de la mañana. Recurro a medidas desesperadas: le llamo. Se corta a los cuatro tonos. Biiipppp. Le habla el contestador del mastuerzo de su hijo, el usuario no contesta.  Presa de la zozobra, le llamo y le llamo por el whattsapp hasta que se corta. Por fin veo que está en línea y escribiendo. Que estoy en casa de X y subo en un rato. Y yo respiro: Pues ya me lo podías haber dicho antes, que es mucho más tarde de lo acostumbrado. So membrillo. Como X vive enfrente, a cincuenta metros, por fin me voy a la cama y duermo tranquila. Al rato me despierta un portazo atronador: ¡¡¡BLAMMM!!! , que a mí me suena a música celestial: mi pequeño e indefenso pterodáctilo ha vuelto al nido. En el siguiente momento en que abro los ojos, son las diez de la mañana, y mi santo marido, fresco como una lechuga, observa:
-Halaaa. Te has hinchado de dormir.
Con un esfuerzo sobrehumano,  recito el mantra del yoga y consigo no matarle. Me voy a la cocina. Queda tarta de manzana de la que hice el otro día. Qué rica. Me sirvo un trozo y me prometo a mí misma que la próxima noche que mis hijos salgan dormiré de un tirón. Bueno. La intención la hago.
Esta receta la he sacado, algo adaptada, de unas fichas de cocina de Simone Ortega que salían cada fin de semana en el suplemento de El País, hace diez mil años, y la he hecho muchas veces porque me encanta:
-Una base de masa quebrada de la refrigerada redonda.
-Tres huevos.
-Un vaso de leche entera.
-Un vaso de nata.
-150 gramos de azúcar.
-Dos cucharadas de maicena.
-Dos cucharadas de agua de azahar
-Tres manzanas grandes, mejor si son algo ácidas.
-Tres o cuatro cucharadas de mermelada de melocotón.
La masa quebrada no es difícil de hacer, a mano o en la Thermomix. Lo malo es que no la debes amasar mucho para que no salga dura, tienes que aplastarla bastante con el rodillo para que salga con un grosor homogéneo y, al no poderla trabajar mucho, se desmiga. Así que yo ya no me complico y la compro hecha, ya estirada, y me ahorro irritaciones. Vale. Pues precalentamos el horno a 180º. Cogemos un molde bajo, de paredes desmontables, de unos 26-28 cm. de diámetro, y lo engrasamos y enharinamos. Si  no es desmontable lo que hacemos es poner una hoja de papel. de horno y sobre él la lámina de masa quebrada. Llegados  a este punto, podemos hacer dos cosas:
-Hornearlo en blanco. Para esto precalentamos el horno diez minutos, ponemos unos garbanzos por el fondo de la base de pasta, y horneamos así unos doce minutos, y ya vamos al paso siguiente, o
-Lo hacemos todo del tirón. Con la pasta preparada se puede hacer.  Así que ni lo dudes.
A continuación, batimos los huevos, la leche, la nata y el agua de azahar, añadimos la harina y el azúcar y continuamos batiendo hasta integrar todo. Vertemos esta masa dentro del molde con la pasta  extendida y cortamos las manzanas en láminas finas, disponiéndolas en círculo y procurando que queden bonitas. Yo las he dejado con piel, pero eso ya va en gustos. Se mete todo al horno y se deja cocer más o menos una hora, hasta que al pinchar veamos que se ha cuajado la crema y las manzanas están doradas. Mientras tanto, ponemos un cazo al fuego con la mermelada diluida en un par de cucharadas de agua y lo ponemos a calentar, removiendo de vez en cuando, hasta que se concentre un poco. Sacamos la tarta y ponemos a enfriar el molde sobre una rejilla, cogemos el cazo de la mermelada y vamos bañando la tarta, colando a través de un colador.
Se desmolda y se sirve templada.

Perfecta para combatir un ataque de materneurosis. Garantizado.
Y a disfrutar de esta lluvia y este fresquito que hace tan acogedor...
Feliz semana.

miércoles, 29 de junio de 2016

TARTA DE MANZANA Y NUECES.

Buenas tardes, queridos amigos. Aquí estoy, para lo que queráis mandar, tumbada boca abajo en una camilla. Llevo varios meses arrastrando un tremebundo dolor de espalda, y últimamente, para que no se sienta solo, también acompañado de un dolor importante en los dos pies. Me he llevado un regaño de mi médico por no ponerme las plantillas. Pero es que no caben en los zapatos de verano y, con las sandalias, es directamente imposible. La opción zapatos ortopédicos está descartada desde el inicio: no quiero deprimirme cada vez que me mire los pies. Lo de la espalda es crónico y ya me he visto antes en esta situación. Pertenezco a ese amplio grupo de personas bienhechas  que cargan literalmente el mundo sobre los hombros, y que cada día van añadiendo piedras y más piedras a la mochila. Si añadimos a esto ese atavismo de mujer primitiva recolectora que va haciendo cada mañana recados diversos aquí y allá, y que vuelve a casa cada día con unas cuantas bolsas colgadas de cada brazo, pues tenemos servida una buena ración de sobrecarga. Y cuando voy por la calle -a veces incluso sin nada en las manos-,, y creo ir relajada, observo cómo tengo los músculos totalmente contraídos. Por lo demás, vivo en permanente estado de alerta, y duermo con un ojo abierto, como los perros de caza. No es de extrañar que me encuentre convertida en un nudo viviente.
De solucionar eso se va a encargar esta simpática fisioterapeuta que tengo detrás de mí. Se está poniendo crema en las manos. Qué manos. Madre de mi vida. Eso no son manos, son dos palas de las que se usan para cargar las hormigoneras. Voy a salir de aquí con las vértebras en un cucurucho. Antes de empezar, me han estado reconociendo:
-Uyuyuuuuyyy... qué espalda,  estas cargadíííísima. Cruza las manos en la nuca....No duele nada...
(¿¿¿Cómo??? ¿¿¿Qué se supone que me van a hacer y que "no duele nada"??? La frase "no duele nada" siempre precede a una maniobra que debe alarmarte. Porque siempre, o casi siempre, es mentira.)
-Oiga. ¿Qué?....
-¡¡¡¡CRRRRAAAACCCC!!!
Me han pegado sin avisar una crujida de tal calibre, que me sorprendo de seguir entera, y no haberme desmontado como un mecano. Es verdad que no duele Y no dura ni un segundo. Pero es tan angustioso como si doliera. Sin embargo, ahora puedo girar libremente la cabeza. Puedo girarla tanto cono la niña de "El exorcista". O, al menos, así me lo parece a mí. Qué gusto. Pero, claro, entonces empieza la verdadera tortura: esas manos gigantescas se hunden de tal manera en mis músculos, que parece que me los van a sacar a manojos. Doler, esto sí duele un horror, la primera y la segunda vez; se me saltan lagrimones como cocos. Cuando todo termina, me levanto aturdida, despegándome poquito a poco de la camilla para arrastrarme hacia la silla donde me van a dar infrarrojos. Tampoco puedo demorarme mucho, esto va como una cadena de montaje y antes de que haya terminado de vestirme, como no ande lista, me lanzan encima al paciente próximo. Hay una cola de criaturas baldás más larga que un día sin pan. Sorprendentemente, puedo caminar por mi propio pie, y no se me van cayendo piezas por el trayecto, en contra de mi impresión. Porque esto es como cuando montas un mueble de Ikea y te sobran tres o cuatro tornillos, y no sabes si el mueble va a aguantar o si se te va a desmerengar en cualquier momento.  Pero cuando salgo de la clínica, me siento maravillosamente liviana, y pienso en lo sano que es dejar que, de vez en cuando, alguien se ocupe de ti.  Porque a mí me cuesta horrores. No me gusta ni tener que ir a la peluquería, para no ponerme en manos de otros. Pero, a veces, hay que tener la humildad de dejarse ayudar, y llevar al tinte el traje de superheroína, y dejar de hacerte la chula. Que nos tenemos que cuidar, y no nos enteramos.
Os pongo esta receta fantástica del blog Divina Cocina, siempre convenientemente tuneada: la he simplificado recurriendo a masa brisa ya preparada, de la redonda, en vez de hacerla nosotros, lo cual abrevia el tema considerablemente.
Para el relleno:
-200 gramos de nueces peladas, mejor si son pecanas, pero si no, nos valen las normales. Aquí no se discrimina a nadie.
-Dos o tres manzanas al gusto, más ácidas o más dulces.
-Tres huevos.
-100 gramos de sirope de arce o de miel.
- 50 gramos de mantequilla.
- 100 gramos de azúcar moreno.
- Una cucharada sopera de esencia de vainilla. Opcional, pero recomendable.
- Una cucharada de harina de maíz.
- Una cucharadita de canela molida.
- Helado de vainilla. Está tan bueno de acompañamiento que yo no lo pondría como opcional....
Precalentamos el horno a 190º durante quince minutos. Forramos un molde bajo con papel de cocina, ponemos encima la masa brisa, ajustamos con los dedos y pinchamos todo el fondo con un tenedor. Ponemos por encima garbanzos o judías y al horno diez minutos. Yo tengo para esto un kilo de garbanzos que sólo uso para este menester, y que a estas alturas podría usar como posta lobera, de lo durísimos que se han puesto.
Mientras tanto, cortamos las manzanas en lascas y las ponemos en una sartén al fuego con la mantequilla y el azúcar moreno, removiendo para que se impregne bien y se nos caramelicen, y reservamos.
Se saca el molde del horno pasados los diez minutos y con una cuchara se van sacando las legumbres con mucho cuidado. Esto es para que la pasta brisa no suba en el horno, que de lo contrario siempre sube algo y nos estropea el resultado. Y lo de hornear antes en vacío es para que evitar que la pasta  nos quede blanda y cruda por dentro.
Batimos los huevos, añadiendo la vainilla, la miel, la canela y la harina, y vertemos esta masa en el molde, añadiendo a continuación las manzanas. Por último, ponemos encima las nueces de manera que quede más o menos bonito, y de nuevo todo al horno una media hora. Comprobamos la cocción pinchando con una brocheta, que nos tiene que salir seca. Si vemos que las nueces se van tostando mucho podemos deslizar por encima una hoja de papel de aluminio.
Se saca del horno, se deja enfriar sobre una rejilla y se desmolda. Se sirve con una bola de helado de vainilla. Y ya lo que queda es pasarlo muy bien...

Y que no seamos tan autosuficientes... que aunque creamos lo contrario el mundo va a continuar girando un rato sin nosotros.
Feliz semana.

miércoles, 30 de marzo de 2016

TARTA DE MASCARPONE SIN HUEVO. Y el horror de los Cumpleaños Feroces.

Mi sobrino nieto más pequeño ha cumplido los dos añitos. Su madre me ha encargado una tarta sin huevo, porque es alérgico y yo, que no necesito que me metan en danza, me he puesto manos a la obra. Restricciones dietéticas a mí. ¡Ja!  Mi sobrina me mandó un whatsapp tras la fiesta para decirme que estaba muy rica (la tarta) y hecha polvo (ella). Pobrecita mía: te doy oficialmente la bienvenida al mundo de los Cumpleaños Feroces. ¿No era "felices"? No me cuadra, pero es porque he desarrollado un importante estrés postraumático al respecto. Cuando yo era chica, te compraban una tarta, venían tus primos a merendar y luego tu madre os echaba a la calle, a chorrarla por ahí. Mucho tiempo más tarde, cuando los cumpleaños de los míos, no se esperaba de ti menos que te llevases a la clase entera a revolcarse en una piscina de bolas, con el payaso haciendo perritos y espadas de globos, y un pastel que muy bien podría ser de cartón piedra, porque nadie se lo come. Yo lo hice alguna vez, pero como debo tener una vena masoca bastante importante y entre los cumpleaños de mis dos hijos sólo hay un mes de diferencia, empecé a celebrar una única fiesta de cumpleaños en una fecha intermedia. En casa. Una, sí, pero salvaje. Yo hacía una tarta y unos bocadillos, o un par de pizzas gigantes, y los ponía en la mesa, junto con bidones de Coca Cola y Fanta. Y cuando empezaban a llegar los invitados, mi marido y yo nos atrincherábamos cobardemente en el sótano. Durante cuatro o cinco horas sonaban aullidos sobrecogedores (¡¡¡¡¡AAAAAARRRGHHHHH!!!!) y escuchábamos una y otra vez lo que parecía el trote de un rebaño de búfalos en desbandada por las escaleras (¡¡¡TUCUTUCUTUCUTUMMMM!!!),   saliendo únicamente cuando el ruido excedía de un umbral determinado, para comprobar que no había daños personales ni patrimoniales de consideración. Cuando se acercaba la hora de terminar, contábamos los padres que iban llegando a recoger a sus retoños respectivos, sudorosos, churretosos y absolutamente pasados de revoluciones ("¡Otro! ¡Ya se va otro!") Como siempre hemos sido muy educados, ofrecíamos al padre o madre en cuestión una cervecita. Pero dejamos de hacerlo: muchos aceptaban. Y no se iban nuuuuunca. Al final, encontrábamos el salón y dormitorios llenos de los siguientes artículos y objetos:
1) Papel de regalo rasgado, más cartones y embalajes diversos.
2) Mediasnoches mordisqueadas bajo la mesa.
3) Trozos de tarta amorfos untados en el sofá.
4) Niños esparramados debajo de las camas, criando pelusas, y los míos propios con los ojos fuera de las órbitas a causa de los litros de Coca-Cola ingeridos y la sobreexcitación nerviosa: ("MIRA LO QUE ME HAN REGALADO, MAMI, MAMIIII") Después de eso, siempre compré la Coca.Cola sin cafeína, lamentando que la normativa vigente no me permitiese administrarles un eficaz hipnótico en la bebida, o confinarles en una sola habitación ayudándome de un pastor eléctrico de doce voltios. Porque es que no era plan.
5) Todo el contenido de su armario desperdigado por ahí, incluyendo trescientos zapatos y las sábanas de muda. No, yo tampoco lo entendí nunca.
6) Porquería inespecífica de toda clase y condición.
Después de una de esas veces, la madre de un invitado me llamó en un aparte a la salida del colegio para informarme de que la chaqueta vaquera tan bonita que llevaba puesta mi hijo desde hacía más de una semana, era del suyo, que se la había dejado en casa el día del cumpleaños, y que si me daba igual, que se la devolviera, porque le hacía mucho el avío. Resulta que mi hijo tenía una casi igual, y yo creía que era la suya. Eso le dije cuando se la devolví (inmediatamente) aunque la expresión de sospecha que vi en sus ojos me confirmó su idea de que yo era una aprovechategui de mucho cuidado. Qué le vamos a hacer. Los hijos son una fuente de vergüenza inagotable. En otra posterior ocasión, habiendo desarrollado cierto sentido común, nos llevamos al cine a uno de mis hijos y a los amigos. Antes de la película entraron en una bolera y les dimos para que se echaran unas partidas. Y las partidas se prolongaban y pensábamos que qué bien estaban estirando el dinero. Hasta que nos dimos cuenta de que mi niño había saqueado su hucha con todos sus ahorros y estaba invitando a sus amigos en plan millonetis, tirando de billetes de cincuenta euros con una soltura digna de envidia. Conseguimos cortar el asunto (casi) a tiempo. Pero quedamos ante todos los presentes como unos descerebrados y unos manirrotos. Eso sí, los encargados casi nos sacan la alfombra roja. Por suerte, siempre llega el momento en que tu niño ya se hace grandecito y le dices:
-Toma, hermoso. Os merendáis unos camperos por ahí, y os recogemos a las diez de la noche.
Y te quedas más ancha que larga, aunque, con esa ambivalencia neurótica tan típica de toda madre que se precie, te seques también unas lagrimillas por lo grandes que están ya....
Ingredientes:
-Para el bizcocho:
-1 yogur natural.
-1 medida de aceite (recomiendo girasol para este)
-2 medidas de azúcar
-3 medidas de harina de repostería
-Una medida de leche.
-1 sobre de levadura química
-1 cucharadita de esencia de vainilla.
-Una pizca de sal.
Para el relleno y adorno:
-Un brick de nata para montar
-Dos tarrinas de mascarpone.
-Otra cucharadita de esencia de vainilla.
-Un sobre de estabilizante para nata (opcional) Hay unos sobres de Oetker en el Corte Inglés que van muy bien.  También se puede poner medio sobre de polvos de cuajada a la nata o un par de cucharadas de leche en polvo, aunque no es imprescindible añadir nada porque la mezcla del mascarpone ya hace que la crema sea consistente. Yo lo hago de cara al posible transporte de la tarta, que es un tema algo peliagudo si la nata no nos queda muy sólida.
-150 gramos de azúcar glas.
-Un tarro de mermelada de arándanos.
-Arándanos y frambuesas frescos, una tarrina de cada.
Primero hacemos el bizcocho. Precalentamos el horno a 180º. Preparamos un molde redondo de unos 20 cm. de diámetro, engrasándolo con mantequilla y espolvoreándolo con harina. Batimos juntos todos los ingredientes líquidos y el azúcar, y vamos añadiendo la harina tamizada por un colador o por una jarrita de esas tan monas con agujeritos que hacen tan hogareño y tan cuqui. Vertemos los ingredientes en el molde y lo metemos al horno media hora. Se pincha para ver si la aguja sale limpia y si no, se deja unos minutos más hasta que así sea. Abrimos la puerta del horno y dejamos templar. Preparamos el relleno y la crema exterior. Para ello montamos la nata con el accesorio correspondiente de la batidora o poniéndola en la Thermomix con la mariposa a velocidad 3, vigilando para que no se nos haga mantequilla. Que sale muy rica, por cierto, pero que para esto no nos vale. Una vez montada, añadimos el azúcar glas y la vainilla y mezclamos. Ponemos las dos tarrinas de mascarpone en un bol grande y las vamos ablandando un poquito trabajándolo con un tenedor. Añadimos poco a poco la nata montada y la vamos integrando. Yo esto prefiero hacerlo a mano, porque así controlo mejor que se queda con la textura adecuada. Tiene que salir una crema consistente pero manejable para ponerla en la manga pastelera. Separamos como un tercio de esta crema y la mezclamos con otro tercio más o menos del tarro de mermelada de arándanos. Eso sí se puede batir para que quede más homogéneo. Sacamos el bizcocho del horno y lo desmoldamos. El bizcocho sin huevo sale muy bien, aunque no sube tanto como el normal. Sale algo más sosito y es por eso que le ponemos un poco de relleno y de por favor para que se vea más lucido. Cortamos el bizcocho a lo largo con un cuchillo de sierra, si somos de pulso templado, o con la técnica del hilo anudado alrededor y apretando hasta que se corta, para manazas como una servidora, y se separan las dos mitades con mucho cuidado. No os preocupéis mucho si se rompe: el relleno lo pega todo y aquí no ha pasado nada. Se pone la crema de la mermelada en medio y se tapa con la otra mitad. No hace falta extender mucho, al poner la tapa de bizcocho el tema se distribuye él solito.  Se cubre la parte de arriba con el resto de la mermelada de arándanos. Ahora llega el momento delicado de coger la manga pastelera,  rellenarla y empezar a rodear el bizcocho por los lados con un cordón de crema de mascarpone, en espiral, hasta que todo el lateral queda cubierto hasta arriba. Rematamos con otro cordón por arriba y vamos adornando con las frambuesas y los arándanos.
La nata montada tiene la detestable costumbre de derrumbarse. Si se cae algún trozo del revestimiento de los lados, cogemos un tenedor y lo pegamos con mucho tiento. Yo, personalmente, si tengo que transportar la tarta, la congelo y luego, en el destino, la dejo descongelar en nevera si hay tiempo y si no, a temperatura ambiente un par de horas, pero no más, para no arriesgarnos a ningún desagradable (por escatológico) problema alimentario.

Sale bonita, buena y apañada. Y de camino, me ha servido para desterrar la nostalgia de no preparar más tartas de cumpleaños. Siempre hay tiempo y ocasiones de celebrar. Siempre hay un pretexto. Y yo ya he cumplido.....

miércoles, 17 de febrero de 2016

TARTA GUINNESS. El vicio elevado a obra de arte.

Hoy traigo, algo adaptada, una receta que, en un rapto de genialidad, han introducido en el acervo culinario familiar, con ocasión del último despiporre navideño, José Antonio y Erika, receta que procede a su vez del blog de Isasaweis. Gracias, Jose. Tu tía se siente profundamente reconocida. Porque yo tenía idea de que la cerveza negra iba bien para hacer pan, pero no pensaba que funcionase tan bien en un bizcocho, ni que realzase de este modo el sabor del cacao. El resultado merece sin duda la pena.
 Allá en mi lejana juventud, la cerveza Guinness era una de esas cosas que yo solía pedir en los bares, porque quedaba muy irish y muy guay, antes de descubrir que más bien me sabía a jarabe para la tos caducado, y que lo mío era la Victoria bien fresquita. Me pasaba igual que con el tabaco. El tabaco era asqueroso, pero imprescindible para una mujer de mundo de catorce años como yo. Salías del colegio de monjas femenino, hecha una infeliz, y de pronto pasabas al instituto y se te iba un poco la olla. En el insti muchos profesores te dejaban fumar en su clase, porque era la época progre y no te controlaban, cada uno tenía derecho a la libertad individual. Era como pasar de la tele en blanco y negro a la tele en colores. Nos juntábamos entre varias para comprar un paquete de Fortuna mentolado absolutamente repugnante y hacíamos estupideces como dar una calada y decir:
-La mujer que sabe fumar echa el humo después de hablar.
Para a continuación echar el humo y los pulmones detrás, porque nos poníamos malísimas de morirnos. Las más listas no repetían la experiencia. Las más brutas, entre las que se cuenta vuestra segura servidora, perseveramos hasta coger el hábito. Cuando un tonto coge una vereda..... ya sabéis.
En casa, papá fumaba un tabaco inglés horroroso, el Craven A, que parecía paja de establo ligeramente triturada y que venía en unas latitas cuadradas rojas monísimas. Pues para que fumase menos, recuerdo que mi madre le cogía las latitas y le iba sacando cada día dos o tres cigarros, que escondía en una sopera de cerámica portuguesa que había en el salón. De lo cual yo me congratulaba, porque muy pronto descubrí el zulo y empecé a arramblar con los cigarros que encontraba allí. Tabaco gratis, ahí es nada. Así que a mami le salió el tiro por la culata. Doña Pepa no fumó jamás, pero hubo algún día en que, a cuenta de algo que hubiese dicho o hecho mi padre, se la guardaba y le recibía al volver él de la tienda emulando a Sarita Montiel, tumbada en la chaise-longue (cuya versión doméstica era aquel sofá de terciopelo sintético que daba tanto calor en verano y tanta grima en cualquier época del año), hecha una odalisca con su bata de boatiné y sus rulos en la cabeza, y fumándose un cigarro ostentosamente, con mucho floreo de manos y sopladas de humo, porque, por supuesto, no sabía tragárselo. Mi desprevenido padre entraba en la salita como quien se encuentra a un extraterrestre:
-¿Qué haces, Pepita?
-Pues aquí. Fumando.
-Pero si tú no fumas.
-Pues ahora sí, prenda. Y la cena te la pones tú.
Papá se iba echando las muelas, porque no soportaba ver fumar a mi madre, cosa que la muy malvada sabía perfectamente. Fumar era un vicio de artistas o de mujeres malas. Cuando yo asistía a esta tierna escena, ya sabía que equivalía a ruido de sables, y recordaba de pronto que tenía que ir a pedirle unos apuntes a una amiga, o a comprarme un paquete de chicles, o a orearme por ahí un buen rato, en definitiva. Curiosamente, a papá nunca pareció importarle mucho que fumase yo, porque iba a ser abogada y lo de fumar asumía que iba dentro del lote de mujer moderna y estudiada. Pero que lo hiciese su señora, era hacer temblar los pilares de la civilización y no digamos la siempre precaria paz conyugal.
En fin, yo seguí fumando un tiempo, hasta que empecé a adquirir cierto fundamento y a pensar en dejarlo. Un día que estaba con mi hermana en su casa, decidimos dejar de fumar en ese momento y, en un rapto de entusiasmo, sospecho que algo etílico, tiramos los paquetes de tabaco y los mecheros por la terraza. Mi hermana vive en un décimo piso y media hora después, recobrada cierta lucidez, y con ella el pánico del adicto, andábamos las dos en la zona ajardinada de abajo buscando como posesas el tabaco, con la ayuda de una linterna que nos había prestado mi sobrino. No lo encontramos. Al parecer, a algún fumador necesitado le cayó ese día el vicio del cielo, haciéndole sin duda muy feliz. Comprendí que tomar la decisión de abandonar un hábito requiere cierto estado mental muy diferente, del que, por el momento, yo no disfrutaba. Pero años después, un día que llegaba tarde a un juicio, subí corriendo las escaleras, pues el ascensor, imbuido del peculiar ritmo del tiempo de los juzgados, no bajaba ni a tiros, y de pronto me caí sentada de culo en un tramo, asfixiada y boqueando en busca de aire como pez sacado del agua. Un señor broncoespasmo que me asustó lo suficiente para hacerme dejar el tabaco hasta el día de hoy, hace ya veinticinco años de vellón. A la semana de dejarlo, mi olfato y mi paladar parecieron despertar de un largo sueño, me levantaba ligera y con energía y, en resumen, me sentía la criatura más desgraciada que había sobre la capa de la tierra. Eso sí, la comida me sabía buenísima. Tanto, que llegó el momento en que mi doña Pepa me lanzó una de sus temibles miradas de arriba abajo y sentenció, con la diplomacia que siempre caracterizó sus manifestaciones:
-Nena, te estás poniendo como una zambomba.
Yo pensé, muy dolida, que exageraba; pero cuando la gente que conocía empezó a darme la enhorabuena por mi embarazo, cuatro años antes de que éste tuviera realmente lugar, reuní valor de donde pude, me pesé, y me encontré con que había engordado en un año la friolera de once kilos. Por suerte, éstos desaparecieron. En cambio, me volví una yonki de los caramelos Ricola sin azúcar. Lo cierto es que el que ha dejado el tabaco es ya, para siempre, un fumador que no fuma. Y durante muchos meses, cuando alguien pasaba fumando a mi lado, yo iba detrás aspirando el olor, flotando en su estela, como en los dibujos animados, y todavía sueño, de vez en cuando, que me enciendo un cigarrito. Qué malo es el vicio. Qué malo.
Con los años he sustituido el del tabaco por el de la cocina. En conjunto, considero que he salido ganando...
Aquí tenéis la receta del invento.
-250 ml. de cerveza Guinness,
-250 gramos de mantequilla
-75 gramos de cacao puro en polvo
-300 gramos azúcar
-250 gramos de harina leudante.
-Una cucharadita de azúcar avainillado.
-Una tarrina de queso de untar.
-Dos huevos
-100 gramos de azúcar glas.
-350 ml. de nata de montar.
-Algo más de cacao en polvo para espolvorear.
Precalentar el horno a 180º. Calentar a fuego medio la cerveza en un cazo y añadir la mantequilla, removiendo hasta disolver. Reservar. Mezclar en un bol todos los ingredientes secos, menos el azúcar glas. En otro bol, batir 150 ml. de la nata y los dos huevos. Añadir la mezcla de cerveza y mantequilla, y remover. Mezclar con los ingredientes secos y batir. Poner en un molde redondo engrasado y meter al horno durante 50 minutos a una hora, hasta que el bizcocho esté cocido.
Sacar, desmoldar y enfriar.
Batir el resto de la nata con el azúcar glas y la tarrina de queso y el azúcar avainillado y verter por encima del bizcocho. Poner el cacao en polvo en un colador e irlo esparciendo por encima.

Si hay que tener un vicio, mejor que sea éste. Pero conservad siempre alguno: la gente sin debilidades tiene algo de inhumano. Y además, no hay quien las soporte.
Así que a pecar con alegría...